El editor Luis Solano, vigués nacido en Santiago de Compostela (1972), estudió Derecho en Navarra, antes de instalarse familiar y profesionalmente en Barcelona, donde también cursó un MBA en ADE. Esta trayectoria periférica culminaría en 2004 con la fundación de Libros del Asteroide. Casi 260 títulos después, el sello tornasolado se ha convertido en una referencia de la literatura contemporánea editada en castellano.

 

No vienes del mundo del libro.

Yo vengo del mundo de los negocios. Parte del éxito como editor tiene que ver con estos orígenes. Es más fácil organizar un plan editorial culturalmente interesante que venderlo. A fin de cuentas, los editores somos difusores y la tarea de difusión es básicamente empresarial. La parte de agente cultural es más pequeña. Jaume Vallcorba definía las editoriales independientes como aquellas que buscan un equilibrio entre la parte cultural y la parte económica, donde esta última abarca tanto la venta como, cuando los títulos son relevantes, la participación en el debate cultural.

 

¿Por qué en Barcelona?

Por pura biografía. Pero también es cierto que en otra ciudad no habría podido ser editor. No habría tenido los contactos o los conocimientos que me ha dado Barcelona. No hay que olvidar que más de la mitad de los libros en castellano vendidos en el mundo están hechos aquí. Hay un clúster muy potente en esta ciudad y es una lástima que los poderes públicos del país no le reconozcan esta potencia y no lo protejan por el simple hecho de expresarse en castellano; mientras que solo defienden la parte de la industria que produce en catalán. Me parece de una miopía absurda.

 

Un ecosistema editorial de extremos.

Ya no hay editoriales medianas. En los últimos años, en el mundo de la edición literaria, encontramos a los grandes grupos, una editorial mediana como Anagrama, que es el brazo armado español de Feltrinelli, tres pequeñas grandes (Siruela, Blackie y Acantilado), después una docena de editoriales pequeñas (Galaxia Gutenberg…) y, por debajo, un lumpen-proletariado en el que la editorial da justo para vivir. Nosotros tenemos la suerte de formar parte de Contexto de Editores, juntamente con Impedimenta, Nórdica, Periférica y Sexto Piso; y esto nos permite ser anímicamente como una editorial mediana, pese a que somos en realidad cinco editoriales pequeñas.

 

¿Asteroide nace para construir un canon B? 

Quizá hemos contribuido a ello, pero no era la voluntad inicial. La idea era más sencilla: como lector, me daba cuenta de que no podía perder el tiempo con cosas poco interesantes. Había que olvidarse de la novedad y leer hacia atrás. Había que leer libros refrendados, bien porque fueran clásicos en otros países, bien porque otras generaciones los hubieran consolidado… y sobre todo, que no estuvieran disponibles en el mercado español. La primera constatación del acierto de la propuesta será El quinto en discordia / El cinquè en joc, de Robertson Davies. Hacer buena literatura de clásicos modernos podía ser comercial, llegar a distintos lectores y obtener el reconocimiento de lectores y de crítica.

 

Solo autores extranjeros.

En español no era posible hacer la misma apuesta. Porque la mayoría de libros importantes del siglo XX disponen de contratos vitalicios que heredaron los grandes grupos editoriales con la compra de los sellos pequeños y medianos originarios y, con una práctica a mi modo de ver un poco dudosa, no permiten que los herederos recuperen los derechos haciendo mínimas reediciones. De ahí que sea tan difícil encontrar y contratar obras interesantes de autores españoles. Además, salvo hitos concretos de todos conocidos, el franquismo es un auténtico yermo literario, con una concepción de la vida tan premoderna que no aguanta el paso del tiempo. En medio de este desierto, tuvimos la suerte de participar en la recuperación de Manuel Chaves Nogales y, muy al principio, ya publicamos El maestro Juan Martínez que estaba allí. Pero es un pequeño milagro.

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Durante los primeros años, cada novedad se acompaña de firmas (re)conocidas en prólogos y/o epílogos.

El lector medio entra en la librería buscando un buen libro y no piensa en géneros. En nuestro caso, editamos narrativa, tanto de ficción como de no ficción, y queríamos construir una marca fiable para el lector. Y eso quiere decir dotarla de identidad mediante los títulos que publicas, el diseño clásico y a la vez moderno que escoges… Pero, cuando nadie conoce la editorial, necesitas buscar a gente importante que te ayude y te avale. Pasados los años, ya es el propio sello quien asume el aval de esta literatura contemporánea y no hace falta buscar argumentos más importantes.

 

La idea inicial se diversifica con al menos tres líneas: literatura latinoamericana, como La uruguaya de Pedro Mairal, no ficción actual, como Años salvajes de William Finnegan, y títulos de novedad, como Hamnet de Maggie O’Farrell.

No somos los primeros ni los únicos en querer recuperar clásicos modernos. Incluso se produce una inflación de títulos que agota los caladeros de los viejos catálogos editoriales. Esta doble circunstancia de incremento de la competencia y agotamiento de la idea inicial coincide con nuestro crecimiento orgánico y nos lleva a diversificarnos.

Empezamos a abrirnos a autores en castellano y a libros que ya no tienen un mínimo de diez años de antigüedad. Pero vamos con mucho cuidado. En el caso de los clásicos contemporáneos, mis impresiones particulares como lector se acompañaban de toneladas de opiniones, reseñas y valoraciones. Aquí ya no, o ya no siempre. Algunos buenos títulos, importantes en su momento, se han cruzado en nuestro camino y los hemos dejado pasar porque llegamos a la conclusión de que no tenían esta cualidad de imperdibles.

