Cronista no oficial de Barcelona

Reconforta pasear con Lluís Permanyer por Barcelona. Su conocimiento de la ciudad y las horas que le ha dedicado como periodista llevan a estar pendientes de sus palabras hasta el último detalle. Hemos hecho esta entrevista en la terraza de la librería Laie, inmersos en un patio interior del Ensanche, su barrio de toda la vida y sobre el que ha escrito numerosos libros y multitud de artículos. Al acabar, pasamos por la calle Caspe. Al lado de un portal modernista, repara en una valla de obras abandonada. Permanyer la ve, saca inmediatamente una libretita del bolsillo y toma nota. Después lo comunicará al teléfono del civismo, y quizá escribirá algo sobre ello en el diario. Cuando camina, suele observar y consignar todo aquello que puede resultar molesto, inapropiado o descuidado. Las vallas municipales como esa proliferan en las aceras urbanas una vez que han dejado de cumplir su cometido. Obstaculizan el paso y la visibilidad de los viandantes, aparte de ser feas. En pocos días, Permanyer ha conseguido que retirasen una veintena. Paralelamente a este interés suyo en abordar el funcionamiento del día a día, considera que Barcelona vive una etapa carente de estrategia urbanística y demasiado centrada en el corto plazo.

A sus 83 años, ha publicado ochenta y cinco libros, más de una cincuentena de ellos dedicados a temas barceloneses.

El jurado del Premio Nacional de Periodismo Cultural 2022, que le ha sido otorgado recientemente, destaca «su extraordinaria trayectoria de más de seis décadas en la prensa histórica, artística y ciudadana en castellano y catalán en diarios, radio y televisión».

 

A usted se le conoce más por lo que ha escrito y escribe sobre Barcelona, aunque iba camino de ser corresponsal extranjero…

La Vanguardia me fichó en 1966 para ocupar la corresponsalía de París. Pero no llegué a ir allí. Pretendían que partiera inmediatamente, y yo primero quería conocer un poco la redacción, porque tenía poca experiencia como periodista. Me dijeron que eso no importaba, que leyera el diario cada día y en dos semanas elaboraría unas crónicas estupendas. Como ese no es mi estilo, enviaron a otra persona como corresponsal y yo me quedé en la sección de Internacional. Antes había estado en Destino, donde introduje el Cuestionario Proust en España, pero Josep Vergés me echó porque creía que era comunista y le había llevado como colaborador a Miquel Roca Junyent, que entonces estaba a la izquierda de los comunistas. Después fui a trabajar con Joan Oliver a su editorial Aymà-Proa, trabajo que combinaba con colaboraciones en El Correo Catalán.

Estuve veintidós años en la sección de Internacional de La Vanguardia. Debo decir que muy a gusto porque en aquellas épocas de censura era como un refugio dentro del diario. Podías hacer artículos contra la guerra del Vietnam o contra

Estados Unidos, por ejemplo, y no pasaba nada. También viajaba de vez en cuando como enviado especial. Reconfortaba salir fuera, aparte de que podía comprar libros prohibidos.

 

También ha profundizado muchísimo sobre arte y cultura en artículos y libros…

Mientras estaba en la sección de Internacional, aunque me sintiera muy bien, tenía la necesidad de escribir sobre cultura. Y pude combinarlo. Me dieron un espacio en la última página del diario y publiqué allí durante muchos años un artículo que se titulaba «País». La última página era entonces un cajón de sastre donde se ponían las noticias que iban llegando a última hora, y no se controlaba demasiado. Allí tenía libertad para escribir todo lo que quisiera. No dependía de nadie. Fue tremendamente gratificante.

 

¿Y cuándo empieza a hacer de la ciudad su tema principal?

Con la llegada de los ayuntamientos democráticos vi que la gente establecía una relación diferente con la ciudad. Empezando por mí mismo. Yo había odiado esta ciudad. Resultaba irrespirable por la dictadura, la corrupción… Y por eso, cuando me licencié en Derecho, me habría gustado ser diplomático, o corresponsal extranjero, para huir de aquí.

Los cambios que se estaban produciendo me hicieron ver que podría ser más útil escribiendo sobre Barcelona que sobre los conflictos y asuntos internacionales. Además, no era algo nuevo para mí, porque yo odiaba la ciudad a causa de la situación política irrespirable que se vivía, pero también me interesaba mucho. De joven, ya empecé a sentir una enorme curiosidad a partir de todos los libros sobre Barcelona que tenía mi padre en casa y que yo había leído con avidez.

