Entre el 6 y el 9 de junio, 359 millones de ciudadanos de los 27 países miembros de la Unión Europea podrán ir a votar en unas elecciones en las que se eligen los 720 diputados del nuevo Parlamento Europeo. En primer lugar, desde Política & Prosa, queremos hacer un llamamiento al voto. Si bien debería ser obvio, consideramos conveniente recordar que cada elección es importante por razones simbólicas – participar en la vida política no debería solo un derecho, sino un deber – y por razones prácticas – porque los gobiernos elegidos toman decisiones que afectan al conjunto de la ciudadanía. Esto vale para las elecciones locales, las autonómicas, las legislativas y también para las europeas.

En los últimos años, más allá de algunas excepciones, el abstencionismo ha aumentado considerablemente en muchos países de nuestro continente, mostrando una creciente desafección hacia la política por parte de la ciudadanía. En el caso de los comicios europeos, aunque en 2019 la participación superó por primera vez el 50%, estamos aún muy lejos de alcanzar unos niveles de participación aceptables en sociedades democráticas. Muchos ciudadanos perciben todavía la Unión Europea como algo lejano, cuando, en cambio, las decisiones que se toman en Bruselas tienen una influencia cada vez más relevante en nuestras vidas. No se olvide, además, que por el porcentaje de su población, España es el cuarto país que elige más eurodiputados en Estrasburgo, 61, por detrás solo de Alemania, Francia e Italia.

En segundo lugar, queremos apuntar que estas elecciones son cruciales para el futuro de la UE. La extrema derecha está avanzando en todo el continente. Sean suficientes dos datos. Por un lado, las formaciones miembros de Identidad y Democracia (ID, liderada por Marine Le Pen, Matteo Salvini y los ultras de Alternativa para Alemania) y los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR, liderados por Hermanos de Italia de Giorgia Meloni, los polacos de Ley y Justicia y Vox) tienen en conjunto una intención de voto estimada del 23%, cuando el Partido Popular Europeo (PPE) y los Socialistas y Demócratas (SD) no llegarían juntos al 40%. Por otro lado, la extrema derecha puede ser el partido más votado en nueve países: Francia, Italia, Polonia, Hungría, Países Bajos, Bélgica, Austria, República Checa y Eslovaquia. Durante la legislatura 2024-2029, su peso en la Eurocámara será, pues, el mayor de la historia de la UE.

En el pasado, los comicios no dejaban espacio a grandes incógnitas: populares y socialistas eran con diferencia los partidos mayoritarios y llegaban a un acuerdo de gran coalición para gobernar la Unión. En 2019, con una extrema derecha ya al alza, entraron en la ecuación los liberales de Renew Europe, liderados por el presidente francés Emmanuel Macron, que permitieron dar estabilidad a la legislatura que se cierra ahora. En esta ocasión, en cambio, no hay certeza alguna de lo que pasará: por primera vez, la extrema derecha tiene serias posibilidades de entrar en el gobierno de la UE. No hace falta explicar qué implicaciones tendría todo esto para el proyecto comunitario: no solo una normalización, ya en marcha, de formaciones antidemocráticas y, al fin y al cabo, euroescépticas, sino un frenazo a la integración, un recorte en los derechos de los ciudadanos y un mayor protagonismo de políticas autoritarias, solo  para apuntar las más evidentes.

Como se sabe, la política europea es un complejo encaje de bolillos. En primer lugar, más allá de las nuevas aritméticas parlamentarias en la Eurocámara, debemos tener en cuenta las correlaciones de fuerzas existentes entre los gobiernos de los países miembros. En la actualidad, la mayoría de los ejecutivos de los 27 son de derecha y ultraderecha. Tan solo cuatro gobiernos son de centroizquierda (España, Alemania, Eslovenia, Malta) y tres liberales (Francia, Estonia y Letonia), a los cuales podríamos añadir el de gran coalición de Dinamarca y el de Bélgica, que, sin embargo, celebra elecciones legislativas el mismo día de las europeas. En segundo lugar, la presidencia de la Comisión Europea se suele pactar en las semanas posteriores al voto en un paquete en el que entran también las presidencias del Consejo y del Parlamento europeos, además de los cargos más importantes, como la presidencia del Eurogrupo, la del Banco Central Europeo o el Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad.

Las semanas posteriores a las elecciones serán pues cruciales para entender qué pasará. No es baladí recordar que en 2019 fueron Emmanuel Macron y Angela Merkel quienes encontraron una solución al rompecabezas. Sin respetar el sistema de los spitzenkandidat, es decir los candidatos a la Comisión de las diferentes formaciones, los presidentes de Francia y Alemania se sacaron de la chistera el nombre de Ursula von der Leyen, exministra de Defensa en los gobiernos de la cancillera germana. En la ecuación entraron el liberal belga Charles Michels para la presidencia del Consejo Europeo, el reparto entre populares y socialdemócratas de la presidencia de la Eurocámara y la francesa Christine Lagarde en el BCE. En esta ocasión es muy difícil saber quién será el verdadero kingmaker. Merkel ha abandonado la política y su sustituto, Olaf Schölz, está en horas bajas, así como Macron, cuyo partido podría acabar por más de diez puntos por detrás de la Agrupación Nacional de Marine Le Pen. Es posible una correlación de debilidades entre los presidentes francés y alemán que podrían encontrar el apoyo del premier polaco Donald Tüsk y del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez. Esta sería, muy probablemente, la mejor opción para el fortalecimiento del proyecto europeo y el aislamiento de la extrema derecha.

