Entre los locos sin posibilidad de curación, siempre hay un grupo, afortunadamente reducido, con una imperiosa necesidad de conseguir el poder. Entre los ejemplos que se podrían aducir, el más conspicuo es el de Adolf Hitler. Su locura consistió en imponer en Alemania «la solución final», y todos sabemos qué fatídicos resultados causó.

La imposición, por otro lado, estuvo basada en un hecho que no falla nunca: inocular a los habitantes de su país la convicción de que eran mejores que los otros, y estos otros tenían la culpa de todo. Despertar y alimentar con cualquier ideología nacionalista el egoísmo colectivo y, además, inventándose un enemigo, siempre tiene una eficacia rotunda.

Aquí, en Cataluña, tenemos ya casi a la mitad de la población halagada con este egoísmo colectivo, tenemos unos aparatos de propaganda cargados de mentiras, que se están aplicando en Cataluña, gracias a unos medios de comunicación vendidos al poder que no paran de adoctrinar. Y tenemos también un convencimiento bastante extendido que nos dice que somos «diferentes» del resto de España. Este «diferentes», es naturalmente un sinónimo de «mejores».

Hay unos pocos parecidos entre la Alemania de Hitler y la Cataluña del procés, pero, afortunadamente, hay una diferencia esencial: Hitler tenía un ejército, mientras que Puigdemont no tenía ninguno.

El primero se mantuvo en el poder; el segundo, en cambio, huyó para esquivar la justicia (no sin endilgarnos a un elemento declaradamente racista: Torra). No tener un ejército y desafiar al Estado es de una ingenuidad patente; y, por lo tanto, la locura de Puigdemont es mucho más patética que la de Hitler. Ya se sabe que el poder, por ruido que haga, cuando es ingenuo en lugar de astuto, no llega nunca a ninguna parte.

Es curioso constatar que la manifestación de la locura esté tan a menudo e inevitablemente ligada a los nacionalismos. «America first» es la frase favorita de Trump (cosa que encanta a los americanos con poca capacidad cognitiva), y si América tiene que ser lo primero, es porque, subyacente a esta frase hay el convencimiento de que los americanos son mejores que el resto de los mortales. Inocular este tipo de mentira, conectada, como he dicho más arriba, con el egoísmo colectivo es de una efectividad que no falla nunca. Y estar orgulloso de un nacionalismo, sea el que sea, y hacer propaganda, como hacían siempre Pujol, Mas, y continúan haciéndolo Puigdemont, Torra (y sus colocados) es indispensable para obtener una amplia manada de seguidores.

Por eso no es difícil entender que, al menos aquí en Cataluña, los partidos nacionalistas (básicamente la vieja Convergència, convertida en Junts pel sí, y no sé qué otros nombres más, añadiéndole ERC y la CUP), aunque no conformen una mayoría general, siempre conseguirán el poder en el Parlament, como consecuencia de una ley electoral pensada para favorecer los votos de los pueblos más pequeños, que son los más crédulos. La única manera justa de acabar con esta pesadilla es un cambio de la ley, cosa que, como que ya sabemos que no pasará, nos condena a la eternización del conflicto originado por el desafortunado procés.

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Engañadores, predicadores y engañados

Antes de entrar en el tema central de este artículo, que es la oscura personalidad de Puigdemont, creo que es necesario hacer una taxonomía de los nacionalistas catalanes implicados en el procés. La simplificaré un poco para no alargarme innecesariamente. No hay nadie que no sepa que hay tres tipos de nacionalistas o, en este caso, de independentistas. Primero, los que tienen intereses; segundo, los colocados, y tercero, los que han abrazado el procés porque les han inoculado la fe nacionalista. Los primeros son los engañadores; los segundos son los predicadores, y los terceros, los engañados.

El primer grupo, el de los políticos, está compuesto por los que mandan, mientras que el segundo grupo, el de los colocados, está compuesto por los que cobran sueldos considerables para predicar los intereses de los políticos. La principal corrupción del primer grupo es la del lenguaje.

