Una de las particularidades que desde el principio llaman la atención en El dia de l’escórpora es la que señaló oportunamente Vicenç Pagés al reseñar la primera edición de esta novela de Miquel Bonet (Reus, 1977), que ahora, revisada en profundidad, vuelve a las librerías diez años después: «el primer párrafo —preciso y lúdico, experimental y sensato— me subyugó tanto que ya no pude parar de leer». Y sí, es cierto, de repente, una vez que escuchamos los primeros compases del ritmo de la prosa, una colección interminable de recursos esplendorosos para conseguir el efecto cómico a través de la imaginación verbal, una vez que conocemos al narrador, un parásito feliz que se conforma, con una gran dosis de abulia, con «ir tirando entre los supervivientes», y lo acompañamos de madrugada hacia la playa para ver cómo deja caer sobre la arena el peso muerto de su cuerpo agotado después de la fiesta, ya no deseamos otra cosa que seguir en Vilafarta, un pueblo de la Costa Dorada que está preparándose para la temporada turística y donde el plato fuerte son unas Jornadas Gastronómicas con la promoción de la escórpora como protagonista.

 

Personajes secundarios impagables

La esperanza de un escritor, decía Auden, consiste en ser como un queso de algún valle: local, pero admirado en todas partes. En El dia de l’escórpora se describe la energía primaria de un pueblo, «un mundo minúsculo para no tener que ampliar el espíritu y poder ir a comprar el pan a pie», un compendio de insipidez, cretinismo y turbiedades económicas, regido por los «factótums locales, constructores y hoteleros», y por donde pululan, dando vida a la textura del trasfondo de la novela, «muchos turistas de caravana y alpargata» y un elenco de personajes secundarios tan impagables como los pescadores de toda la vida, los habituales del bar de los inútiles, o los headhunters del Ebro: todos ellos son los artífices de unas anécdotas narrativas exentas de grandes intrigas o de pasiones mayúsculas, pero absolutamente memorables por la confianza con la que Miquel Bonet cree en la comedia por la comedia, es decir, por la habilidad con la que suministra el orden de las palabras y la información que contienen, por la alianza que trenza entre una acción trepidante y un narrador juguetón que no se acaba de creer lo que está pasando.

Mientras leemos ‘El dia de l’escórpora’ somos felices; y todavía lo somos más cuando, en la última página, nos damos cuenta de que Miquel Bonet nos obsequia con una última muestra de descaro, un final inesperado y literalmente feliz.

Sí se lo cree, en cambio, el lector, sobre todo porque en El dia de l’escórpora Miquel Bonet tiene la delicadeza de creer que crear es inventar, borrar la frontera entre lo real y lo ficticio, lo normal y lo anormal, lo corriente y lo extraño, de ver la novela como un espacio para la ocurrencia y el delirio, el lugar donde puede suceder cualquier cosa, el lugar de la fantasía, como si crear fuese la búsqueda de cualquier argumento que sirviera para escribir cualquier idea: de repente, lo que parecía una novela ferozmente costumbrista se convierte en la apropiación alucinada de unos ingredientes de ciencia ficción de serie B, y una escórpora gigante —como el tiburón extraordinario de Peter Benchley que había decidido luchar contra los hombres para decir quizá que el mundo había perdido su naturaleza cristalina y se había vuelto gomoso, opaco y de barro— se empeña en zamparse a los bañistas de Vilafarta.

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