 

Barcelona ¿a dónde vas? (E. Moreno i J. Martí Jusmet, 1974) fue un libro del que se habló mucho en la época todavía predemocrática. Ahora, en 2022, ¿usted se volvería a hacer la misma pregunta del título?

No se sabe hacia dónde va. Ni a dónde la quieren llevar. El gran problema es que no se acaba de entender que el urbanismo siempre debe ser estratégico. Vivimos una etapa demasiado centrada en el corto plazo y carente de urbanismo estratégico. El corto plazo tiene que existir, por la proximidad que implica, pero no es política urbanística, es otra cosa. Quiero decir que en una ciudad la proximidad también es esencial para los ayuntamientos, porque todo está cerca y el ciudadano sabe enseguida si la cosa funciona o no. Pero eso no debe implicar abandonar una mirada más larga.

Ahora, en las ciudades, y en el mundo en general, se producen constantemente muchos hechos transcendentales, uno detrás de otro, que no duran demasiado. Todo cambia muy deprisa. Aquí veo que se están tomando unas medidas de urbanismo táctico, cuando nadie sabe, por ejemplo, cómo circularemos en las ciudades dentro de quince años. Por tanto, es muy osado poner en marcha actuaciones que pueden condicionar el futuro.

 

Por ejemplo, ¿el tranvía circulando por toda la Diagonal?

Exacto. Con el tranvía instalas unas estructuras de vías y de marquesinas que después ya no quitarás. En cambio, existe el autobús X-1 que presta un buen servicio de tranvía a tranvía y que funciona perfectamente. Un autobús lo puedes poner en funcionamiento al día siguiente. Con coste cero. Si fracasa, lo retiras al otro día, también con coste cero.

«Hacer pasar el tranvía por la parte central de la Diagonal es como si pusieras un bidet en el salón de casa.»

La instalación del tranvía requiere hoy en día una gran dimensión de espacio urbano. Y en el caso de Barcelona, está previsto que pase por la que es seguramente la calle más noble de la ciudad. ¿En los Campos Elíseos pondrían un tranvía? Es como si instalaras un bidet en el salón de casa. Eso solo lo hizo Le Corbusier, que colocó una taza de váter en medio de su casa, cerca de Marsella. Y cuando le preguntaban, respondía que lo había puesto allí porque le gustaba el diseño. De todos modos, no es que yo esté en contra del tranvía. Estoy a favor del metro.

 

Cerdà previó un Ensanche pensado para una ciudad que había de crecer

El plan de Cerdà fue hasta tal punto de futuro que nadie lo entendió. Los chaflanes que tenemos aquí son únicos en el mundo, pese a que hay unos ochenta ensanches en otras tantas ciudades. No lo ideó pensando solo en la estética, sino en un buen funcionamiento de la movilidad. En el siglo XIX, ya tuvo la premonición de que los ciudadanos dispondrían de coches que los llevarían hasta la puerta de su casa.

 

¿Cómo imagina la movilidad de las ciudades a medio plazo?

Si lo supiera, me convocarían en Silicon Valley para que se lo explicase. Por tanto, como decía antes, es muy osado poner en marcha ciertas actuaciones. Ahora se empieza a contemplar una novedad que es el hidrógeno. Por eso comentaba que estamos viviendo momentos de cambios muy rápidos. Antes las cosas duraban veinticinco años, o cincuenta, y ahora el panorama se puede modificar en dos meses. Y si no tienes cintura te puede pillar con el pie cambiado.

 

¿Los coches quedarán arrinconados en las ciudades?

Creo que en Barcelona se debe mantener la estructura del Ensanche sin demasiados movimientos, porque sabemos que ha funcionado y se ha ido adaptando a los diferentes cambios que se han ido produciendo en muchas décadas. Pongo un ejemplo: antes de los Juegos, iba una noche con el alcalde Maragall en su coche para hacerle una entrevista. Él se sacó del bolsillo de la americana un informe del estado de las obras que le pasaban cada día. Me dijo: «Hoy tenemos tantos kilómetros —no recuerdo cuántos me dijo, pero eran muchos— de calles en obras. Y seguimos funcionando gracias a Cerdà.»

