La reanudación política del pasado otoño nos ha proporcionado la novedad de la exposición pública del consultor Iván Redondo, considerado el factótum en la sombra de los acontecimientos que llevaron a Pedro Sánchez del desahucio político a la presidencia del Gobierno, pasando por la moción de censura a Mariano Rajoy y por dos elecciones generales sucesivas.

La epifanía de Redondo se ha manifestado en un triple formato: el libro que le ha dedicado Toni Bolaño, Moncloa. Iván Redondo. La política o el arte de lo que no se ve (Península); una entrevista televisiva con Jordi Évole en La Sexta (3-11-21), y la colaboración en La Vanguardia con una tribuna semanal anunciada a bombo y platillo. Una muestra representativa de esta colaboración sería el artículo «La audacia de Sánchez: adelantar con Andalucía» (22-11-21). Como no podía ser de otra manera, esta exhibición pública, nada habitual en los profesionales del ramo, ha sido recibida con división de opiniones por la afición del espectáculo político. Entre los más críticos, Ricardo Dudda le dedica una caústica sátira en Letras Libres (16-11-21), titulada «La revolución es ahora», donde considera que sus artículos son «una combinación ridícula de retórica corporativa, lugares comunes y clichés, autoayuda y puro dadaísmo».

Redondo despliega en sus artículos de La Vanguardia todo un arsenal pirotécnico de juegos de palabras, metáforas y paradojas, materiales con los que expone una concepción de la política entendida como un juego. Eso sí, un juego sofisticado, como el ajedrez aleatorio, solo al alcance de la reducida élite de los inteligentes y que recuerda aquel lema de La Codorniz, que se anunciaba como «la revista más audaz para el lector más inteligente».

Intuición para captar el momentum, audacia para decidirse a actuar, astucia para aprovechar la oportunidad. Jugadas maestras que han de llevar indefectiblemente al éxito. Más fortuna que virtud. Una fórmula predicada por los gurús, difundida por las industrias del espectáculo político, y aplicada, con suerte desigual, por muchos dirigentes políticos. Los afortunados han paladeado el sabor agridulce del poder, mientras que los desafortunados vagan por universos paralelos, cuando no han sido arrojados directamente a la «papelera de la historia».

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Sería de una ingenuidad imperdonable ignorar lo que la política tiene de juego de azar, y censurar los esfuerzos para reducir el grado de incertidumbre en contextos cada vez más complicados y volátiles, y para intentar, por ende, que la suerte sea favorable, utilizando el caudal de recursos de la tecnología política y comunicativa acumulado por la experiencia de los profesionales del asesoramiento. El problema surge cuando se reduce la política al juego de seducción de los electores y a la coquetería que ello conlleva, porque cuando se entra en la vorágine de este juego no es difícil que acabe en ludopatía. Y muy a menudo se tiene la sensación de que estamos rodeados de ludópatas políticos.

 

Entre dos noches electorales

El ilusionismo, las audacias y las astucias, sin embargo, de poco sirven para afrontar la prosa de la política. El mismo día que se publicaba el artículo de Redondo en el que sugería al presidente Sánchez la audaz jugada de adelantar las elecciones generales para hacerlas coincidir con las elecciones andaluzas, el periodista Carlos Sánchez hacía inventario en El Confidencial (22-11-21) de la agenda legislativa del Gobierno español vinculada al despliegue del plan de recuperación y de las reformas comprometidas para recibir los fondos europeos. Un total de unas sesenta leyes, más otras normas de rango inferior, que tratar de aprobar con una mayoría parlamentaria muy fragmentaria y volátil, y sin poder contar con acuerdos transversales con la oposición en los temas de Estado. En definitiva una tarea hercúlea en unas condiciones muy difíciles.

El ilusionismo, las audacias y las astucias de poco sirven para afrontar la prosa de la política.

Es la otra cara de la política, nada agradecida y poco lucida, pero que es la propia de la política útil y reformista, hecha con mirada larga pero con pasos cortos. Lo saben mejor que nadie los alcaldes, como Jordi Hereu, que en una entrevista (ABC, 21-11-21) decía: «Los populismos llegaron menospreciando la gestión y hablando solo del relato. Pero la política no existe si no hay una base de eficacia, que es conseguir las cosas, y de eficiencia, que es saber aprovecharlas.» O como Manuela Carmena que, en plena promoción de su libro La joven política (Planeta), decía: «La política ha de dejar de ser solo discursos» (El País, 21-11-21).

Este contraste entre el ilusionismo y la prosa de la política suscita dudas sobre las posibilidades y las limitaciones de la acción política. Lo constata con lucidez Cristina Monge en El País (25-11-21) al advertir sobre los ataques de «electoansiedad» cada vez más frecuentes: «Se suele olvidar que la política es aquello que se hace entre dos noches electorales, después de comprobar el reparto de opciones de poder que le ha correspondido a cada cual según las preferencias de los votantes. Por eso las urnas son imprescindibles, pero no lo son todo. La obsesión electoral, unida a la velocidad de los acontecimientos y las cajas de resonancia que son las redes sociales, pueden acabar construyendo una caverna donde las sombras sean las de nuestras cábalas, y no las de la realidad.»

 

Encuestas sin ficha técnica

En el mismo sentido, Soledad Gallego-Díaz (El País, 21-11-21) observa que los líderes políticos se guían indebidamente por las encuestas de opinión, subestimando el contacto con los grupos intermediarios entre la ciudadanía y las instituciones, hasta el punto de que los sindicatos, las asociaciones de vecinos o los propios partidos están dejando de ser relevantes en la conformación de la agenda pública. Unos políticos que «estudian en sus despachos casi con desesperación los sondeos de opinión que aparecen, como setas, en cadenas de televisión y medios digitales, todos dirigidos a anunciar expectativas electorales, falten dos años o cinco semanas para las elecciones».

El problema surge cuando se reduce la política al juego de seducción de los electores.

Una obsesión electoral alimentada por un uso perverso de las encuestas de opinión, empleadas con intención performativa como instrumentos para crear escenarios imaginados que contribuyen a retroalimentar la polarización política y mediática. Así lo denunciaba Fernando Varela en un reportaje de infoLibre (21-11-21): «desde hace semanas, en España se publican una o dos encuestas electorales cada fin de semana, que intentan predecir el resultado de unas hipotéticas elecciones generales sin que haya el menor indicio de que vayan a celebrarse antes de dos años. Muchas de estas encuestas, amplificadas por diversos medios y con una enorme difusión en las redes sociales, ni siquiera incluyen ficha técnica: no se sabe nada del método utilizado para recoger los datos ni mucho menos del tamaño de la muestra, que muy a menudo resulta esencial, sobre todo cuando se pretende predecir la distribución de escaños».

 

Política sentimental

Todo ello forma parte de la mutación de la política democrática en esa política sentimental en la cual estamos atrapados, con la inestimable ayuda de los ludópatas políticos. Ya hace un tiempo que Oriol Bartomeus lo explicaba así en su blog La ciutat llunyana (26-10-18): «Si no es posible confrontar propuestas, confrontemos sentimientos, clanes, tribus. Es el signo de nuestro tiempo. La victoria de los ofendidos. El problema es que los sentimientos en sí mismos son la antítesis de la política democrática. No es posible negociar sentimientos, pactar sentimientos: te cambio el 10% de mi agravio por un 15% de tu temor. Los sentimientos se tienen o no se tienen, se combaten quizá, se comparten. Pero no pueden ser objeto de acuerdo o pacto. La exacerbación sentimental como base de la acción política nos lleva indefectiblemente a la confrontación, que es exactamente donde estamos.»