Mare of Easttown ha sido una de las series más comentadas y premiadas de este año que ya empieza a declinar. Las razones son claras. Por un lado, la estrategia comercial de sus creadores ha dado sus frutos: ciñéndose a una estructura que no daba lugar a la posibilidad de más temporadas, ha obligado a su público a concentrarse en un final que tampoco podía tener vuelta de hoja. Por otra parte, los ingredientes son los imprescindibles, ni uno más ni uno menos: una actriz de reclamo, una trama de suspense convenientemente dosificada a lo largo de sus siete episodios, un puñado de personajes cuyas vidas se entrecruzan sin pausa pero sin prisas…

El escenario es una pequeña ciudad de la América profunda, algo que cualquier espectador occidental es capaz de identificar con un determinado cine de Hollywood, de éxito asegurado, que podría ir desde ciertas crónicas noir de la periferia urbana que empiezan su andadura en los años 40 hasta ese cine de terror que inaugura La noche de Halloween (1977) y por ahora culmina en cualquiera de las entregas de Expediente Warren (2013-2021). Y el tono quiere jugar hábilmente entre el melodrama familiar y la intriga criminal, entre el costumbrismo y la crónica negra, siguiendo a una agente de la policía local que investiga el asesinato de una adolescente del lugar al tiempo que intenta exorcizar sus fantasmas familiares.

Ni diez artículos como este bastarían para detallar los múltiples lances que se suceden en la(s) historia(s) que quiere contar Mare of Easttown. Se trata de mantener a la audiencia entretenida, aunque sea a costa de una notable dispersión argumental. Pues la serie creada por Brad Ingelsby y dirigida por Craig Zobel se sigue con interés, claro está, pero a poco que se profundice en su estructura emergen sus múltiples debilidades.

Construida férreamente alrededor del personaje femenino que ya enuncia el título (interpretado por Kate Winslet con dedicación no exenta de una cierta rigidez), las subtramas se multiplican sin demasiado rigor y los personajes secundarios aparecen y desaparecen como por arte de magia. Y ello provoca que los dos episodios finales, sobre todo, se conviertan en un carrusel de sorpresas y giros de guión que dejan en evidencia la trampa y el cartón sobre la que se construye la totalidad de la trama. Lo único que importa, parece ser, es que Mare supere el trauma que le provocó el suicidio de su hijo, años atrás, y para ello todo vale, desde incoherencias argumentales hasta un cierto tono moralizante que se va imponiendo poco a poco a medida que se acerca el final.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

 

Las series televisivas

Permítanme, a partir de aquí, que plantee una cuestión que me viene rondando por la cabeza desde hace tiempo. Suele afirmarse, en los últimos años, que el verdadero cine se ha refugiado ahora en las series televisivas, queriendo decir con eso que el placer narrativo que antes proporcionaban las películas solo puede encontrarse últimamente en el lenguaje visual simple y directo que proporcionan esas interminables sucesiones de episodios que podemos ver desde la comodidad de nuestro sofá.

Me da la impresión de que muchas de las series que vemos en la actualidad (no todas, ojo) son de usar y tirar.

Sin embargo, la pregunta que surge a partir de esto es turbadora: el cine, el que conocimos como tal hasta hace unas décadas, ¿consistía solo en experimentar ese «placer narrativo» o se trataba de algo más? Porque me da la impresión de que muchas de las series que vemos en la actualidad (no todas, ojo) son de usar y tirar, han renunciado a seguir haciendo evolucionar ese lenguaje audiovisual que el cine nos regaló durante años para sumirse en una narrativa uniforme y siempre igual a sí misma. Mare of Easttown elude parcialmente esos peligros cuando describe la vida de la ciudad en la que transcurre, las abulias cotidianas, las existencias grises que deambulan por ese territorio… Pero cae de lleno en ellos cuando lo convierte todo en un enigma policial mil veces visto que, por si fuera poco, se acaba resolviendo de manera más bien torpe y atropellada.

