«Francamente no confío mucho en los políticos europeos» confesó en una entrevista reciente (El País, 28.1.21), la abogada opositora rusa, Liubóv Sóbol, poco antes de ser detenida a su vez en la estela de Alexéi Navalny a su regreso a Moscú tras su envenenamiento. Es probable que, de habérselo preguntado, añadiría que sin Angela Merkel, menos aún… Cierto es que los rusos, incluso los de la oposición, tienen en general una mirada distinta de la Unión Europea, más escéptica que el resto de sus vecinos ex soviéticos. Esa parte de Europa es una región en la que cualquier viraje importante en la evolución política interna de uno de esos países puede provocar una sacudida geopolítica en toda la zona con repercusiones inevitables para las relaciones entre la UE y Rusia. Pasó con Georgia en 2008, Moldova en 2014, Ucrania en 2013/2014 y ahora con Belarús. Estos países se encuentran atrapados en un dilema geopolítico que no han escogido pero que no pueden ignorar, como le gustaría a la oposición democrática bielorrusa. Para ellos, la Unión Europea, por un lado, y Rusia, por otro, representan referentes obligados en función de los cuales se tienen que definir, a los que ven con simpatía o a los que rechazan.

En septiembre de 2020, el Consell Català del Moviment Europeu (CCME) organizó un interesante ciclo sobre valores e identidad europeos en el que una mesa redonda telemática estuvo dedicada a la visión de estos valores desde la perspectiva de esos «otros europeos». Analistas de Belarús, Georgia, Rusia y Ucrania abordaron esta cuestión y explicaron cómo sus sociedades percibían a la UE y las expectativas que esta despertaba.

Según un sondeo de opinión en Moldova, realizado por el EU NEIGHBOURS east Project en julio de 2019, un 65% de los encuestados Moldova confía en la Unión Europea. Más de la mitad de (55%) tiene una imagen positiva de la UE, un 33% se siente neutral y solo el 10% expresa una opinión negativa. Ello explica en parte que, en diciembre de 2020, los moldavos hayan escogido a la presidencia a la europeísta Maia Sandu, tras un intervalo de cuatro años bajo el mandato del presidente prorruso, Igor Dodón. Georgia, por su parte, es de lejos el país que más inequívocamente apoya la opción proeuropea: una encuesta, realizada en junio de 2020 por el National Democratic Institute, muestra que un 77% de los encuestados apoya la integración de su país en la UE y un 56% lo apoya decididamente.

En Belarús, el país con una población hasta hace poco tradicionalmente más simpatizante de su vecino ruso y menos atraída por la UE, un marcado cambio de tendencia se produjo, en diciembre de 2018, tras las declaraciones del entonces primer ministro ruso, Dmitri Medvedev, avisando a los bielorrusos de que Moscú no les proveería de energía a bajo precio si Minsk no ofrecía a cambio un mayor nivel de integración -política, no solo económica- de Rusia y Belarús dentro de su acuerdo bilateral, llamado «Estado de la Unión». A partir de entonces, el nivel de apoyo a la integración con Rusia fue bajando del 60,3% hasta un 40,4%. Y el dato más significativo es que, a partir de 2019, la mayoría de los bielorrusos entre los 25 y 34 años declaran que les gustaría que su país entrara en la UE.

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En Ucrania, la opinión pública ha evolucionado a medida que se desarrollaban en 2014 acontecimientos que marcarán la historia del país para siempre: resistencia popular con el Euromaidán, anexión ilegal de Crimea y guerra en territorios del Donbás, alimentada por Moscú. Con este trasfondo, el principal instituto de estudio de la opinión pública, la Democratic Initiatives Foundation de Kiev indica en diciembre de 2019 que el 53% de los encuestados cree que Ucrania debería unirse a la Unión Europea a largo plazo mientras la adhesión a la Unión Euroasiática con Rusia, Bielorrusia y Kazajstán solo recoge un 13% mientras el 24% considera que Ucrania no debería unirse a ninguna de las dos opciones. Es interesante constatar que incluso en el Este del país, donde domina la población de origen ruso, un 34% se pronuncia a favor de la UE, un 30% por no afiliarse a ninguna de las uniones y una minoría, el 27%, apoya la orientación prorrusa de la Unión Euroasiática.

Las tendencias proeuropeas se distinguen claramente en estos países pero todos los participantes de la mesa redonda coincidieron en que la principal motivación detrás de estas cifras radica en aspiraciones materiales, relacionadas con una mejor calidad de vida (crecimiento económico y Estado de bienestar). En cambio, los valores más intangibles – respeto de los derechos humanos, pluralismo, tolerancia- son mucho menos apreciados. Pero, si bien el anhelo de progreso material resulta totalmente legítimo, es precisamente la adhesión a esos «valores inmateriales» lo que, en opinión de todos, aporta mayores garantías para la calidad democrática. La deriva populista de Polonia y Hungría, antaño principales adalides democráticos en la Europa del Este de los ochenta y los noventa, se explica en gran parte también por este factor.

