Una de las tareas que más gozaba Madeleine Albright como secretaria de Estado era participar en las ceremonias de naturalización de nuevos ciudadanos. «Sólo en América puede un refugiado conocer a la secretaria de Estado», le dijo una vez un hombre llegado de Etiopía tras recibir la nacionalidad estadounidense. «No, sólo en Estados Unidos puede una refugiada convertirse en secretaria de Estado», le corrigió Albright, tal y como recordó Barack Obama al conocerse la noticia de su muerte, el pasado 23 de marzo, a los 84 años de edad. «Es por personas como Madeleine que la historia de Estados Unidos es una historia de esperanza.»

Albright era la representación misma del sueño americano. Llevaba la diplomacia y la política en las venas. Nacida en Praga en 1937 con el nombre de Marie Jana Korbel, descendía de judíos asesinados en el Holocausto, aunque de esto se enteró cuando tenía casi sesenta años. En 1948 llegó con su familia en barco a Ellis Island. Por segunda vez en sus vidas, huían del totalitarismo. Primero escaparon del nazismo y luego del comunismo, una experiencia que marcó su visión del mundo y su forma de defender el papel de Estados Unidos.

Su padre, Josef Korbel, trabajaba como diplomático cuando en 1939 los nazis invadieron Checoslovaquia. Gracias a sus contactos y algunos sobornos logró huir con su mujer y sus tres hijos a Inglaterra. Al terminar la guerra volvieron a su país, pero al poco tiempo el padre fue enviado como embajador a Yugoslavia. La idea de que Madeleine recibiera una educación comunista no gustaba a sus padres, que la internaron en Suiza. Fue allí donde Madalenka, como la llamaban en casa, decidió afrancesar su nombre.

Cuando los comunistas tomaron el poder en Praga, decidieron pedir asilo en Estados Unidos. Madeleine tenía 11 años. De tener chófer y mayordomo, la familia pasó a vivir en un apartamento alquilado con muebles prestados en la universidad de Denver (Colorado), donde Korbel consiguió trabajo como profesor. La hospitalidad americana les cautivó. Cuando se exiliaron en Inglaterra —solía contar su padre— la gente les decía que lamentaba lo que pasaba en su país y, a renglón seguido, les preguntaba que cuándo iban a volver. En Estados Unidos, en cambio, les preguntaban que cuándo pensaban pedir la nacionalidad.

En 1955 Madeleine consiguió una beca para estudiar Ciencias Políticas en el Wellesley College, la universidad de élite para mujeres en la que 10 años después se matriculó Hillary Rodham Clinton. En aquella época, el paso de las chicas por la universidad se veía como un trámite para encontrar marido y era tradición que se casaran el mismo día que terminaban los estudios. En 1959 Madeleine se graduó y, ese día no, pero tres después sí, contrajo matrimonio con Joseph Albright. Lo había conocido en el periódico local donde hacía prácticas y resultó que era el rico heredero del grupo mediático Medill.

En 1961 nacieron sus hijas gemelas. Eran prematuras y pasaron varias semanas en el hospital, un tiempo que Madeleine aprovechó para estudiar ruso y empezar su doctorado. No había renunciado a sus ambiciones, pero las adaptó a las necesidades familiares. En 1967 volvió a ser madre de una niña. Entonces vivían en Washington, en el acomodado barrio de Georgetown, donde ella, una mujer con un gran don de gentes, se ocupaba de actividades como recaudar fondos para la escuela de sus hijas, eventos que en esos círculos siempre son la antesala de algo más para muchos de sus protagonistas.

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Especialista en Europa oriental

En 1972, la pareja, parte del establishment demócrata, organizó un acto de apoyo a la campaña presidencial del senador Ed Muskie, conexión que en 1976 le sirvió para que le ofreciera un puesto en el Congreso. Para entonces ya era la doctora Albright, al fin tenía su doctorado. Cuando Zbigniew Brzezinski, su antiguo profesor, fue nombrado consejero de seguridad nacional por Jimmy Carter, la fichó como asesora.

La llegada de Ronald Reagan al poder en 1981 empujó a Albright al mundo académico. Poco después su marido puso patas arriba su vida al anunciarle que quería separarse. Se había enamorado de una mujer más joven y pretendía que dijera a sus hijas que era una decisión de común acuerdo. Ella se negó. En 1983 se divorciaron. Ella se volcó en el trabajo. Se incorporó a la universidad de Georgetown, donde se especializó en Europa oriental, y trabajó como asesora para varios candidatos demócratas.

Sadam Hussein la llamó «víbora». En la siguiente reunión sobre Irak, decidió ponerse una aguja con forma de serpiente.

En 1992, Bill Clinton la incluyó en su equipo de transición y al año siguiente la propuso como embajadora ante Naciones Unidas. Era la única mujer en el Consejo de Seguridad y aprendió al vuelo que debía hacer oír su voz por encima de los hombres e interrumpirlos si era necesario si no quería que Estados Unidos, no ella, se quedara sin opinar. Así, hablaba alto y claro. Y, en caso de duda, no había que mirar más que el broche que llevaba en la solapa.