El poder parlamentario de los nacionalistas es resultado de una ley electoral que favorece los votos de los pueblos más pequeños, los más crédulos.

Solo daré unos pocos ejemplos: de un referéndum prohibido por la ley y llevado a cabo sin control ni garantías, dicen que es un «mandato del pueblo». De un expresidente megalómano y prófugo de la justicia, dicen que es el «presidente legítimo en el exilio». Del fracaso de la DUI, dicen que se «calculó mal el tiempo», (y ante los jueces, «que todo era simbólico»). De las sentencias, dicen que son un «retorno al franquismo». De vulnerar el Estatuto y la Constitución sin una mayoría autorizada, dicen que es el «cumplimiento del programa electoral». De los partidos que respetan la Constitución, dicen que son «partidos represores». De la imposición de la independencia, dicen que es «democracia», etc, etc.

El segundo grupo, el de los colocados, lo forman los que aprenden y recitan de memoria toda la doctrina obligatoria. Adoran los símbolos; se colocan el mismo lacito o la misma mariposa que el subgrupo de sus amos. Y esparcen la doctrina con la misma energía con la que cobran sus sueldos estratosféricos (Sanchís, Terribas o Rahola, para poner solo tres ejemplos de un numeroso colectivo de aprovechados); ponen el alma, y se entiende, porque, si no lo hicieran, se les deshincharía el bolsillo.

Pasamos ahora al tercer grupo, el de los creyentes y los engañados. Ninguno de ellos se siente afectado en lo más mínimo ni por el racismo de Torra, ni por las animaladas que dicen las enamoradas de Puigdemont (Artadi, Borràs, Rahola y Vilallonga, para poner solo cuatro ejemplos), ni por los robos de la familia Pujol, ni por las mentiras compulsivas (por ejemplo, las de Junqueras de antes de la DUI), ni por nada de nada. A ellos solo les guía la fe, y ya sabemos que es imposible del todo modificar la fe con algún argumento racional. Y así como los cristianos están seguros de que irán al cielo, los engañados están seguros de que, una vez independientes, seremos muy ricos, porque España no nos robará.

 

Alumno bastante mediocre

Pasemos ahora al tema central de este artículo, que es Carles Puigdemont. Empezaré diciendo que este individuo fue un tiempo alumno mío en la Facultad de Letras de la Universitat de Girona. Lo recuerdo sentado en el banco como una figura gris y anodina. Era un estudiante callado, cabizbajo y bastante mediocre. Como trasladó el expediente de la UdG a la UAB, no puedo comprobar si es cierto lo que creo recordar (ni haré nunca ningún viaje a Bellaterra para asegurarme): que lo suspendí en tres convocatorias. Es muy posible que sea cierto, porque más de un profesor suyo me ha dicho que uno de los motivos de abandonar Filología en Girona por Periodismo en Bellaterra fue la poca excelencia de sus notas y la convicción de que Periodismo era más fácil que Filología.

De un expresidente megalómano y prófugo de la justicia, dicen que es «presidente legítimo en el exilio».

Parece ser (tampoco lo he comprobado) que tampoco acabó Periodismo. En consecuencia, ninguno de los profesores que tuvo se podía imaginar nunca que aquel alumno gris, anodino, cabizbajo, callado y tan poco brillante pudiera llegar a ser alcalde de Girona. Llegó —se tiene que decir todo— de una manera no muy ortodoxa. Ahora bien, que llegara a ser presidente de la Generalitat es un asunto que a los surrealistas les habría encantado ver y vivir: habrían percibido cómo su estética se encarnaba en la realidad. Habrían visto el arte hecho vida.

 

De gris a autoritario

¿En qué consiste la locura de Puigdemont? Temo que esta pregunta ni siquiera la podrían contestar los psiquiatras, porque si la mente humana todavía les supone un misterio, la de Puigdemont todavía lo es más. Pero sí que se puede intuir algo a partir de sus obsesiones y por sus actos. No creo que se hiciera miembro de Convergència para trepar. Es de suponer que lo hizo por un sesgo nacionalista adquirido en parte por sus orígenes y en parte por la obsesión predicada constantemente por Jordi Pujol (mientras iba robando y su partido se iba engordando con porcentajes ilícitos).

