Como acostumbra a pasar (lamentablemente), la precampaña de las elecciones al Parlament del próximo 12 de mayo se ha centrado principalmente en los posibles pactos postelectorales entre las diferentes fuerzas, determinados a partir de las proyecciones de las encuestas que se han ido publicando en el último mes. Suposiciones basadas en suposiciones, escenarios imaginados sobre los que los medios especulan y los partidos se ven obligados a posicionarse. Y todo antes de que ningún elector haya podido emitir su voto. La impaciencia consustancial a nuestro tiempo quema etapas hasta el punto de que parece que la decisión del electorado se dé por sentada, un paso negligible, intrascendente para aquellos que ya están en la siguiente etapa, la definida por una aritmética determinada por los pronósticos demoscópicos y no por el conjunto de decisiones individuales de los electores. Pronto llegaremos a determinar si ha sido el voto de estos el que se ha «ajustado» a las predicciones de los sondeos y no a la inversa.

Pronto llegaremos a determinar si ha sido el voto de los electores el que se ha «ajustado» a las predicciones de los sondeos y no a la inversa.

A pesar de esta sensación extendida de que el voto de los electores de alguna manera sobra, las elecciones del 12 de mayo no están ni mucho menos decididas. Las especulaciones demoscópicas no han llegado al extremo (aún no) de dictaminar el comportamiento de los electores, que todavía se mueve, y cada vez más, en un marasmo de posibilidades, de dudas, incertidumbres y evaluaciones prospectivas. A una campaña de las elecciones, seis son las preguntas que todavía no están resueltas y que definirán el resultado final de la convocatoria y, con él, las posibilidades de los diferentes escenarios postelectorales y los márgenes de la realidad política en Cataluña para los próximos años.

 

¿Cuántos votantes están por la restitución?

La aparición de Carles Puigdemont en la arena electoral ha movido el espacio del voto independentista. La propuesta de la restitución del presidente legítimo ha agitado las aguas de tal manera que el reparto final de los apoyos entre ERC y el propio Puigdemont es uno de los elementos más importantes cuando se trata  de definir el resultado final de las elecciones.

Es evidente que Puigdemont mantiene un gran ascendiente entre el voto independentista, algo que puede parecer inverosímil a alguien que no esté situado en estas coordenadas. Pero es así. A pesar del tiempo transcurrido y de la repetición, la jugada de la restitución, por muy complicada que sea (imposible como mínimo antes de que el Tribunal Constitucional dé por buena la ley de amnistía que actualmente está bloqueada por el PP en el Senado), convence a una parte importante del electorado independentista.

Puigdemont era muy consciente de su atractivo en este espacio. De aquí que su propuesta tenga este carácter personalista (muy propio de la política de nuestros tiempos, por otro lado). También era posible que en el Palacio de la Generalitat fueran muy conscientes del ascendiente del «exiliado» y previeran (erróneamente) que el adelanto electoral impediría su candidatura.

¿Cuántos serán los votantes atraídos por la promesa restauracionista? Esta es la clave, y no la conocemos. Sabemos que la figura de Puigdemont tiene una entrada muy notable entre los electorados de ERC y de la CUP, que acostumbran a valorarlo muy positivamente (mucho más que los líderes republicanos entre los votantes de Junts). También sabemos que una parte no precisamente pequeña de los que en principio se decantarían por ERC preferirían a Puigdemont como presidente de la Generalitat. Ahora bien, desconocemos cuántos de ellos y ellas se decidirán a dar el paso el 12 de mayo.

 

¿Qué espacio hay para los integristas?

En esta convocatoria parece que finalmente se ha hecho realidad la antigua amenaza de los sectores más radicales del independentismo de concurrir con una lista propia. Desde 2019, a medida que se alejaba la épica de 2017 y se confirmaba el retorno a la normalidad del autogobierno (por más que se mantuviera la retórica inflamada), se han ido sucediendo los llamamientos a la reacción ante la «traición» de los partidos al espíritu del 1 de octubre. Desde la ANC o desde plataformas ad hoc se ha amagado con levantar una candidatura propia, sin mucho éxito hasta el momento.

En algunas ocasiones estas amenazas han jugado a favor de Junts, que por norma general capitalizaba este sentimiento en contra de ERC, acusada de vender «gratis» su apoyo al PSOE en el gobierno central. La participación de Junts, precisamente, en el acuerdo para la ley de amnistía ha abierto la puerta, esta vez sí, a la creación de una candidatura más radical, la lista Alhora, liderada por la exconsejera Ponsatí y el incombustible Jordi Graupera (y con el actor Joel Joan).

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Los antecedentes no auguran nada bueno a la iniciativa. En la última convocatoria autonómica, Graupera no llegó a obtener ni seis mil votos, lejos del éxito (relativo) de las municipales de dos años antes. En su favor, pero, juega la nueva coyuntura y un apoyo poco disimulado del entorno de ERC para favorecer su visibilidad, con la esperanza que Alhora pueda captar votos que habrían ido a parar a Junts y, de este modo, ayude a los republicanos a superar ni que sea por un voto a los de Puigdemont.

