El obituario de Luis Pascual Estevill podría haber sido el relato de un hombre hecho a sí mismo, que desde la más absoluta pobreza de la Catalunya rural de la postguerra emigró a la ciudad, trabajó en todo lo que pudo, estudió, se licenció en Derecho y abrió un despacho de abogados donde consiguió una importante cartera de clientes, para acabar siendo juez y miembro del Consejo General del Poder Judicial. Esta sería una biografía excelsa.

Pero no, no fue así, y por eso su necrológica incluye obligatoriamente una palabra que le acabó definiendo para siempre: corrupto. Con un término se resume una vida, pero tal vez no es suficiente quedarse en las líneas maestras de la descripción para plantearse algunas preguntas que rara vez se formulan, como, por ejemplo, quién era en realidad, por qué accedió a la magistratura y quiénes colaboraron en catapultarlo hacia los más altos cargos.

Recopilemos los datos esenciales. Luis Pascual Estevill nació en Cabacés, provincia de Tarragona, el 27 de agosto de 1934; un pueblo del Priorat que en aquellos años apenas llegaba a los setecientos habitantes. De orígenes muy humildes, en ese pasado hay un encontronazo de su padre con la justicia, que él atribuiría siempre al poder de un terrateniente. Contaba a quien le conocía que vino a Barcelona andando; que en la ciudad trabajó en todos los oficios que encontró, desde camarero a recepcionista en un hotel; que estudió leyes y que, ya maduro, se graduó en Derecho.

Su carrera, después, fue meteórica. En su despacho confluyeron importantes industriales y personajes de pro de la ciudad y se le veía siempre comer en el restaurante La Puñalada con los abogados de más renombre de la urbe, como Federico de Valenciano u Octavio Pérez Vitoria, a quien no dudada en hacerle de chófer en su porche para que atendiera casos en otras localidades catalanas. Con ellos compartió la defensa, por ejemplo, del sonado caso del fraude en la Zona Franca. A Estevill también le sedujo la política y se presentó a procurador en las Cortes franquistas, en 1971, y a senador por Tarragona, ya en democracia, por el CDS en 1982; intentonas fallidas en ambas ocasiones.

Hombre soberbio, incluso con frecuentes comentarios desdeñosos sobre jueces, fiscales, abogados o periodistas, iba vestido siempre con trajes caros, con pañuelos asomando del bolsillo de la americana, abrigo loden en invierno y fumando grandes habanos incluso a la hora de levantar un cadáver. Había llegado al Olimpo de la abogacía cuando dio un giro inesperado a su vida: en 1990 accedió a la judicatura por el cuarto turno, el reservado a los juristas de reconocido prestigio. Su primer destino, Terrassa, y de allí al juzgado de instrucción número 26 de Barcelona, donde se hizo famoso para el gran público. Se convirtió en un magistrado atípico, que no ocultaba un poder económico desconocido para los otros jueces y que se hacía visible no solo en la vestimenta, sino por ir a trabajar conduciendo un Jaguar.

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La venganza

Y este es el momento en que hay que hacerse una pregunta: ¿Por qué? ¿Cuál fue el motivo por el que dejó el despacho que tan buenas rentas le daba para perder dinero convirtiéndose en juez? La respuesta que gustaría dar es para culminar su carrera, o por el afán de hacer justicia, pero quienes le han conocido explican que la causa fue otra: la venganza; vengarse de aquellos a los que él asimilaba con quienes perjudicaron a su padre.

Desde el juzgado barcelonés llevó a cabo jugosas investigaciones sobre delitos económicos, que llevaron a prisión a personas relevantes de la sociedad barcelonesa. Él conocía perfectamente los ardides utilizados para no pagar al fisco o para ocultar las ganancias: lo sabía porque era lo que había visto en su despacho de abogado y era lo que hacían sus clientes, a los que aconsejaba o evitaba males mayores. La cuestión es que, en esos años, principios de la década de los 90 del pasado siglo, su juzgado era el centro de las pesquisas en torno a fraudes, porque él no reparaba en enfrentarse a cualquier asunto ni parecía tener miedo a las personas a las que acusaba y se sentaban ante él para declarar. Incluso algunos medios de comunicación le jaleaban, bautizándole como el azote de la burguesía.

Aquellos que eran citados en su juzgado acudían ya con una bolsa con ropa, porque el destino más posible era ingresar en prisión.

En esos tiempos, los que seguían las peripecias judiciales comprobaron cómo siempre ocurrían dos cosas. La primera, que aquellos que eran citados en su juzgado acudían ya con una bolsa con ropa, porque el destino más posible era ingresar en prisión; eso, siempre que no denunciaran a quien él quería. Dos, que todas las querellas por este tipo de asuntos siempre recaían en él, porque se le buscaba, tanto por parte de la Fiscalía como de la policía o particulares.

