El narrador del último cuento incluido en Les males herbes, «Una proposta editorial», un escritor que puede ser o no el propio autor porque, como Jordi Masó (Granollers, 1967), también ha escrito una novela titulada L’hivern a Corfú, y que recibe el encargo de escribir un texto sobre la ciudad en la que ha nacido, señala que en su literatura le gusta evitar la rememoración nostálgica del pasado, la evocación de hechos históricos, el uso de las leyendas y del folklore local, el sainete costumbrista, la crónica de sucesos y los chismorreos de pueblo. También dice que rehúye «los localismos tanto como las frases de moda y los clichés. También evito cualquier referencia a costumbres o hechos de actualidad. Sospecho que detrás de estas manías está la voluntad de hacer una literatura perdurable (disculpadme la arrogancia), una literatura desligada de un espacio y un tiempo determinados, en la cual solo cuente la historia que se explica y, sobre todo, cómo se explica».

En «Teatre d’ombres», otro escritor encuentra en su ordenador una novela que él no ha escrito, «pero que habría podido escribir», porque reconoce el tono distante de la prosa, el lenguaje esmerado y la adjetivación precisa, la pátina de ironía —o un sentido del humor que no banaliza nada, podría haber dicho también—, la introducción de citas eruditas «y algunas reflexiones metaliterarias —otro de mis vicios—», un vicio que el lector de Jordi Masó agradece porque le facilita pistas suficientes para disfrutar todavía más la lectura: el mejor crítico de cualquier libro de Jordi Masó es el propio Jordi Masó, y hay que recordar que su primera colección de cuentos, Polpa, se cerraba con un epílogo apócrifo —y que, en rigor, debía leerse como otra ficción— donde un tal Valeri Nebot se entretenía en buscar los defectos de cada uno de los cuentos que le precedían.

 

El descaro del prestidigitador

En Polpa, Jordi Masó exploraba temáticas de la literatura de quiosco y, contra la esclerosis de las formas literarias, se posicionaba a favor del gusto por el pastiche y la travesura intelectual, pero también de la voluntad de superar la psicología de los personajes sin dejar de pensar a través de imágenes y emociones, de la imaginación minuciosa, de la afición por los abismos y las máscaras, del ejercicio de la simulación y la fantasía. En su siguiente libro, La biblioteca fantasma, catalogaba los múltiples caminos que pueden conducir a los enamorados de la vida creativa hacia el disparate y la destrucción y, como si sucumbiera al espíritu de Borges —Jordi Masó en ningún momento ocultaba el placer absoluto de la elaboración y el artificio que llevaba a cabo desde el principio—, la mayoría de los cuentos partían del comentario, la reseña o el compendio de los libros que habían escrito unos monstruos que censaba con su escritura minuciosamente clínica y precisa, y todos ellos participaban de una escritura en la que el escritor no aparecía en el sentido clásico del deus ex machina, sino con el absoluto descaro del prestidigitador.

«Vet aquí uns gats», una mezcla prodigiosa de fluidez narrativa y de momentos dramáticos y dolorosos, probablemente es la joya de la corona de ‘Les males herbes’.

Ahora, en Les males herbes, el lector se encuentra de nuevo situaciones llenas de humor negro y condicionadas por la presencia inalterable del mal, o de los círculos concéntricos de la locura, o incluso de la exclusión social: «Una conversa amb Damià Sindreu» es la ejecución de una venganza; «Les pomes» —un homenaje al maestro de la metaliteratura que es Paul Auster— son cinco versiones sobre cómo un hijo no llega a saber que su padre era realmente un asesino en serie; en «El crepuscle dels déus» —quizá el cuento más previsible de la colección, un adjetivo que resulta difícil relacionar con la manera de hacer de Jordi Masó—, un lector se siente traicionado por las malas novelas de sus escritores preferidos; y «Una tomba de vida» aprovecha los mecanismos de la ciencia ficción para hablar de la realidad que siente el protagonista, «el terror de vivir sin saber cuándo morirá».

 

Museo de rituales inquietantes

En los cuentos mencionados anteriormente es imposible que haya algún lector al que se le ocurra abandonar la lectura, pero todavía lo es más que suceda tal cosa en la metódica descripción del fondo de la locura que hay en «Vint classes» —una profesora de piano no puede soportar el talento de su alumno—, un cuento perversamente sutil que es a la vez un museo de rituales inquietantes; o en el descenso físico y moral que se narra en «L’infern a la terra» —el diablo hace de las suyas en un matrimonio que ha visto cómo un camión atropellaba a su hijo, y el lector, atónito, presencia cómo lo inesperado lo sacude página tras página—; o sobre todo, en la amarga descomposición de la vida de la pareja protagonista de «Vet aquí uns gats», una mezcla prodigiosa de una enorme fluidez narrativa y de momentos dramáticos y dolorosos, que provienen de la crueldad y la perversidad más gratuita —y a veces el lector tiene la sensación de que Jordi Masó se aventura por lugares que antes no había frecuentado, como si hubiera decidido dejar un poco de lado la ironía y el humor a favor del exceso y el desvarío, y como si insinuara un nuevo teatro de operaciones literarias—: probablemente es la joya de la corona de Les males herbes.

El autor construye unas voces narradoras precisas y eficaces como una bala de hielo dirigida directamente a la mente del lector.

Cada uno de los cuentos de Les males herbes está construido como si fuera un gran juego: Jordi Masó crea, renueva y explora la mecánica de la narrativa breve como género literario —sus textos están llenos de puertas ocultas y caminos secretos que, de repente, sitúan al lector en un territorio imprevisto—; demuestra tener suficiente habilidad para escapar de los callejones sin salida donde lo sitúa su voluntad de mantenerse fiel a las reglas que se impone, y en las cuales el lector participa con placer, y no aburre nunca porque también sabe mantener encendido el viejo designio de los cuentos, y cautiva, encanta y entretiene, como si una de sus preocupaciones fuese que ningún lector deserte de sus páginas: Jordi Masó sabe que escribir implica siempre esconder alguna cosa de tal modo que, poco a poco, vaya descubriéndose hasta revelarse del todo, lo que permite que el lector disfrute de unos desenlaces que nunca son previsibles, ni falsamente ingeniosos, ni pretenciosos, sino solo calificables de necesarios.

 

Jordi Masó Les males herbes Barcelona: Editorial Males Herbes, 2022 238 pàgs.
Jordi Masó. Les males herbes. Barcelona: Editorial Males Herbes, 2022. 238 págs.

 

Prosa atlética y disciplinada

También demuestra ser un buen constructor y administrador del tiempo dramático de cada historia: el lector agradecerá que no haya ningún momento en el que se sienta agotado por el alud de anécdotas que figura en cada cuento, pero también comprobará con satisfacción que son muy pocas las ocasiones en las que la prosa atlética y disciplinada que emplea con extrema mesura chirríe, como si la fluidez de la escritura constituyera una barrera para impedir el paso del lirismo forzado.

Lejos de la búsqueda de la risa fácil, con una imaginación trepidante y portentosa, de un nervio enérgico, con la construcción de unas voces narradoras precisas y eficaces como una bala de hielo dirigida directamente a la mente del lector, Les males herbes no decepciona nunca, y su lectura quizá debería empezar a instaurar la idea de que uno de los mejores cuentistas actuales se llama Jordi Masó, artífice de un magma narrativo de inesquivable seducción.