La literatura de Pep Puig (Terrassa, 1969) siempre fascina, convence y atrapa al lector. En su novela anterior, El mar de cap per avall –la historia destructiva de alguien que vuelve a su pueblo, difícil de aceptar según los parámetros del sentido común cotidiano—, en la espléndida aventura iniciática de La vida sense la Sara Amat –solo creíble por las ganas de creer en la posibilidad de la exacerbación romántica descrita—, en los mejores cuentos reunidos en L’amor de la meva vida de moment, y ahora en Si una tarda de juliol un borinot, el lector de Pep Puig, seducido por el instinto de prudencia de su prosa, o por la sabiduría con la que consigue dosificar la materia narrativa, constata que mientras dura la lectura la inverosimilitud argumental no tiene ninguna importancia, como si el objetivo de su literatura no fuese reproducir los hechos de la vida, sino exagerarlos y sacudirlos mediante los excesos de la imaginación, como si la voluntad que dominara la escritura de sus libros fuese agradecer la existencia de la ficción, o como si una gran mayoría de sus personajes fuesen deudores de las novelas juveniles —y siempre agradablemente inverosímiles— de la gran Enid Blyton.

El territorio de Pep Puig es el tiempo de los instantes sencillos y ciertos de la adolescencia, el tiempo abierto de la fantasía y la ingenuidad, del arrebato vital.

El territorio de Pep Puig es el tiempo de los instantes sencillos y ciertos de la adolescencia —el tiempo abierto de la fantasía y la ingenuidad—, el tiempo del arrebato vital, el tiempo en el que un protagonista, como el narrador de  Si una tarda de juliol un borinot, un chico de catorce años que pasa las vacaciones de verano en el pueblo de su abuela, experimenta verdades morales incuestionables. «La soledad de un adolescente no se parece a ninguna otra soledad», dice —también se da cuenta de que «a los adolescentes vergonzosos les da la impresión de que todo el mundo está pendiente de ellos»—, pero entre lo que no expresa directamente figura el detonante de la novela, la necesidad que tiene el protagonista de contar con una figura familiar heroica, localizada en el retrato de su abuelo, muerto al principio de la guerra civil, que está colgado en el comedor de la casa de su abuela y que «sin querer recurrir a la mala poesía, a veces tengo la sensación de que me hice mayor mirando esta fotografía».

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