El sistema está hecho para que los gobiernos aguanten

Cuando decidió disolver el Parlamento, el presidente Aragonés llevaba 523 días gobernando con el único apoyo estable de 33 diputados de los 135 con que cuenta el legislativo catalán. Un año y medio. Y podría haber continuado, a pesar del voto negativo a los presupuestos, porque en nuestro sistema los gobiernos tienen la capacidad de prorrogar las cuentas públicas de un año a otro. Aragonés podría haber acabado su mandato, si no hubiera creído (con toda la razón) que lo que le quedaba por delante era un vía crucis en toda regla.

Valga el ejemplo para todos aquellos que señalan la debilidad evidente de un gobierno en minoría para pronosticar su caída inmediata. No, el nuestro es un sistema que tiene como objetivo primero la estabilidad, evitar que se produzcan vacíos de poder  y, por tanto, reforzar la primacía del ejecutivo y su mantenimiento. Fue la opción de 1978, conscientes como eran los dirigentes del momento tanto de la memoria convulsa del periodo republicano como de la extraordinaria debilidad con la que nacía el nuevo sistema.

De aquella apuesta nace la pervivencia del gobierno Aragonés con el apoyo de solo 33 diputados durante un año y medio de silenciosa estabilidad hasta la decisión de los comunes de hacerle saltar por los aires el proyecto de presupuestos para 2024.

 

Vendettas de familia

El adelanto electoral tiene su origen más inmediato en la negativa del grupo parlamentario de los comunes, pero la votación de presupuestos podría haber salido bien sin ellos, con el apoyo de los diputados de Junts. Pero hace tiempo que los postconvergentes no tienen ninguna intención (ni interés) de dar oxígeno al gobierno Aragonés. De hecho, desde que marcharon, en octubre de 2022. La pugna entre Junts y ERC ha marcado la política catalana desde hace veinticinco años, cuando la entonces CiU empezó a ver en los republicanos a unos competidores serios para su rol hegemónico en el campo nacionalista.

Desde entonces buena parte de la política catalana ha girado alrededor de esta pugna insomne, incluso cuando se presentaron juntos a las elecciones de 2015, cuando formaron gobierno, cuando impulsaron el último tramo del procés y cuando volvieron a hacer gobierno a partir de las elecciones de diciembre de 2017. Ni la triste experiencia de la prisión fue capaz de unir a ambos partidos.

El motor de la política de los últimos veinticinco años en Cataluña ha sido la competición en el campo nacionalista/independentista entre estos dos polos. El mismo procés acabó siendo un inmenso chicken game entre ellos, que acabó arrastrando a todo el país. Ahora, las elecciones del próximo 12 de mayo nos prometen un nuevo episodio de esta historia aparentemente inacabable.

Pero a esta batalla doméstica parece que se le ha sumado otra, la que han lanzado los comunes contra el PSC, al que culpan de la derrapada de los presupuestos por no ceder en el tema del Hard Rock. Resulta curioso que un partido que forma parte de un gobierno juntamente con el PSC se lance al vacío de este modo. Posiblemente son cosas que solo pueden pasar en las familias.

 

El aleteo de una mariposa…

El plante de los comunes ha tenido repercusiones mucho más allá de la Ciutadella. El mismo día que Aragonés disolvía el Parlament, en Madrid Sánchez renunciaba a llevar al Congreso el proyecto de presupuestos generales del Estado. Habrá prórroga, pues. Prórroga propiciada por uno de los socios del gobierno de coalición. Y no precisamente Podemos, que ya no es socio y se sienta en el grupo mixto (con Ábalos), desde donde juega a ser francotirador.

Sería para reír (o más bien para llorar) que los presupuestos del Estado hubieran caído por un complejo de turismo de tragaperras en el Camp de Tarragona. Todo ello es una concatenación de pifias incomprensibles. Pero posiblemente el origen no esté en Tarragona sino más lejos de Madrid, en Barcelona, donde los comunes no han digerido que el nuevo alcalde socialista no los haya incorporado ya al gobierno municipal. Es aquí donde todo apunta que está el origen del no a los presupuestos de la Generalitat y de la cadena de acontecimientos que han venido detrás.

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Si esto fuera así (y nadie saldrá a confirmarlo), sería el enfado de Ada Colau y su voluntad de hacer pagar a los socialistas por haberla dejado en aquel limbo incómodo que es la oposición municipal, después de haber optado (o no) a un ministerio en el nuevo gobierno, lo que habría propulsado la negativa a apoyar  las cuentas de Aragonés, sin prever (o quizás sí) que esto enviaba al cubo de la basura los presupuestos generales, ante la imposibilidad de negociarlos en medio de la campaña catalana.

