Si tomamos un poco de perspectiva temporal de la economía española, la foto que sale no es nada buena. Hoy, a mediados de 2022, España tiene el mismo PIB per cápita que tenía en 2005. Desde entonces, como recordaba recientemente Jesús Fernández-Villaverde, la economía irlandesa ha crecido un 79%, y la portuguesa un 7%. Antes de que termine el año, la Unión Europea volverá a estar en recesión y España sigue sin implementar buena parte de las principales reformas –en educación, formación, universidad, administración, fiscalidad o pensiones– que permitirían mejorar la productividad y la sostenibilidad de las cuentas públicas.

¿Por qué demonios no hacemos las reformas que hay que hacer? se preguntan constantemente mis amigos economistas llevándose las manos a la cabeza. La parálisis reformista sucede, paradójicamente, en un contexto en el que tenemos más disponibilidad de datos y evidencias experimentales que nunca. Eso debería ayudarnos a llegar a acuerdos. Sin embargo, parece que las posiciones de unos y otros están cada vez más alejadas. ¿Por qué?

La literatura sobre la economía política de las reformas ofrece una (parte de la) respuesta. Si estamos en un determinado equilibrio y podríamos estar en uno mucho mejor, quizás el problema no es que falten buenas ideas, sino que a los actores involucrados en la reforma no les interesa que cambien las cosas.

En este artículo exploro otra parte del proceso de reforma: la dimensión psicológica. Ahora que tenemos una buena idea: ¿cómo conseguimos convencer a la gente de que es una buena idea? Aunque, aparentemente, este debería ser un asunto central en el estudio de las políticas públicas, los economistas le prestan demasiado poca atención.

En la mente cartesiana de los economistas esta cuestión debería ser trivial. Nuestros modelos –y de hecho toda la estructura epistemológica de los últimos 300 años– se basan en la idea central de que los humanos somos fundamentalmente racionales. Enfrentados a una decisión, por ejemplo, de consumo, como comprar unas gafas de sol, los agentes económicos valoran las ventajas y desventajas de hacerlo: el precio, el uso que le van a dar, el coste de oportunidad… y ponderan la utilidad esperada de esa decisión. Tras un proceso de deliberación racional, si les vale la pena, comprarán las gafas.

Siguiendo ese razonamiento, en política, las cosas no deberían ser demasiado diferentes. Pensemos en una agricultora de 55 años con una pequeña explotación de melocotones en Roquetas de Mar (Almería) que tiene que elegir entre Sánchez o Núñez Feijóo. La agricultora tiene intereses y valores enfrentados. Como es autónoma, se leerá las propuestas programáticas, y le dará, pongamos, 4 sobre 5 puntos de «utilidad» a Feijóo y 3 a Sánchez. Por otra parte, la agricultora está harta del trato machista que reciben las mujeres en el campo, y dará a las políticas de Sánchez una valoración superior a las de Feijóo, tras contrastar lo que ha funcionado en otros países.

Hará lo propio con cada uno de los temas que le preocupan: servicios públicos en zonas rurales, inmigración, productividad del campo, dependencia, modelo de familia, monarquía, identidad nacional… Una vez completado el proceso calculará la probabilidad de que esas políticas se implementen y decidirá en consecuencia, como con las gafas de sol, cuál de los candidatos le ofrece una utilidad esperada más alta. En ese mundo, en la medida en que nuestra agricultora (y el resto de los ciudadanos) puedan acceder a la información necesaria el programa político que se adecúe mejor a las preferencias de la mayoría y esté sustentado en mejores evidencias ganará las elecciones. ¿Verdad?

Los economistas que estén leyendo estas líneas pensarán: «¡menuda exageración, Toni! Hace tiempo que los economistas trabajamos con modelos de bounded rationality (racionalidad limitada) y la economía del comportamiento es una de las áreas de más crecimiento en economía». Es cierto, es una caricatura, pero creo que ejemplifica bien el proceso cognitivo erróneo que nos lleva una y otra vez a la misma frustración reformista.

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Programados para el desacuerdo

Hace unos 20 años, el profesor Geoffrey L. Cohen del Departamento de Psicología de la Universidad de Yale, realizó una serie de estudios que publicó en el Journal of Personality and Social Psychology. En uno de los estudios, Cohen pidió a un grupo de estudiantes universitarios liberales y conservadores que dieran su opinión sobre una política de asistencia social. Una versión, presentada como un artículo de periódico, proporcionaba generosas ayudas, mientras que la otra versión era mucho más austera. Después, a algunos estudiantes les dio la información de que la política que les había tocado la defendía el partido demócrata y, a otros, el partido republicano.