Pero hay que explicar el contexto: en aquel momento, las normas de reparto para la atribución de los casos entre los diferentes juzgados de Barcelona lo permitían y por ello era siempre al que se reclamaba, por mostrar una dureza desconocida hasta ese momento con estos asuntos. Además, los colegas de Estevill tampoco hacían ascos a que él fuera el elegido y una de las razones era que sus métodos daban resultados, por ejemplo, a la hora de que los bancos dieran cuenta de sus operaciones, porque él les mostró que el silencio equivalía a desobediencia y por tanto a un problema legal y a una posible detención, de manera que dejaron de ser renuentes a contestar a los requerimientos, algo de lo que también se beneficiaron otros magistrados, que pudieron avanzar en sus casos. De todas maneras, la situación acabó siendo tan notoria que los jueces cambiaron las normas de reparto de los asuntos entre los juzgados, de manera que fuera un sorteo la fórmula para decidir quién era el encargado de los asuntos.

 

Nadie chistaba

Era el momento en que se encumbró a un juez de Barcelona que no temía afrontar ningún proceso, un juez estrella a la manera de los magistrados de la Audiencia Nacional de Madrid, que a diario aparecían en periódicos, radios o televisiones por sus investigaciones. Y nadie chistaba, por lo menos en voz alta. Quizás por curiosidad, tal vez por temor, nadie le llevaba la contraria en el mundo oficial. Fue tan así que llegó a ingresar en la Acadèmia de Jurisprudència i Legislació de Catalunya, con un discurso sobre la validez de los contratos verbales. Entre el público, la flor y nata de la política y el derecho.

Pero, paralelamente, comenzó a circular el rumor de que Luis Pascual Estevill no era trigo limpio, que no solo se enfrentaba al delito económico con audacia, sino que lo hacía para cobrar sobornos, estando conchabado para ello con el abogado Joan Piqué Vidal, el defensor de Jordi Pujol en el caso Banca Catalana. Este que suscribe se lo preguntó directamente en una ocasión, a lo que el entonces juez respondió categóricamente que era una infamia, porque a los clientes de Piqué, al que en privado decía no tragar, les iba muy mal con él y que todos acababan en prisión.

Comenzó a circular el rumor de que Estevill no era trigo limpio, que se enfrentaba al delito económico con audacia para cobrar sobornos.

Él se refería a estos rumores de forma despectiva, los llamaba «la campañita». Lo que no contó, y esa era la cuestión, es que esta era la fórmula: los clientes iban a prisión provisional y pagaban por quedar libres, no para que se archivara el asunto: el método Estevill-Piqué. Se pagaba por salir, no por no entrar; una nueva modalidad de cohecho. Los acusados se convertían en rehenes. En el juicio que se celebró por esta trama, él lo admitió y por eso fue condenado a nueve años de prisión. En honor a la verdad, hay que dejar claro que las principales causas que él instruyó llegaron a juicio y los principales acusados fueron condenados en sentencias ratificadas en su día por el Tribunal Supremo. Tal vez Estevill consiguió así su venganza por partida doble: encarcelar a la clase social que perjudicó a su padre y de paso sacarles el dinero.

La otra parte del asunto es cómo un juez que estaba salpicado por fundamentadas sospechas de corrupción fue elevado a vocal del Consejo General del Poder Judicial, (CGPJ) cuando ya era público lo que pasaba. La respuesta es que, tras sus coqueteos con la política franquista, primero, y con el CDS, después, llegó a entenderse con Convergència Democràtica de Catalunya. Uno de sus interlocutores en el partido fue Macià Alavedra, quien incluso tuvo que declarar como testigo en el juicio por organizar una cena entre el juez y los afectados por una de sus investigaciones para tratar el caso, algo claramente irregular. Fueron los convergentes quienes le impulsaron al CGPJ y estando en él fue fiel al partido. Incluso fue él quien informó a Jordi Pujol que el proceso que se seguía en el Tribunal Supremo por el GAL era imparable, lo que motivó que los convergentes dejaran de apoyar a los socialistas en el Congreso.

Tras sus coqueteos con la política franquista, primero, y con el CDS, después, llegó a entenderse con Convergència Democràtica de Catalunya.

Pero cuando fue imputado por corrupción, todas las amistades, soportes y relaciones se acabaron. Luis Pascual Estevill acabó solo, únicamente tratado por unos pocos amigos de toda la vida. En 2017 salió de prisión tras cumplir su condena, siendo ya para siempre un juez corrupto, el primer miembro del CGPJ que iba a la cárcel por cobrar sobornos.

Pero es difícil saber si cambió su opinión sobre lo que había sucedido. ¿Son conscientes los criminales de que han cometido un delito? Muchos no. La crónica judicial está repleta de condenados que han visto pruebas abrumadoras de sus tejemanejes y siguen insistiendo en que no hicieron nada malo. Es una cuestión más psicológica que penal. Pero vale la pena relatar una anécdota que viví para conocer qué sentía Luis Pascual Estevill. Una vez en libertad, acostumbraba a pasear por la plaza Francesc Macià o por la calle Ganduxer, siempre en solitario, absorto en sus pensamientos. En una de estas caminatas me crucé con él y, tras saludarnos, me preguntó:

 

– Han cambiado mucho las cosas, ¿no?

– Si, Luis, han cambiado mucho.

– ¡Cuanta corrupción hay!