El proceso electoral brasileño estuvo marcado por la impugnación del sistema de voto por parte de la extrema derecha, así como por el ataque a las instituciones electorales y el no reconocimiento de los resultados obtenidos por Jair Bolsonaro. Después de cuatro años de gobierno marcados por las acometidas autoritarias, este campo muestra signos de fortalecimiento en el legislativo brasileño, pero se tendrá que recomponer tras la derrota a la presidencia.

No es desproporcionado afirmar que fue un proceso atípico que muestra el grado de deterioro experimentado por la democracia brasileña. También porque Jair Bolsonaro estuvo en campaña durante todo su mandato presidencial. La ofensiva antisistema y antipolítica sirvió de catalizador de un estilo que pretendía controlar la actualidad política brasileña y movilizar sectores cautivos del electorado.

Estas características configuraron, al estilo bolsonarista, una plataforma política constante y consistente basada en una estrategia de guiñar el ojo a sectores conservadores y autoritarios de la sociedad brasileña y, especialmente, en una dinámica de disuasión estratégica de sus principales adversarios políticos.

Hay que subrayar que, en la lógica argumentativa de Jair Bolsonaro y de su base militante más leal, no solo los partidos políticos y líderes de la oposición eran considerados adversarios, sino también algunos sectores de las instituciones democráticas y de los principales medios de comunicación del país. En este sentido, más que opositores efectivos, se construyó un sentido de la política como una forma de purificación de la nación brasileña, en una tensión que asoció la oposición amigo-enemigo a sectores más amplios de la sociedad civil.

Así, del mismo modo que Jair Bolsonaro consagró parte de su mandato a hacer campaña permanente, radicalizó su base electoral a partir de este manual de la extrema derecha. El proceso se desarrolló por diversos caminos, algunos más sinuosos que otros. La (no) gestión de la pandemia del Covid-19 fue la síntesis principal de este proceso. Bolsonaro retrasó la compra de vacunas, despreció los métodos científicos y apostó por el negacionismo, principalmente a partir de la idea de «tratamiento precoz». Además, la apelación al individualismo y su oposición a las propuestas de confinamiento fueron unos estímulos accionados constantemente. En este proceso se movilizaron los bolsonaristas a través de eventos motociclistas, conocidos como «motociatas», así como de marchas y otras actividades que generaban aglomeraciones.

 

Tensión con las instituciones

Estos eventos también sirvieron para crear una tensión constante con otras fuerzas políticas, especialmente con los gobiernos de los estados. Pero, sin duda, el factor principal fue la tensión con las instituciones, particularmente con sectores del poder judicial. En este sentido hay que situar el proceso de construcción del que fue uno de los principales discursos y estrategias electorales de Bolsonaro: el presidente de la República sería la víctima de una estructura profesional —de una élite corrupta y de unas instituciones corrompidas— que no le concedería la libertad necesaria para trabajar y hacer frente a los anhelos del auténtico pueblo brasileño.

Hay que destacar que este discurso, que se apoyaba en buena parte en las estrategias comunicativas de la extrema derecha global, se vio condicionado por acontecimientos sensibles para Jair Bolsonaro. Sin duda, el colapso electoral de Donald Trump en 2020 fue impactante. Además de la pérdida de uno de sus principales aliados internacionales, el proceso de desafío fue paradigmático para Bolsonaro. Por eso, tanto los episodios de impugnación del sistema electoral norteamericano, como la organización de los actos antidemocráticos que culminaron con la invasión del Capitolio, sirvieron de matriz didáctica y estratégica para Bolsonaro.

El 7 de septiembre de 2021, fiesta de la independencia del Brasil, Bolsonaro intentó movilizar a sus primeros aliados. Desde sectores de las fuerzas armadas, pasando por representantes de la agroindustria y del mercado de armas, se reforzó un discurso que se convirtió en uno de los pilares de la campaña de Jair Bolsonaro, pero también en un argumento para la negación de una hipotética derrota electoral. Se construyeron dos estrategias fundamentales: la descalificación de las instituciones vinculadas al sistema electoral y el refuerzo del discurso conspiratorio sobre el método de voto, es decir, las máquinas de voto electrónico.

