El misterio emociona más que la certeza y sin duda resulta más evocador. El que espera magia se decepciona si solo halla realidad. Los Beatles eran magos y dioses hasta que llegó Peter Jackson con su documental Get back (Disney +) para humanizarlos, incluso a veces vulgarizarlos. Ahí están: cuatro veinteañeros millonarios y perezosos dando aparentes palos de ciego en busca de inspiración, aburridos de sí mismos, llegando al final de su extraordinaria aventura. Jackson expone con crudeza ocho horas de errática búsqueda con retazos de inminente desintegración.

Bostezos, tostadas, melodías en pañales, dudas, vino, cachondeo, guitarras desafinadas, histrionismo, desorientación, sobredosis de nicotina… Un plato difícil de digerir si uno es más propenso a perseguir unicornios que a afrontar realidades. El sudor, el dolor y la incertidumbre que precede al arte final no es algo agradable de presenciar. Pocos quieren ver eso, excepto los que saben que es así como surgen las canciones, a menudo como un chispazo repentino en medio de una tediosa jornada. Claro que no hablamos de unos creadores cualquiera. Los Beatles siempre acaban siendo los Beatles y todo el mundo ha de rendirse a la evidencia. Hasta metidos en un pozo hacían brillar la luz. Parece un milagro que después de tantos días descorazonadores acaben tocando el cielo en el mítico concierto final en la azotea de Apple Corps. Ahí está la magia. Lo que se ve antes es lo que se sufre para conseguirla. Así es la vida.

Desde su reciente estreno, Get back ha generado una polarización extrema. Es imposible saber qué hubiera ocurrido si este llamado Gran Hermano de los Beatles se hubiera estrenado en 1969 como un ejercicio ya no de telebasura, sino de cinéma vérité. Quizá ahora las grandes audiencias estén más entrenadas para ver algo así, pero el encarnizado debate en las redes demuestra que la lucha entre el rechazo y el elogio ha sido absoluta. «Un peñazo»/«Una maravilla». «Me aburro, le sobran cuatro horas»/ «Me vería las 60 horas sin editar». «No soporto a Lennon»/«Lennon es un genio». «Es un documental hecho para el lucimiento de McCartney»/«McCartney era el líder»…

 

Dos bandos enfrentados

Contagiado del infantilismo propio de las redes sociales, con su dosis de agresividad gratuita y argumentos sesgados, el debate ha acabado enfrentando a dos bandos. De un lado, los beatlemanos acríticos, los que abrazan a los Beatles como forma de negar todo lo demás. Del otro lado, los que aman a los Beatles como lo que fueron: una oportunidad incesante de apertura mental. Y en medio de ellos, los estudiosos, los que miran el documental de Jackson como una gran pieza de arqueología musical, igual que si a un profesor de Historia del Arte le pones delante una filmación de los obreros y los andamios de la Capilla Sixtina. Es así como lo ha visto y disfrutado el firmante de este artículo. Si alguna vez has intentado construir una canción, nada de lo que aparece en el documental te parecerá ajeno o aburrido.

El columnista del Washington Post, Chris Richards, echó leña al fuego con un texto en el que enviaba un mensaje claro al bando de los frikis y los acríticos, esos que solo se salen de los Beatles para escuchar las cansinas bandas de versiones que los emulan: «Los Beatles hicieron música profundamente hermosa, y como sociedad y especie nos cuesta mucho despedirnos de las cosas que amamos. Entonces, para facilitar las cosas a todos, nuestra cultura pop actual se inclina hacia el rechazo total de la idea de finalidad. Ningún metraje antiguo de los Beatles pasará desapercibido. Los ricos se hacen más ricos, nuestra imaginación se empobrece y no se permite que nada termine». Y dando una de cal y otra de arena, concluía: «Get back es interesante, irritante, dulce, embrutecedor, esclarecedor, castigador, satisfactorio, totalmente absorbente de vida, en última instancia innecesario y todavía bastante genial».

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Si alguna vez has intentado construir una canción, nada de lo que aparece en el documental te parecerá ajeno o aburrido.

Capítulo aparte en el debate merece el renovado ensañamiento popular con Yoko Ono. La viuda de Lennon, en su doble condición de mujer y extranjera, sigue cargando con las culpas en el imaginario del seguidor más acérrimo y testosterónico de los Beatles. El documental de Jackson muestra su figura de forma tan omnipresente como inofensiva. Está allí siempre, pero apenas se mete, va a su bola, no entorpece. Tan a su bola como ese devoto de Hare Krishna, amigo de Harrison, que reza en la misma sala donde ensayan. Pero al Hare Krishna nadie le culpa de nada. Ni a las rubias e inglesas Linda Eastman, Pattie Boyd, Maureen Cox: todas las novias y mujeres andan por allí, como es natural. Si culpan solo a la japonesa de cabello azabache es porque les resulta imperdonable que Lennon esté más enamorado de ella que de los Beatles.

 

 

Crucigramas y ganchillo

Él parece gozar en su nube, pero el fan troglodita lo único que quiere, aún a día de hoy, es que esa chillona desaparezca y todo vuelva a ser como en los tiempos de Love me do, cuando los Beatles eran una piña y Lennon era un amargado. Yoko hace crucigramas y ganchillo, no molesta. Y cuando aúlla, hasta McCartney participa activamente en la performance. Heather, la hija de Linda, se siente fascinada con Yoko y la imita berreando en un micrófono. Get back es esclarecedor con Yoko, aunque no hay más ciego que el que no quiere ver. «Algún día se dirá que Yoko separó a los Beatles por sentarse en un amplificador», llega a decir McCartney a modo de premonición.

