Que el interés de la filosofía radica más en las preguntas que se hacen los filósofos que en las soluciones o respuestas que les dan es una verdad que se ha ido imponiendo desde que la filosofía emprendió un camino definitivamente separado del de la ciencia empírica. Fue precisamente Kant el primero en reconocer los límites de la filosofía tanto por lo que se refiere al conocimiento de la realidad como por lo relativo a los principios de la moral. Las tres grandes preguntas: «¿qué puedo conocer?», «¿qué debo hacer?» y «¿qué puedo esperar si hago lo que debo hacer?» enmarcan su pensamiento desde la publicación de la primera Crítica: la Crítica de la razón pura, publicada en 1781.

Dada mi trayectoria como docente de filosofía, centrada sobre todo en el pensamiento ético, me fijaré aquí en la segunda pregunta, la del deber moral, la más vigente tres siglos después de la formulación kantiana. Efectivamente, las fórmulas del imperativo categórico, expuestas y explicadas en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, son todavía hoy los mejores criterios para examinar la corrección o incorrección moral de una determinada acción. Pienso especialmente en la fórmula más conocida y que se enuncia así: «Actúa de tal manera que trates a la humanidad siempre como un fin y nunca solo como un medio». Este principio, denominado el de la dignidad humana, puesto que reconoce la absoluta dignidad de cualquier persona sean cuales sean sus condiciones físicas o mentales —rica o pobre, enferma o sana, joven o vieja—, es el que aplicamos al argumentar si lo que nos representamos como un deber merece realmente el atributo de «deber moral».

El deber de «no mentir» tiene un sentido absoluto, sin atenuantes de ningún tipo que permitan matizar la obligación de decir la verdad pase lo que pase.

Kant era un pietista, movimiento protestando que enfatizaba especialmente el esfuerzo personal en el comportamiento virtuoso. Las primeras críticas que recibió la ética kantiana apuntaban a la inflexibilidad y la carencia de contextualización en la aplicación de las normas morales una vez pasadas por el filtro del imperativo categórico. Para decirlo más claro y con el ejemplo más kantiano que conocemos: el deber de «no mentir» tiene un sentido absoluto, sin atenuantes de ningún tipo que permitan matizar la obligación de decir la verdad pase lo que pase. Y es cierto que algunos de los escritos del filósofo conducen a esta interpretación rígida, la cual, sin embargo, no desmerece el acierto del imperativo al establecer la dignidad intrínseca de la persona y el deber de respetarla como criterio supremo de la moralidad.

La llamada «ética aplicada» sigue invocando constantemente este principio cuando se trata de evaluar, desde el punto de vista ético, un determinado tratamiento médico, una concreta aplicación de la inteligencia artificial, la muerte de centenares de inmigrantes que huyen de situaciones de guerra o de hambre, y tantos otros hechos de la contemporaneidad. Con conceptos más elaborados, Kant consagró el que desde Confucio se considera la «regla de oro de la moralidad»: «lo que no quieres para tí no lo quieras para nadie».

 

Libertad y dignidad

Kant da una respuesta propia de un genio de la filosofía a la pregunta central de la ética: «¿qué debo hacer?». No solo da una respuesta, sino que se detiene a examinar cómo tiene que ser el sujeto capaz de hacerse la pregunta. Tiene que ser —dice— un sujeto libre: la libertad personal es la condición necesaria para plantearse y responder a la pregunta por el deber moral, puesto que la especificidad de la acción moral radica en la autonomía. A diferencia de la normatividad jurídica, que es heterónoma, la norma ética es autónoma: el ciudadano tiene que cumplir la ley por las buenas o por las malas, la considere o no justa o acertada, mientras que la norma ética es fruto de una argumentación racional y se la autoimpone cada sujeto.

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Libertad y dignidad son dos caras de una misma concepción del sujeto moderno: el sujeto tiene dignidad porque es libre de decidir, y lo que le otorga una dignidad superior a la de cualquier otro ser vivo es precisamente el hecho de que está dotado de libertad. De aquí que, cuando Kant se pregunta por el significado de la Ilustración, de la que es el representante indiscutible, la respuesta es: «Ilustración significa el abandono por parte del hombre de una minoría de edad cuyo responsable es él mismo». El sujeto es responsable de su inmadurez cuando le faltan la resolución y el valor necesarios para servirse de su entendimiento. Sapere aude, «atrévete a pensar por tí mismo», este es el lema de la Ilustración.

‘Sapere aude’, «atrévete a pensar por tí mismo» es el lema de la Ilustración, de la que Kant es el representante indiscutible.

Hoy, no hay que repetirlo, el legado de la Ilustración está en horas bajas. Las guerras y los totalitarismos del siglo XX no han dejado rastro de la razón ilustrada que Kant preconizó como una potencialidad humana que avanza hacia el progreso moral. La Ilustración ha sido un fracaso, después de las dos guerras mundiales, dijeron los filósofos de la Escuela de Frankfurt. El imperativo categórico de respetar la dignidad humana no ha funcionado en la práctica, no porque no sea posible, sino porque los humanos no han sabido o no han querido hacer un uso racional de la libertad.

En el marco teórico, el progreso moral y político ha tenido hitos importantes: la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la creación de las Naciones Unidas, pero ninguna de ambas instituciones tiene un recorrido claramente satisfactorio. Sabemos lo que tenemos que hacer, pero no lo hacemos. También lo escribió Kant: lo único bueno en el mundo es la «voluntad buena». ¿Dónde está la voluntad buena en la invasión de Ucrania, en el conflicto israelí, en el crecimiento de las desigualdades, en la violencia de género? ¿Dónde están hoy las muestras evidentes de que somos capaces de tratar a la humanidad como un fin y no solo como un medio?