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Por lo que se refiere a las instituciones electorales, el principal objetivo escogido fue el presidente del Tribunal Electoral Superior, Alexandre Moraes, también miembro del Tribunal Federal Supremo (STF), el más alto tribunal jurídico brasileño. Moraes, una figura política procedente de sectores de la derecha conservadora brasileña, fue designado para el Tribunal Supremo por el gobierno anterior. A lo largo de la presidencia de Bolsonaro, Alexandre de Moraes tuvo un papel destacado en el sistema de controles y equilibrios de la democracia brasileña, de manera que se convirtió en el «adversario ideal», pero también en un eventual responsable de frenar los ataques antidemocráticos de Bolsonaro.

 

Derrotar al presidente electo

Más allá de una relación exclusivamente vinculada a la dinámica autocrática del Gobierno Bolsonaro en diálogo con interlocutores empresariales y sectores militares, el poder judicial fue acusado de complacencia y politización durante todo el recorrido del retorno de Luís Inácio Lula da Silva a la escena política. Son estas tres características las que constituyeron la tónica durante el inicio de la campaña electoral. En relación con las instituciones, estarían trabajando contra el Gobierno de Bolsonaro. En cuanto al sistema electoral, no sería fácilmente manipulable. Finalmente, el retorno de Lula a la escena política sería la prueba de que los principales enemigos de Bolsonaro se reconciliaban con un único objetivo: derrotar al presidente electo.

A lo largo de la primera vuelta, Bolsonaro intentó construir un argumento que justificara la elevada inflación y el estancamiento de la economía brasileña. Además de factores externos, especialmente la guerra entre Rusia y Ucrania, la explicación justificaba esta situación como la consecuencia de las políticas aplicadas durante el momento más sensible de la pandemia. Estas dos cuestiones habrían sido elementos fundamentales para la falta de desarrollo de la política económica de Bolsonaro y de sus compañeros ideológicamente vinculados a la Escuela de Chicago.

Pese a que hubo varias candidaturas presidenciales, el campo de la oposición de Bolsonaro se consolidó rápidamente en torno a Lula da Silva. Además de figuras fundamentales del campo progresista, otros exponentes de la todavía joven democracia brasileña se movilizaron inmediatamente. Geraldo Alckmin, político de tradición conservadora, fue escogido como candidato a la vicepresidencia, como posible puente de interlocución con sectores poco afectos al Partido de los Trabajadores o con los mercados financieros.

 

El elemento religioso

La candidatura de Jair Bolsonaro apostó por la intensificación de las propuestas sobre costumbres, moralidad, antifeminismo, contrarias a las políticas de cuotas raciales y otras iniciativas afirmativas favorables a las minorías. Además del discurso anti-petista (anti-PT), que incluye una cierta liturgia política anticomunista, que en el Brasil es centenaria, el elemento religioso fue un componente de fundamental importancia.

La relación de Bolsonaro con sectores religiosos evangélicos, que en los últimos años se habían consagrado a reforzar la construcción de un nacionalismo cristiano, estuvo presente desde el primer momento de la campaña y ayudó a proyectar teorías de la conspiración, como un video falso, publicado por redes y canales digitales, que vinculaba a Lula con actos de satanismo, pedofilia y tráfico internacional.

Se utilizó ampliamente un potente sistema de difusión de mentiras cuando las encuestas indicaban la posible victoria de Lula en la primera vuelta.

Se utilizó ampliamente un potente sistema de difusión de mentiras cuando las encuestas indicaban la posible victoria de Lula en la primera vuelta. La incredulidad sobre los institutos de investigación electoral subió de tono, y encontró apoyo en la realidad cuando el resultado de la primera etapa demostró que, de hecho, Bolsonaro contaba con un voto muy significativo.

