Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Este es el nombre oficial del país. El de la formación política que desde 2010 lo gobierna es el de Partido Conservador y Unionista. La negrita es de quien escribe. Voluntad de unión, pues, parecería que sí. La realidad, sin embargo, la desmiente, y si la presión hacia una unión más laxa la protagonizaba históricamente una Escocia preindependentista —ahora ya declaradamente separatista—, lo que aparece como el gran detonante de una desunión in progress en el Reino Unido es aquel partido unionista que se embarcó en la desdichada aventura del Brexit, que ha sido un síntoma y a la vez la causa de la aparición del nacionalismo inglés.

Después de muchas trifulcas, Inglaterra y Escocia unieron voluntariamente sus destinos en 1707. Escocia perdió su parlamento, pero mantuvo sus leyes, su sistema judicial, educativo y universitario. Y también su iglesia nacional, la Iglesia de Escocia, que es calvinista presbiteriana. Tres siglos después, habiendo sufrido duramente las políticas thatcheristas, los escoceses reclamaban su autonomía. Los galeses también la querían, aunque con menos intensidad.

Tony Blair, consciente de la necesidad de una reforma constitucional y amparado por una mayoría absoluta laborista en el Parlamento en 1997, sacó adelante la Devolution, el programa de devolución de competencias a las dos naciones. Escocia recuperó su Parlamento en 1999, y Gales, con una cartera de traspasos mucho más reducida, estrenaba una Asamblea. Sin embargo, en ambos casos, la soberanía no residía en los pueblos galés y escocés. El Parlamento de Westminster continuaría siendo soberano. En cuanto a Irlanda del Norte, Blair se comprometió a alcanzar un acuerdo de paz. Le costó diez años, pero lo consiguió.

El Reino Unido puede sobrevivir a los nacionalismos escocés, galés y norirlandés, pero no puede sobrevivir al inglés, dice el periodista Gavin Esler.

El gran constitucionalista Vernon Bogdanor escribía en Power and the People: «En Gran Bretaña, unitario no ha querido decir nunca uniforme, ya que el sistema administrativo británico ha sido durante mucho tiempo extremadamente asimétrico para acomodar las identidades escocesa y galesa dentro del marco de un Estado multinacional.» ¿Y la identidad inglesa? Esta es la madre del cordero de la actual crisis política del Reino Unido. Escoceses, galeses y norirlandeses se definen como lo que son. Difícilmente se declaran británicos, mientras que en el caso de los ingleses su definición identitaria se ha mezclado con la de ser británicos.

 

La más grande y la más rica

Según The Economist, «el nacionalismo inglés es la fuerza más disruptiva en la política británica. Sin él, el Brexit habría sido imposible.» De las naciones que configuran la Gran Bretaña, Inglaterra es la más grande, las más rica, la más poblada, y también la que más diputados envía al Parlamento de Westminster. Y por tanto, la que siempre ha dominado desde Londres. Al nacionalismo inglés le pasa como a todos los nacionalismos, que lo malo y condenable siempre es lo de los demás, nunca lo propio. Para el semanario, es también el que genera más perplejidad, porque la distinción entre inglés y británico siempre ha sido borrosa, y añade: «Parece el nacionalismo más nuevo, pero es el más viejo». Hay historiadores que dicen que Inglaterra ya tenía una identidad nacional bajo los anglosajones.

De hecho, el mito fundacional de la Gran Bretaña en el siglo XVIII ya mezclaba y confundía nacionalismo inglés y británico. Buen ejemplo de ello son las contribuciones teatrales de aquellos años de expansión —del comercio inglés, sobre todo— a la creación del relato pseudohistórico. Es el caso de la semiópera de Henry Purcell King Arthur, y de la de Thomas Arne, King Alfred, en la que se mezcla la enemistad británica e inglesa hacia Francia, y que acaba con el célebre Rule Britannia, la melodía más popular de la música inglesa.

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Al nacionalismo inglés le pasa como a todos los nacionalismos, que lo malo y condenable siempre es lo de los demás, nunca lo propio.

En tiempos más modernos, el himno Jerusalem, considerado el himno no oficial inglés, es también el que cierra la conferencia anual del Partido Laborista, un partido británico. Este mismo batiburrillo es el que describía Jacob Rees-Moog, el diputado conservador más rancio de todos, cuando defendía el Brexit apelando al espíritu de las victorias británicas de Waterloo, Crécy y Agincourt. La primera sí que fue una victoria británica, mientras que las otras dos (siglos XIV y XV) fueron estrictamente inglesas.

No obstante, la máxima confusión se da en el Parlamento de Westminster, el parlamento británico, que todavía no ha encontrado respuesta a la West Lothian Question, la vieja cuestión suscitada a finales de los años 70 por el diputado laborista Tam Dalyell, contrario a la autonomía de Escocia, cuando se empezaba a hablar de Devolution. Lo que él planteaba era si en la Cámara de los Comunes los diputados de Irlanda del Norte, de Escocia y de Gales debían votar en cuestiones que sólo afectaban a Inglaterra, cuando los diputados ingleses de aquella misma cámara no podían hacerlo en los parlamentos autonómicos. Esta percepción de desequilibrio y de déficit democrático, ya que no existe un parlamento solo para Inglaterra, ha inflamado el nacionalismo inglés, que ha pasado de ser el dominante a verse menospreciado y devaluado, cosa que vive casi como un ultraje.