Sin conocimiento de las opiniones de su «grupo de referencia», los estudiantes hicieron lo que cualquiera esperaría que hicieran: se tomaron el tiempo para leer el artículo del periódico, procesaron la información disponible y, considerando sus creencias previas sobre el rol que debe jugar el gobierno en la economía, dieron su opinión. El resultado del proceso fue claro: los autoidentificados liberales preferían la política generosa, mientras que los conservadores preferían la más austera. Nada sorprendente hasta aquí.

Sin embargo, a los alumnos a los que se reveló la «información del grupo de referencia» (en este caso, la posición inventada de su partido sobre el asunto) los participantes dejaron de dar peso al contenido objetivo de la política y asumieron la posición de su grupo como propia. En otras palabras: a los republicanos les gustaba mucho más la política de gasto si creían que su partido la defendía y los demócratas se volvían mucho más austeros cuando sabían que esa era la posición de su partido.

Una de las conclusiones sorprendentes del artículo fue que el efecto encontrado del experimento no variaba por nivel educativo: las personas con altos conocimientos o formación sobre políticas públicas estaban igual de «influenciadas por su grupo de referencia» que las personas que no los tenían. El otro resultado interesante del experimento fue en relación con la ceguera sobre el propio sesgo de los participantes en el experimento. Cuando se les preguntó cómo habían llegado a esas conclusiones, los estudiantes negaron haber sido influenciados por su grupo político y argumentaron que se basaron en una evaluación imparcial de los hechos relevantes (aunque creían que otras personas, especialmente sus adversarios ideológicos, probablemente habían sido influenciados).

La mayoría de los lectores de este artículo pensarán, como los participantes del experimento, que el resultado de sus opiniones o inquietudes sobre políticas es producto de un procesamiento autónomo y racional de la información y de la auto deliberación independiente. Sin embargo, la mayoría de las veces asumimos como nuestras las opiniones que inferimos de lo que consideramos aceptado en nuestro grupo de referencia. Esto, por supuesto, tiene mucho sentido, dado que no podemos tener una opinión sobre todos los temas.

La mayoría de las veces asumimos como nuestras las opiniones que inferimos de lo que consideramos aceptado en nuestro grupo de referencia.

Según el economista Gary Charness, la teoría de la identidad social (desarrollada por primera vez por Tajfel y Turner) funciona a través de tres mecanismos básicos: categorización, identificación y comparación. El primero refleja el proceso a través del cual, desde muy temprana edad, clasificamos a las personas en categorías: blanca, mujer, homosexual, conservadora, mormona, lo que sea. El segundo mecanismo es la identificación, el proceso por el cual diferenciamos entre los grupos a los que pertenecemos y a los que no pertenecemos. El tercer elemento, la comparación, es el proceso mediante el cual comparamos diferentes grupos e, intuitivamente, desarrollamos un fuerte sesgo favorable hacia el grupo al que pertenecemos.

La pertenencia al grupo y la desconfianza respecto al «otro» tiene una razón evolutiva muy clara. Los cazadores-recolectores, tenían que coordinarse en grupos manejables y confiables para poder cazar al bisonte que iba a alimentar a la tribu. Al mismo tiempo, debían estar alerta de las amenazas de otros grupos, que podían suponer un riesgo a la propia pervivencia de la tribu.

Una vez que nos consideramos parte de un grupo, derivamos autoestima de ser parte de ese grupo y tendemos a cambiar nuestro comportamiento para que sea consistente con las normas percibidas y los estereotipos asociados con la identidad de ese grupo. Esta pertenencia al grupo puede tener algunos aspectos positivos. Por ejemplo, las personas tienden a pagar más impuestos si reciben información de que las personas de su comunidad pagan sus impuestos a tiempo. Sin embargo, en política, nuestra tendencia tribal genera unas dinámicas que nos condenan a la confrontación.