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Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

Las calles del Ensanche son vasos comunicantes. Si te encuentras un tramo obstruido, tienes otros a derecha e izquierda para circular. En Madrid eso no pasa. Estos vasos comunicantes son los que nos han permitido hasta hoy que el alud de coches que llega desde la zona metropolitana y los barrios periféricos pueda entrar y moverse de un modo que ha funcionado a la perfección. Si lo empezamos a tocar, todo se complica.

 

Cuando se empezaron a promover las zonas peatonales en los centros de las ciudades hubo mucha oposición por parte de los comerciantes. Ahora sería impensable que no existieran estas zonas centrales sin coches…

La calle de la Boqueria fue la primera, y después el Portal de l’Àngel. La oposición a sacar los coches de las zonas comerciales se dio en todas las ciudades de Europa, y mucho antes que aquí. Los tenderos, como los payeses, son resistentes a los cambios. No quieren que se toque nada. Están en contra de los experimentos. Finalmente, el comercio entendió que, si te desplazas en coche al centro para comprar, quizá solo visitarás una tienda. En cambio, si vas a pie puedes entrar en una tienda tras otra y compras más

 

¿Los barceloneses estamos volviendo a perder la Ciutat Vella? Quiero decir, después del gran esfuerzo de rehabilitación llevado a cabo, ¿cree que se está retrocediendo?

El gran problema de la Ciutat Vella es que se han perdido los residentes. Ellos eran los que aseguraban la vitalidad correcta. En cambio, han ido a parar allí una clase de residentes a quienes la ciudad les tiene sin cuidado y que le dan otros usos. Esta situación ha hecho desaparecer toda una red de tiendas, y la vida en esa zona se ha vuelto completamente diferente.

 

¿Y cómo se debe actuar?

Hay que promover políticas estratégicas que animen a los ciudadanos a residir allí. Pero esas políticas no las veo. Es lo que comentaba antes de trabajar a corto o a largo plazo.

 

¿Somerset Maughman aún diría hoy que la Rambla es la calle más bonita del mundo?

Sí. Yo creo que se mantiene. Lo que pasa es que los propios barceloneses se han pasado años desacreditando la Rambla. Criticándola y afirmando que está fatal, que ya no se puede pasear… Y a veces lo manifestaban sin ir siquiera a comprobarlo por sí mismos. Actitudes como estas contribuyen a instalar unos clichés que se van repitiendo y que cuesta cambiar. Precisamente durante esta pandemia, los ciudadanos han vuelto a pasear por la Rambla.

 

Porque no había turistas…

Por supuesto. Pero la Rambla ha sufrido a lo largo de los años los efectos de la mirada a corto plazo. Cuando se urbanizó por primera vez en el siglo XV, pasó de recoger aguas a recoger viandantes. Mi tesis es que todos los obstáculos que se pongan a la recogida de viandantes son una equivocación. Se han ido añadiendo elementos de mobiliario urbano espantosos. A ver si con la reforma prevista, que diseñó Itziar González ya hace tiempo, mejoramos un poco.

 

¿Los elementos feos que hay instalados en la ciudad le darían para escribir otro volumen de La Barcelona lletja (Àmbit Serveis Editorials, 2004)?

Ya lo creo. En el espacio de la ciudad creo que deben ponerse cuantas menos cosas mejor, porque muchas no sirven, o solo sirven para ensuciar y estropear. Como las cabinas telefónicas que todavía quedan, que no sirven para nada desde hace años, que están sucias y son objeto de vandalismo. Nadie le pide a la compañía que las retire.

Las grandes compañías, como las de telefonía, agua, gas o electricidad, son las grandes dictaduras que quedan. Los ayuntamientos les tienen miedo. No se encaran con ellas ni hacen que se cuadren para que hagan lo que deberían hacer. Y el paisaje urbano se resiente muchísimo de esto. Otro ejemplo que clama al cielo son los horrorosos manojos de cables de telefonía, enganchados a la gran mayoría de las fachadas, incluso de fachadas protegidas. Cuando paseo por la ciudad veo muchísimos elementos feos que sobran. Hay dejadez y falla la vigilancia de los inspectores. Al teléfono del civismo, 900 226 226, llamo casi cada día. Ese servicio es muy eficaz.

 

¿Y qué me dice de las vallas y pilones para ampliar el espacio de las terrazas de los bares, que en teoría eran provisionales?

