Los centros educativos están diseñados para facilitar el contacto humano, por eso cuando la irrupción de la covid-19 los forzó a crear distancias sociales, se vieron desbordados. La reacción de las autoridades educativas fue poner la educación de los niños bajo la tutela de las familias, sin preocuparse por si estaban o no también desbordadas. No los mandó a casa, sino que obligó, de facto, a los padres a corresponsabilizarse del progreso escolar de sus hijos. No todas las familias han podido asumir este reto.

No estoy seguro de que quienes dicen que la crisis de la covid-19 está suponiendo un cambio radical en el modo de afrontar la docencia y el aprendizaje sean del todo conscientes de lo que realmente ha estado pasando, aunque puedo comprender las prisas de las compañías tecnológicas por ensalzar la bondad incondicional de sus productos. Un número significativo de familias ha visto confirmada por el confinamiento una sospecha a la que no estamos prestando apenas atención, a pesar de su relevancia: Que son ellas las que han de asumir la trayectoria educativa de sus hijos, completando y no sólo reforzando, sus conocimientos con actividades extraescolares (idioma extranjero, matemáticas, educación musical, etc.).

Los padres que pueden permitírselo dedican cada vez más tiempo y dinero a estas actividades. La escuela sigue teniendo para ellos un papel importante, pero menguante. Muchas de estas familias seguían cursos on line y por ello se han adaptado a la nueva situación con relativa facilidad.

Aunque el panorama general, como veremos, no es nada halagüeño, a algunos alumnos (de un 10% a un 15%) les ha ido bien. Han trabajado metódicamente un promedio de 6 horas diarias y han adquirido conocimientos nuevos relevantes. En este grupo hay que incluir también a los jóvenes autónomos y, con frecuencia, introvertidos que no han tenido que esperar a los alumnos más lentos ni han padecido las distracciones habituales de una clase, y a aquellos que sufrían bullying, que se han librado de la ansiedad social que los paralizaba.

A otro 15-20% le ha ido muy mal (en Inglaterra elevan este porcentaje al 30%). Desconectaron desde el primer momento con una escuela a la que asistían con desgana. En mi opinión, no han sido las dificultades de acceso a la tecnología las que los han hecho desaparecer de los radares escolares. La educación telemática no ha creado ninguna brecha educativa, sino que, en todo caso, ha profundizado la que ya existía: el 25% de nuestros jóvenes termina su escolarización obligatoria sin ser capaz de comprender un texto mínimamente complejo.

No puedo asegurar que entre nosotros sean aplicables las conclusiones de un estudio del American Enterprise Institute, que asegura que, cuanto más pobre es un barrio, menos rigurosos son los programas de aprendizaje telemáticos, pero sí me atrevo a afirmar que cuanto más pobre es un barrio, menos contenidos nuevos han impartido los profesores. A estos alumnos les costará volver a conectar con la escuela en septiembre y, a efectos prácticos, habrán perdido un año escolar.

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El resto de la población escolar (en torno al 75%) ha intentado seguir diariamente las actividades dedicándoles un promedio de 2,5 horas diarias, pero el cansancio digital hizo muy pronto acto de presencia. Muchas familias se han visto sobrepasadas por las circunstancias, que, en no pocos casos, han sido una fuente de tensiones con ese hijo que tarda en levantarse y que prefiere Fornite a las matemáticas o la lectura. Estas familias, más que una educación a distancia, necesitaban una virtualización de la presencia directa del profesor en sus hogares, especialmente si practicaban el teletrabajo (que en muchos casos se resume en la exigencia de la omnipresencialidad). Para principios de junio, presentaba claras muestras de agotamiento. Los profesores han constatado unánimemente que los alumnos de esta franja estaban trabajando en casa mucho menos que en el aula.

En general, el aprendizaje a distancia ha funcionado bien con alumnos metódicos de más de diez años que han contado con la ayuda de sus padres y mal con alumnos de corta edad cuyos hogares son culturalmente pobres o inestables, especialmente si presentan dificultades de aprendizaje. En resumen, la eficacia de la educación a distancia es directamente proporcional a la edad de los alumnos y al nivel cultural de las familias. Cada vez es mayor el acceso libre al conocimiento, pero eso dista mucho de garantizar su universalización.

Es cierto que nuestros escolares han pasado muchas horas delante de las pantallas (se calcula que el incremento de la actividad en línea entre los menores ha sido superior al 180%), pero sólo una parte de ellas estaba dedicada a tareas escolares. Cuando se conectaban con sus profesores, lo hacían ya con la capacidad atencional saturada. La relación con los amigos ha sido más estrecha de lo que algunos agoreros suponen. El confinamiento, en la época de los videojuegos colectivos, no ha sido un aislamiento para todos.

Hemos de tener muy claro que la reducción de conocimientos tiene repercusiones importantes. Los estudios del Banco Mundial (Lost Wages: The COVID-19 Cost of School Closures, mayo 2020) estiman que el rendimiento de cada año de escolarización de un alumno sobre otro puede suponer una diferencia de alrededor del 9 por ciento en ganancias futuras adicionales. Los impactos negativos afectan sobre todo a las personas con los niveles de ingresos más bajos que coinciden con el porcentaje de los que desconectaron de las actividades escolares.

