Cuando Luiz Inácio da Silva se acercaba al final de su segundo mandato, me planté en su casa natal, en la aldea Caetés, en el interior de Pernambuco. A las puertas de la campaña electoral de 2009, aquella humilde construcción de piedra y adobe era el punto inicial de un viaje para seguir la trayectoria vital de Lula hasta el palacio presidencial de Brasilia. Tenía más de cuatro mil kilómetros y tres semanas por delante para intentar retratar el país en el que, gracias a Lula, cuarenta millones de personas habían salido de la pobreza.

A pocos metros de la casa de adobe reconstruida para la película Lula, o filo do Brasil conocí a Antonio Ferreira, primo de Lula. Tenía 62 años, ocho hijos y el cuerpo robusto de quienes viven del campo en el nordeste, la región más pobre del país. Antonio, como casi todas las personas con las que conversé en aquella región, hablaba de Lula como si estuviera allí. Lula eran ellos, un familiar cercano, un amigo, un íntimo conocido. A lo largo del viaje, corroboré a diario el cariz mesiánico-mítico del niño pobre que en 1956 dejó atrás una casa de adobe y puso rumbo a una favela de São Paulo.

Tres semanas después, tomando un café en el Palácio do Planalto con uno de los principales asesores presidenciales, las piezas del puzle Lula acabaron de encajar. Él presumía de que Lula estaba recibiendo a The Economist. Hacía unos meses, el mismísimo Barack Obama había pronunciado en una reunión del G20 la frase he is the man, en alusión a Lula. Después del café en el palacio presidencial, fisgoneando mientras fingía buscar el servicio, me enteré de que Lula esperaba aquel día a catadores de lixo (recicladores de basura callejeros). The Economist y basureros solapados en la agenda. Aquello confirmaba algo: el deslumbrante poder intuitivo con el que Lula construye su imagen y su agenda.

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