Con más o menos representación parlamentaria, desde el mínimo que permite el sistema proporcional hasta el 26,1 % de Fratelli de Italia, instalada o no en las instituciones, socio minoritario o paritario de la derecha conservadora, con buenas expectativas en Finlandia y Suecia, fuerza política hegemónica en el gobierno de Estados grandes, flamante en Italia y veterana en Hungría y Polonia, la ultraderecha se halla presente en casi todos los parlamentos de los países europeos, las excepciones obedecen más a las características del sistema electoral que a una irrelevancia. Es el caso del Reino Unido.

La socorrida frase del preámbulo del Manifiesto Comunista: «Un fantasma recorre Europa…» describiría, acertadamente o no, —en todo caso, sin la metafórica ironía que Marx y Engels atribuían al fantasma— la actual expansión de la ultraderecha por Europa, mientras los partidos y los ideólogos ultraderechistas propagan que sus ideas están a punto de inundar Europa

Como en el cuento de Oscar Wilde, El fantasma de Canterville, se trata de un fantasma escurridizo, difícil de aprehender, entre otras razones, porque no es solo un fantasma, sino una constelación fantasmal de ideas extremas de derecha.

Este conjunto de ideas se califica de ultraderecha o de extrema derecha, sin excluir otras denominaciones específicas (racistas, xenófobos, supremacistas…) o genéricas (fascistas, populistas). El universo de los ejecutores de tales ideas comprende desde grupúsculos insignificantes —incluida la «pandilla de amigos» que de noche salen a embadurnar paredes soñando con la conquista del Estado o, más modestamente, con partir cabezas de enemigos imaginarios— hasta el primer partido de Francia, Le Rassemblement National, la lideresa del cual ha disputado dos veces (2017 y 2022) la segunda vuelta de la presidencia de más prestigio y con más poder de Europa.

El nombre de ultraderecha es el generalmente admitido, justo es decir que no por quienes son sus merecedores, puesto que los hay que no se consideran ultraderechistas y algunos ni siquiera de derechas, pretenden que son únicamente patriotas.

Vamos por partes, el nombre no hace la cosa, a menudo la enturbia y nos confunde. Detengámonos pues en la observación de la «cosa». La constituyen ideas de derecha, ideológicas, esto es, no pensadas, solo recibidas, creídas y asumidas. Casi todo el mundo convendrá que las ideas de la ultraderecha no son ideas de izquierda, antes bien, son ideas de derecha, lo que quiere decir, simple y llanamente, que son ideas de la derecha y que las diversas derechas nacionales las comparten con más o menos convicción.

La ultraderecha no es un tercer género, es una derecha radical en determinadas materias y en otras se solapa con la derecha conservadora.

 

La desigualdad

Por si no fuera suficiente, el ideario habitual de la ultraderecha, salvo la interpretación más extremista, tiene fronteras poco definidas, está abierto a la incorporación de nuevas ideas y de nuevas interpretaciones y también a abandonarlas sin más, admite matizaciones y puede ser adoptado, salvando las apariencias, por la derecha de toda la vida. A guisa de muestra, la idea de la «desigualdad», una idea madre, muy cara a los ultraderechistas —implícita, aunque ocultada, en el pensamiento genérico de la derecha—, con muchas ahijadas y variadas aplicaciones políticas.

Los ultraderechistas consideran la desigualdad una idea natural, porque —dicen— dimana de la naturaleza de las cosas, y en este supuesto incluyen los individuos, divididos en poseedores y desposeídos de bienes, sean de producción o de consumo, y la división da el resultado, también natural, de ricos y pobres con graduaciones, de pobres de solemnidad a ricos de escándalo: las colas del hambre en las sociedades opulentas, la supervivencia con menos de un euro al día en el África Subsahariana, el cohete-capricho (pifiado) de 10.000 millones de dólares de Elon Musk.

