Las elecciones municipales y autonómicas del 28 de mayo forman parte de la rutina democrática iniciada en 1979 y en 1983, respectivamente, que da fe de la normalidad y la estabilidad de nuestro sistema político. Por su misma naturaleza se trata de unas elecciones con una dinámica propia, asociada a la diversidad de situaciones que presentan los 8.131 municipios españoles (947 en Cataluña), así como de las 12 comunidades autónomas y 2 ciudades autónomas que van a las urnas.

Aun así, estas elecciones no pueden sustraerse a la influencia del clima político general, en la medida en que forman parte de un ciclo electoral que culminará con las elecciones a Cortes de final de año. Es inevitable que, de una forma o de otra, sean planteadas e interpretadas como un primer test para evaluar la obra del gobierno de coalición, también para observar las consecuencias electorales de las decisiones de los actores del sistema político y, en definitiva, para captar el estado de ánimo de la sociedad. Pero sería prematuro y abusivo considerarlas como una suerte de elecciones primarias que prefijarán el sentido del voto de las generales.

Si prestamos atención a la situación política catalana, definida por Oriol Bartomeus como una Cataluña en transición, lo más destacable quizás es que son unas elecciones relativamente normales después del periodo de excepción marcado por el proceso secesionista. De aquí la importancia de fijarse en cuál es la conversación política que predomina en este proceso electoral, con unas agendas de propuestas dominadas por los problemas concretos que tienen que afrontar diariamente los ayuntamientos. También con unas expectativas de pactos electorales que rompen la rigidez de la fisura definida por la cuestión independentista.

En el marco político catalán —e incluso más allá— la singularidad de Barcelona tiene una trascendencia política y simbólica indudable. Por eso le hemos querido dedicar nuestro dosier, pero con una perspectiva diferente, la de pararnos un momento a responder a la pregunta «Barcelona, ¿de dónde vienes?». Proponemos fijar la mirada en los seis alcaldes que han liderado el Ayuntamiento de Barcelona desde 1979, de Narcís Serra a Ada Colau, pasando por Pasqual Maragall, Joan Clos, Jordi Hereu i Xavier Trias. Para cada uno de ellos, Albert Aixalà ha esbozado un retrato a partir de sus propias palabras al empezar y acabar sus mandatos. Un retrato completado por Mireia Castelló con unos apuntes sobre los respectivos estilos de liderazgo.

Así, podemos observar la evolución de la ciudad, con los problemas que se han debido enfrentar en cada momento, los proyectos que se han propuesto y ejecutado, los condicionantes de la acción de gobierno y los diferentes estilos de hacer política. Un panorama que permite deducir las continuidades y las discontinuidades en la acción municipal en estos cuarenta y tres años. Con imaginación, talento y tenacidad se construyó un modelo de ciudad que, con el tiempo, evidenció sus límites para afrontar las consecuencias derivadas de su éxito, así como las nuevas realidades sociales y económicas. Un modelo que en un momento determinado fue percibido solo como una marca y que abrió la posibilidad de plantear unos contra modelos alternativos que no han llegado, sin embargo, a tener la fuerza suficiente para sustituir totalmente el modelo inicial.

De manera que Barcelona parece haber llegado a un punto muerto caracterizado por la duda sobre sus posibilidades. Estamos de nuevo ante la pregunta «Barcelona, ¿dónde vas?», como lo muestran las diversas iniciativas ciudadanas destinadas a repensar la ciudad para encontrar caminos de futuro. De la agenda de propuestas que presentan los informes publicados se deduce un común denominador: la necesidad de un definitivo salto de escala para repensar Barcelona en su contexto metropolitano, para que «la ciudad recupere el liderazgo para impulsar, con el resto de ciudades que componen la región metropolitana, el desarrollo económico, social, cultural, tecnológico, científico y educativo, como garantía para poder afrontar los retos de futuro como son la movilidad, el cambio climático, la sostenibilidad, la vivienda, la seguridad y la lucha contra la desigualdad», como se afirma a las conclusiones del informe de ReThinkBCN.

Se trata de un reto mayúsculo que requiere dejar de lado cuatro pecados que pueden lastrar la voluntad política y cívica para asumirlo: el pecado de la nostalgia de un pasado mitificado; el pecado del declinismo que se recrea en la impotencia; el pecado de la rutina que rehúye los problemas complejos; y el pecado del adanismo que ningunea el legado recibido. Pecados que podemos reconocer, de una forma u otra, en la trayectoria de las principales fuerzas políticas que concurren a las elecciones.

No hay que decir que la primera y decisiva responsabilidad de hacer posible una política de largo alcance y ambición como la que reclama el salto a la Barcelona Grande recae en los partidos políticos que integren el próximo consistorio. La más que probable fragmentación del mapa político municipal nos indica que solo será posible si hacen de los acuerdos sobre las grandes líneas estratégicas de la ciudad su gran prioridad. Si en unas condiciones más difíciles fue posible iniciar la gran transformación urbana con un amplio acuerdo político y social, nada tendría que impedir hoy volver a la política en mayúsculas.