En la década de 1990, América Latina emergió como «el Dorado» de la gran empresa española. Tal fue la magnitud del acontecimiento que, en señal de repulsa, pero también dando una idea de lo que estaba ocurriendo, se comenzó a hablar de los «nuevos conquistadores». Al vincularse esta presencia inversora con la conquista del siglo XVI, y su profunda reestructuración de la realidad continental, se resaltaba un proceso extraordinario, hasta entonces sin parangón en las relaciones económicas hispano latinoamericanas.

El proceso importaba desde una doble perspectiva, la americana y la peninsular. Desde esta última, las empresas españolas, hasta entonces mayoritariamente ensimismadas fronteras adentro, estaban poco acostumbradas a salir al exterior y con poco entusiasmo por internacionalizar sus actividades. Había excepciones, pero eran escasas. Paulatinamente, las grandes empresas comenzaron a ver en América Latina una oportunidad para sus negocios. La región se convirtió en el laboratorio desde donde transformar su organización y adaptar sus estructuras y cuadros directivos al mercado global.

El proceso no fue lineal ni sencillo, aunque hubo factores facilitadores, como el idioma, las afinidades culturales, los orígenes comunes de ciertos códigos legales e importantes colonias de inmigrantes. España era la «madre patria», o al menos una realidad cercana, lo que favorecía los negocios y los más diversos emprendimientos. Los contactos políticos ayudaban a las decisiones empresariales. Si la buena recepción de la transición española intensificó las relaciones diplomáticas durante los gobiernos de González y Aznar, el entusiasmo por la política exterior, y por América Latina, aminoró con Rodríguez Zapatero y Rajoy. Hoy, con Sánchez, parece reactivarse, aunque la pandemia ralentizó buena parte de los proyectos en marcha.

Simultáneamente se pagaron grandes peajes, comenzando por el desconocimiento de lo que podríamos llamar «usos y costumbres» regionales. América Latina, aparentemente manejable, emergía con un perfil más complejo del inicialmente presentado. También se debió abandonar el paternalismo (eurocéntrico o hispano céntrico) con el que muchos ejecutivos (altos, medios y bajos) se aproximaban a la región. Como dijo a comienzos de los 90 un alto cargo de una gran empresa española: «vamos a la Argentina a enseñarles a hacer negocios».

 

 

Nacionalizaciones vividas con ansiedad

La falta de experiencia internacional era compartida por empresas, prensa y opinión pública. Esto se observó cada vez que bienes españoles eran nacionalizados por gobiernos latinoamericanos, como Repsol y Red Eléctrica en Bolivia, Electricaribe en Colombia o Repsol YPF en Argentina. Cada episodio de este tipo era seguido atentamente por los medios y vivido con angustia y ansiedad.

La buena recepción de la transición española intensificó las relaciones diplomáticas durante los gobiernos de González y Aznar.

Entonces surgían los cuestionamientos sobre las cosas que se hacían mal o ante el rechazo a España y sus compañías. Mientras tanto, en otras partes de Europa, Asia o Estados Unidos, con empresas más acostumbradas a asumir riesgos, esos hechos se analizaban con mayor normalidad. La nacionalización de activos es un riesgo omnipresente de la inversión extranjera, especialmente allí donde hay escasa seguridad jurídica.

 

Compromiso de permanencia

Inicialmente, expatriados españoles integraban la mayoría de los equipos directivos trasladados con las nuevas inversiones y la presencia de gerentes locales era mínima. Con el tiempo y con un mejor conocimiento del terreno, de las dinámicas internas y de las pautas de funcionamiento económico, los conglomerados empresariales empezaron a soltar lastre y a vincularse más estrechamente al entorno. Así se desarrolló el compromiso de permanencia de la empresa española con la realidad nacional en la que se insertaba. Un compromiso claro y con proyección de futuro.