El principal problema para Alhora es la aparición en el escenario preelectoral de un fenómeno que captura la atención de los medios y concentra todos los focos: la Alianza Catalana de Sílvia Orriols, encumbrada como gran revelación de estas elecciones por el solo hecho de ser la opción más llamativa y estridente, lo que provoca un imparable «efecto polilla» entre los medios, conscientes del efecto positivo que tienen las informaciones sobre los partidos de extrema derecha en sus webs.

El principal problema para Alhora es la aparición en el escenario preelectoral de un fenómeno que captura la atención de los medios y concentra todos los focos: la Alianza Catalana de Sílvia Orriols.

Alianza Catalana, por el hecho de tener la campaña (involuntariamente?) pagada, será muy probablemente el receptáculo de parte del independentismo que limita con el nacional populismo de raíz racista que prolifera por todas partes (en todo Europa y más allá). El volumen de este segmento es una incógnita y su cuantificación antes de las elecciones es muy complicada. Aun así, existe el espacio y tiene una visualización importante, no solo en determinadas redes sociales (donde los apelativos ñordos y colonos son moneda corriente), sino ahora también en los medios masivos.

 

¿Dónde está el voto Cs?

La aceleración propia de nuestro tiempo y la consecuente amnesia de cosas que pasaron no hace tanto nos hacen olvidar que en 2021 Cs obtuvo 158.000 votos y que todavía (como mínimo, a día de hoy) cuenta con seis escaños en el Parlamento. Ciertamente, en las últimas generales Cs no presentó candidatura y es una formación en desagüe. Pero precisamente esto es el que hace tan interesante conocer donde podrían acabar sus votos.

El escenario general los hace moverse hacia el PP, tal y como ha pasado en el conjunto de España. Ahora bien, la idiosincrasia del voto catalán de Cs y la lógica particular de la competencia política local deja un espacio a la incertidumbre, si bien los restos del apoyo que, en un momento muy puntual, llegó a ser mayoritario tienen un perfil más conservador que el voto originario de la formación.

Al final, pero, la capacidad que tengan los restos de Cs, empecinados en presentar candidatura en estas elecciones, de retener parte de su voto puede acabar estropeando la fiesta de Feijóo en Génova y gripándole el cohete que tenía que proyectarlo directamente a las europeas. Paradojas.

 

¿Cuánto recupera el PP?

Ligado a la pregunta anterior, una de las incógnitas que se resolverán en la noche del 12 de mayo será la del margen de recuperación del voto a los populares. En 2021 el PP tocó fondo, con poco más de ciento mil votos y solo tres actas. La coyuntura generada después de la salida del gobierno central, reforzada con la aparición de Vox, que venía a sustituir a Cs como depositario del voto anti-independentista más radical (como se demostró a las generales de noviembre de 2019), situaron el voto PP bajo mínimos.

Es de suponer que el cambio de contexto en los últimos dos años tendrá un efecto ascendente en el apoyo de los populares. Ahora bien, no se sabe donde se situará el límite de este incremento, ni cuál será el efecto sobre sus competidores en el espacio de la derecha españolista, o si irá más allá y podrá mover la frontera con el espacio del PSC. La precampaña popular parecía apuntar en esta última dirección, una vez descontada la conquista del antiguo voto Cs. La estrategia del PP catalán, en sintonía con el cuartel general de Génova, señala el PSC como su principal rival, con el objetivo de arrebatarle unos votos que, si no le permiten aumentar el número de escaños en la cámara catalana, como mínimo le garanticen acortar la ventaja socialista en unas nuevas elecciones generales (que la dirección conservadora querría lo más próximas posible).

La principal incógnita para el PP es la resistencia de Vox. Los ultras parece que han solidificado un bloque de apoyo macizo, dando a entender que su resultado en las generales de noviembre de 2019 no fue solo una respuesta a los disturbios posteriores a la sentencia del procés. Han establecido una base, y tal y como ha pasado en otros ámbitos, con subidas y bajadas, han conseguido mantener un apoyo sólido, incluso en coyunturas en las que se ha producido un ascenso importante del voto al PP (Andalucía, Madrid). Sin recuperar este espacio, los populares tendrán un límite evidente a su ascenso.

 

¿Dónde irá lo que queda del antiguo voto de CiU?