La idea de la desigualdad tiene un haz de aplicaciones, separa —más que socialmente— a los individuos, por etnias, sobre todo los negros de los blancos; por religiones, los judíos y los musulmanes de los cristianos, sean creyentes o ateos unos y otros; las mujeres de los hombres y, no hace falta decir, los pobres de los ricos. La desigualdad es una idea tan flexible y puede ser tan sutil que la derecha conservadora la hace suya –con un cierto fariseísmo– y la aplica con discreción, a veces con tanta discreción que los afectados ni lo notan. En la extrema derecha la conciben y la aplican, sin manías, de manera extremada, llegando a la brutalidad si hace falta.

La diferencia alrededor de la aplicación de la desigualdad entre la tradicional derecha y la extrema derecha es de grado, y reconozcamos otra diferencia: la derecha respeta (no siempre) las formas democráticas, le basta con interpretar hábilmente el procedimiento, la ultraderecha lo violenta, si hace falta.

A sensu contrario, la igualdad —idea propia de la izquierda desde la Revolución francesa de 1789— enfurece a la ultraderecha y, por lo menos, incomoda a la derecha. El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, tiene anunciado que, si gobierna, suprimirá el Ministerio de Igualdad, toda una declaración de principios.

 

La inmigración

Las ideas ideológicas vienen de lejos, algunas de muy lejos, se incuban durante años, algunas durante siglos. La idea ideológica del racismo —es ultra ideológica porque no tiene ninguna base científica, la especie humana es una y todos sus miembros son biológicamente iguales, ni Ernst Kretschmer, médico neurólogo, Premio Nobel de Medicina (1929), de ideología derechista, pudo encontrar diferencias entre los humanos más allá de las morfológicas— es una vieja, secular idea, que ahora sirve para rechazar al negro y al musulmán y globalmente la inmigración.

Cada país ha tenido su particular experiencia de racismo, el antijudaísmo ha constituido la máxima expresión y ha estado muy extendido en toda Europa y Rusia. El asalto repetido a las juderías y los pogromos han ensangrentado la historia europea hasta la absoluta inhumanidad del holocausto nazi. La historia del racismo en España ha sido especialmente particular.

A raíz de un episodio concreto de racismo, muy difundido por los medios de comunicación social por haber afectado a un futbolista de élite, mientras que los menudeados cuchicheos de «negro de mierda» no figuran en ninguna hemeroteca, nos estamos preguntando si España es o no es un país racista.

Los cosmólogos explican que llega hasta nosotros a través del espacio y del tiempo el eco del Big Bang. Ocurre lo mismo con ciertos ecos de la historia, y de la historia de España nos llegan los de unos cuantos macro episodios que hoy serían de racismo, pero que cuando acontecieron fueron percibidos por los contemporáneos como heroicos y trascendentes.

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Para empezar, esto que denominamos «reconquista», que duró siglos, se basaba por encima de todo en un enfrentamiento religioso entre cristianos y musulmanes, con  fases y lugares de coexistencia, que dejó un eco anti musulmán, incrementado de volumen por la conquista del reino nazarí de Granada (1492) —que culminaba un supuesto «destino histórico» de los reinos cristianos de la península—, por la rebelión morisca de La Alpujarra (1568-1571) y, finalmente, por la expulsión de los moriscos de toda España (1609-1613). Tuvieron que partir solo con lo puesto unos 250.000.

Antes, había tenido lugar la expulsión de los judíos, del orden de los 100.000, decretada por los Reyes Católicos en marzo de 1942, dándoles de tiempo hasta julio para abandonar sus reinos, precedida por los asaltos a las juderías, sobre todo en el siglo XIV —en 1391 fueron arrasados sin piedad los calls judíos de las ciudades del principado de Cataluña—.

El eco de aquel pasado, que se quiso identitario, de homogeneidad cristiana, de pureza de sangre, de orgullo étnico, de rechazo de la heterodoxia cultural todavía lo sentimos, amplificado por el repetidor de los manuales escolares de historia a lo largo de generaciones.