La mayoría de las vallas y pilones amarillos que se improvisaron durante la pandemia se han quedado, a pesar de que después se aprobó un proyecto de mobiliario urbano para la ampliación de las terrazas. En su momento incluso se instalaron vallas y pilones en espacios que nunca han estado ocupados por mesas y sillas. Y también siguen ahí, pese a que nadie los ha utilizado nunca. Como tampoco se utilizan los tramos de calzada de Ensanche pintados de colores. No pasa nunca nadie porque no es práctico. La gente prefiere caminar por las aceras.

Cerdà nos hizo un ensanche elegantísimo. No elegante aristocrático, sino elegante estético. Y práctico. De las cosas prácticas nos enamoramos. Por ejemplo, todo el mundo estaba enamorado de una cosa tan fea como el 2CV, porque funcionaba bien. En cambio, si compras una cosa bella que no funciona, seguramente la tirarás. Las cosas no deben ser solo bonitas, sino que también deben ser prácticas.

Y esto que comentamos ahora es el día a día; no es estrategia. Pero si el día a día no se sabe gestionar bien, es de temer el futuro que pueda preverse.

 

¿Cree que la plaza de las Glòries podrá encontrar finalmente su alma?

Creo que Glòries seguirá siendo la plaza de las derrotas catalanas.

Hace tiempo que lo digo y lo repetiré hasta que no se me demuestre lo contrario. El espacio central se ha construido en último lugar y, durante todos los años previos, se ha permitido que se hicieran alrededor una serie de edificios ensimismados, es decir, que no se relacionan con su entorno. Cuando había el scalextric, toda la construcción emergente era una especie de niebla visual. No lo dejaba ver. Ahora, el conjunto ya se empieza a observar como algo catastrófico.

«Glòries seguirá siendo la plaza de las derrotas catalanas.»

Eso es exactamente lo que pasó en la plaza Cataluña. Cerdà no había previsto que la plaza conectara la ciudad antigua con la nueva. En su plan, tenía que ser una manzana más. Se empezaron a construir los edificios del exterior en primer lugar y, cuando en 1902, se inauguró la plaza, te situabas en el centro y contemplabas con horror en toda la periferia unas casas que no eran dignas de aquel espacio. De ese entorno que no ligaba con la plaza se dio cuenta precisamente Alfonso XIII cuando inauguró la segunda reforma de 1927. Dijo: «El centro de la plaza está muy bien, pero el entorno es horrible.» Porque esta gente de las casas reales tiene una visión de la grandiosidad y de la escenografía diferente. Nosotros, como no hemos sido capital de ningún imperio… Pero esa sería otra historia.

 

¿Y cuál podría ser una buena solución urbanística en las Glòries?

En las Glòries creo que se debería haber hecho una plaza delimitada con edificios. No un parque. Ya se interpreta que no será una zona consolidada ni unificada urbanísticamente. Se fueron plantando edificios singulares alrededor sin proyecto de conjunto: el Nouvel, la Grapadora, los Encantes… Es muy difícil poner alguna cosa al lado de todo aquello. La Farinera, que es un edificio histórico, ahora queda también sin unificar con nada… La raíz del problema siempre es cuando no se planifica en conjunto.

Vuelvo a la plaza Cataluña como ejemplo. En la remodelación que había proyectado Puig i Cadafalch, que no llegó a ejecutarla al ser vetado por Primo de Rivera, se intentaba desarrollar una propuesta arquitectónica para unificar un poco. En aquella época los arquitectos incorporaban cúpulas en sus diseños. La cúpula estira el edificio hacia arriba y le da un acabado un poco más amable que un terrado. Una serie de casas de aquel entorno construyeron o añadieron cúpulas, pero después la idea se abandonó. Existió la voluntad de lograr una unificación visual, aunque no se continuó.

 

Lluís Permanyer

Lluís Permanyer fotografiado en Barcelona, ​​septiembre de 2022. Fotografía de Xavier Jubierre.

Las ciudades van perdiendo singularidad. En todos los centros hay las mismas tiendas…

La primera vez que salí de viaje al extranjero fue en 1948. Entramos en Bourg-Madame y me quedé deslumbrado por los escaparates. Porque cada escaparate era totalmente distinto de los que había aquí. Ahora, como las franquicias están por todas partes, encuentras un panorama idéntico vayas donde vayas. El mismo año 48, Sempronio vio que había cerrado el Forn de Sant Jaume, en el paseo de Gracia número cinco, y se echó a llorar. Que las tiendas cierren es algo que ha pasado siempre. Pero antes se cerraban de vez en cuando, en un lento goteo.