 

Religión, imperio y guerra

Hasta hace pocos años lo que mantenía unido el Reino eran, según los historiadores, tres elementos: el protestantismo, el imperio y la guerra. En el siglo XXI todo esto es muy irrelevante. La religión, en general, ha perdido su carisma y el predominio protestante es cada vez menor, dada la presencia creciente de otras denominaciones o religiones. El imperio ya hace años que se desintegró, sin que la Commowealth pueda considerarse un sucedáneo del mismo. Desde 1945 no ha habido una guerra que constituyera una amenaza vital para el país. En cambio, han crecido los agravios de Escocia, de Gales y de Irlanda del Norte frente al cambio más radical de la historia en casi cincuenta años, es decir, el Brexit.

En el referéndum sobre la independencia consensuado con Londres (2014), los escoceses votaron en contra de la separación por temor a quedar fuera de la Unión Europea. Ahora, habiendo votado mayoritariamente en contra del Brexit (2016) ya no están en la UE, lo cual mantiene viva la llama de un segundo referéndum independentista. En Gales, en la consulta sobre el Brexit (2016) ganó la separación, pero lo hizo por los pelos. En Irlanda del Norte la voluntad popular fue la de seguir en Europa y la perspectiva de una futura —aunque lejana— unión con la República de Irlanda ya no suscita alarma.

Escoceses, galeses y norirlandeses tiene clara su identidad, mientras que los ingleses mezclan su definición identitaria con la de británicos.

En Inglaterra, con la excepción de Londres, la victoria fue antieuropea y puso en primer plano al nacionalismo inglés. El censo de 2011 ya manifestaba un crecimiento del número de ingleses que se identificaban como tales. Era del 60%, frente a un 29% que se definían como británicos. El sentimiento nacionalista inglés había tenido un potente atizador. Era el UKIP, el Partido de la Independencia del Reino Unido, encabezado por un político sin escrúpulos como Nigel Farage, que brindaba un nuevo relato a una población que no quiere reconocer la decadencia de país, pese a haber sufrido muy duramente la crisis económica y financiera de 2007. Siempre es más fácil echar la culpa a los demás, en este caso a la UE. Y al conservador Boris Johnson y a su pandilla elitista les faltó tiempo para ponerse al frente del movimiento antieuropeo, aunque reventaran los difíciles equilibrios de la Unión que dicen defender.

Las grietas en el edificio constitucional británico se agrandan día a día. Un ejemplo de la desunión se dio durante la pandemia del Covid. Escocia, Gales e Irlanda del Norte tomaron decisiones propias que no eran las que proponía el Gobierno británico.

 

¿Qué se puede hacer?

A conservadores y laboristas les falta la voluntad de buscar una solución imaginativa y funcional a la grave crisis. Los tories intentaron arreglar la West Lothian Question y al final, desistieron en 2021. El líder laborista Keir Starmer propuso crear una comisión, pero nadie se fía de ella, los escaldados escoceses los primeros. La inexistencia de una Constitución escrita había funcionado muy bien. Hasta ahora, cuando el reto es mayúsculo. ¿Qué se puede hacer?

Dice Gavin Esler, periodista y profundo conocedor de la política británica, en How Britain Ends que mientras que el Reino Unido puede sobrevivir a los nacionalismos escocés, galés y norirlandés, no puede sobrevivir al inglés, entre otras razones porque este no sabe lo que quiere, acostumbrado a ser la clave de una bóveda ahora cada vez más raquítica.

El sentimiento nacionalista inglés ha tenido un potente atizador en el UKIP, el partido de Nigel Farage, que ha brindado un nuevo relato a partir de un falso victimismo.

No obstante, hay quien no ve como una tragedia la ruptura del Reino Unido, particularmente en Inglaterra. Esler cita al historiador David Edgerton, autor de The Rise and Fall of the British Nation, según el cual, «liberada de la garra de la decadencia de la nación británica y del Estado británico, Inglaterra podría acabar de una vez con sus delirios de grandeza». Solo sería la octava economía del mundo, pero no sería el culo de un Reino Unido provinciano o, tal vez, irredentista. «Menos arrogante y más comprensivo sobre su lugar en el mundo, podría repensar muy pronto su hostilidad hacia la Unión Europea», dice el historiador.

Partiendo del hecho de que en el Reino Unido hay, según dice Esler, un modelo federal secreto, un modelo que de hecho existe, pero que nadie quiere reconocer, una solución sería recuperar la idea que el estadista Joseph Chamberlain defendía a finales del siglo XIX. Era la idea de autonomía para todo el mundo dentro de un estado federal, eso sí, con los derechos y deberes de cada una de las partes bien escritos, de manera que se eliminara la percepción del déficit democrático.

De momento, el Reino Unido todavía ha de sacar las cuentas de lo que supone y supondrá en el futuro el Brexit, pero el nacionalismo inglés ya ha demostrado su carga rompedora. Decía The Economist que el sentido de lo que es inglés ya «está cambiando ante nuestros ojos». Un ejemplo bien visual es la bandera. Cada vez es más frecuente ver la inglesa (la cruz de san Jorge) ondeando en actos masivos en Inglaterra, sean deportivos o el último concierto del festival Proms, en detrimento de la Unión Jack británica, omnipresente hasta hace muy poco.