Luis Bárcenas ya pertenece a la historia política y literaria de España. En cualquier relato de este inicio de siglo en la piel de toro sería un personaje secundario, pero de los que marcan y definen una época. De ahí que el extesorero del PP vaya a merecer como poco alguna mención a pie de página, y algo más en toda crónica global sobre la influencia de los casos de corrupción en la crisis institucional del país, transcurridas ya cuatro décadas desde la aprobación de la Constitución.

Ése es el interés que puede ofrecer una figura y una trayectoria como la de Bárcenas, el de ser un reflejo de un tiempo en el que todo pareció estar en cuestión, desde la Monarquía parlamentaria hasta el sistema de partidos, pasando, sobre todo, por la cohesión social del país.

Para responder a la pregunta de qué puede aportar el exjefe de las finanzas del PP al conocimiento de esta época, bastará remitirse a su peripecia vital. Ahí es donde reconoceremos elementos de la tradición literaria española, en la figura del pícaro, en esta ocasión un pícaro aventajado, de relativamente altos vuelos. Como en el caso del Lazarillo de Tormes, la habilidad de Bárcenas consistió en coger de tres en tres las uvas del racimo de los ingresos irregulares del PP, mientras supuestamente servía a un ciego, su partido, que las cogía de dos en dos.

Como el provecho era compartido, todo fue bien durante años, muchos años, más de treinta, a lo largo de los cuales el extesorero amasó una importante fortuna personal, como se deduce de sus suculentas cuentas en Suiza, con más de cuarenta y cinco millones de euros.

Los problemas serios de Bárcenas –Huelva (1957) y licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales– empezaron entre 2008 y 2009, al calor del caso Gürtel, la red de corrupción que creció en torno al PP y sus campañas electorales. Para entonces, era senador por Cantabria, una comunidad con la que no tenía relación alguna. Pero el escaño le proporcionaba la condición de aforado ante el Tribunal Supremo, situación de la que no pudo sacar gran ventaja.

Fue el exjuez de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón, quien empezó a tirar de la manta de esa trama, que operaba fundamentalmente en Madrid, en torno a la sede central del partido, en la calle Génova, pero con importantes ramificaciones y negocios también en Valencia. Curioso este dato de la sede, cuya reforma, pagada en parte con dinero B, le ha costado serios disgustos al PP. Tantos, que la dirección del partido ha tomado recientemente la decisión de abandonarla en breve.

Uno de los grandes momentos del largo camino judicial del caso Gürtel y los papeles de Bárcenas –las anotaciones del extesorero sobre los pagos en B y sus perceptores– se produjo con aquel arranque de las investigaciones. Fue entonces cuando Bárcenas recibió en su móvil un célebre mensaje de ánimo del entonces máximo dirigente del PP, Mariano Rajoy. Aquel mensaje decía «Luis, sé fuerte», una expresión que podría dar título a todo el guiñol que entonces empezaba a representarse, pero que había dado comienzo mucho antes, en la década de los ochenta.

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Una biblioteca de Alejandría

Y es que Bárcenas trabajó muchos años a la sombra de su antecesor, Álvaro Lapuerta, ya fallecido. Lapuerta fue diputado y miembro de la Mesa del Congreso. Pero sobre todo fue profundo y discreto conocedor de la tesorería del PP, que dirigió hasta dejarla en manos de su sucesor, pasada ya la hoja del cambio de siglo. A Lapuerta la investigación judicial le cogió mayor, y el deterioro de su memoria primero, y su fallecimiento más tarde, han significado la pérdida de una auténtica biblioteca de Alejandría sobre la trastienda financiera de los populares.

Así puede afirmarse porque desde los años ochenta Lapuerta conoció todos los entresijos de las actividades del PP para financiarse, una labor que desarrolló a satisfacción de los sucesivos equipos de la organización, que nunca dudaron de su lealtad al partido. Dicho de otro modo, todos agradecían lo que barría para casa, desde el convencimiento de que el motor para esa actividad no era el afán de enriquecimiento personal. Cosa que ya nunca se diría de Bárcenas, en cuanto empezaron a trascender sus papeles.

En paralelo a las investigaciones policiales, Bárcenas pasó pronto de ser un presunto corrupto a ser un traidor.

La decepción fue real y muy sentida en todos los estratos del PP cuando el extesorero del partido empezó a hablar. Pero no tanto porque se le desatara la lengua –que también–, sino porque a la deslealtad consistente en tratar de defenderse extendiendo la mancha de aceite se unió el descubrimiento de que había utilizado la manga ancha que le había proporcionado el partido para hacer una fortuna y depositarla a buen recaudo, en Suiza, lejos de miradas indiscretas.

En paralelo a las investigaciones policiales, en suma, Bárcenas pasó pronto de ser un presunto corrupto a ser un traidor. Por eso en el fondo sonó sincero el entonces presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, cuando dijo que su mayor error en este asunto había sido confiar en la persona equivocada. Fue a comienzos del mes de agosto de 2013, cuando tras mucha insistencia por parte de la oposición, el entonces presidente del Gobierno aceptó ir al Congreso para dar explicaciones.