Al fin y al cabo, las candidaturas de la extrema derecha habían conseguido un resultado notable, con la elección de una fuerte bancada en el Senado y en la Cámara de Representantes, con diputados especialmente destacables como Nicolas Ferreira, Eduardo Pazuello (ex ministro de Sanidad), Ricardo Salles (ex ministro de Medio Ambiente) y Eduardo Bolsonaro, uno de los hijos de Jair Bolsonaro. En el Senado, dieciséis de los escogidos estaban vinculados a Bolsonaro, especialmente la fundamentalista evangélica y ex ministra de la Familia, Damares Alves, y el juez Sérgio Moro, entre otros.

A partir de estos resultados favorables, la lectura propuesta por la extrema derecha en la elección presidencial apostó por la explicación de que los partidos de la oposición, el poder judicial y las muestras de las encuestas estaban confabulados en torno a un solo propósito, que era el derrocamiento del proyecto de salvación nacional liderado por Bolsonaro.

Además de provocar el pánico moral, la campaña de Bolsonaro consiguió movilizar a grupos de artistas vinculados a la músia ‘pop’ rural, y también a figuras destacadas como Neymar Jr.

Con el inicio de la segunda vuelta, el tono subió aún más. La hipotética victoria de Lula significaría la transformación del Brasil en Venezuela, Argentina y Nicaragua, descritos por grupos de extrema derecha como regímenes autoritarios de izquierdas y de persecución de obispos y sacerdotes católicos. Además de provocar el pánico moral, la campaña de Bolsonaro consiguió movilizar a grupos de artistas vinculados a la música pop rural del interior, una especie de soft power de los sectores empresariales agrícolas, y también a figuras destacadas como Neymar Jr.

 

Una confabulación golpista

El día de la segunda vuelta se activó la máquina estatal, y quedó claro el grado de penetración bolsonarista en sectores vinculados a la Policía Militar y, particularmente, a la Policía Federal de Carreteras. Centenares de operaciones llevadas a cabo en ciudades con fuerte presencia del electorado del PT plantean indicios de una confabulación golpista, posiblemente con el objetivo de condicionar el desplazamiento de electores pobres de la región nordeste del país que, finalmente, proporcionaron una participación significativa para la elección de Lula.

Con la divulgación del resultado, se hizo un esfuerzo internacional para reconocer la limpieza del proceso electoral brasileño. Entre los líderes políticos, la agilidad de Joe Biden fue significativa a la hora de comunicarse con el equipo de Lula unos treinta minutos después de que se hicieran públicos los resultados oficiales. El campo de la extrema derecha enseguida se organizó. La agitación se concentró en la actividad de grupos de camioneros, conectados con empresarios del campo, que provocó el cierre de carreteras estratégicas en todo el país. La ambigüedad de las manifestaciones públicas de Bolsonaro que, efectivamente, no reconocía la victoria de Lula, contribuyó a movilizar a esta militancia.

La agilidad de Joe Biden fue significativa a la hora de comunicarse con el equipo de Lula unos treinta minutos después de que se hicieran públicos los resultados oficiales.

Más tarde, en centenares de ciudades, miles de extremistas de derechas plantearon la idea falaz de una «intervención militar constitucional» (y variaciones como «una intervención federal») a partir de una lectura tendenciosa de un artículo de la Constitución brasileña que regula las atribuciones de las Fuerzas Armadas.

En general, esta interpretación descansa en una vieja percepción política que entiende los medios militares como una especie de «poder moderador» y como guardianes de la República del Brasil. Por otro lado, muestra cómo funciona la cuestión militar en el Brasil como factor de movilización en las corrientes del nacionalismo de derechas.

 

Militarización política

Hay indicios en el panorama brasileño de los próximos años de que la extrema derecha será muy activa en el campo político formal, pero especialmente en las movilizaciones en la calle, como consecuencia de una potente red de solidaridad y formación política desarrollada durante la última década. El liderazgo de este campo parece que se articula, de momento, alrededor de Jair Bolsonaro y sus principales aliados. No obstante, la militancia tiene una fuerte tendencia a asumir la propuesta de militarización política como el principal baluarte para la construcción de un nuevo Brasil. Para la extrema derecha, pero también para la democracia brasileña, la suerte ya está echada.