Creo que no hemos calibrado bien la gravedad de la situación. Si lo hubiéramos hecho, habría más propuestas para aprovechar al máximo las «vacaciones» de verano, como la interesantísima de la Fundació Bofill, «Un estiu enriquit». Las televisiones públicas deberían estar trabajando a toda máquina para diseñar programas educativos. Es urgente desarrollar estrategias para mantener viva la formación intelectual de nuestros escolares. Tendríamos que movilizar todos los recursos públicos para conseguir los espacios y el personal que haga falta y convencer a las familias y a los escolares de la importancia de seguir aprendiendo y de no detenerse, porque eso equivale a ir para atrás.

Todas las escuelas están preocupadas por cómo abrir en septiembre con un mínimo de seguridad. Pero si los adultos no estamos guardando la distancia social, es imposible exigirles a los niños y adolescentes que se comporten mejor que los adultos. No hay escuela que pueda garantizar la seguridad completa de sus alumnos.

La educación telemática durante el confinamiento presentaba una peculiaridad muy notable: los alumnos y profesores se conocían por llevar dos trimestres conviviendo juntos, pero los que se encuentren en septiembre con profesores nuevos, no contarán con esta ventaja si, como parece probable, es necesario continuar, aunque sea de forma mixta, con la educación on line. ¿Cómo se tratará a los alumnos y profesores con problemas de salud subyacentes? ¿Cree la ministra Celaá que con pedir a los centros que encuentren el modo de no superar los 15 alumnos por clase «echándole imaginación» es suficiente?

Necesitamos instrucciones metodológicas claras y sustentadas en evidencias. Hasta ahora hemos ido construyendo hipótesis, pero nos faltan datos fiables. ¿Es cierto que un horario riguroso, bien programado, capaz de crear rutinas ayuda a la concentración en el estudio? ¿Es cierto que los centros que han trabajado con una programación bien secuenciada, conocida de antemano por las familias y que han combinado el trabajo en pantalla con el libro de texto han obtenido mejores resultados? ¿Es cierto que sólo una de cada cinco escuelas ha seguido un currículo bien secuenciado? ¿Es cierto que los vídeos cortos (en torno a 10 minutos) grabados por los profesores resaltando conceptos específicos han funcionado mejor que las videoconferencias o las reuniones virtuales? ¿Cómo lo han hecho los holandeses para volver colectivamente a las clases a principios de junio? ¿Por qué en Smartick (un sistema online de enseñanza de matemáticas para niños entre 4 y 14 años) han pasado de 15.000 alumnos en enero a 40.000 en junio mientras se iban descolgando alumnos de las actividades escolares?

La administración debiera estar difundiendo las experiencias que han tenido éxito durante el confinamiento para aprender de ellas lo que pudiera ser pertinente en cada caso. Los maestros también necesitan ver ejemplos de éxito para evaluar sus propias prácticas. No pueden reinventarse todos a solas y no podemos permitirnos un nuevo curso sin aprendizajes significativos. Las consecuencias, individuales y colectivas, serían enormes, especialmente para los alumnos más desfavorecidos.

Me pregunto si las autoridades educativas no debieran animar a las familias a las que les ha ido bien a que continúen trabajando en casa, dado que, por una parte, ninguna escuela está en condiciones de reducir el riesgo de contagio a cero, y, por otra, si se quedan en casa, se liberará espacio en los centros educativos y se facilitará el distanciamiento social. Pero estas autoridades no han dado muestras claras de liderazgo. Con frecuencia han emitido mensajes contradictorios que han dado lugar a una gran diversidad de prácticas de muy difícil evaluación. En algunas comunidades se ha prohibido a los centros impartir conocimientos nuevos, cosa que, por supuesto, no todos han respetado.

No tiene sentido que para no perjudicar a unos se pretenda perjudicar a todos. Los docentes se quejan de la poca ayuda recibida de la administración educativa. «La ministra», declaraba recientemente un representante sindical, «dice un día una cosa y al otro, otra. La Conferencia Sectorial ha sido decepcionante y el gobierno se ha lavado las manos, pasando la responsabilidad a las autonomías que, a su vez, las van a derivar a los centros». No parece que nos encontremos sobrados de confianza entre docentes, administración y familias.

Para terminar, transcribo algunas líneas de la carta que un grupo de universitarios envió al rector de su universidad: «Para el curso que viene si sigue siendo necesaria la docencia online (…), recaben las experiencias y opiniones de los profesores y estudiantes que hemos pasado por todo esto –que no haya sido en vano–, formen a los docentes, unifiquen los criterios de actuación para ejercer una docencia online de calidad, investiguen sus límites para poder examinar a los alumnos con equidad, proporcionalidad y justicia.» Les responda o no, el rector debiera tomar muy buena nota de lo que sus universitarios le piden.