Desde luego, fue una comparecencia a regañadientes, pero inevitable. Y se presentó con todo tipo de prevenciones y cautelas. El propio Rajoy dijo que acudiría ante el pleno de la cámara para «explicar la situación que vive el país, tanto desde el punto de vista económico como desde el punto de vista político». En ningún momento citó entonces a Bárcenas, dándolo por entendido, y añadió que su pretensión era «dar mi versión, que también es necesaria», y «aclarar dudas» que «legítimamente pueden tener muchos ciudadanos», ofreciendo «una explicación de los temas que preocupan al conjunto de la opinión pública».

 

Un maldito para el PP

Fue una curiosa forma de afrontar las dudas sobre Bárcenas y la financiación del PP, ya que ni siquiera se atrevió a pronunciar su nombre. Se había pasado, en suma, del «Luis sé fuerte» a una situación diametralmente opuesta, en la que el extesorero del PP era ya un maldito para el PP, cuyo recuerdo el partido habría querido enterrar muchos metros bajo tierra. Esto es lo único que fundamentalmente aclaró aquella comparecencia, que Bárcenas había pasado a ser el enemigo público número uno para la organización.

Desde luego, motivos había para ello, porque resultó ser una bomba de relojería. Tardó en estallar, pero cuando lo hizo le dio un giro a la reciente historia política del país, ya que fue la sentencia de la Audiencia Nacional sobre la primera etapa de Gürtel la espoleta de la moción de censura en la que cayó el Gobierno de Rajoy, dando paso a la presidencia de Pedro Sánchez y a otra etapa del PSOE en la Moncloa, en circunstancias muy distintas a las anteriores, y desde luego muy lejos de la paradisíaca mayoría absoluta del primer Ejecutivo de Felipe González, allá por el lejano mes de octubre de 1982.

De vuelta por un momento a Álvaro Lapuerta, hubo una anécdota que cobró mucho sentido en cuanto empezaron a trascender los manejos de Bárcenas al frente de la contabilidad del PP. En cierta ocasión, posterior a su jubilación, ví a Lapuerta en la terraza de la entonces muy conocida cafetería Riofrío –ahora ya desaparecida–, situada en la plaza de Colón, muy cerca de la sede del PP, en la calle Génova. Le había tratado durante años en el Congreso, donde, siendo jefe y antecesor de Bárcenas, había formado parte de la Mesa de la cámara.

Lapuerta estaba almorzando con su esposa, y nos saludamos brevemente. Lo he recordado siempre con una sonrisa, porque cuando le pregunté qué hacía por esos pagos, teniéndole yo por un veterano político retirado, me contestó: «He tenido que venir para echar una mano a estos de Génova, que vuelven a tener problemas con las cuentas». Confieso que en ese momento no creí que estaba viendo la punta del iceberg, sino que opté por la ingenuidad de pensar que el PP necesitaba de su experiencia como extesorero para gestionar algún imprevisto o desarreglo en sus finanzas. Lapuerta, por otra parte, no añadió nada más al saludo protocolario entre un político y un periodista que se habían tratado durante años en el Congreso con cordialidad, pero sin especial complicidad que facilitara los sobrentendidos.

«He tenido que venir para echar una mano a estos de Génova, que vuelven a tener problemas con las cuentas», me contestó Lapuerta.

Cerrado el paréntesis, y de vuelta a Bárcenas, la mayor incógnita es ahora qué posibles pactos haya podido establecer con la Fiscalía, y a cambio de qué. Es decir, cuál va a ser el tratamiento penitenciario que reciba. Fue condenado a 33 años y 4 meses de prisión en 2018, a resultas del juicio sobre la mencionada primera etapa de Gürtel, pena que el Supremo rebajó a 29 años y 1 mes en octubre pasado.

En esencia, lo que se juzgó en ese caso fue la actividad del entramado societario del empresario Francisco Correa entre 1999 y 2005 para conseguir contratos públicos en connivencia con la dirección del PP. En este asunto fueron condenadas 26 personas, entre ellas la esposa de Bárcenas, Rosalía Iglesias, a la que él siempre quiso proteger. La primera vez que fue a declarar a la Audiencia Nacional, por ejemplo, desde el Ministerio del Interior, que seguía en manos del PP, se dieron instrucciones para evitar que fuera vista por la prensa.

 

Protegido y espiado por Interior

El capítulo en curso es el iniciado el pasado 8 de febrero con el juicio sobre las obras de la sede nacional del partido con fondos procedentes de la supuesta caja B de la organización. Y sigue abierta la investigación de la presunta contabilidad paralela del PP, materia central de los «papeles de Bárcenas». El extesorero, en suma, daría para unos nuevos episodios nacionales en versión serie televisiva, porque al tiempo que fue protegido, también fue espiado por Interior, en una sucesión de escenas tan teñidas a veces de dramatismo como de comicidad.

Para el PP, es mucho más que un chicle pegado a la suela o una piedra metida en el zapato. Es un auténtico lastre del que no logra desprenderse. Para comprobarlo, basta recordar una de las recientes sesiones de control al Gobierno, en la que, para responder al actual líder de la oposición, Pablo Casado, lo que hizo el presidente, Pedro Sánchez, fue pedirle que siguiera en la sede de Génova, ésa de la que el PP quiere desprenderse ahora con la esperanza de alejar de sí el fantasma de Bárcenas y la corrupción.