España ha sido un país racista en todos los territorios con la participación de la Iglesia, de todas las élites y de las clases populares, y el eco de tanto racismo histórico se ha interiorizado inconfesadamente y se notaría más, si no fuera por el cortafuegos de una remarcable evolución social, democrática en política y liberal en costumbres en el marco de una Constitución avanzada. Y, no obstante, el musulmán de ayer es el moro de hoy y el negro ocupa el lugar del judío de antaño. Ninguna ultraderecha europea lo tiene tan fácil como Vox para despertar un racismo antiinmigración de «moros y negros», el básico.

Que tire la primera piedra quien no haya sentido nunca cerca o distante el aliento del racismo.

 

Cordón sanitario

¿Es imparable el ascenso político de la ultraderecha cuyas se han extendido tanto y son tan transversales y compartidas? Se diría que las llevamos dentro y salen al rascar un poco.

Durante un tiempo funcionó un denominado «cordón sanitario». Todos los partidos, incluidos los de la derecha conservadora, se concertaban a fin de que la ultraderecha no entrara en las instituciones. Esta estrategia de contención ha quebrado o está haciendo aguas donde todavía se mantiene como en Francia y Alemania. Aquí, el PP ha abierto generosamente las puertas autonómicas y municipales a Vox y, si las circunstancias fuesen propicias, le abriría de par en par las puertas del Gobierno de España. La distancia que en el terreno ideológico separa a la derecha conservadora del PP de la ultraderechista de Vox es de las más cortas entre derechas y ultraderechas de Europa.

Los avances políticos e institucionales de la ultraderecha son la consecuencia de previos avances electorales, y avanzan porque sus ideas pisan fuerte y atraen, dado que, en muchos casos, el de España entre estos, encuentran un terreno muy abonado.

¿Qué está fallando para que la ultraderecha haya llegado tan lejos y tenga el poder tan a su alcance?

En primer lugar, el «cordón sanitario» es una contradicción en sociedades abiertas, de democracia de concepción liberal y marcadamente constitucionalizadas. Un partido ultraderechista, si su práctica política no desborda el marco constitucional, tiene exactamente la misma legitimidad jurídica y los mismos derechos políticos que cualquier partido del espectro democrático. Otra cosa es la valoración ética de sus ideas, el acierto político de sus propuestas, la calidad democrática de sus intenciones.

Si vulnera la constitución con actos que la legislación penal tipifique como delito, será ilegalizado y los miembros del partido que sean los autores serán procesados. Mientras esto no pase, forma parte del sistema democrático y, según la Constitución Española (artículo 6), Vox como partido concurre «a la formación y manifestación de la voluntad popular» y es «instrumento fundamental para la participación política». Olvidar estos principios democráticos ha hecho que la ultraderecha pudiera presentarse como víctima de una discriminación injusta e hipócrita, aumentando así su atractivo.

En segundo lugar, el «cordón sanitario» crea una falsa seguridad, es una suerte de «línea Maginot» mental, detrás la cual no habría que hacer nada, simplemente permanecer quietos y tranquilos, que «No pasarán».

Abundan las voces diciendo que «No se tiene que responder a la ultraderecha». Crasa equivocación. Quién calla, otorga, cuando menos, la razón. Es lo que ven numerosos votantes de la ultraderecha: «Si nadie los contradice, deben de tener razón, encima lo que dicen me gusta, les votaré pues».

Cuando un portavoz parlamentario de Vox sostiene que los inmigrantes, principalmente los procedentes de países de religión islámica, copan las listas de delincuentes, de violadores, sobre todo, y nadie lo contradice directamente con datos que muestran la falacia perversa de sus propósitos, entonces habrá ganado una batalla cultural importante.

¿Desde cuándo contradecir a un mentiroso es favorecerlo? El tosco argumento de que debatir con la ultraderecha equivale a facilitar la divulgación de sus ideas, con riesgo de contagiarse, es hacerles el juego y ponerles la alfombra roja para el ascenso al poder.

