El 14 de agosto de 1970 se inauguró el estadio de Montilivi. Fue fruto del empuje, la terquedad y, en cierto modo, la iluminación de un grupo de empresarios liderados por el presidente de entonces, Narcís Codina. Se dejaba atrás el campo de Vista Alegre (ahora, un parque de la ciudad) y se iniciaba una nueva aventura en una instalación moderna que llegó a acoger, aquel 14 de agosto, a más de 25.000 aficionados y que se percibía, en aquel momento, como un espacio en los confines de la tierra habitada.

Los terrenos eran prácticamente agrícolas, la urbanización del entorno, llena de casas unifamiliares, todavía estaba por hacer, y la probabilidad de que aquel barrio se convirtiera, con el tiempo, en la sede de uno de los campus de la todavía inexistente Universitat de Girona era notablemente baja. Aquella noche, el Girona jugó contra el Barça de Reina, Rifé, Gallego, Reixach y Marcial. Perdió 3 a 1. Poco después, para realzar la trascendencia del nuevo campo, el club organizó la primera edición del Trofeo Costa Brava, con la participación del Borussia Neunkirchen, el Valencia, el Espanyol y el San Lorenzo de Almagro. Todo un acontecimiento en la ciudad, que veía, por primera vez, fútbol internacional de cierto nivel sin tenerse que desplazar.

La inyección de capital capitaneada por Pere Guardiola y el City Football Group, ampliada con el empresario boliviano Marcelo Claure, ha sentado unas bases de crecimiento sólidas y con proyección de futuro.

Cincuenta y cuatro años después, el Girona todavía juega en Montilivi (que ahora, y desde 1984, es de propiedad municipal, con una capacidad para 14.624 espectadores, todos sentados, a diferencia de 1970), pero el Barça ya no es un invitado honorífico, sino un rival directo, y los equipos extranjeros ya no están para seducir al público, sino que se perciben en el horizonte inmediato como futuros competidores en la Champions.

 

Una especie de sueño colectivo

Aquel Girona que deambulaba por la Tercera División, la categoría donde el club ha vivido más temporadas, con sacudidas considerables, como por ejemplo los descensos a Regional Preferente (1981-82) o a Primera Catalana (1996-97), con flirteos con bajones deportivos, económicos y sociales que hicieron peligrar la existencia misma de la entidad, ahora està entre la élite del fútbol profesional, instalado en una especie de sueño colectivo que los poquísimos socios de piedra picada de los tiempos oscuros no se acaban de creer.

 

De hecho, esta historia empieza con dos resurrecciones. La primera, es la de la fundación del club. A principios del siglo XX, cuando el fútbol ya se había convertido en un deporte popular, unos cuantos clubes amateurs de la época confluyeron en la creación de la Unió Deportiva Girona, que llegó a hacerse cargo de la construcción del campo de Vista Alegre, en 1922, y que dejó de existir, justamente a causa de esta inversión, en 1929. A raíz del derrumbe, un grupo de prohombres hizo un llamamiento a la sociedad gerundense para salir del marasmo y, «en un ambiente de franco entusiasmo», el 23 de julio de 1930, en el Café Norat de la rambla de la Llibertat, se disolvió la U.D. Girona y se aprobaron los estatutos del Girona F.C. en busca de «un resurgimiento completo del fútbol gerundense». El primer presidente fue Albert de Quintana y de León, fundador de ERC y diputado en las Cortes en 1931.

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Cincuenta y cuatro años después, el Girona todavía juega en Montilivi, pero el Barça ya no es un invitado honorífico, sino un rival directo.

La segunda resurrección no fue tan traumática, pero es la más decisiva en la trayectoria del club. Una resurrección que podríamos llamar «dilatada». No es del todo cierto que los éxitos del Girona del 2024 provengan en exclusiva de la entrada en el accionariado de Pere Guardiola, primero, y del City Football Group, después. Sí que lo es que la inyección de capital liderada por estos dos socios mayoritarios, ampliada después con el empresario boliviano Marcelo Claure, ha sentado unas bases de crecimiento sólidas y con proyección de futuro.