La conclusión del encuentro fue poco alentadora: aun entendiendo la necesidad de pragmatismo por parte de Bruselas, se constataba la falta de adecuación entre valores y actuación de una Unión Europea que no se muestra a la altura de sus valores fundacionales, perdiendo así credibilidad y poder de atracción. Todos mencionaron la falta de firmeza de la UE frente a Rusia en temas como Belarús en estos momentos y, antes, Georgia o Ucrania, con la anexión ilegal de Crimea y el apoyo a la guerra en el Donbás. Muy en línea con lo que repitió recientemente la líder democrática bielorrusa, Sviatlana Tsijanóuskaya, «la gente espera que Occidente sea más valiente y fuerte».

Ucrania, Georgia, Moldova y ahora la oposición de Belarús necesitan el apoyo de la UE y del mundo occidental, en general, para sobrevivir como estados soberanos, realmente independientes, dueños de sus decisiones. Tienen que poder plantar cara a la Rusia de Putin quien no duda en recurrir a todo lo que está en su poder para dinamitar cualquier opción que pueda hacer tambalearse su papel hegemónico en la región. Por este motivo, ninguno de estos países ha podido dar el paso en dirección a una soberanía real sin pagar un precio muy alto: bloqueos económicos y energéticos (como les pasó a Moldova, Georgia y Ucrania, en distintos años), rediseño territorial de Georgia (Osetia del Sur y Abjasia, 2008), ocupación militar y anexión en Ucrania (Donbás y Crimea, 2014) y ahora represión brutal en Belarús, por el apoyo clave de Moscú a un presidente ilegítimo. Uno de los ejemplos más clamorosos del cinismo con el que el Kremlin aplica esta política quedó plasmado para la posteridad en septiembre de 2013 cuando Moldova, muy dependiente de la energía rusa, decidió firmar un acuerdo de asociación con la UE: nada menos que el entonces viceprimer ministro ruso, Dmitri Rogozin, envió una fraterna señal a los moldavos recordándoles que «los suministros de energía son importantes cuando se acerca el invierno, espero que no se congelen ustedes». En su área, un Brexit sin represalias, antes y después de producirse, es inimaginable para el Kremlin.

Desde la llegada de Putin al poder, Moscú percibe cualquier dinámica de acercamiento a la UE como una estrategia política de Bruselas orientada a expandir su esfera de influencia en territorio europeo en detrimento de Rusia. Esta lectura refleja, de hecho, su propia visión de las relaciones internacionales en la que el Kremlin considera a las antiguas repúblicas soviéticas como su esfera de influencia vital. Así, ya en 1999, Moscú elabora una Estrategia a mediano plazo para el desarrollo de las relaciones entre la Federación de Rusia y la Unión Europea que da por sentado «el papel dirigente de Rusia en el diseño de un nuevo sistema de relaciones políticas y económicas interestatales en el área de la CEI (Comunidad de Estados Independientes)». De allí la obsesión del Kremlin por el supuesto objetivo estratégico de la UE de alterar el statu quo, derrocando regímenes con reediciones de las llamadas Revoluciones de Color que sacudieron varios países ex soviéticos o el desdén de las élites rusas por el entusiasmo que despertaron en Occidente las Primaveras Árabes.

Por contemporizadora que se muestre Bruselas respecto a Moscú, el Kremlin seguirá con esta estrategia. Recurrentemente, algunos en Bruselas y algunos estados miembros (el presidente francés Macron, a finales de 2019) abogan por un rapprochement con Rusia o un diálogo o algo en aras de la estabilidad del continente. El problema es que en los veinte años que Putin lleva en el poder, la UE, la OTAN, Estados Unidos, han probado diversas variantes de reset y de relación «estratégica» (asociación, cooperación, etc.), incluso la congelación de la posible entrada de Georgia y Ucrania en la OTAN. Pero, como apuntó el intelectual búlgaro Iván Krastev en 2008, «el posmodernismo de la UE es para Moscú lo que el vegetarianismo es para los caníbales: una irritante irrelevancia.» Así que nada de eso ha impedido Moscú llevar a cabo, por ejemplo, la única anexión por la fuerza en territorio europeo desde la Segunda Guerra Mundial. No puede extrañar pues que un conocido analista ruso, Andréi Kortunov, evocara en 2016 la percepción rusa de la UE como «un enano político y una no entidad en términos de política de seguridad».

El fondo de la cuestión es que el verdadero acercamiento ha de venir de Rusia, de la evolución interna del propio país. Es lo que subrayaba el prestigioso experto ruso, Dmitri Trenin ya en 2002, «el acercamiento de Rusia con Europa es sólo en segunda instancia un ejercicio de política exterior. Su éxito o fracaso dependerá del ritmo y de la profundidad de la transformación económica, política y social de Rusia. La ‘entrada en Europa’ de Rusia no puede ser negociada con Bruselas. Primero ella misma ha de ser ‘made in Russia’.» Y, para ello, nos recordó la participante rusa, la Unión Europea ha de tener siempre presente que «hay un ejemplo de ‘Europa’».