Hace pocas décadas, en plena efervescencia del tránsito de la dictadura a la democracia, hizo fortuna un lema que resumía las aspiraciones emancipadoras de las organizaciones políticas y sindicales progresistas: «Llegará el día en el que trabajo vencerá…» Una divisa asociada a la imagen del cuadro del pintor italiano Giuseppe Pellizza da Volpedo, El cuarto estado, que aparecía en los créditos del Novecento de Bernardo Bertolucci. Toda una simbología que se correspondía con una realidad y un imaginario sociales donde el trabajo ocupaba un lugar central y donde la lucha social se esforzaba para reequilibrar la desigual relación entre capital y trabajo. 

Hoy en día, tras una avalancha de mutaciones tecnológicas y económicas asociadas a la globalización neoliberal, la relación entre capital y trabajo está mucho más desequilibrada a favor del capital, la cultura del consumo ha sustituido a la cultura del trabajo como vertebradora de las relaciones sociales, y las organizaciones de mediación social tradicionales han perdido capacidad para ejercer su función, como explica Joan Coscubiela en su artículo sobre el futuro del sindicalismo.

La devaluación del valor del trabajo, la precarización de las condiciones de muchos empleos o el síndrome del trabajador quemado, son expresiones del malestar laboral y vital provocado por el trabajo alienado que se manifiesta con características e intensidades diferentes en función del marco institucional de las relaciones laborales y de la seguridad social.

El fenómeno reciente de la llamada «gran dimisión» en los Estados Unidos —que nos explica Azahara Palomeque en su artículo— insinúa una reflexión colectiva sobre el significado vital del trabajo y las condiciones en que se ejerce, sobre los límites de lo que es tolerable en las relaciones laborales, sobre el equilibrio entre vida laboral y vida personal. Una reflexión que va acompañada de un resurgimiento de las movilizaciones sociales y de la organización sindical que sería estéril si tan solo aspirase a reproducir los modelos de lucha social del pasado, sin tener la inteligencia para entender las transformaciones que nos ha traído un mundo nuevo y que requieren nuevas estrategias y formas de organización.

Desearíamos creer que el intenso debate suscitado por la reforma laboral en los últimos meses es un síntoma del retorno del trabajo al centro de las preocupaciones colectivas y las prioridades políticas, una prueba de que la agenda material ha vuelto a situarse por delante de las batallas culturales de la agenda postmaterialista.

Más allá de la casuística de la nueva reforma laboral, se pueden subrayar en ella algunos hechos relevantes, como por ejemplo la revalorización de la concertación social, la reorientación de la política laboral y la compleja interacción entre la dinámica real del mercado de trabajo y las normas que lo quieren regular.

En primer lugar, en el actual contexto político crispado y polarizado, el diálogo, la negociación y el pacto sobre la reforma laboral, precedido de los acuerdos alcanzados con ocasión de la pandemia, supone una revalorización de la concertación social y de sus protagonistas, las organizaciones sindicales y patronales. Al mismo tiempo, constituye una aportación inestimable a la estabilidad política y social del país.

En segundo lugar, el acuerdo alcanzado es un arreglo equilibrado que satisface parcialmente los intereses de las partes negociadoras. Por un lado, acota la temporalidad y limita la precariedad. Por el otro, mantiene la flexibilidad de las empresas. Pero hay que destacar que esta vez la parte más favorecida es la de los trabajadores, en la medida en que se recuperan derechos recortados en anteriores reformas, y se invierte así la tendencia lesiva para los intereses de los trabajadores.

En tercer lugar, hay que advertir sobre el espejismo de los efectos taumatúrgicos de la nueva legislación. Una realidad tan compleja y dinámica como la del mercado de trabajo no es modificable automáticamente por los efectos de la legislación, porque responde más a la lógica de la estructura productiva de la economía española. Una economía, hay que recordarlo, que se ha mostrado incapaz de generar los puestos de trabajo estables que demanda la población activa, provocando una situación de paro estructural endémico. Una economía demasiado dependiente de sectores intensivos en trabajo y de baja productividad. En definitiva, los cambios necesarios en la regulación laboral deben alienarse, para ser efectivos, con una estrategia global de transición hacia una economía basada en un crecimiento sostenido de la productividad.

Es precisamente de esta estrategia de las transiciones de lo que nos habla Xavier Marcet en su artículo. Conocemos los rasgos generales del trabajo del futuro, que habrá de adaptarse a entornos empresariales flexibles, a procesos de innovación permanente y al reto de la automatización. Unas adaptaciones que requieren un nuevo pacto estratégico y social para crear los sistemas de aprendizaje que faciliten las transiciones profesionales, para hallar un modelo productivo capaz de combinar inteligencia humana e inteligencia artificial, y para incentivar a las empresas productivas anteponiéndolas a los negocios especulativos. En definitiva, se trata de ofrecer una nueva perspectiva a la aspiración que late en el viejo lema de «Llegará el día en que el trabajo vencerá…»