La ley Boyer ha afectado a todo el mundo a la vez. En el Ayuntamiento me invitaron hace unos años a participar en reuniones con expertos para ver qué se podía hacer. Había voluntad, pero no se ha encontrado ninguna solución. Después se hizo un listado de tiendas emblemáticas e históricas que permitía proteger los rótulos exteriores, y se salvaron muchos, pero conservar las tiendas de dentro cuesta mucho más.

 

También desaparecieron los cafés históricos…

La desaparición de los cafés se ha producido en la mayoría de ciudades europeas, pero aquí, además, hay el añadido de que los usos y costumbres se modificaron con la llegada del franquismo. Se acabaron las múltiples tertulias que había habido. Los camareros de aquellos cafés conocían a los clientes. Hoy en día, ¿cómo se ha de producir una relación con la clientela, si en general se contrata personal al que no le interesa nada de aquí?

El conocimiento y el interés son fundamentales para la convivencia en las ciudades. Yo digo siempre que tu barrio es aquel que te fabricas tú: tu farmacia, tu panadería, tu supermercado, tu librería… Eso es lo que marca los límites: los establecimientos en los cuales entras y dices: «Buenos días, ¿cómo está? Hoy hace frío, ¿verdad? Hace días que no le veía. ¿Y la familia, cómo está?

 

¿Qué debemos hacer con el turismo masivo?

Hemos de gestionarlo. Gestionarlo bien. Pongo siempre el ejemplo de lo que pasó en el Parque Güell. Cuando empezaron a ir autocares, aparcaban en un espacio que enseguida se quedó pequeño. Entonces los autocares fueron situándose en la carretera de subida. Cada vez bloqueaban el paso desde más abajo. Y cuando llegaba el autobús del barrio y no podía pasar, los vecinos tenían que continuar a pie por aquella cuesta. ¿Qué hicieron? Un aparcamiento más grande. Eso no es gestionar el turismo. Después añadieron el control de la venta de entradas y otros elementos de persuasión. Se acostumbra a actuar cuando ya se ha producido el problema y de modo táctico. Sin previsión estratégica.

 

¿Y en la Ciutat Vella, donde lógicamente también se concentra mucho turismo?

Para reducir la presión turística en Ciutat Vella puede haber formas diversas de inducir los flujos turísticos, como buscar o crear elementos atractivos que deriven a la gente hacia otros lugares, como puede ser el Paralelo o la parte baja de Montjuïc. Y que no todo el turismo se canalice hacia la Rambla y las calles del Gótico. No es fácil. Y no es inmediato. Pero hace falta una visión estratégica. Y en el Paralelo no se ha hecho nada. En el Paralelo se debería impulsar una estrategia del espectáculo. Creo que allí se equivocaron al eliminar toda la publicidad de las fachadas. Se podría haber creado un espacio único, con los grandes carteles y los focos para atraer a la gente y crear un ambiente singular en la ciudad.

 

Su estrecha relación con numerosos artistas contribuyó a la instalación de obra escultórica en la ciudad…

Sí. De ahí, por ejemplo, que Antoni Clavé hiciera la escultura del parque de la Ciutadella conmemorativa del centenario de la Exposición Universal de 1888; y que Eduardo Chillida instalara el Elogio del agua en el parque de la Creueta del Coll. Cuando Pasqual Maragall impulsó aquel ambicioso programa escultórico para promover obra de artistas reconocidos en los barrios periféricos de la ciudad, sugerí a los arquitectos J.A. Acebillo y Oriol Bohigas que se podría encargar una obra a Chillida. Me ofrecí a orientar cómo se debía gestionar el asunto, porque Chillida era íntimo amigo mío.

En una conversación con el alcalde, le dije que estaba seguro de que Chillida aceptaría, pero que era fundamental la elección del espacio. Que, si no le gustaba el sitio, diría que no. Y le puse el ejemplo del fracaso de París. En París, Chillida había pedido que quitasen todos los coches de la plaza donde debían instalar su escultura. No quisieron y se terminó el trato. A Pasqual Maragall le sugerí que le invitaran a venir y que, cuando estuviera aquí, antes de negociar nada, le enseñaran espacios posibles en proceso de urbanización. El segundo espacio que Maragall le mostró a Chillida fue la Creueta. A él le encantó el proyecto y se acordó todo enseguida.

