Estos días me viene a menudo a la cabeza este proverbio de uso frecuente en Estados Unidos, que con una imagen bien sencilla retrata muy bien la irreversibilidad absoluta de una determinada situación: cuando la pasta de dientes ya ha salido del tubo, no hay manera de que vuelva a entrar. Este es el momento que vivimos. La invasión rusa de Ucrania supone una conmoción política, social y económica de magnitud todavía desconocía, pero cierta. Irreversible. El canciller Olaf Scholz, en su histórico discurso en el Bundestag en el que planteó un reset de la política exterior alemana de las últimas décadas, utilizó la palabra Zeitenwende para definir el momento. Cambio de tiempo, cambio de era, explicado a una sociedad que protagonizó el último gran Wende en 1989 con la caída del muro.

Cierto, el covid ya nos vino a recordar de forma brutal muchas de nuestras vulnerabilidades estructurales e inició, o más bien avanzó y aceleró, cambios muy relevantes. Pero, aunque las respuestas no fueran siempre unánimes en Shanghái, Miami o Barcelona, nos encontramos ante un enemigo común. Y eso nos llevó a una cooperación internacional más intensa en torno a unas metas y objetivos comunes claros y definidos. Una lucha común y definida compartida en todo el planeta.

Ahora, sin embargo, la guerra define un cambio de otra naturaleza. Que no une. Que fractura y separa. Un cambio que se plantea cargado de una serie de incertidumbres. Supone el fin de referentes colectivos, políticos, sociales y económicos aparentemente muy estables y ya asumidos por todo el mundo. Sabemos lo que se acaba ante nuestros ojos. Pero no sabemos aún lo que vendrá.

Evidentemente, la primera incertidumbre que condiciona todas las demás es la militar sobre el terreno. Nadie puede saber en este momento ni cuándo ni cómo acabarán las operaciones armadas, la muerte y la destrucción. Ahora bien, sí podemos avanzar, ya que hay dos escenarios que no veremos. Es evidente que no veremos una derrota y rendición incondicional de Rusia que lleve a una retirada completa de su ejército, a una Ucrania completamente libre y preparada para su reconstrucción con ayuda internacional, y el retorno a casa de los millones de refugiados.

 

Conflicto territorial congelado

Pero ya tenemos claro que tampoco veremos una conquista y ocupación completa del país por parte del invasor y su dominación directa o indirecta a través de un gobierno controlado. El coraje de los ucranianos, la inteligencia de sus dirigentes civiles y militares, y el apoyo occidental, ya han vuelto del todo imposible este escenario. Y de aquí surge, si se me permite una deliberada contradicción, la certeza de que solo veremos una salida incierta. Borrosa. Inestable.

Una situación que probablemente llevará a un nuevo conflicto territorial congelado, como otros que ya tenemos en el mundo, sin lucha armada constante, pero también sin una solución definitiva. Es probable que durante décadas veamos y coexistamos con unos territorios ocupados por Rusia sin reconocimiento internacional real; que nos acostumbremos a una situación más o menos difícil, con violencia esporádica en su perímetro; en fin, con unas brasas que no serán el fuego del conflicto que ahora vemos, pero que no serán tampoco lo que podemos llamar una verdadera paz.

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Es probable que durante décadas veamos y coexistamos con unos territorios ocupados por Rusia sin reconocimiento internacional real.

Y esta inestabilidad de la seguridad sobre el terreno que nos espera podría ir más allá del territorio de Ucrania. No creo en modo alguno en un ataque a ningún país de la OTAN o de la UE. No. Pero sí creo que hay dos riesgos reales de más conflicto o, siguiendo con la imagen, de brasas que levanten llamaradas conscientemente provocadas: en Moldavia y en los Balcanes. De estos tendremos que hablar otro día. No obstante, me parece importante recordar que, en la República Srpska, dentro de Bosnia-Herzegovina, hay una bomba de relojería que no tenemos controlada y que puede detonarse desde Moscú.

Evidentemente, la cristalización de esta situación de inseguridad, muy real, lleva a un incremento del gasto para nuestra defensa en unos términos y con unas magnitudes desconocidas en Europa desde hace ochenta años. Alemania ya ha puesto cifras claras sobre la mesa. Los demás, seguiremos el mismo camino. No tenemos otra opción, aunque sí tendremos que discutir bien en dónde y a qué se dedica este refuerzo de nuestra defensa colectiva.

En la República Srpska, dentro de Bosnia-Herzegovina, hay una bomba de relojería que puede detonarse desde Moscú.

