No hay duda, la epidemia de covid-19 es la mayor amenaza que hoy en día sufre occidente. Los límites al comercio, a la movilidad, al trabajo o a las relaciones sociales eran impensables hace solo un año, cuando el virus emergió en la provincia china de Wuhan.  Su onda expansiva nos ha llevado a una dimensión desconocida, una realidad reservada hasta ahora a unas poblaciones que quedaban al otro lado de una frontera económica donde enfermedades infecciosas como el sida o la malaria siguen haciendo estragos. Pero ahora está aquí, corre a la velocidad de la luz y no deja indemne una sola escala en el mapa. El virus afecta a países ricos y pobres y aprovecha las autopistas de la globalización para circular a su antojo. Con los contagios ascendiendo sin horizonte, la mortalidad disparada, la movilidad restringida y la economía hundida ¿Dónde esta la salida?

Una opción sería que el virus se desvanezca. El SARS 1 o el ébola son casos recientes que no lograron globalizarse. Muchos confiaron que este coronavirus tendría un viaje similar, que sería incapaz de sobrepasar ese abismo económico que nos separa de quienes siempre sufren las peores consecuencias. Pero este virus amaga y resurge en oleadas que bloquean los sistemas sanitarios, frenan la economía y cierran fronteras. En ese paisaje la vacuna aparece como la única solución. Pero para que lo sea tiene que ser asequible y cubrir a una franja de población universal, es decir abarcar a todos los países, a todas las personas y de todas las edades.

Nada fácil, nada comparable a ninguna otra campaña de vacunación en nuestra historia. Es un virus y necesitamos una estrategia para expulsarlo. No se puede comparar a una guerra, es una crisis sin precedentes, aunque tenemos un arma de destrucción masiva: la vacuna. El problema es que con el mundo retraído por la pandemia, no basta con tenerla. Para frenar la acometida hay que estar seguros de producirla en cantidades suficientes y distribuirla de manera eficaz y equitativa. Descubierto el antídoto, quedan unas cuantas batallas por delante

 

Sólo 333 días

La primera, la carrera por hacerse con el líquido mágico, se ha resuelto. Tenemos la vacuna, de hecho no una, sino varias, gracias a una inversión –principalmente de recursos públicos–, para conseguirla en el menor tiempo posible. Nunca en la historia de la humanidad se había corrido tanto. Solo pasaron 333 días desde que se obtuvo la secuencia del genoma hasta que la británica Margaret Keenan recibiera el 8 de diciembre en un hospital británico, la primera vacuna. Fue la de Pfizer, aunque Sputnik, la vacuna desarrollada por los laboratorios estatales Gamaleya en Rusia y la de SinoVac en China, circularon incluso antes, con autorizaciones restringidas solo para esos países.

La industria, muy conservadora a la hora de asumir riesgos, no invierte en producir mientras no se regule su uso.

Buena parte de toda la ciencia básica, –lo que hay antes de que las vacunas candidatas entraran en ensayos en humanos– estaba ahí porque ya había sido financiado con miles de millones de fondos públicos, distribuidos entre universidades, como la de Oxford que está detrás de la vacuna de Astra Zeneca; en organizaciones multilaterales como la plataforma para la innovación en la preparación de epidemias (CEPI) por sus siglas en inglés, o incluso financiado a la industria privada como la alemana BionTech que recibió 500 millones de Euros del gobierno de Angela Merkel.

Los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, por su parte, financian desde hace décadas a las universidades que lograron los dos descubrimientos fundamentales para conseguir las primeras vacunas: la proteína viral y la modificación del material genético RNA. De todo ello se han beneficiado los laboratorios, encargados de preparar los ensayos en humanos y ahora responsables de llevar toda esta innovación a los viales que deben distribuirse para acabar en el brazo de la gente. Un año después de que se detectara el virus, hay diez vacunas aprobadas, incluyendo las que promueven China y Rusia. Mucho antes de lo esperado el mundo ha iniciado una campaña de vacunación que deberá superar una nueva limitación, la de las dosis. Esa es otra batalla.

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El reto del volumen de fabricación

Con la carrera de la vacuna resuelta el siguiente reto es el volumen de fabricación. Si todas las vacunas requieren dos dosis, como sucede con las primeras aprobadas, se requerirán 15 mil millones para inmunizar a toda la población del planeta. Con la actual capacidad de producción esa cifra parece imposible de alcanzar en menos de 3 o 4 años. Hay factores limitantes en la capacidad de construir nuevas plantas de producción o en la escalabilidad de vacunas como las de Pfizer o Moderna, basadas en nuevas tecnologías, para las que hay escaso conocimiento de producción.

En la elaboración de vacunas una cosa es el diseño, en manos de grandes multinacionales farmacéuticas y otra la fabricación, normalmente bajo licencia, que se limita a unos cuantos grandes productores, principalmente de India, China, Corea, Sudáfrica o Brasil. Hay también problemas de producción de componentes críticos como los viales donde transportar seguras unas vacunas que en algunos casos hay que mantener por debajo de los 70º bajo cero, una temperatura más baja que la del invierno polar.