Los sucesivos procesos de reconversión (o de centrifugación) de lo que había sido CiU, o su parte CDC, desde 2012 han producido dos fenómenos, el uno muy visible, el otro más escondido. El visible ha consistido en la traslación de la parte mayoritaria de su base de apoyo desde sus tradicionales posiciones moderadas (en las dos escalas ideológicas) hacia posiciones mucho más radicales. Ha sido una larga marcha, impensable antes del procés, que los ha conducido de la frontera con el espacio del PP (al que algunos de estos votaron a mediados de los noventa) a los confines del espacio de la CUP o a flirtear con opciones de perfil abiertamente racista. Es un movimiento comprable con el que han hecho las clases medias propietarias, la pequeña burguesía, en otros países europeos, cada vez más atraídas por discursos radicales, pero generalmente hacia la derecha (Brexit, la Lega y los Fratelli d’Italia, Zemmour en Francia). La especificidad catalana que asocia la derecha con el Estado hace que también se hayan movido radicalmente… pero hacia la izquierda.

Desde la progresiva transformación de la antigua CDC en un partido antisistema y de la marcha del grueso de sus electores, los resistentes han ido moviéndose entre diferentes opciones.

Este tráfico tan espectacular ha ocultado a quienes se quedaron en el antiguo espacio del pujolismo clásico. ¿Cuántos son? Es muy complicado saberlo, pero existen. El espacio ha perdido efectivos, pero conserva todavía restos de la antigua amalgama convergente. En parte son el voto al PDeCat de 2021, nada despreciable (entre estos y el PNC, más de ochenta mil sufragios), pero este no es todo el espacio. Desde la progresiva transformación de la antigua CDC en un partido antisistema y de la marcha del grueso de sus electores, los resistentes han ido moviéndose entre diferentes opciones. Algunos apoyaron a Cs el 2017, bastantes han ido decantándose por el PSC en las elecciones generales y puntualmente en las autonómicas, muchos optaron por Trias en las últimas municipales en Barcelona y todavía algunos se han estado moviendo en la órbita de ERC.

Es esta indefinición la que hace que muchos partidos hayan puesto sus ojos en este espacio fantasma, que no se ve pero vota (y puede decidir). Este es claramente el caso del PSC, pero también de ERC. Los socialistas hace tiempo que codician estos votantes, tanto tiempo como hace que se asociaron con los restos más sensatos de la antigua Unió. El candidato Illa no deja de hacer guiños a este segmento, haciéndoles entender que él es uno di voi, que pueden confiar en él. La reivindicación del primer Pujol va en esta línea. Y también Aragonés mima este voto, como parte de la estrategia de ERC de acercarse al antiguo centro de gravedad electoral del país y hacerle olvidar las veleidades radicales de otras épocas (aquí es evidente la analogía con la transformación recientemente exitosa de Bildu).

 

¿Qué hará el voto ERC 2019, que se abstuvo el 2021 y votó PSC en las generales 2023?

Aquí hay una de las claves más importantes de estas elecciones y la explicación principal de la precampaña que ha hecho ERC (y posiblemente de su campaña, si Puigdemont se lo permite). Los republicanos quieren recuperar todo lo que puedan del voto del bienio 2017-2019, cuando situaron sus resultados en el millón de papeletas en las autonómicas y en las generales de abril. Parte de este voto desapareció en febrero de 2021, en parte (pensaron en ERC) a causa de la pandemia. En buena medida, pero, por cansancio de la lógica del procés. Tanto es así que en las generales de 2023 ERC no recuperó ni uno de estos votos evaporados (es más, incluso perdió todavía más), que mayoritariamente fueron a engordar el resultado del PSC, percibido como la mejor opción para evitar un gobierno del PP y Vox en Madrid.

ERC se ha aplicado desde el minuto cero de la precampaña a echar el PSC de los alrededores de este espacio, recurriendo al viejo libro de estilo del pujolismo, que enseña que a los socialistas se los tiene que pintar como una simple congregación local del PSOE (¡la sucursal!). Siguiendo el razonamiento tradicional este voto, que parece moverse en función del tipo de elecciones, el 12-M tendría que optar por una formación que le asegure un gobierno reivindicativo con Madrid, que refuerce el autogobierno y «defienda Cataluña». En estas coordenadas es donde pretende ERC que la sitúen, frente un PSC al que describe como un simple «títere de Madrid».

El espacio que los republicanos anhelan ya ha demostrado anteriormente hasta qué punto está harto de la épica ‘procesista’ de cartón piedra.

El problema para ERC es la presión que pueda ejercer la pugna con Puigdemont (y los nervios que le puedan provocar los vaticinios que señalan, uno tras otro, que la oferta restitucionista le gana terreno). Este espacio que los republicanos anhelan ya ha demostrado anteriormente hasta qué punto está harto de la épica procesista de cartón piedra, de forma que Aragonés y su gente tendrán que medir mucho la dosis de procesismo que administren a su campaña, no sea que intoxiquen a este votante.

Por su parte, Illa tendrá que convencerlos de que será capaz de arrancar compromisos en Madrid para fortalecer el autogobierno, más allá de dar la imagen de hombre tranquilo y de buen gestor de los asuntos corrientes frente a la parálisis gubernamental de la última década. Si consigue hacerlo, tendrá ya a su alcance el medallón de Macià.