Hay que ir hasta el año 2009 a buscar el origen de los quebraderos de cabeza más recientes del club. La temporada 2008-09 fue la del retorno a Segunda División después de cincuenta años. Se salvó por los pelos del descenso, pero, en definitiva, el Girona estaba obligado a convertirse en Sociedad Anónima Deportiva. La alternativa era la desaparición o una bajada a los infiernos. O ambas cosas. El entonces presidente, Josep Gusó, después de varias iniciativas para mirar de recaudar los fondos necesarios para cubrir el capital social exigido, consiguió, «con sus hábiles juegos de manos», como dijeron las crónicas, que el club formalizara la SAD. En 2010 vendió la mayoría de acciones a un empresario, Josep Delgado, que tuvo problemas legales con sus negocios y no pudo estar al frente del club sino de manera delegada.

En el decurso de estos años hubo una revuelta de los jugadores, que no cobraban el sueldo, y un concurso de acreedores que hizo peligrar la viabilidad. Aun así, en la temporada 2014-15, el Girona estuvo a punto de conseguir el ascenso a Primera División de la mano del entrenador Pablo Machín. Fue una de las jornadas más tristes de la historia del Girona. En el último partido de la liga, un empate en casa en el tiempo añadido contra un Lugo que no se jugaba nada malogró el ascenso. Fue una sacudida considerable, después de siete temporadas en Segunda, pero quizás se puede leer también como un guiño del destino. Pocos días después del derrumbe, Delgado vendió las acciones al grupo francés TVS Events, con la intermediación de Mediabase Sport, la agencia de Pere Guardiola, hermano de Pep Guardiola. Era 2015.

En 2017, por fin, después de mucha insistencia y de unas cuantas decepciones deportivas más, todavía con Machín en el banquillo, el Girona subió a Primera. Fue el 4 de junio. El 23 de agosto de aquel mismo año, el City Football Group y el Girona Football Group (de Guardiola, Pere) adquirieron la práctica totalidad de las acciones, a partes iguales. Tres años después, con la entrada de Claure, la distribución de las acciones fue esta: el City, un 47%; Claure, un 35%; y Guardiola, un 16%. El resto corresponde a pequeños accionistas.

He dicho que el Girona del 2024 no se podía explicar solo por la irrupción de los actuales propietarios. Que, antes, en periodos convulsos y con dificultades de todo tipo, había habido bastantes instantes de entereza y visión de futuro para pensar en un porvenir más amable. Pero lo cierto es que nada de lo que pasa hoy se entendería sin la estructura que ahora mismo sostiene al club. Y no es así porque el poderoso Manchester City ceda algunos jugadores o porque su sombra planee sobre el estadio de Montilivi. No se puede entender el actual momento del Girona sin varios factores que confluyen.

Uno, eminentemente empresarial, de acuerdo, que otorga solvencia y proyección. Otro, de continuidad en el proyecto, que ha ido avanzando lentamente y sin perder el mundo de vista. Quizás el ejemplo más claro es el de la confianza con Míchel, en la primera temporada como entrenador. Quique Cárcel, el director deportivo y una de las «patas» de esta mesa que no se tambalea (con el presidente Delfí Geli, el ejecutivo Ignasi Mas-Bagà y el ya citado Guardiola, presidente del Consejo de Administración), lo mantuvo al frente de la plantilla después de unos inicios decepcionantes. Al final de aquella temporada, la 2021-22, el Girona ascendía de nuevo a Primera.

Y ahora, después de un periplo victorioso y con un tipo de juego feliz y atractivo, aspira a lograr unas cotas nunca imaginadas por una afición que se ha ido consolidando con el tiempo y que ahora, en un porcentaje altísimo, ya tiene al Girona como primer equipo y no como una «alternativa» emotiva a las filiaciones por los equipos más grandes.

 

«Míchel, català»

El mérito del Girona se explica con dos datos. Es el número 15 en la lista de los límites salariales de Primera, con solo 52 millones de euros. Y es el quinto en porcentaje de ocupación del estadio (un 87,5%). Es, se mire como se mire, un club humilde, con 13.000 socios y 9.000 abonados, pero, a la vez, ha sabido formular una manera de ser, una capacidad de atracción singular. Y se explica con un detalle. Cuando Míchel empezó a usar el catalán en sus comparecencias, dijo que aquello no era «nada extraordinario, es pura lógica: para ser feliz, cuanto más cerca estás de la gente, mejor, y para estar con la gente tengo que poder hablar con ellos». Así de fácil.

Míchel no pensaba que un gesto como aquel tendría tanta trascendencia. Pero la tuvo. Acabó conectando con los forofos y, ahora, cuando la grada de animación Jovent Gironí entona el cántico de «Míchel, català», todo el estadio del Girona rinde homenaje a quien llegó a la ciudad para confirmar la belleza del fútbol y la digna reivindicación de la humildad.