Steven Pinker, el prominente psicólogo experimental de la Universidad de Harvard identifica tres grupos de razones que nos impiden valorar correctamente las evidencias y llegar a acuerdos. La primera es el razonamiento motivado. En la vida nos enfrentamos diariamente a este tipo de sesgo. Piensen, por ejemplo, en la conversación con un amigo que se ha enamorado de la chica que no le conviene. Mientras, como amigo, tu le haces ver que en realidad esa relación no va a ninguna parte y que hay muestras evidentes de que ella no le quiere. El amigo, que está ciego de amor, minimiza las evidencias negativas y tiende a ver solamente los aspectos positivos de la relación.

En política, nuestra tendencia tribal genera unas dinámicas que nos condenan a la confrontación.

En política, como sugiere el experimento de Cohen, sucede algo muy similar: nos estrujamos los sesos no para hacer acopio de argumentos racionales para acercarnos a la verdad, sino para que nuestra línea de pensamiento nos lleve a la conclusión predilecta que más nos satisface de antemano (sin ser conscientes de ello). Piensen en cualquier debate con el amigo facha del grupo o con la cuñada revolucionaria. En realidad, da igual la cantidad de argumentos o nuevas evidencias que podamos ofrecer; ellos van a usar todo su ingenio para asegurarse de que la nueva evidencia o bien es falsa (¿recuerdan los alternative facts de Trump?) o bien refuerza sus ideas preconcebidas sobre el tema.

 

Sesgo partidista

Hugo Mercier y Dan Sperber exponen la misma idea de otra manera: no hemos evolucionado como científicos intuitivos que buscan la verdad, sino como intuitivos abogados que defienden su posición. Jonathan Haidt, el psicólogo de New York University lo expresa de otra manera: los humanos somos «racionalizadores» más que racionales. Nuestros impulsos emocionales (el elefante) marcan el camino y después (no antes) entra la razón para justificarlas.

En política el razonamiento motivado se traduce en un «sesgo partidista» o «sesgo de mi lado» que forma parte de nuestros procesos cognitivos inconscientes (el Sistema 1 de Khaneman). La evidencia experimental acumulada muestra que el sesgo partidista puede tomar muchas formas. La primera es sobre la dieta informativa.

Normalmente, tendemos a exponernos mucho más a información que apoya las creencias de nuestro grupo y a minimizar nuestra exposición a las visiones críticas. En segundo lugar, recordamos de forma selectiva la información que apoya a nuestro grupo político. En tercer lugar, selectivamente, evaluamos información de forma mucho más crítica con la que no estamos de acuerdo y tendemos a obviar o ignorar los datos o inconsistencias lógicas en contra de nuestras creencias. El «sesgo de mi lado» también nubla, muestran otros experimentos, nuestra capacidad aritmética. En muchos casos, los experimentos muestran que estos sesgos se reproducen igual en personas educadas o con conocimiento de un tema que en personas con menor preparación.

No hemos evolucionado como científicos intuitivos que buscan la verdad, sino como intuitivos abogados que defienden su posición.

Un tercer elemento, si cabe más retorcido que el «sesgo de mi lado» es la «racionalidad expresiva». En esta tara del razonamiento, la motivación no es lograr una comprensión más precisa del mundo, sino ser valorados o reconocidos por nuestro grupo de pares. Piensen, por ejemplo, en la cantidad incomprensible de sandeces que muchas personas habitualmente razonables son capaces de decir en Twitter. ¿Qué mejor forma de lograr reconocimiento del grupo (y muchos retweets) que despellejando al grupo de enfrente?

En resumen, tenemos una capacidad limitada para evaluar las políticas de forma racional y desinteresada. Por tanto, usamos a los líderes de nuestro grupo para formarnos opiniones. Cuando aparece nueva evidencia o nos llega una nueva información no la utilizamos para buscar la verdad, sino para justificar nuestras propias creencias precocinadas de antemano. En general, evitamos exponernos a información que va en contra de nuestras opiniones y cuando lo hacemos somos muy quisquillosos con la evidencia que las contradice y ciegos a las incoherencias de los nuestros.

Lo que nos cuesta entender a los economistas es que, aunque podamos pensar que la falta de acuerdos en política es un error (bug) del sistema, en realidad es su principal característica (feature): los humanos estamos programados para el desacuerdo.

Pensar en el «qué» hay que hacer no es suficiente para mejorar las políticas públicas. También debemos pensar en «cómo» lograr las reformas necesarias. Y para eso es necesario abandonar el compromiso emocional irracional con unos modelos de racionalidad caducos.