También en esto, lo que estamos viendo en Ucrania está dando muchas lecciones sobre lo que es importante y lo que ya es inútil para un ejército de autodefensa en el siglo XXI. Y tendremos que discutir qué parte de este nuevo esfuerzo se mantiene de forma independiente en cada estado y qué parte se articula de forma conjunta y, en este caso, cuál debe ser el papel de la UE. Materia también para otro análisis más profundo. Pero en todo caso, ¿qué impacto tendrá esto en nuestras otras prioridades colectivas de gasto público, empezando por ejemplo por la lucha contra la emergencia climática y el apoyo a una transición que no es fácil ni barata? No lo sabemos. No lo podemos saber. Incertidumbre.

 

Éxodo, no desplazamiento temporal

Nos encontramos también ante los grandes interrogantes derivados de la huida de los refugiados. Los datos oficiales de la Agencia de Naciones Unidas dan, en el momento en que escribo, una cifra de 3.772.599 refugiados identificados. Ya son muchos más, nadie tiene la menor duda. La generosa reacción de la población europea, empezando por Polonia y siguiendo por muchos otros países, está siendo impresionante, ejemplar. Pero tengamos bien claro que también a este éxodo se le puede aplicar plenamente la frase con la que he comenzado estas líneas. Quizá la mitad volverá a su casa (o a lo que quede de ella) si realmente hay una situación lo bastante estable en el país en los próximos seis meses o un año. Quizá.

Pero pese al amor demostrado por su país, muchas de estas madres que ahora recibimos harán todo lo que puedan —muy legítimamente— para integrarse en los países de acogida y para ofrecer un nuevo futuro a sus hijos. Esto, para muchos miles, será un éxodo, no un desplazamiento temporal. Y al menos, mientras no se traduzca en una integración general en el mercado laboral, que no siempre será posible, habrá que estar preparados para el esfuerzo social que representará. Incertidumbre.

Este «orden» se ha roto. Y tal como lo hemos conocido en estos últimos años, no volverá; o no en vida de ninguno de nosotros.

Pero este Zeitenwende tiene también un reflejo inmenso en aquello que solemos llamar el orden internacional. «Orden», lo llamábamos, porque así lo hemos conocido en Occidente y buena parte del resto del planeta desde 1945. Hemos visto guerras locales y regionales, hemos visto injusticias y problemas gravísimos. No obstante, entre el 45 y el 89 teníamos un cierto marco definido dentro del cual se producían estos conflictos. Y a partir de 1989 creímos que podríamos construir otro orden, con unos marcos estables de colaboración política más o menos eficaces, visualizados por ejemplo en el G-7, G-8 o G-20; y con una globalización económica dentro de la cual las empresas globales y los vendedores de servicios podían operar tratando todo el planeta como un solo espacio comercial y económico.

Este «orden» se ha roto. Y tal como lo hemos conocido en estos últimos años, no volverá, o no en vida de ninguno de nosotros. Quizá se trata de un retorno al orden «natural» de la humanidad, un despertar de los sueños e ilusiones ingenuas que nos han guiado durante las últimas décadas, como explica el historiador Timothy Snyder en una larga conversación con el periodista Ezra Klein (disponible, por cierto, en diversas plataformas, uno de los mejores podcasts que conozco sobre esta cuestión). Pero en todo caso, ni la globalización industrial y de servicios, ni la financiera, ni la logística, ni la de las telecomunicaciones e Internet, ni la de la colaboración en la investigación o en el espacio, ni la movilidad de las personas, serán nunca más como las hemos visto y conocido.

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Evidentemente, no hablamos aquí solo de Rusia: hablamos de China, y de una evolución hacia la ruptura de los grandes espacios comunes que ya estaba en marcha claramente. Pero en treinta días, en Pekín han visto con más drama y realismo que nunca lo que puede representar la interdependencia financiera, de comunicaciones. Y también han encontrado en Rusia a un aliado (o quizá a un vasallo, aún no lo sabemos) para construir una alternativa a todo aquello que llamábamos global y que de un modo u otro dominábamos desde Occidente.

 

Pasar una página histórica

El mismo ejercicio de búsqueda de independencia económica y productiva lo estamos haciendo nosotros, con dificultades evidentes y muchos interrogantes sin respuesta, en energía, en materias primas… Es demasiado pronto para saber cuál será el nuevo «orden» que defina los parámetros, los vínculos, los muros y las ventanas de comunicación entre nuestras sociedades y nuestros gobernantes en las próximas décadas. Nadie sabe cuánto tiempo durarán las sangrientas heridas que se han abierto, ni cuándo se cerrarán, ni si se harán más dolorosas. Algunos hablan ya de una segunda guerra fría, lo que me parece más verosímil que hablar de tercera guerra mundial. Pero no lo sé. Creo que nadie lo sabe exactamente. Incertidumbre.

Hay fechas que han marcado sucesivos Zeitwende para los europeos. De 1871 a 1914; de 1914 a 1918; de 1918 a 1939; de 1939 a 1945; de 1945 a 1989; de 1989 a 2022. Y ahora, ya veremos. Pero no tengo ninguna duda de que estamos pasando una página histórica de la misma transcendencia que las fechas anteriores.