Ni una sola de las narraciones de Mai no sé què fer fora de casa (2013) llevaba un título convencional y, si se revisaba el índice, se podía concluir que Neus Canyelles antologaba o analizaba una serie de textos canónicos: «La dama del gosset, d’Anton P. Txékhov», «Lola, de Truman Capote», «Alemanys a taula, de Katherine Mansfield»... No era así, pero tampoco lo contrario: Neus Canyelles hacía lo que normalmente se oculta o no se explicita demasiado: insinuar que algunos escritores no desean tanto escribir con originalidad como reescribir los relatos que más aman. Al fin y al cabo, Borges ya advirtió que los libros no están incomunicados y que entre todos se hablan y forman un eje de relaciones infinitas.

Así pues, el hecho de que Hiperràbia, de Ferran Grau (Lleida, 1982) muestre en todo momento la voluntad de rendir homenaje a La naranja mecánica de Anthony Burgess, como si constituyera una reescritura actualizada de la novela, no representa ningún hándicap para la lectura, entre otros motivos porque la literatura y su historia quizá sea siempre una nota a pie de página de los libros que alcanzan la categoría de clásicos. Ni tampoco molesta en absoluto el hecho de que Berta Creus (Sant Martí de Tous, 1986), en Fins a l’última pedra, no oculte en ningún momento la voluntad de seguir los pasos del hálito sobrenatural de Pedro Páramo, de donde la autora toma significativamente una de las citas que encabezan su novela: al fin y al cabo, ha escrito una novela que transita voluntariamente por el género fantástico, y ya se sabe que, en este territorio, tanto o más importante que el dibujo de unos personajes o de unos conflictos internos es el peso que tiene la geografía, como si el espacio fuese el verdadero detonante de la acción. Como Juan Rulfo, Berta Creus consigue también que el decorado deje de ser un simple decorado para transformarse en otra cosa, en un clima o un ambiente de extrañeza que alimenta la aparición de lo insólito, en unas garras que atrapan tanto las vicisitudes de los personajes como la atención del lector.

Desde el  primer momento, Ferran Grau no disimula tampoco la entusiasta admiración que siente por Anthony Burgess y La naranja mecánica, y en la nota que abre Hiperràbia afirma que  «en ambos libros hay una sinuosa indagación sobre el libre albedrío, los límites de la moral común, la manipulación de las conciencias y la posibilidad de redimirse». Quizá sí: como Burgess, que creó para sus protagonistas adolescentes el argot nadsat, convencido de que el lenguaje no existía tanto para registrar la realidad como para liberar la imaginación, Ferran Grau también otorga un argot propio, el xeno —«extraño», en griego— a sus personajes, unos chicos ociosos que atraviesan a la deriva las noches de Barcelona como si la ciudad fuese un parque de atracciones diseñado para distraerlos y divertirlos.

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