Conseguir un Maillol fue más largo. Era inconcebible que el escultor catalán más grande no tuviera obra en Barcelona. En 1979, cuando se celebró la gran exposición de Arístides Maillol en el Centre Cultural de la Caixa del paseo de Sant Joan, con motivo de la restauración del Palau Macaya, publiqué en aquella sección «País» de La Vanguardia que la Caixa tenía el deber de comprar una de las cuatro esculturas que se exponían en el centro del paseo.

A través de la comisaria Maria Lluïsa Borràs se estableció contacto con Dina Vierny, última modelo y heredera del legado del artista, pero finalmente y por motivos diversos se frustró la compra. Años después, ya en época preolímpica, le dije al arquitecto Acebillo que la ciudad aún no había resuelto la cuestión de tener un Maillol. Entonces yo mismo hice una primera gestión con Dina Vierny, que fructificó. La escultura que disfrutamos frente al MNAC la pagaron los empresarios que antes de los Juegos colaboraban con la ciudad.

 

Usted fue buen amigo de Joan Miró, ha escrito una biografía suya y es divulgador de su obra. ¿Cree que Barcelona ha estado a la altura con él?

Miró fue muy generoso con su querida ciudad natal. Barcelona y él se habían reconciliado. La Fundación le procuró una inmensa alegría. Y también la donación del mural del aeropuerto, el mosaico del Pla de l’Os, o la Dona i Ocell… Pero no se cumplieron sus deseos cuando murió. Había dejado por escrito que quería ser enterrado en tierra, para que así le brotaran flores en el vientre, y sin ningún tipo de pompa. Y sucedió lo peor: los políticos y la Iglesia se apoderaron de su cadáver y organizaron unas solemnes exequias. Yo me quedé muy disgustado al ver la instrumentalización que se hizo de él.

Era un hombre de trato muy sencillo; un personaje que tenía muchos principios y era fiel a ellos, cosa que siempre es de agradecer. Principios estéticos, morales y humanos. Conmigo tenía una actitud muy cercana. Fue muy emocionante. Nuestra estrecha relación me llevó a proponerle la idea de escribir sus memorias. Me dijo que sí, pero después fue que no.

Ante su negativa, le comenté que tampoco hacía falta explicarlo todo, o que dependía de cómo se explicara. Él me respondió: «Mira, yo te dije que sí, porque para mí era como tumbarse en el diván del psiquiatra, y allí no puedes suavizar las cosas; tienes que vomitar todo lo que llevas dentro.» Pienso que quizá creyó que no tenía derecho a hacer públicos según qué asuntos familiares.

Cuando en 1968 le encargaron el gran mural del aeropuerto, Miró me dijo: «Hemos diseñado unas piezas de cerámica que, si nos conviniera, se podrían quitar muy fácilmente, desmontarlo todo e instalarlo en otro lugar. Si nos pusieran aquí delante alguna de estas piezas horribles, como aquel Don Quijote que hay allá, nos llevaríamos el mural.» Se inauguró el mural y poco después se colocó delante un rótulo gigantesco con una bandera enorme que estorbaba en gran parte la visibilidad. Hice un artículo señalando que nunca más se podría fotografiar el mural entero. Al cabo de unos meses retiraron el rótulo.

 

¿Ser cronista oficial de la ciudad le haría perder libertad?

Sí. Cuando se rumoreaba que me lo propondrían, un compañero del diario me preguntó: ¿Y qué sueldo tendrás? Yo pensé, mal asunto, porque si aquel compañero, que debería saber que un cronista oficial no tiene sueldo, creía que se cobraba, imagínate lo que diría la gente de la calle. También he rechazado la medalla de oro de la ciudad, porque la concede el poder a dedo; no se trata de un jurado.

Yo voy a favor de la ciudad, no de ningún partido. Por eso, al empezar a escribir sobre Barcelona, me pareció que debía fundar un partido monoplaza que se llamaría Pro-Barcelona y en el cual solo estoy yo. Escribir sin ataduras es lo que he hecho, hago y haré siempre.