La política española se adentra en esta nueva legislatura en un camino cada vez más estrecho y plagado de obstáculos y trampas. No es un escenario nuevo, sino la continuación del que se abrió en 2018 con la moción de censura constructiva que hizo caer el gobierno del Partido Popular presidido por Mariano Rajoy y dio paso al gobierno de coalición de las izquierdas presidido por Pedro Sánchez. Las dos elecciones generales de 2019 y de 2023 han permitido reeditar la misma coalición gubernamental con el apoyo parlamentario de las fuerzas nacionalistas catalanas y vascas.

En este periodo de cinco años se ha confirmado la fragmentación del mapa político registrada en las elecciones de 2015 con la crisis del bipartidismo y la emergencia de la llamada nueva política, representada por Unidas Podemos y Ciudadanos. Como también se han hecho notar las consecuencias del procés en la política española, con la aparición de Vox, de forma que ha cristalizado un escenario frentista con dos bloques configurados por las izquierdas españolas y los nacionalismos catalán, vasco y gallego, por un lado, y las derechas españolas, por el otro. Aquella nueva política emergente ha acabado hundiéndose, víctima de los mismos males de la vieja política a la que pretendía sustituir, con un resultado perverso: de la situación precedente de un bipartidismo imperfecto hemos pasado a un marco de bibloquismo perfecto.

El frentismo genera contradicciones internas dentro de cada bloque, difíciles de gestionar. El Partido Popular se debate entre la afirmación de un proyecto autónomo dentro de la tradición liberal-conservadora y la necesidad de hacer concesiones a la extrema derecha para poder gobernar autonomías y municipios. El PSOE tiene que atender las demandas y exigencias de los partidos nacionalistas, entrando a menudo en contradicción con sus propios planteamientos, con la dificultad que ello supone para poder impulsar un proyecto coherente y comprensible.

Más allá de los problemas y contradicciones internos, el frentismo impone un estilo de hacer política que polariza y crispa el clima político y social. Al tiempo que hace casi imposible explorar acuerdos transversales para afrontar con el consenso necesario reformas institucionales pendientes y políticas de Estado.

En este marco, el presidente Pedro Sánchez es objeto de una campaña permanente de demonización y de una oposición implacable por parte de una formidable coalición política, mediática y judicial. La consigna de José María Aznar —«el que pueda hablar, que hable, el que pueda hacer, que haga, el que pueda aportar, que aporte, el que se pueda mover, que se mueva»— es seguida con entusiasmo, no solo por amplios sectores del espectro ideológico de las derechas, sino también por sectores de tradición progresista incómodos con decisiones controvertidas, especialmente por la amnistía a los dirigentes del procés.

Conviene, no obstante, recordar que no es la primera vez que asistimos a una campaña de estas características. Cada vez que el Partido Popular sufre el síndrome de abstinencia del poder se activan los mecanismos para crear el ambiente necesario para hacer insoportable a la opinión pública la existencia de un gobierno socialista. Pasó con los presidentes Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero. La novedad es que Pedro Sánchez ha forjado su personalidad política en circunstancias sumamente desfavorables que han hecho de la capacidad de resistencia a la adversidad uno de sus atributos definitorios, al que añade una audacia en el contraataque que raya a veces la temeridad.

De lo que podemos estar seguros es de que el presidente afronta la legislatura dispuesto a superar la larga carrera de obstáculos que lo separan de la «tierra firme» a la cual aspira llegar. Obstáculos como la oposición a la amnistía de una mayoría de la opinión pública; las negociaciones permanentes con Junts y ERC, sometidas a los imponderables de la competencia entre las dos fuerzas independentistas; las consecuencias de la ruptura entre Sumar y Podemos; la oposición del Partido Popular desde el Senado y las Comunidades Autónomas; la guerra sorda con el mundo de la judicatura; las elecciones gallegas, vascas, catalanas y, por supuesto, europeas; la aplicación de una política económica ajustada a las nuevas reglas fiscales de la Unión Europea, sin olvidar los efectos de las turbulencias generadas por las guerras de Ucrania y de Gaza, ni el escenario de un posible retorno de Trump a la presidencia de los Estados Unidos.

En todo caso, el combate político que está dispuesto a librar Pedro Sánchez rebasa el marco español y se inscribe de pleno en el ámbito europeo, donde en los próximos meses existe el peligro de que se produzca un cambio regresivo si se dan las condiciones para una mayoría conformada por la derecha conservadora y la extrema derecha. Sánchez constituye hoy en día un puntal de la socialdemocracia europea para afrontar con determinación el reto político de detener la contaminación nacionalpopulista que amenaza con hacer retroceder el proyecto europeo. Quienes no ven más allá de sus exigencias, tendrían que entender que este es el combate importante y decisivo.