Ahora bien, las incógnitas son aún muchas. Si hace unos meses todos daban por descontado que von der Leyen tendría el camino allanado para un segundo mandato, en las últimas semanas esto no parece verosímil. El escándalo conocido como Piepergate, las relaciones poco transparentes con Pfizer durante la pandemia o el creciente protagonismo de la presidenta han creado un clima de desconfianza no solo entre los socialdemócratas y liberales, sino en el seno de su mismo partido, el PPE, donde hay un sector, liderado por el presidente de los populares europeos, el alemán Manfred Weber, que se la tiene jurada a von der Leyen. Han empezado así a circular diferentes nombres para el cargo más importante de la UE, como los del expresidente del BCE, el italiano Mario Draghi, o el de la actual presidenta del Parlamento Europeo, la popular maltesa Roberta Metsola. Seguramente, en las próximas semanas aparecerán otros nombres.

 

Dos personas frente a la entrada del edificio Berlaymont, sede del gobierno ejecutivo de la Unión Europea en Bruselas, Bélgica. Fotografía de Ank Kumar

Dos personas frente a la entrada del edificio Berlaymont, sede del gobierno ejecutivo de la Unión Europea en Bruselas, Bélgica. Fotografía de Ank Kumar

 

De todos modos, lo que nos debería preocupar no es tanto quién ocupará la presidencia de la Comisión Europea o de las institucionales centrales de la Unión, sino con qué alianzas y con qué proyecto. En el último bienio, von der Leyen, que había mantenido un cordón sanitario frente a la ultraderecha tras su elección, ha virado progresivamente hacia la derecha, manteniendo una relación muy estrecha con la presidenta del gobierno italiano, Giorgia Meloni, y abriendo explícitamente la puerta a la posibilidad de pactar con los Conservadores y Reformistas Europeos. Parecería ser que si es atlantista, apoya Ucrania y no ataca frontalmente a la UE, la extrema derecha es un aliado aceptable.

Tras los casos de Italia, Finlandia y Suecia, lo acontecido el pasado mes de mayo en los Países Bajos va, una vez más, en esta dirección. El pacto entre el Partido de la Libertad de Geert Wilders, el Partido Popular por la Libertad y la Democracia (VVD) del liberal Mark Rutte -posible futuro secretario de la OTAN- y Nuevo Contrato Social de Pieter Omtzigt, miembro del PPE, nos muestra cómo no solo los populares, sino incluso una parte de los liberales pueden llegar, sin muchos aspavientos, a acuerdos de gobiernos con la ultraderecha.

Como se puede fácilmente entender, nos encontramos en una encrucijada. El PPE ha sido uno de los pilares de la construcción de la UE, junto a los socialdemócratas y los liberales. Su radicalización es preocupante y puede tener consecuencias de extrema gravedad para el futuro de Europa. Aunque intente mostrarse como razonable e incluso moderada, la extrema derecha, tanto si es atlantista como si es rusófila, representa la mayor amenaza existente en la actualidad a los valores democráticos y a la misma supervivencia a largo plazo del modelo de democracia liberal y pluralista, tal y como lo conocemos. Asimismo, aunque ahora se defina pragmáticamente europeísta, con el objetivo de tocar poder en Bruselas, y no pida ya la salida del euro, la extrema derecha es profundamente contraria al proyecto de integración europeo. Puede que no quiera ya destruir la UE, como afirman sus líderes, pero de lo que no cabe duda es que quiere transformar la Unión en una confederación de Estados soberanos que puede llegar a acuerdos, como mucho, en temas como la defensa y el comercio. Se trataría, ni más ni menos, que del fin de la UE, aunque no se diga explícitamente.

En un contexto global cada vez más complicado, marcado por dos dramáticas guerras cuyo fin no se vislumbra cercano, la Unión Europea tiene delante unos retos enormes: desde la posible ampliación y la necesaria reforma de su funcionamiento hasta los avances hacia la definitiva unión política, pasando por la lucha contra el cambio climático, la autonomía energética o el mantenimiento del Estado social. De fondo, la UE tiene aún que clarificar qué quiere ser y qué papel quiere jugar en el mundo. Es de lamentar que en la opinión pública catalana, española y europea estos debates brillen por su ausencia. Desde Política & Prosa hemos siempre intentando prestar atención a estas cuestiones y lo haremos también en el futuro, conscientes de que solo una Europa más cohesionada, democrática y consciente de su papel en el mundo puede ser la solución a los retos del presente y del futuro.