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Aprovechando la oleada privatizadora de los años 90 se produjo un desembarco de empresas de diversos sectores, como bancos y seguros, telecomunicaciones y energía. Casi todos ellos tenían un fuerte componente regulatorio, que se unía a una intensa intervención del estado en la economía.

Desde un comienzo la inversión española se concentró en el sector servicios, aunque su peso relativo, como el de las manufacturas y las actividades primarias, variaba de un país a otro. Entre 2010 y 2020, el 70,7% de la inversión neta se orientó a los servicios, mientras a las manufacturas fue el 22,3% y al sector primario el 7%.

Detrás de las primeras inversiones llegaron nuevas compañías, en algunos casos para dar apoyo logístico o para abastecer con insumos o servicios a los recién llegados. Esto diversificó la presencia española. También se amplió el rango de países donde se invertía, mientras crecía, de forma imparable, la presencia de las PYME. Hoy hay más de 6.400 empresas españolas en México y 1.500 en Chile, por citar solo dos ejemplos. De este modo, se multiplicó la creación de puestos de trabajo y el aporte al presupuesto nacional, vía impuestos devengados, creció en importancia.

En los 90, América Latina era más homogénea y cohesionada que hoy. Estados Unidos y España podían tener políticas regionales que contemplaran el cuadro completo y respondieran de manera global. Para las empresas esto también funcionaba eficazmente. El foco estaba en América Latina, en el conjunto regional. Allí emergían las oportunidades de hacer buenos negocios. Si bien algunos países, como Argentina, tenían mejores expectativas que otros, la mirada era amplia. Hoy las cosas han cambiado y las empresas hacen lecturas nacionales. Cada país es diferente, con sus expectativas, sus reglas de juego, su propia valoración del riesgo (económico y político) y muy pocos piensan en la dimensión regional.

 

Rechazo del proyecto bolivariano

Tras el año 2008 algunas empresas debieron desinvertir ciertas posiciones, para sobrevivir en un entorno complicado. La recuperación comenzada en 2014 hizo pensar que se podía retornar fácilmente los niveles anteriores. Pero, en el transcurso del siglo XXI ciertas cosas habían cambiado, muchas de forma irreversible. A consecuencia de la presencia/rechazo del proyecto bolivariano, la región se fragmentó y había que pensar a escala nacional.

Desde esta perspectiva, Brasil y México se convirtieron en los principales destinatarios de la inversión extranjera directa (IED) española en América Latina. Mientras China, ya afianzada como socio comercial latinoamericano, fue consolidándose como inversor regional gracias a sus acertadas políticas de fusiones y adquisiciones. El fin del super ciclo de las materias primas cerró el período de «vacas gordas», iniciando una nueva temporada de débil crecimiento económico, cuando no de recesión.

Entre 2010 y 2020, el 70,7% de la inversión se orientó a los servicios, a las manufacturas fue el 22,3% y al sector primario el 7%.

La crisis de 2008 tuvo efectos catastróficos sobre la economía española y los sucesivos gobiernos debieron mirar fronteras adentro, intentando que el coste social fuera el menor posible. La ayuda oficial al desarrollo (AOD) tuvo un descenso acumulado del 75% hasta 2016. Esa introspección llevó a prestar menos atención a lo que ocurría fuera, en especial en América Latina, hasta ese momento un «área prioritaria».

Desde entonces se ha instalado la idea de que España ha perdido presencia e influencia en América Latina, y que su imagen se ha deteriorado. La exigencia de López Obrador de que la Corona pida excusas por los excesos de la conquista debería inscribirse en esta posición de debilidad. La idea ha sido recientemente reforzada con otra relativamente similar: ¿están las empresas españolas desinvirtiendo en América Latina (o al menos invirtiendo menos que antes), en un movimiento que implicaría en el medio y largo plazo su retirada de la región?