 

Los vascos y las cosas de comer

Nota aparte merece la comparación de lo que acontece en Cataluña con lo que pasa en Euskadi. Allá hay elecciones el 21 de abril y a nadie se le ha pasado por la cabeza que esta circunstancia pudiera impedir la negociación presupuestaria en Madrid, con la participación de dos partidos, el PNV y EH Bildu, que se están jugando la victoria en aquellos comicios en una pugna fratricida y con la posibilidad de que, por primera vez, los jeltzales puedan perder ante los de Otegi.

A diferencia de lo que sucede en Euskadi, la convocatoria electoral catalana ha hecho saltar por los aires las negociaciones presupuestarias, puesto que se entiende que la pugna entre Junts y ERC se llevaría por delante cualquier acuerdo a tres bandas con el gobierno central.

Quizás tiene que ver con aquello que dice Jordi Amat sobre la crisis de autoridad o con un instinto suicida que el independentismo catalán ya demostró durante el procés, capaz de llevárselo todo por delante en una enloquecida carrera hacia la quimera y la nada, a riesgo de arrasarlo todo y de no dejar nada en pie. Los vascos, en cambio, parece que distinguen claramente el grano de la paja y se guardan mucho de quemarlo todo en un desvarío estéril.

 

¿Dónde está Yolanda?

Recuperemos el hilo. Si el adelanto electoral en Cataluña ha tenido como propulsores inmediatos a los comunes (a cambio de no se sabe qué beneficios) y este movimiento ha comportado la caída del proyecto de presupuestos generales del Estado, y siendo los comunes parte sustancial de Sumar, miembro del gobierno central, sorprende el silencio de la líder de este grupo, la vicepresidenta segunda de este gobierno, Yolanda Díaz.

Esta es la segunda bofetada que recibe Díaz en poco tiempo. Y es la segunda ocasión en la que no aparece como actriz protagonista sino como estatua. La primera bofetada fueron las elecciones gallegas, en las que Sumar hizo un papelón, quedando fuera del Parlamento. Es posible que el ascendiente de Díaz quedara muy malogrado después de aquel episodio y quizás esto explique que los comunes se hayan tirado a la aventura de reventar los presupuestos del gobierno del cual Díaz es la tercera autoridad.

Todo ello deja en un papel muy extraño a la vicepresidenta, que parece que no lidere ni dirija una formación en desbandada a las puertas de unas europeas cruciales. O es que no sabía lo que iban a hacer sus correligionarios en la Ciutadella, o es que no lo pudo parar, o es que no entendió las consecuencias que tendría la operación de hundir los presupuestos de la Generalitat. Cualquiera de las tres posibilidades deja a Díaz muy mal parada.

 

Puigdemont, toujours

Nuevas elecciones y otra vez la figura de Puigdemont en el horizonte, amenazando con arrebatar el protagonismo al resto de dirigentes. La sombra que proyecta el expresidente desde Waterloo, Napoleón de los cien días, renacido, revivido por el resultado diabólico del 23-J y ahora nuevamente en el centro del escenario, dispuesto a recibir todos los focos, a volver a ser el centro de atención. Parece que llevemos toda una eternidad con Puigdemont y no hace ni diez años que dejó su Girona.

La posibilidad de que Junts presente a Puigdemont como candidato, un candidato que no podrá ser investido en caso de ganar (como ya pasó en diciembre de 2017), pero un candidato con todas las de la ley (no ha sido condenado, no está inhabilitado), ha sacudido el tablero de juego. En la última encuesta del ICPS ya lo decíamos: Puigdemont se proyecta más allá del espacio de Junts y sobre el voto de ERC y de la CUP. El aura heroica del «exilio» convence a una parte importante del voto independentista hasta el punto de situar a Junts a un paso de superar a ERC y de trastornar las apuestas sobre posibles acuerdos postelectorales.

La posible participación de Puigdemont en las elecciones (insinuada pero no confirmada) despierta dudas maliciosas: ¿permitirá TV3 que participe vía telemática en los debates? ¿Lo aceptarán los otros candidatos? ¿Aparecerá en el mitin final de Junts para ser detenido in situ por los mossos d’esquadra?