La transformación de su carácter, de persona gris y mediocre a autoritaria se produjo a partir del momento en que degustó el poder. Es una transformación del todo lógica. Los psicólogos hablan de una imagen idealizada construida ya en la misma infancia. Cuando esta imagen idealizada se refuerza gracias al poder, se convierte en una tiranía, y la persona que la sufre se ve obligada compulsivamente a obedecer los dictados de esta imagen. El mecanismo es fascinante. Es el mandato compulsivo de la imagen idealizada y, obtenido el poder, esta tiranía se empieza a ejercer sin ninguna constricción. Lo que explican algunas personas que lo han conocido me induce a pensar que el poder minimiza la distancia entre lo que él era y lo que era su imagen hasta el punto de identificar las dos entidades en una sola.

Los colocados esparcen la doctrina con la misma energía con que cobran sus sueldos estratosféricos (Sanchís, Terribas o Rahola).

Su comportamiento como alcalde de Girona es suficientemente conocido como para que ahora yo me entretenga con eso. Lo más interesante empieza a tener lugar cuando Mas lo impone como presidente. Hay una cosa fascinante en este asunto: Mas no ha dicho nunca en público que lamentara su imposición, cuando, de hecho, todo el mundo (y seguro que en este «todo el mundo» él está incluido) tiene la seguridad de que cometió el peor error de su vida. Ya sabemos que esta imposición provocó una carambola, que consiste en el hecho de que Puigdemont impusiera a Torra, con lo cual salimos del fuego para caer en las brasas (o si se quiere, de los licores caros a la ratafía, o también del nacionalismo al racismo). Las desgracias nunca vienen solas.

No es nada difícil imaginar el horror de la gente sensata que conocía a Puigdemont cuando lo vieron como presidente de la Generalitat. Muchos pensaban que Mas lo había elegido porque creía que haría lo que él le ordenara. Gran error, porque, como ya he dicho más arriba, después de probar el poder de la alcaldía, su característica de ser gris y cabizbajo se convirtió en autoritarismo. Dicho de otro modo: la alcaldía le hinchó el ego, pero la presidencia se lo rehinchó exageradamente. Y este rehinchamiento está en el origen de la declaración unilateral de la independencia.

 

«Juntos por el sueldo»

Un ego tan brutalmente enorme no toleraba que lo pudieran tratar de botifler. Tenía que sobresalir más, pasar a la historia como un héroe. Y una vez hubo decidido huir de la justicia, su ego no le podía permitir vivir en un pisito; necesitaba una residencia de casi cinco mil euros mensuales de alquiler.

Este rehinchamiento brutal del ego está en el origen de la declaración unilateral de la independencia.

Es corriente decir que hay locos que piensan que son Napoleón. Estoy seguro de que cuando Puigdemont eligió vivir en Waterloo, creía que Napoleón había derrotado a Wellington. Ahora quizás alguien ya le debe de haber dicho que fue a la inversa, pero le debe dar pereza cambiar de casona. El caso es que cuando el ego crece desmesuradamente, explota, y la explosión se denomina locura.

Es divertido que los predicadores y los colocados esparcieran dos ideas. Primera: que él era el presidente legítimo. Segunda: que la mansión de Waterloo no era tan solo su residencia: era la Casa de la República; pero la perla de la comicidad es que los engañados le dieran el voto. Conozco a unos cuantos engañados que votaban siempre ERC, pero en las últimas elecciones votaron Junts per Catalunya es decir: Junts per Puigdemont o como ha dicho no sé quién: «Juntos por el sueldo».

Todo lo que ha pasado a partir del 6 y el 7 de septiembre de 2017 es pura locura, pero la gente que es consciente de la fortaleza del Estado en España, solo se puede tomar tanto el procés como a Puigdemont, con sentido del humor. Efectivamente ambas cosas son enormemente cómicas.