¿Y qué está haciendo el cine frente a esta situación? En la mayor parte de las películas que vemos últimamente en salas, intenta competir con las series frecuentando las historias de siempre o bien proponiendo alternativas cada vez más escoradas hacia el «cine-espectáculo», de las sagas Marvel a las «comedias de temporada», un ámbito este en el que el cine español se ha hecho experto. De lo contrario, pasamos al extremo opuesto, a las propuestas radicales, a una serie de películas conscientes de que el cine ya no puede ser solo un relato (o no únicamente) y de que debe evolucionar al ritmo de los tiempos, crear nuevos lenguajes.

 

Kate Winslet en una escena de Mare of Easttown de Craig Zobel.

Kate Winslet en una escena de Mare of Easttown de Craig Zobel.

 

Duelo amoroso

¿Y por qué no hasta el extremo de hacer que desaparezca toda trama, de posibilitar la aparición de un cine-ensayo, o de un cine en primera persona, en forma de diario íntimo? ¿Por qué, si el arte contemporáneo y la literatura lo han conseguido, no puede intentarlo el cine? Al ver No creas que voy a gritar (2019), el primer largometraje de un cineasta francés llamado Frank Beauvais, esas preguntas adquirieron para mí más sentido que nunca. Beauvais, abandonado por su pareja sentimental, se queda solo en una casa de campo, en medio del clima inhóspito de Alsacia, y empieza a ver películas compulsivamente, una tras otra, tanto en DVD como descargadas de internet. Pero, a la vez, él mismo también siente deseos de hacer una película… ¿Cómo proceder a partir de ahí?

La respuesta es sencilla: no imaginará ningún guión, ninguna trama, ni tampoco contratará actores o técnicos, ni siquiera aparecerá él mismo. Para ser fiel a su estado de ánimo, se encerrará en una sala de montaje, seleccionará algunos fragmentos de los films que ha visto en ese periodo de confinamiento voluntario y los montará al ritmo de su voz en off, que va contando la historia del duelo amoroso que ha vivido mientras las escenas las ilustran de una manera neutra, en ocasiones incluso aséptica, como buscando una cierta distancia que permita la curación.

‘No creas que voy a gritar’ es un extraño artefacto que nos dice que el cine del siglo XXI puede ser tan íntimo y personal como la literatura.

De esta manera, la vida y el cine se hacen uno, como si ver películas fuera un acto terapéutico y contar la propia experiencia diera sentido a esas imágenes que se suceden sin cesar. El resultado es una película magnética, hipnótica, algo que no tiene nada que ver con cualquier otra cosa que haya podido aparecer en una pantalla en los últimos años. Y también un extraño artefacto que nos dice que el cine del siglo XXI puede ser tan íntimo y personal como la literatura, que quizá ya no necesitemos las historias de siempre para sobrevivir, que puede que nos baste dialogar con alguien que ha sufrido para identificarnos con un relato.

 

Entender por dónde vamos

Mare of Easttown, ejemplo perfecto de la televisión mainstream de nuestro tiempo, atestigua que la narrativa audiovisual aún tiene un largo camino por recorrer, que las series pueden llegar todavía mucho más lejos. Viendo No creas que voy a gritar, ese experimento que nos dice que el cine es aún muy joven, se abren ante nosotros múltiples posibilidades al respecto, como si todo estuviera aún por hacer.

Mare of Easttown ha sido un éxito de público en todas las plataformas en las que se ha exhibido. No creas que voy a gritar apenas ha congregado a unos cientos de espectadores en los festivales y salas especializadas en que ha podido verse. ¿No debería ser ese un buen punto de partida para empezar a entender por dónde vamos, por dónde transitan las imágenes que se nos dan a ver, por qué a algunas de ellas podemos acceder con tanta facilidad y de otras apenas nos llegan noticias? No debería ser incompatible debatir acerca de Mare of Easttown y discutir si el camino que inicia No creas que voy a gritar puede tener o no continuidad. Y, sin embargo, por lo menos por ahora, esos dos extremos no se tocan.