Y otra equivocación, despachar la ultraderecha con el calificativo de «fascista» es pretender encajar el presente en nichos del pasado. El calificativo puede reconfortar por lo que tiene de despreciativo, pero es engañoso a pesar de unas cuantas coincidencias de la ultraderecha con el fascismo histórico, y, más que otra cosa, impide conocer el fenómeno de la ultraderecha, muy de nuestro tiempo, una vez que les has espetado «fascista» te quedas tan ancho y te ahorras tener que pensar qué es la ultraderecha.

Y, en tercer lugar, el «cordón sanitario» ya les va bien, la primitiva función de aislamiento se ha invertido, ahora los protege. No debatir sobre sus ideas, por un lado, les permite ocultar los previsibles efectos negativos y, del otro, faltos de argumentos sólidos no resistirían una confrontación con datos contrastados, tendrían que salir del confort de la demagogia o se les vería el plumero.

 

La causalidad cultural

Averiguar las razones de los avances electorales de la ultraderecha en toda Europa resulta una tarea caleidoscópica, porque son diversas las razones y diferentes los colores, además de la especificidad histórica y las circunstancias de cada país.

Emitir un voto de protesta es una de las motivaciones, que se da más bien en elecciones de niveles políticos de baja potencialidad de decisión: las europeas, y hasta cierto punto las regionales y municipales. Hay precedentes claros de voto de protesta en este sentido, por ejemplo, los buenos resultados de Herri Batasuna en Cataluña en las elecciones europeas del 10 de junio de 1987 (¡39.692 votos, ahí es nada!), y el 19 de junio hubo el atentado de ETA en el Hipercor de la avenida Meridiana de Barcelona.

La razón económica tiene su peso, más exactamente la marginación social. El ultraderechista Rassemblement National de Marine Le Pen ha obtenido hasta ahora mayorías significativas en las demarcaciones territoriales dañadas por las crisis, mayorías que solo se las disputa la extrema ultraderecha de Éric Zemmour, defensor acérrimo de la teoría conspirativa del «gran reemplazo»: la sustitución de la población autóctona francesa por un poblamiento afro-musulmán.

Saint Dénis, ciudad de 112.000 habitantes, a 10 kilómetros de París, antiguo bastión del Partido Comunista francés hoy es un feudo de Le Pen y a la vez el símbolo de la inversión electoral, de la izquierda a la ultraderecha.

Vox se está implantando también en barrios de clase trabajadora donde antes de 2023 era testimonial o tenía poca presencia. En el distrito de Nou Barris de Barcelona ha obtenido el 9 % de los votos, un aumento de más de dos puntos respecto a 2019.

Sin embargo, probablemente la razón primera sea ideológica, vehiculada culturalmente. Las recientes progresiones ultraderechistas en países de sociedades de bienestar consolidado, Finlandia, Suecia, Noruega, Dinamarca, Países Bajos, donde una clase media alta, de las más favorecidas de Europa, vota a la ultraderecha, desbancarían a la razón económica como primera causa. En cambio, esas sociedades se ven zarandeadas por el choque inmigratorio.

Que en los Países Bajos la inmigración organizada de origen musulmán, procedente principalmente de la antigua colonia indonesia, haya pretendido que la religión islámica sea reconocida oficialmente al mismo nivel que el protestantismo calvinista, pilar fundamental de la identidad histórica neerlandesa, explicaría el éxito del xenófobo Geert Wilders, líder del ultraderechista Partij Voor de Vrijheid (Partido por la Libertad).

El choque inmigratorio se vive con más o menos intensidad en casi todos los países europeos, y España no escapa a ello, de Ripoll al El Ejido el aumento del voto ultraderechista es innegable. Si se añade la demanda transversal de «ley y orden», que además de la traducción en seguridad en la calle lato sensu, es una demanda pendular después de la ruptura del inmovilismo tradicional con leyes novedosas, que cuestan de digerir —la de la eutanasia y las de la libertad sexual serían representativas—, quizás habríamos identificado la causa mayor —una causa ideológica-cultural— del ascenso de la ultraderecha y de una cierta vuelta de la derecha conservadora.