 

Mascarillas

Si hay un elemento que sobrevolará esta convocatoria electoral avanzada serán las mascarillas. Mascarillas en forma de comisiones millonarias, de comisiones de investigación (dos, una por cada cámara y por cada partido). Algunos partidos harán de las mascarillas el leitmotiv de su campaña, se tirarán las mascarillas los unos a los otros, los corruptos de unos y otros, unos invocando a Koldo, los otros a la pareja de Ayuso. El triste recuerdo, dramático, de la pandemia que sufrimos todos transformado en munición electoral.

Volverá a salir, pueden estar seguros, aquella sospecha insidiosa contra el candidato socialista, Salvador Illa. El PP irá a saco con el tema, a caballo de las «noticias» que seguro que irán apareciendo en los medios afines. Los populares no se pueden permitir un buen resultado socialista a menos de un mes de las europeas que los tendrían que propulsar a la Moncloa (el recuerdo de 1994 treinta años después). Atacarán con todo, sobre todo con las mascarillas. Atentos a las pantallas.

 

Casinos

El otro tema de campaña. Si la convocatoria ha tenido como origen el proyecto Hard Rock su sombra irá proyectándose a lo largo de las próximas semanas, convocada por los comunes que creen haber encontrado el as para hacer mella en el espacio socialista. Hagan juego, señores. A los socialistas les caerán todo tipo de denuestos desde la izquierda verdadera. El Hard Rock lo tiene todo para despertar el enojo del purismo bienintencionado: promoción inmobiliaria, recalificación de terrenos, proyecto anti-ecológico, derroche de agua, promoción de la ludopatía, puestos de trabajo precarios, fomento de la prostitución… Harían bien los socialistas en no subestimarlo. Está por ver el rédito electoral, pero es indudable que condicionará (no sabemos cuánto) el debate de campaña.

 

La maldición de Sánchez

Incluso si se diera la circunstancia (posible) de que el PSC no solo ganara las elecciones del 12 de mayo, sino que fuera capaz de formar gobierno con Illa al frente… incluso si Junts tuviera un resultado similar al del 23-J, un correctivo severo por parte del electorado… los siete diputados de los postconvergentes en el Congreso continuarían siendo decisivos para la gobernabilidad de España. No tanto para la continuidad estricta del gobierno de Sánchez (ya he dicho que el sistema está diseñado para blindar la estabilidad de los ejecutivos), pero sí para el despliegue programático de este gobierno. Simple y llanamente, cualquier iniciativa legislativa que quisiera llevar a cabo el gobierno central tendría que seguir contando con el voto afirmativo de los siete de Junts, sea cual  sea el resultado del 12 de mayo. Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

 

¡Que el ritmo no pare!

Las elecciones al Parlament se producirán menos de un mes después de las vascas y justo un mes antes de una convocatoria al Parlamento europeo que será crítica, tanto para la configuración del mapa político de la Unión (y de la dirección que tomará en infinidad de cuestiones que nos afectan) como para el clima político en España. La idea de un carrusel de elecciones, con tres campañas (cuatro, si contamos también las gallegas del mes pasado) que se solapan prácticamente sin pausa a lo largo de dos meses frenéticos, hace salivar al complejo electoral-industrial, que vive de y para las elecciones, convertidas en una fuente de información, de clics, de noticias y de dinero (mucho dinero, cada vez más). Tras el anuncio de Aragonés la caricatura retrata tapones de cava volando y estampándose contra los techos de las oficinas de empresas de publicidad, asesores de comunicación, de data-mining, de micro-targeting, institutos demoscópicos, medios de comunicación (y de desinformación) y casas particulares de tertulianos estrella.

Los maníacos de la política, aquel pequeño mundo ensimismado que vive de esto, que respira política, estarán contentos ante la perspectiva de unos próximos meses excitantes. Pero ¿y el común de los mortales? ¿Hasta qué punto es útil la política electoral? ¿Útil a la ciudadanía? La política útil son los presupuestos, los que ahora han quedado arrinconados. La gente (la gente normal) no vive del confeti de unas campañas en las que cada vez gritan más los hooligans y están más diseñadas para los connaisseurs, como si la política fuera una afición, como la papiroflexia o los bonsáis, o como si fuera un videojuego, una batalla épica a vida o muerte que se desarrolla en un mundo imaginario, lejano, irreal.

Estaría bien que pudiéramos aprovechar las primeras elecciones «normales» en muchos años (las de 2012, 2015 y 2017 no lo fueron por el procés, las de 2021 por la pandemia) para explicar propuestas, para intercambiar argumentos y proyectos, para debatir sobre los retos que tiene el país, que son muchos y varios, y su resolución urgente e inaplazable.