 

La anarquía moral

La debilidad de la voluntad no es una cuestión ignorada por la ética kantiana. Lo demuestra la tercera de las preguntas mencionadas más arriba: «¿qué puedo esperar si hago lo que debo hacer?» Kant prevé que, a pesar de la existencia del imperativo moral en la conciencia de los seres racionales, este no llevará a la armonía ni a la salvación total. Tampoco a la felicidad. No será la razón la que acabará imponiéndose, sino la anarquía moral. Por eso, la última pregunta kantiana lleva a la desesperanza. Tan convencido estaba Kant de la «mala voluntad» de los humanos, que lejos de entender la virtud como la entendió Aristóteles, como el telos que conduce a la vida feliz, el filósofo de Königsberg [hoy, Kaliningrado] la reduce a un deber cuya finalidad no es la felicidad, sino tan solo hacernos dignos de ser felices.

Si el incumplimiento de la ley se penaliza y el cumplimiento de los mandamientos de Dios promete una vida eterna, la moral autónoma no permite esperar nada.

Kant construye un pensamiento ético autónomo, no sustentado en el derecho ni en la religión. Ahora bien, la diferencia entre una moral heterónoma y una moral autónoma es que la primera tiene consecuencias para la persona que cumple o transgrede las normas: si el incumplimiento de la ley se penaliza y el cumplimiento de los mandamientos de Dios promete el final feliz de una vida eterna, la moral autónoma no permite esperar nada. El reino de los fines —a saber: un mundo donde todos los hombres y mujeres sean tratados como fines— es improbable, así que lo único que pueden esperar los que se han comportado correctamente es la satisfacción de haberlo hecho.

Una mirada atrás, cuando celebramos el tricentenario del nacimiento de Kant, pone de manifiesto que la actualidad del filósofo ilustrado ha sido constante desde que, durante un periodo de diez años y cuando el autor ya había superado la sesentena, dio a luz una obra monumental que se vertebra en torno de las tres Críticas: Crítica de la razón pura, Crítica de la razón práctica y Crítica del juicio. Hay que subrayar que la comunidad académica española, ajena a las inquietudes que dieron lugar al movimiento ilustrado, ignoró prácticamente del todo la obra del filósofo germánico hasta entrado el siglo XX. Solo Jaume Balmes, el filósofo más reconocido del siglo XIX español, muestra un conocimiento profundo y un diálogo sostenido con la filosofía kantiana. Ortega y Gasset escribía en 1908: «Actualmente no existen en ninguna biblioteca pública de Madrid —casi pudiera añadir ni privada— las obras de Fichte. Hasta hace pocos días no existían tampoco las de Kant: hoy las ha adquirido el modesto Museo Pedagógico en una edición popular».

 

La conciencia del bien y el mal

Afortunadamente, hoy no se puede explicar filosofía aquí ni en ninguna parte sin considerar a Kant como una de las referencias imprescindibles. Es un clásico porque la influencia de su pensamiento, concretamente la filosofía moral, nutre nuestra manera de entender la ética. A Kant le debemos una fundamentación racional de la conciencia del bien y el mal que no ha sido superada por ningún otro filósofo. Es cierto que, como se le reprochó casi desde las primeras recepciones de su obra, la ética kantiana es excesivamente formal, procedimental, sin contenido material, lo que tiene el inconveniente de que puede servir para justificar una máxima de conducta y la contraria. Sin ir más lejos, Eichmann invocó a Kant como su mentor filosófico en el juicio que lo condenó por la implicación directa que tuvo en el genocidio de los judíos.

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A Kant le debemos una fundamentación racional de la conciencia del bien y el mal que no ha sido superada por ningún otro filósofo.

De las tres preguntas mencionadas, la más inquietante, la que queda más abierta, es la tercera: ¿qué puedo esperar si hago lo que debo hacer? Se trata de la pregunta más definitiva porque remite al sentido que tiene la vida buena: ¿qué sacaré de ser una buena persona? Ya se la planteó Platón haciendo dialogar a Sócrates con los sofistas: ¿Por qué tenemos que hacer el bien? ¿Por qué es mejor la justicia que la injusticia? ¿Por qué vale más la paz que la guerra? La manera en que Kant resuelve la incógnita es decepcionante puesto que parece desdecirse de la autonomía de la ley moral. Solo habría esperanza si hubiera un final trascendente —un alma inmortal y un Dios reparador de las injusticias—. Es decir que, para Kant, la existencia de otra vida no sería el punto de partida de la ética, sino el punto de llegada. Dios no es el fundamento de la moral; la moral acaba siendo la garantía de la existencia de Dios.

 

La paradoja humana

La renuncia de Kant a la esperanza de una vida terrenal éticamente exitosa apunta una concepción pesimista de la condición humana: no podemos atribuir al ser humano «una voluntad innata e invariablemente buena» que nos permita prever un progreso constante hacia un mundo mejor o, dicho de otro modo, la seguridad de una vida más razonable, una auténtica «razón práctica». Lejos de prever este final, lo que de hecho verificamos es «una mezcla del mal y el bien» porque así es la condición humana.

Los hombres no son dioses, por eso han de someterse a imperativos éticos de los cuales no podemos esperar un progreso moral absoluto, entendido como la armonía, reconciliación y salvación total. A medio camino entre el esfuerzo para fundamentar una moral autónoma y laica y la nostalgia de una esperanza trascendente que ya no tiene razón de ser, Kant expone como nadie la paradoja humana de poder imaginar un mundo ideal y ver reiteradamente frustrada su total realización.