INTRODUCCIÓN: UNA CIERTA IDEA DE BARCELONA

El propósito de estos artículos ha sido trazar un perfil de la idea de ciudad de los seis alcaldes que ha tenido Barcelona desde 1979 utilizando casi exclusivamente sus palabras en los discursos de toma de posesión y de despedida de cada uno de sus mandatos. No pretenden, por tanto, construir un relato completo de las respectivas alcaldías analizando sus acciones más importantes, sus éxitos y sus fracasos, sino analizar sus prioridades a partir de sus discursos y exponer qué balance hacían de sus mandatos en el momento de finalizarlos.

Releer estos textos con la perspectiva del tiempo nos permite valorar cómo el discurso ha ido perdiendo progresivamente calidad, estructura y visión de conjunto. Desde la Barcelona olímpica y metropolitana dibujada por Maragall —y ya apuntada por Serra— hasta la Barcelona de Ada Colau —que pretende impugnar el modelo anterior— se suceden visiones que responden al signo de los tiempos: la necesidad de recoser los barrios, la transformación urbana, la apertura a Europa y al mundo, la economía del conocimiento, la globalización, el cosmopolitismo, la diversidad, el retorno a los barrios, la crisis económica global y la crisis del sistema político que habíamos conocido desde la Transición. Pero en todos late un espíritu que se identifica con la ciudad. Una ciudad que, haciendo de necesidad virtud, se reivindica permanentemente frente a los gobiernos que no creen en ir más allá y se reinventa regularmente para proyectarse en el mundo.

 

NARCÍS SERRA
UN ALCALDE QUE TRABAJÓ PARA SUS SUCESORES (abril 1979-diciembre 1982)

Narcís Serra, en las escaleras del ayuntamiento con todos los nuevos concejales, después de ser elegido primer alcalde de Barcelona de la democracia, el 19 de abril de 1979. Fotografía de Efe.

Narcís Serra, en las escaleras del ayuntamiento con todos los nuevos concejales, después de ser elegido primer
alcalde de Barcelona de la democracia, el 19 de abril de 1979. Fotografía de Efe.

«Serra no solo fue quien puso la primera piedra del nuevo ayuntamiento democrático, sino quien estableció sus cimientos»

«Narcís Serra ha sido un gran alcalde. Aquí mismo, el 30 de mayo de 1981, dio la vuelta a la historia de este país cuando, tres meses después del intento de golpe de estado, organizó un Día de las Fuerzas Armadas cargado de significación y, por la tarde, aquí mismo, pedía apoyo al Rey para lanzar la Candidatura Olímpica de Barcelona. El país, aquel día, dejó de mirar atrás y empezó a mirar adelante, hacia 1992 y hacia el futuro. Nunca se lo agradeceremos lo suficiente.»

Este agradecimiento de Pasqual Maragall, expresado en el Saló de Cent en junio de 1995, es quizá un buen resumen de la importancia de la alcaldía de Narcís Serra, un momento fundador de una nueva etapa que, como señaló el propio Serra en su primer discurso como alcalde, «es una tarea mucho menos sencilla que continuar el camino marcado por los predecesores».

Narcís Serra fue elegido alcalde de Barcelona el 24 de abril de 1979, poco antes de cumplir 36 años. Economista de profesión, venía de ser consejero de Política Territorial del Gobierno Tarradellas desde diciembre de 1977 y conocía bien los problemas estructurales de la ciudad y su metrópoli. Asumió la alcaldía, sin embargo, consciente de que la solución de estos problemas requería su tiempo y de que era necesario el esfuerzo de todos los grupos municipales y del conjunto de la sociedad. «Sabemos que la democracia no se concede, que la democracia se construye, y que esta tarea, si aspira a ser sólida, si aspira a ser definitiva, requiere su tiempo.»

En su discurso de toma de posesión desgranó un programa de actuación basado en cuatro grandes ejes.

En primer lugar, «humanizar la ciudad, porque hemos de convertirla en un centro de convivencia, porque hemos de hacer un Ayuntamiento más de servicios al ciudadano que de obras y cemento, porque hemos de pensar más en las personas que en las piedras.» Palabras que resuenan todavía, más de cuarenta años después, y nos impulsan a preguntarnos si durante estas décadas no hemos seguido pensando demasiado en las piedras, en las grandes obras y la periódica renovación del espacio público.

Después, la reforma de la Administración implicaba «un trabajo de reconversión del personal y de mejora del rendimiento» para conseguir que los servicios del Ayuntamiento no se valorasen «por el número de funcionarios que los integran, sino por su eficacia en la tarea encomendada». Para hacerlo posible, se dirigía a los funcionarios de una forma muy clara y directa: «La democratización del Ayuntamiento supondrá también una mayor capacidad de control de la actuación de todos nosotros, los que llegan a esta Casa por el camino de las elecciones y los que estáis aquí con motivo de vuestro trabajo diario.» «Queremos transparencia para acabar con las arbitrariedades […] Esforcémonos en esta nueva dirección que ha de hacer que nuestro trabajo sea personalmente más enriquecedor, más dotado de dimensión de utilidad pública, de servicio eficiente al ciudadano.»

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