Las elecciones al Parlamento Vasco han deparado la novedad del legislativo más nacionalista de la historia reciente en el momento en que más baja es esa autoidentificación por parte de los ciudadanos, según diversos estudios de opinión. A la vez, han modificado la relación de votantes entre las dos grandes fuerzas nacionalistas, de manera que la habitual ventaja del institucional sobre el anteayer revolucionario –del PNV sobre la izquierda abertzale, ahora EH Bildu– se ha reducido drásticamente, venciendo incluso esta segunda en dos de las tres circunscripciones (Gipuzkoa y Álava). Por otra parte, el éxito obtenido por Bildu ha obligado a pensar acerca de dos cuestiones: cómo de rápido se ha olvidado su condición de heredera de ETA y cómo ha prosperado una opción rupturista con un mensaje y una estética típicamente socialdemócratas. Finalmente, los cambios estructurales en el electorado vasco anticipan otros en las alianzas políticas, en este momento imposibles por el peso de la generación resistente al terrorismo reciente.

 

El soberanismo no da miedo

Los dos candidatos nacionalistas (Pradales y Otxandiano) no han ocultado su pasión soberanista, si bien han dejado la cuestión convenientemente opacada tras propuestas electorales de tipo social y dispuestas a encarar problemas de funcionamiento de los servicios públicos (sanidad, sobre todo). El Estatuto vasco es el único que todavía no se ha reformado y durante la pasada legislatura una comisión parlamentaria se entretuvo analizando el tema sin resultado alguno. Sin embargo, en los programas no aparecían fórmulas para retomar el asunto.

El nacionalismo hegemonista vasco ha prosperado sobre la base de no parecerlo; o peor, de no tomarlo en serio su electorado habitual, pero tampoco el que se le ha acercado, porque el soberanismo no da miedo, no se cree que esas fuerzas estén dispuestas a ponerlo en pista a cambio de perder mucho voto prestado. La experiencia catalana es en ese sentido concluyente. De manera que aquí, una sociedad nacionalista de mayoría ciudadana no nacionalista vota abrumadoramente a los nacionalistas para que no desarrollen en el inmediato futuro un programa de máximos de esa naturaleza. Es el resumen del trabalenguas político vasco.

Una sociedad nacionalista de mayoría ciudadana no nacionalista vota abrumadoramente a los nacionalistas para que no desarrollen en el inmediato futuro un programa de máximos de esa naturaleza.

En todo caso, todo ello es una suposición. Con esa mayoría apabullante los nacionalistas están en condiciones en cualquier momento de modificar la agenda y poner sobre la mesa un debate secesionista impensable hoy. Algunos votantes provisionales de esas marcas –sobre todo de Bildu–, ajenos a sus creencias patrióticas, se pondrían en guardia al primer atisbo de Frente Nacional, pero la fórmula de la rana en el puchero caliente está inventada hace mucho, como para despejar alegremente las posibilidades y riesgos de la presente situación.

 

Las llaves del caserío

En la comunidad nacionalista se aprecia un proceso estructural de sustitución: el hermano mayor, ya curtido y regresado de pendencias y estridencias de mozo soltero, está en condiciones de hacerse cargo de la hacienda toda vez que el padre muestra signos de senilidad. El primero ya se mostró dispuesto gestionando diversos ayuntamientos, encabezando protestas contra el mal funcionamiento de algunos servicios públicos, pero, sobre todo, dejándose ver en la gestión cotidiana ciudadana como profesional serio que no genera más inquietud para hacerse cargo de lo común que otros muchos como él.