«Tuvimos la suerte de participar en la recuperación de Manuel Chaves Nogales y, muy al principio, ya publicamos El maestro Juan Martínez que estaba allí

En el caso de los latinoamericanos, nos vemos favorecidos por las circunstancias: la fragmentación de los derechos hace que Pedro Mairal esté libre y que lo podamos contratar para España, o que Eduardo Halfon se encuentre sin editorial y lo podamos incorporar. En cambio, la no ficción está presente desde el principio. Nuestro segundo libro fue En busca del barón Corvo de A.J.A. Symons. Pero con el paso del tiempo y tal vez con la edad, tengo la sensación como lector de que la no ficción da un plus, mientras que la ficción necesita una mayor calidad porque nos obliga a suspender el juicio. Y finalmente, los contactos ya establecidos con editores y agentes extranjeros y el prestigio alcanzado hacen que empiecen a llegarnos originales que previamente no habríamos conocido.

 

Y en 2020 el Premio de No Ficción Libros del Asteroide.

Los premios son sintomáticos respecto a la perversidad del sistema editorial en España. Tenemos los galardones a obra inédita establecidos por las editoriales «franquistas» (el Planeta, el Nadal…) que han sido replicados por la siguiente generación (el Herralde, el Tusquets…). No me parece mal, pero preferiría seguir el modelo francés, en el que se pone dinero para reconocer y dar prestigio a una obra publicada y para fijar un cierto canon. La ausencia de canon en España no está cubierta ni por las listas del mejor del año, ya que son de una previsibilidad y de una falta de imaginación exasperantes.

«Cuando consideras un manuscrito de ficción, lo esencial es la escritura. En cambio, en la no ficción, lo importante con frecuencia es la temática.»

En este contexto, nos planteamos crear un premio que dé continuidad natural a nuestra trayectoria: de recuperar clásicos modernos a hacer literatura contemporánea, a buscar manuscritos inéditos y, finalmente, a apoyar proyectos. Porque cuando consideras un manuscrito de ficción, lo esencial es la escritura. En cambio, en la no ficción, lo importante con frecuencia es la temática, y premiar una idea avalada por una trayectoria y un proyecto estimulantes, podía tener sentido. Se trata de identificar  semillas que, sin este premio, no podrían hacerse realidad, porque nadie —ni el propio autor— confiaría en la potencia del proyecto.

 

Entre medias, hay algunos intentos de publicar en catalán.

Lo dejamos porque no rendía económicamente —ni quería entrar en la vía de las ayudas— y porque me inquietaba no tener suficiente competencia lingüística para detectar una errata. Además, a veces contratamos títulos conjuntamente con sellos catalanes y nos ponemos de acuerdo en fechas de salida, promociones… Entre un cuarto y un tercio de nuestras novedades sale al mismo tiempo en catalán en otras editoriales, y lo trabajamos conjuntamente, con beneficio para ambas partes.

 

Pero publicáis en castellano literatura catalana o, recientemente, Cosas de Castelao.  Es algo buscado. Me mueve la voluntad de hacer que los de la periferia se consideren del centro y que los del centro consideren también centrales a los de la periferia. Para un lector de Madrid ha de ser natural leer a Castelao, Llucia Ramis o Carlota Gurt, porque todos ellos pertenecen a un patrimonio común. Para un lector de Valladolid, lo que expresan estos supuestos periféricos debe resonarle mucho más que Rachel Cusk. Pocas cosas me ponen de peor humor que oír a un catalán llamar español al castellano. Porque el catalán también es español.

 

¿Podéis/queréis crecer?

Publicamos 22 libros al año y quizá podríamos publicar 25. Pero no muchos más, porque siempre es mejor publicar menos y bien, que más y mediocre. Las traducciones que publicamos están muy bien hechas, editadas y revisadas, pero también requieren mucho trabajo. No puedes traducir de cualquier manera. Tropezarme con una mala traducción me desespera, porque pierdes la ilusión en el libro, y nunca quedará tan bien como habías pensado que quedaría.

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En Asteroide hemos tenido la suerte de contar con un equipo muy estable. De hecho, una de las razones de que nuestro catálogo sea tan homogéneo es la estabilidad de su equipo: somos casi los mismos trabajando desde la fundación y, por ejemplo, hay una persona por la que pasa el estilo de prácticamente la mitad de nuestros libros.

 

Mirando atrás.

Es la editorial que yo quería hacer. Y además, me lo he pasado muy bien. He sido feliz. Ahora ya sé que me jubilaré como editor, pero durante los cinco primeros años pensaba: «Y si no funciona, ¿qué haré? ¿Dónde podré trabajar y pasármelo igual de bien?» Lo complicado es que, en el mundo editorial, es necesario que lo hagas todo bien y, aun así, necesitas un poco de suerte, una alineación favorable de los astros. Por eso, hay proyectos interesantes que se quedan por el camino y no tienen suficiente tiempo para madurar.

Da mucha satisfacción ver que tenemos más de 30 títulos con más de diez mil ejemplares vendidos, pero tampoco vivo pendiente de eso. Para mí, es más valioso constatar que las renovaciones de contrato, normalmente cada siete años, incluyen casi todo el catálogo. Son pocos los libros que hemos dejado decaer.

Cuando empecé, no era consciente de la capacidad de influencia y de diálogo, en el debate público, que tiene el editor. Y cuando un editor lo hace bien y sabe sugerir un determinado cambio al autor, tiene también capacidad  para influir en la obra artística y, por extensión, en la fijación del canon. Seguir sintonizando con la generación de mis hijos es la parte más difícil.