El ciclo electoral francés de este año se abrió el pasado mes de abril con las elecciones presidenciales. Emmanuel Macron ganó con claridad —más de 17 puntos de distancia— la segunda vuelta del domingo día 24 frente a Marine Le Pen (58,54 % – 41,46 %). El presidente saliente se aseguraba así un segundo mandato de cinco años. De puertas afuera, las cancillerías europeas respiraron aliviadas por una victoria que preservaba los equilibrios europeos y los valores democráticos de referencia. No obstante, de puertas adentro, aunque Macron aprobaba la reválida electoral, no conseguía su objetivo de frenar la progresión de la extrema derecha.

Así lo manifiestan las cifras: cuatro de cada diez electores votaron por la candidata del Rassemblement National (RN) —el antiguo FN—, la ultraderecha alcanzó su nivel histórico más alto, mejoró en 7,5 puntos el resultado de 2017 (33,9 %) y sumó casi 13,3 millones de votos (13,6 millones más de franceses se abstuvieron). Hace dos décadas, en las presidenciales de 2002, su padre, Jean-Marie Le Pen, había obtenido solo el 17,8 % frente a Jacques Chirac (82,2 %). Macron celebró el triunfo en el Campo de Marte y anunció que se disponía a abrir una «nueva era» para corregir el rumbo: «No será la continuidad del quinquenio que se acaba».

Cabe recordar, desde esta perspectiva, que Macron no ha sabido aprovechar su primer mandato para reforzar La República en Marxa (LREM) —el movimiento que creó como una start up de la nueva política— y consolidar su implantación territorial: los republicanos (postgaullistas) y los socialistas (PS) —los dos partidos tradicionales ahora en proceso de descomposición— mantuvieron sus posiciones en las elecciones regionales y municipales. El principal déficit de Macron no es su competencia técnica, más que probada, sino su falta de empatía política. Llegó a la presidencia en 2017 sin haber ejercido antes ningún cargo de elección directa en un país donde la mayoría de presidentes han sido antes alcaldes o diputados. Esta falta de experiencia se evidenció durante la larga crisis de los chalecos amarillos. No obstante, los resultados de su gestión, sobre todo los económicos, están por encima de la media de la Unión Europea: el paro se ha situado en su nivel más bajo en más de una década (7,4 %) y el IPC aumentó en abril solo el 4,8 %.

Ahora el presidente Macron afronta la tercera vuelta electoral: las legislativas del 12 y el 19 de junio. Estas elecciones servirán para concretar sobre qué base parlamentaria podrá continuar gobernando y para medir la recomposición del escenario político. En el espacio central, Macron intentará mantener la amplia mayoría de 2017 (351 de los 577 diputados) y, para hacerlo, tendrá que ganar electores del espacio postgaullista (136 diputados en la actualidad) y de la diáspora socialista. En la izquierda, con la implosión del PS (1,75 % en la primera vuelta) y el mal resultado del ecologismo (4,63 %), Jean-Luc Mélenchon —el líder de La Francia Insumisa— intentará sumar el voto útil de las izquierdas y hacer valer su porcentaje del 10 de abril (21,95 %).

Mélenchon quiere convertir su éxito de la primera vuelta de las presidenciales en un triunfo en la tercera vuelta de las legislativas para convertirse en primer ministro y forzar, desde la izquierda radical, una cohabitación con el presidente Macron. Para hacerlo, ha construido una «Nueva unión popular, ecológica y social» con los comunistas, los ecologistas y los socialistas (avalada por el 62 % del consejo nacional del PS). A pesar de ello, la inercia de las presidenciales juega a favor de Macron. En conjunto, tanto en la izquierda como en el centroderecha, se tendrá que hacer preservando el cordón democrático contra Le Pen: el llamado desistimiento republicano a favor del candidato más bien situado en cada circunscripción para cerrar el paso al aspirante de la extrema derecha.

Esta tercera vuelta servirá también para definir el alcance de la «nueva era» que ha anunciado Macron. El presidente tendrá que aplicar su programa de reformas sin aumentar las fracturas que se han ensanchado durante su primer mandato. He aquí, en síntesis, las tres fracturas francesas que las presidenciales de abril han reflejado. La primera, la fractura social, centrada en las banlieues, que se ha ido cronificando desde hace décadas. La segunda, la fractura territorial, en torno a la Francia rural, que desencadenó las protestas de los chalecos amarillos y que ha alimentado el voto de protesta de Marine Le Pen, a modo de referéndum anti-Macron. Y la tercera, la fractura colonial, evidenciada en los llamados territorios de ultramar, donde la candidata de la extrema derecha ganó la segunda vuelta de las presidenciales: es el caso de Guadalupe (69,6 %) o de Martinica (60,9 %).

En este contexto, Emmanuel Macron debe aprovechar su segundo mandato para hacer un reset —político y de imagen—, desplegar su programa de reformas y deshacerse de la etiqueta de «presidente de los ricos»: en la segunda vuelta de abril obtuvo su mayor apoyo entre los votantes de más de 65 años (75 %), los cuadros (71 %) y los profesionales (57 %), mientras que Marine Le Pen ganó entre los empleados (54 %) y los obreros (67 %). Si el presidente Macron no consigue su objetivo, dada la limitación constitucional de dos mandatos consecutivos, dentro de cinco años, en las elecciones presidenciales de 2027, Francia se puede ver abocada definitivamente al abismo: el hundimiento de los partidos de la vieja política y la falta de liderazgos de relieve en la nueva política.