El blanqueamiento de que se habla es en la comunidad vasca sobre todo normalización de este tipo de paisanos, ya vueltos de sus pronunciamientos incívicos y criminales de otros tiempos. A cambio, aita chochea un poco y, aunque todavía no está para residencia, su fama de gestor explotó con la pandemia y ya nada le va bien. Incluso la profusión de protestas sectoriales se la toma como un ataque personal (a su partido), como una suerte de conspiración, y es incapaz de ver que su prepotencia tradicional cada vez asusta menos. Incluso más, el chico mayor aspira a su parte del negocio común y a proyectarse de una vez como la élite social que se imagina ser.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

Deshacerse de un ‘lehendakari’-candidato valorado con un siete se ha demostrado un error garrafal a cargo de Ortuzar, también incapaz de reconocerlo.

Semejante tránsito se va desarrollando con paso firme. Bildu desarrolla una estrategia de sorpasso china, silenciosa y a medio plazo. Los resultados de abril no han sido una sorpresa porque venían a ratificar los anteriores municipales/forales e incluso los nacionales a Cortes. Enfrente, el PNV prometió reformarse, pero no lo hizo. Peor aún: cambiar de caballo a mitad de carrera –deshacerse de un lehendakari-candidato valorado con un siete– se ha demostrado un error garrafal a cargo de Ortuzar, también incapaz de reconocerlo. Y la novedad del clon (Pradales) solo la ha sostenido la fidelidad final de su clientela y de su electorado, y el temor de otro cercano a un cambio para el que no estaba preparado ni dispuesto. Frente a un cambio estructural del electorado favorable a su competidor ha cometido una sucesión de fallos que todavía ha menguado más sus posibilidades. Con todo, y con perder cuatro puntos, el viejo casero ha seguido ganando. Todavía no está para el retiro.

 

Trajes de chaqueta color pastel

Del escenario electoral abertzale han desaparecido las chupas de cuero, los pendientes Lola Flores y las narigueras, los flequillos a hachazo y las miradas agresivas, sustituyéndolos trajes de chaqueta apastelados, gafas académicas y cortes de pelo discretos. El díscolo hijo pequeño solo apareció el día de la votación, nada más. El programa es socialdemócrata o así: por ejemplo, la alternativa económica se centra en el espíritu cooperativo, el enraizamiento de las empresas, la constitución de un fondo soberano y la autosuficiencia a todos los niveles (en un país de dos millones de habitantes, más pequeño que Barcelona provincia, todavía bastante industrial y dependiente por completo en lo energético).

Bildu desarrolla una estrategia de ‘sorpasso’ china, silenciosa y a medio plazo.

La mayoría de los puntos fuertes se resumen en una Euskadi first: identidad comunitaria; sistema educativo «soberano, euskaldún, coeducativo, basado en las pedagogías feministas»; y nueva relación con el Estado (confederal y bilateral), y en unas invocaciones doctrinarias estupendas: reforzar la autosuficiencia energética, alimentaria, económica, comercial, turística, fiscal y digital, ecologización de todos los ámbitos de la vida, revivir las zonas rurales (el primario es el 0,5% del PIB vasco) o recuperar el proyecto nacional de Euskal Herria.

A pesar del esfuerzo, el atractivo de esta fuerza política reside todavía más en su presencia en las movilizaciones a la contra y en unos eslóganes que recogen todo el pertrecho del izquierdismo –muy eficaz en el primer voto joven– que en la solvencia y posibilidades de un programa para dirigir el país en una tesitura compleja: la ciudadanía vasca sigue siendo muy rica porque cada vez es menos numerosa, pero su posición en el escenario nacional continúa menguando en importancia. Aunque el aspecto social ha resultado más atractivo que el nacional oculto, quizás algunas preguntas sobre la viabilidad de esa parte de su programa suscitarían todavía mayor preocupación que las habituales demandas patrias.

 

El olvido de ETA

Más seria aún es la cuestión del olvido. ETA desapareció de escena hace más de una docena de años, pero prescindir de su recuerdo dice poco de la sociedad vasca. Una cosa es que por fin la izquierda abertzale haya venido a la civilidad democrática que abandonó voluntariamente en 1977 y otra muy distinta que nos alegremos del éxito de la creación política de ETA. El problema no es suyo, de si pide perdón o si renuncia a su historia; el problema es de una sociedad vasca tan rápidamente amnésica. La del otro día fue una noche triste no solo para las muchas víctimas de la banda, sino también para los ciudadanos que levantaron en esos años la bandera del pluralismo atacado y para los que sufrieron las múltiples expresiones de microviolencia por parte de ese mundo social hasta conseguir relegarlos a un segundo plano, forzarlos a renunciar al protagonismo ciudadano que merecían.