Para frenar y revertir el ascenso —la ultraderecha no disfruta de una dinámica de inexorable ascenso, en los Países Bajos ha retrocedido—, no basta con la imprescindible reducción de la marginación social, los partidos de la democracia cristiana, del centro, de la izquierda socialdemócrata y de la izquierda más a la izquierda tendrán que entrar, inevitablemente, a proponer interpretaciones y medidas respecto al choque inmigratorio y a la demanda transversal de «ley y orden», cosa que comporta salir de la comodidad de los principios, lo que les perturba porque obliga a codearse, ni que sea solo dialécticamente, con las ultraderechas.

 

El reaccionarismo paralizante

Constatar críticamente la penetración y la difusión de las ideas de la ultraderecha no supone, en absoluto, relativizarlas. Las ideas están ahí —son el elefante en la habitación—, ignorarlas es peor, deja libre el campo ideológico y lo ocupan a placer por incomparecencia del contrario.

Tal vez, la crítica más acerada que en el plano ideológico se puede hacer a la ultraderecha sea su carácter reaccionario, su negación de la complejidad del presente, siempre simplificada con verdades eternas, su entorpecimiento de la evolución social —solo entorpecimiento, puesto que el cambio social hacia delante es irrefrenable; si no lo fuera, todavía viviríamos en las cavernas—, su «retorno al pasado» como remedio a todos los males.

El trumpismo, una variante estadounidense pujante de la ultraderecha —tienen versiones autóctonas ultra extremas con violencia criminal incluida como el Ku Klux Klan además del integrismo exacerbado de los predicadores evangelistas— lo plasma con nitidez su eslogan fundacional Make America Great Again (Haz América grande otra vez), en qué again da la clave del sentido reaccionario del propósito: «otra vez» evoca el retorno al pasado como reacción a un presente que no se entiende y, no entendiéndolo, no se pueden prever los efectos.

Vox es un prototipo del reaccionarismo. Sus dirigentes y muchos de sus partidarios temen socialmente aquello que es nuevo, su eje programático es el «retorno al pasado», desde la supresión de las Autonomías a las conquistas del feminismo y de cualquiera otra libertad que rompa con el pasado.

Las copias de Vox al trumpismo «Haz España (Andalucía, Cataluña, Barcelona, etc.) grande otra vez», son una imitación pomposa y ridícula, que denota falta de creación ideológica propia, pero sobre todo reflejan el miedo al presente, característica de la ultraderecha, que, paradójicamente, ellos que tanto miedo tienen, dan cada vez menos miedo a los crédulos y más miedo a los conscientes de sus peligrosos propósitos.

 

El miedo a los que ya no dan miedo

Los dirigentes ultraderechistas han dulcificado su retórica y gesticulación. Marine Le Pen lleva unos años practicando una estrategia de penetración en douceur, suavemente y con sordina para no asustar, y Víktor Orbán en Hungría, Andrzej Duda en Polonia, Georgia Meloni en Italia hacen que parezca normal la participación de la ultraderecha en la gobernación de los Estados. Justo es decir que bastante limitados los tres en la aplicación de sus ideas por las resistencias del interior y por la dependencia que tienen de la Unión Europea, puesto que se juegan la retención preventiva de partidas de los fondos de recuperación si se exceden con medidas que conculquen derechos y libertades de los Tratados de la Unión

Aun así, ahora es cuando dan más miedo porque se blanquean con la respetabilidad de estar en el gobierno, disimulan las intenciones y estimulan a potenciales imitadores. Por eso, hay que hacer frente a las ideas que representan, comunes a las ultraderechas, por muy contenidas que se apliquen ahora, pues la contención irá aflojando, del mismo modo que se ha aflojado el «cordón sanitario».