En los 90, América Latina suponía más del 55% de la IED española. El resto se concentraba en Europa. Su importancia dependía de si se incluía o no al Reino Unido, que era (y sigue siendo) un destino importante. Sin embargo, al avanzar la internacionalización se intensificó la búsqueda de nuevos mercados. Junto con Europa, Estados Unidos se convirtió en un objetivo prioritario. Eso no impidió que América Latina siguiera ocupando, como también ocurre ahora, un lugar privilegiado.

Las cifras lo muestran. Entre 2001 y 2009 la inversión neta en la UE-27 fue el 36,2% del total; Reino Unido, 29,7%; América Latina, 13,7% y Estados Unidos, 12,5%. Y entre 2010 y 2020, América Latina, 37,8%; Reino Unido, 23,4%; Estados Unidos, 18,2% y UE-27, 12,1%. Evidentemente hay fluctuaciones coyunturales entre los destinos, aunque la opción latinoamericana sigue siendo clara.

Casi el 90% de la IED española se concentra en seis países​: Brasil, México, Chile, Perú, Colombia y Argentina. En este tiempo algunas posiciones han cambiado: Brasil superó a México como primer destinatario de la IED bruta y neta, mientras Argentina está en su nivel más bajo de los últimos 30 años. España es el primer inversor en Chile, y el tercero en Brasil y México, tras Países Bajos y EEUU (primero en México y segundo en Brasil).

Casi el 90% de la IED española se concentra en seis países​: Brasil, México, Chile, Perú, Colombia y Argentina.

Entre 2001/2009 y 2010/2020, Brasil pasó de representar el 20,3% de la IED española en América Latina al 33,5%; México del 43,4% al 21,6%; Chile del 10,4% al 14,7%; Perú del 2,3% al 12,4%; Colombia del 1,3% al 5,8% y Argentina del 11,5% al 1,6%.​ En un segundo grupo están Uruguay (2,5%), Venezuela (1,5%),​ Panamá (1,1%), República Dominicana y Ecuador (0,9%) y Costa Rica y Cuba​ (0,5%). El Salvador, Bolivia, Honduras y Paraguay tienen participaciones inferiores.

 

 

Carbón, petróleo y gas

¿Qué ocurre más recientemente? Entre 2003 y marzo de 2021, las empresas españolas en América Latina iniciaron 2.642 proyectos de inversión directa (greenfield projects), con una inversión de 177.751 millones de dólares​, que creó 460.539 puestos de trabajo. Los principales destinatarios fueron México (28%), Brasil (15%), Colombia (12,5%), Chile (10,5%), Argentina (7,6%), Perú (6,7%), Panamá (2,8%) y ​República Dominicana (2,7%). Los restantes países recibieron el 14,1%. En las mismas fechas, la mayoría de proyectos se concentró en los business services. Si los hoteles y el turismo generaron la mayor creación de empleo, las energías renovables supusieron las inversiones más cuantiosas. Carbón, petróleo y gas generaron el mayor promedio de inversión por proyecto.

Si los hoteles y el turismo generaron la mayor creación de empleo, las energías renovables supusieron las inversiones más cuantiosas.

En 2021, al tiempo que España se convirtió en un destino crecientemente atractivo para la inversión latinoamericana, como muestran los capitales mexicanos, América Latina sigue siendo un destino prioritario para la inversión española, aunque con una importante criba en función del país y, dentro de este, de los sectores considerados. El proceso de reconstrucción post pandemia y las oportunidades que conllevaba, especialmente en torno al Pacto Verde y la transformación digital, serán una prueba importante para la inversión española.

El riesgo país influye de manera clara, al igual que las oportunidades de negocio en las diferentes áreas de actividad. Al final, la inversión dependerá de una decisión estratégica, pero nuestras empresas tienen un conocimiento de América Latina y un reconocimiento de sus pares de otros orígenes que siguen haciendo posible la continuidad de la aventura latinoamericana. Y todo esto con una clara apuesta de permanencia y continuidad.