En septiembre de 1943, Gina Vitay, una chica de catorce años, hija de un general del ejército húngaro, tiene que abandonar las comodidades de la vida en Budapest —los vestidos y los peinados de moda, las tardes de té y los bailes en casa de su tía, el teatro y la ópera, el coqueteo con un teniente, la competencia y la mentalidad abierta de la escuela pública— porque, sin que nadie le dé ningún motivo razonable, la envían a una ciudad provinciana para cursar el quinto año de secundaria en un colegio religioso, una especie de fortaleza regida por un reglamento tan estricto y terriblemente lógico que hace imposible pensar y amar el mundo como un juego móvil de contradicciones.

Este es el punto de partida de Abigail, la segunda novela traducida al catalán de Magda Szabó (1917- 2007) —La porta, muy elogiada por Ali Smith, también dejaba sin aliento al lector—, una escritora húngara que sufrió el purgatorio y el exilio interior durante la época estalinista, que no retomó la actividad literaria hasta finales de la década de los 50, y que no tardó en conseguir elogios tan contundentes como el de Hermann Hesse, quien recomendó a su editor que se apresurase a publicarla en alemán: «¡He pescado un pez de oro!», le escribió; y algo parecido puede creer el lector de Abigail, una novela de internado que, de entrada, podría parecer que cumple al pie de la letra con todas las características propias del género.

Las amigas de la protagonista son fervorosamente leales y esforzadas, la disciplina inculcada por los profesores y los prefectos no deja ningún resquicio para la libertad de elección, y Gina Vitay es una chica inteligente, decidida y carismática, pese a que en los primeros momentos, en ese nuevo ambiente, «la furia contra ella era inexorable, en que todo salía mal aunque pretendiera hacer el bien para todo el mundo, y en que a cada paso que daba se hundía más y más en el fango»: todavía tardará en descubrir que estar recluida en el pensionado, y desarrollar mientras tanto tácticas de supervivencia, encontrar la voz del silencio y detectar las maneras en que la autenticidad descarta la falsedad a cada paso, es lo que le conviene para crecer como persona, para saber que los héroes no siempre son dignos de estima, y para protegerse de las vicisitudes de la guerra, para sentir «que se le desvelaban nociones que se hallaban en algún lugar de su conciencia, pero que no había tenido nunca en cuenta, porque no la habían afectado personalmente».

Así como J.K. Rowling, en la serie de Harry Potter, aderezó el género con la inclusión de la magia, Magda Szabó enriquece Abigail incorporando el ruido, muy mitigado, que llega de más allá de los muros: el alboroto y el bullicio de las circunstancias históricas y políticas de la época, el conflicto entre los partidarios de la ocupación nazi con la esperanza de recuperar los territorios perdidos a raíz de la Primera Guerra Mundial y los defensores del pacto con los Aliados para instaurar así un régimen democrático. Aun así, sin embargo, la protagonista «pensaba que por la noche siempre hablaban de todo menos de la guerra, pese a que estuviera muy viva en las profundidades de su conciencia. Casi todas tenían algún familiar en el frente, pero cuando cuchicheaban solo hablaban del amor, de los profesores y de los deberes»; y este es, en efecto, el primer territorio en el que se sumerge el lector.

 

Un suspense impecable

De una enorme tensión dramática que no está reñida con el humor, Abigail, pues, es una novela de internado, una novela sobre el camino emprendido para alcanzar la mayoría de edad en todos los sentidos, una novela sobre la amistad, la pérdida de la ingenuidad, el coraje, la aventura y la vida clandestina, sobre los efectos de la imaginación moral; por encima de todo, sin embargo, Abigail es también una novela de un suspense impecable, lleno de episodios y problemas que se van aclarando uno tras otro hasta la gran y decisiva explosión argumental, aunque es aconsejable no decir nada, tanto sobre el desenvolvimiento de la calculada trama como sobre la eficacia de los pasos seguidos hasta averiguar al fin de qué modo la protagonista descubre los datos esenciales y ocultos de su entorno, el rostro verdadero de más de un personaje demasiado frívolo o demasiado modélico hasta entonces.

«Casi todas tenían algún familiar en el frente, pero cuando cuchicheaban solo hablaban del amor, de los profesores y de los deberes.»

Magda Szabó va sembrando por todo el texto pistas mínimas, y magistralmente suficientes, para poder rastrear quién se esconde detrás de la estatua, la Abigail del título, que tiene el poder de resolver los problemas personales que las alumnas le confían; pero el lector se ilusiona acompañando las conjeturas que la protagonista hace a tientas, como si también navegara en medio de la oscuridad, como si dudase en la elección entre la evidencia poderosa de la fantasía y la inquietud de la realidad, y emprendiera a la vez el mismo camino iniciático emprendido por Gina Vitay y sus amigas.

Szabó lleva a buen puerto lo que dice el profesor de literatura: «En una gran obra literaria, siempre es en los detalles donde se generan las emociones más fuertes.»

Sí puede asegurarse, en cambio, que Magda Szabó ha escrito una novela que avanza sin que se noten en ninguna parte los necesarios momentos de respiro narrativo, los instantes de la transición; una novela en la que se prescinde de las costuras anecdóticas, en la que la sencilla complejidad de la voz narradora —a veces la infancia es más larga que la vida, decía Ana María Matute— se vuelve sumamente hábil para ir revelando poco a poco, sin juegos de manos y sin agobiar al lector con informaciones superfluas, los secretos que esconde la novela, unos secretos ocultos tan a flor de piel que no se ven gracias a la destreza con la que Magda Szabó lleva a buen puerto lo que dice a sus alumnas el profesor de literatura: «En una gran obra literaria, siempre es en los detalles donde se generan las emociones más fuertes».

 

Destreza y energía narrativa

«Por favor, no olviden nunca prestar atención a los detalles» —hay que fijarse en la importancia de las puertas y las ventanas, en el papel clave que juega un cenicero, en las entradas y salidas en escena de los personajes, en lo que dice y piensa cada uno—, recalca el profesor de literatura, una aviso que haría bien en recordar quien quiera disfrutar a conciencia de la lectura de Abigail, porque el lector, más allá de la tensa emoción de ver página tras página a dónde va a parar cada uno de los conflictos planteados, cuando ata cabos y recapitula la experiencia de la lectura obtendrá la serena capacidad de admirar hasta qué punto está ajustada la construcción de la novela, cómo se han ido estableciendo paso a paso unas argucias muy sutiles para conseguir mezclar en la trama lo que se sabe y lo que se ignora con el fin de obtener el efecto buscado y, en definitiva, con qué destreza y con qué energía narrativa ha forjado Magda Szabó, a caballo entre la novela de internado, la novela histórica y la novela de misterio, la colorida y elegante multiplicidad argumental de Abigail.