Tanto hablar de Gran Hermano y al final vamos a creer que lo de los Beatles es un reality show como los que emiten las cadenas privadas con un grupo de chavales cuanto más indocumentados mejor. Nada de eso. Adelantándose una vez más a su tiempo, los de Liverpool pidieron ser filmados a todas horas porque veían que podría tener interés para el público el reto de componer y tocar en directo nuevas canciones en el plazo de un mes. Y no solo cumplen el reto, sino que además manejan canciones que aparecerán luego en su último disco, Abbey road, y en futuros discos en solitario.

«Algún día se dirá que Yoko separó a los Beatles por sentarse en un amplificador», llega a decir McCartney a modo de premonición.

Pero dejemos de lado la nostalgia por un instante y pensemos en esas ocho horas de los Beatles pero a día de hoy y con, por ejemplo, C. Tangana, Rosalía, Bad Bunny y Billie Eilish de protagonistas. Está claro que la chavalería no quitaría los ojos de la pantalla, como no los quitaban de Operación triunfo, con artistas de mucho menos fuste. Los Beatles hubieran reventado audiencias en su época, cuando eran lo más in, con un programa sobre sus intimidades musicales. Pero lo que pasó fue que el extenso material filmado por Michael Lindsay-Hogg acabó reducido a los 80 minutos de la deprimente Let it be (1970), estrenada cuando los Beatles ya se habían separado. Las 59 horas restantes quedaron en un cajón hasta que llegaron a Peter Jackson.

 

La importancia del montaje

¿Se pasó de depresivo Lindsay-Hogg o se ha pasado Jackson de exultante? Aquí nos topamos con la importancia del montaje. En Let it be Yoko es presentada como un personaje oscuro, irritante y vampirizante, con el efecto de odio intergeneracional ya comentado. En Get back, aun siendo una presencia constante, el resultado es mucho más suave y amable hacia su figura. La sonrisa que le sale cuando Ringo le da un chicle y ella lo parte para darle un trozo a John o la afable conversación sin sonido que mantiene con Linda, le quitan mucho de ese misógino peso de bruja y mujer-dragón que ha acarreado durante décadas.

Los Beatles hubieran reventado audiencias en su época, cuando eran lo más ‘in’, con un programa sobre sus intimidades musicales.

¿Cargaría con todas las culpas de la disolución el Hare Krishna amigo de Harrison si lo hubieran sacado tanto como a Yoko? ¿Estuvo allí él tanto como Yoko? Necesitaríamos las 60 horas para hacernos una idea más fiable de lo que realmente ocurrió, y aun así 60 horas no equivalen a la realidad. Los Beatles pedían apagar las cámaras cuando no querían ser filmados. Su deseo solo fue traicionado una vez: un micrófono oculto en el florero cuando Paul y John van a comer a solas para abordar la espantada momentánea de George. Quizá sea ese el momento más auténtico y revelador del documental, aunque el método de conseguirlo sea más propio del excomisario Villarejo. Solo eres tú cuando no sabes que están grabando. Cuando las cámaras se encienden, tiendes a actuar. Y ahí, en esa conversación robada, se nota lo mucho que esos tíos se querían, a sí mismos y entre ellos.

 

Talento, honestidad y humor

El influjo de Gran Hermano está más en lo que chismorrean los demás que en ellos como protagonistas. Resulta asombroso leer cómo gente que supuestamente los ama destaque lo colocados que iban o los ojos de resaca que traían de buena mañana. «¿Así qué iban a componer?: Nada». Deben haber olvidado o no saben que los Beatles siempre consumieron sustancias desde los tiempos de Hamburgo. Y eso no les impidió entregar, una tras otra, un montón de obras maestras entre 1962 y 1970, sin contar las que vendrían después de la disolución. Lennon nunca tuvo reparos en mostrar debilidades y contradicciones, y ese fue siempre uno de los grandes atractivos del grupo que él mismo fundó. En Get back se ve claramente que no atraviesa su mejor momento, pero no le importa que lo filmen y que se sepa lo que hay.

La combinación de talento, honestidad y humor siempre fueron la marca de la casa. De todo eso hay a raudales. Hay quien dice que se ha perdido la oportunidad de dar a conocer a los Beatles a las nuevas generaciones con un producto más comedido, amable y comercial, lo que hizo Bohemian rhapsody con Queen. Los que piden eso no se dan cuenta de que Get back, aun con su tono más vitalista respecto a Let it be, es la crónica de un amargo epílogo. Es lo que es, no cabe el edulcoramiento. Además, ¡qué publicidad necesitan los Beatles! ¿No la necesitarán más otros grupos?

‘Get back’, más vitalista que ‘Let it be’, es la crónica de un amargo epílogo. Es lo que es, no cabe el edulcoramiento.

También protestan algunos porque son capítulos muy largos. Nadie nos obliga a verlos sin pausa. Incluso Jackson te ofrece subdivisiones, puesto que la narración va día por día. Es respetable que, por lo que sea, no quieras ni verlo… Pero si te gusta la música y no te importa hacerte adulto viendo lo humanos que son los mitos, te quedarás con ganas de más. Con todo, no deja de ser una gran noticia el revuelo generado por un crudo y mastodóntico documental en la cadena de Bambi, en plena era del vídeo corto, el tuit instantáneo y el empequeñecimiento textual.