Por otra parte, la industria, muy conservadora a la hora de asumir riesgos, no invierte en producir mientras no se regule su uso, lo que retrasaría la salida al mercado. La voluntad de distribuirla entre la población en el menor tiempo posible se traslada entonces inmediatamente a los gobiernos que, frente a la impotencia de no poder parar el virus por otros medios, deciden asumir el riesgo de adelantar recursos a los productores y empezar a manufacturar millones de dosis a riesgo, mientras siguen los ensayos. Si la vacuna se queda por el camino y no llega a ser regulada, el dinero se pierde; si no, todos esos recursos van a cambio de dosis. Una nueva batalla entre lo posible y lo deseable.

 

Compra a riesgo

Todos los gobiernos quieren vacunar cuanto antes mejor. Es normal, ya que la relación coste-eficacia de las vacunas es incuestionable, puede devolver el equilibrio laboral, económico y social ¿Cuánto cuesta un confinamiento continuado? El debate sobre el precio y las patentes se aparca y los países se lanzan a una lucha sin cuartel por conseguir dosis futuras. La provisión cuando todavía no se sabe si esas vacunas funcionarán, se dispara y con ella una nueva batalla «nacionalista» ¿Quien da más?

Las dosis no vendrán de golpe porque no hay capacidad en el mundo para producir tantas vacunas en un año.

Como se compra a riesgo, el cálculo inicial es que hay que conseguir el doble de dosis necesarias, porque la mitad de las que están en ensayos pueden quedar fuera de la carrera. Canadá avanza contratos para asegurar ocho dosis por persona para su población. Estados Unidos y Gran Bretaña, «sólo» seis dosis y Europa algo más de cuatro dosis por habitante, es decir el doble de las que en teoría se necesitarían. El problema de este sprint por llegar antes es doble. Para los productores la capacidad de negociación aumenta, todo el mundo quiere sus vacunas y mantienen prácticas de monopolio, como la confidencialidad de los contratos, pero por otro lado empiezan a comprometer muchas más dosis de las que pueden realizar.

Es la batalla del aprovisionamiento ¿Podrán cumplir las compañías con las dosis acordadas? Mientras en occidente se fija el horizonte del verano para llegar a la inmunidad de grupo, –un 70% de la población–, Pfizer, primero y luego Astra Zeneca empiezan a comprobar que la cadena de producción está tan estresada como la ilusión de los gobernantes por hacerse con las vacunas. La realidad es obstinada. Las dosis no vendrán de golpe, sencillamente porque no hay capacidad en el mundo para producir tantas vacunas en un año.

Los laboratorios prometieron cifras que se antojan inalcanzables cuando chocan con la realidad. Y es que producir una vacuna es mas complejo que fabricar un automóvil. Aumentar la producción requiere crear plantas nuevas, personal capacitado y mecanismos muy sofisticados de seguimiento y control. En la fabricación, el arranque es el peor momento y eso es lo que ahora mismo está afectando a la Unión Europea, aunque este frente se solucionará con el tiempo y con la llegada de nuevas vacunas como las de Novavax y Jansen, ya en fase de lanzamiento.

Ante la escasez, los países de renta baja se han lanzado a buscar acuerdos con China y Rusia.

Pero ¿qué ocurre fuera de nuestras fronteras? La última de las batallas que hay que ganar está en los países con menos recursos y debilidad para negociar con la industria. ¿Cómo frenar la epidemia en África o en Centroamérica? Frente a la voracidad de compra de las economías más desarrolladas, COVAX surge como una iniciativa que pone en marcha la Alianza Global para la Vacunación, –GAVI– para hacer posible que la vacuna llegue también a los países de renta media y baja. Si se quedan sin vacuna, será una nueva garantía de fracaso. COVAX, fija su objetivo en garantizar que todos tengan dosis para vacunar al menos al 20% de su población durante la fase aguda de la epidemia antes de que finalice el año 2021.

 

Muchas batallas, una guerra

Pero mientras aquí ya se está vacunando, en los países de renta baja solo empezarán a llegar a principios de marzo. Una primera partida de 150 millones de dosis para una población que abarca a la mitad de la humanidad. Ante la escasez, muchos de estos países se han lanzado a buscar acuerdos con China y Rusia. Las vacunas se han convertido así en un arma mas de la batalla geopolítica. Con Estados Unidos saliendo de una administración poco fiable fuera de sus fronteras, Moscú y Pekín se han lanzado a ocupar el vacío a través de acuerdos bilaterales que complementen la acción de la plataforma COVAX. La urgencia por la vacuna es la misma en Europa que en África o en el resto del mundo, y eso es lo que ha provocado esta otra carrera comercial, para asegurar que estos países no se quedan a la cola.

La amenaza de la capacidad de producción va a seguir, no obstante, durante todo este año, tal vez también durante el próximo, y si el virus se hace estacional –algo que la ciencia todavía desconoce– puede que estemos solo en el inicio de un camino que apunta a nuevas relaciones estratégicas basadas en la salud global como una nueva dimensión de la seguridad mundial. Muchas batallas pero solo una guerra. El juego no ha hecho más que empezar.