ETA no ganó ni consiguió sus objetivos, pero sería necio no reconocer que ha condicionado extraordinariamente la sociedad que ahora afronta el tiempo de su desaparición. Basta ver los resultados: donde más insistente fue su violencia y su coacción más votos cosecha su cultura política.

ETA desapareció de escena hace más de una docena de años, pero prescindir de su recuerdo dice poco de la sociedad vasca.

Ahora el PNV se acuerda de las políticas de memoria pública que ha obstaculizado, ahora que el competidor le sopla la nuca se afana en hacer ver a la sociedad vasca que la diferencia con ellos es que unos aplaudían o propiciaban la violencia terrorista y otros no. Ahora está recogiendo el fruto de su indolencia o de su lógica sectaria; ahora está descubriendo que a nacionalistas les están ganando ellos, porque el padre del caserío era más abierto que el hijo mayor, que se educó con su doctrina extrema. La cuestión generacional también se repite en esta delicada y crítica problemática del terrorismo, su responsabilidad y su recuerdo presente.

 

La pugna españolista

Luego, más allá de lo descrito, estaban los partidos nacionales. Los dos prosperaron porque estaban en cotas históricas en cuanto a malos resultados e incluso el que andaba relativamente mejor –el llamado «quinto espacio», el comunista o ahora alternativo– decidió dispararse al pie y contribuir en parte al éxito abertzale retirándose de escena y pasándole buena parte de sus votos. La pugna entre partidos nacionales era sencillamente irrelevante, como su posición. La ilusión conservadora por adelantar en puestos postreros a los socialistas y de hacer desparecer a su competidor de la extrema derecha no resultó, lo que enturbió su magro avance.

El espacio comunista, o ahora alternativo, decidió dispararse al pie y contribuir en parte al éxito ‘abertzale’ retirándose de escena y pasándole buena parte de sus votos.

Los socialistas ganan posiciones e irán más fuertes en el próximo gobierno de coalición, pero si no reaccionan tienen sentenciado su futuro con el PNV, igual de envejecido que ellos. Su condición de partido mochila, su política solo de alfombra y su endogamia ajena al buen plantel de profesionales de que podrían disponer en sus entornos siguen empequeñeciendo a esa formación histórica y limitando su futuro a la expectativa vital de sus dirigentes y afiliados aspirantes.

En todo caso, la posibilidad de un cambio de alianzas, una incorporación del PSE al izquierdismo que maneja la izquierda abertzale y esa opinión biempensante del progresismo vasco –en un ancho que va de parte del PNV hasta Sumar/Podemos– deberá esperar a que desaparezca la generación que se educó en la socialdemocracia de los 80 y 90, y que, sobre todo, plantó cara al terrorismo etnonacionalista. Apartada esta, el radicalismo adoptado por el PSOE desde Zapatero, y ahora con Sánchez, proporciona una posibilidad para enganchar con nuevas generaciones de la izquierda, poco preocupadas por los problemas formales de la democracia liberal y el Estado de derecho.

Quizás a ese precio se pueda salir en el futuro del callejón sin salida que todavía es la política vasca mientras la izquierda abertzale no tenga, como hoy, a nadie que le escriba. De haber ganado y no poder gobernar ahora Otxandiano, ese valladar sería difícil de respetar de nuevo dentro de cuatro años. Pero con los resultados pasados, todavía nacionalistas y socialistas tienen una oportunidad para enderezar su rumbo y no parecer agentes políticos de otro tiempo. Si no lo consiguen, simplemente les barrerá la historia.