Todo empezó cuando Sadam Hussein la llamó «víbora». En la siguiente reunión sobre Irak, decidió ponerse una aguja con forma de serpiente. Le pareció una buena forma de presentarse y, en adelante, sus interlocutores podían intuir su humor por sus broches: los globos simbolizaban altas expectativas; un caracol, impaciencia; las mariposas, optimismo… Podía ser tan profesional y dura al negociar como espontánea y divertida: en Buenos Aires se saltó un acto oficial para marcarse un tango, y en una reunión de la ONU enseñó a bailar Macarena a un ministro africano.

 

Secretaria de Estado con Clinton

Albright no inventó la definición de EEUU como «la nación indispensable» pero la defendió a capa y espada. «Al haber presenciado a una edad temprana lo que ocurre cuando América se limita a un papel pasivo en los asuntos del mundo, utilicé mi puesto para trabajar con aliados y amigos y construir un frente por la libertad y contra las fuerzas de la intolerancia», escribió en sus memorias. Albright mantuvo una tensa relación con el secretario general de la ONU, Butros Butros-Gahli, a cuenta de las crisis en Somalia, Ruanda y Bosnia. La Casa Blanca acabó vetando su renovación en el cargo.

En 1996 Clinton la propuso como secretaria de Estado. Fue la primera mujer en ocupar el puesto en un momento en que muchos pensaban que debería estar en manos de un hombre, con el argumento de que algunos países no aceptarían más que interlocutores masculinos. Como pronto comprobó Albright, llegar en el avión oficial de los Estados Unidos le abría todas las puertas.

«Tuve más problemas con los hombres de mi propio Gobierno que con los Gobiernos extranjeros. No porque fueran unos cerdos machistas ni nada por el estilo, sino simplemente porque me conocían desde hacía demasiado tiempo. Conocía a sus mujeres, llevaba a sus hijos en coche, venían a mi casa a cenar… Había trabajado en el Capitolio y preparado muchos cafés. Creo que muchos de ellos pensaban: “¿Cómo es posible que ella sea secretaria de Estado cuando soy yo quien debería serlo?»».

Podía ser tan profesional y dura al negociar como espontánea y divertida: en una reunión de la ONU enseñó a bailar ‘Macarena’ a un ministro africano.

Su nombramiento llevó a la prensa a indagar más en la historia personal de Albright, que había empezado a recibir cartas de personas que aseguraban ser sus parientes. Algunas no tenían ningún sentido, otras, algo más, y cuando un periodista la llamó para hacer un perfil de ella, se lo contó y le pasó algunos nombres. Así fue como, a sus 59 años, supo que sus abuelos eran judíos y murieron en campos de concentración, como dos decenas de familiares más. Ella siempre ha defendido que no sabía nada. Pensaba que si su padre les sacó de su país en 1938 fue por razones políticas, no religiosas. Había sido educada como católica y se había hecho protestante para casarse. No podía entender por qué sus padres le ocultaron la verdad. «Creo que pensaron que era más seguro no decir nada», dijo a la radio NPR en el 2018.

 

Defensora del uso de la fuerza militar

Como secretaria de Estado, continuó las políticas de la Administración Bush e impulsó la ampliación de la OTAN a Polonia, Hungría y la República Checa a la vez que ideaba arreglos para aplacar los temores de Rusia, por ejemplo mediante la creación de una brigada mixta que nunca vio la luz. Albright fue una abierta defensora del uso de la fuerza militar de Estados Unidos. «¿Para qué tenemos este ejército fantástico del que siempre hablas si luego no podemos usarlo?», espetó a Colin Powell, cuando este era jefe del Estado Mayor Conjunto y discrepaban sobre la necesidad de actuar en Bosnia.

A sus 59 años, supo que sus abuelos eran judíos y murieron en campos de concentración, como dos decenas de familiares más.

Albright fue determinante en la decisión de Clinton de intervenir para frenar la limpieza étnica en Kosovo. Algunos medios denominaron la campaña de bombardeos de la OTAN «la guerra de Albright». «Asumo toda la responsabilidad por creer que era esencial para nosotros no quedarnos de brazos cruzados y ver lo que Milosevic planeaba hacer», se defendió la jefa de la diplomacia americana, que impulsó la creación de un tribunal especial para juzgar a los responsables de la guerra.

Sí se arrepentía, en cambio, de no haber presionado más para intervenir antes en los Balcanes y para frenar el genocidio de Ruanda. También de sus declaraciones sobre las sanciones a Irak, cuando le preguntaron si merecía la pena que hubieran costado la vida a «medio millón de niños» y respondió que sí. En la campaña del 2016 se vio envuelta en la polémica al decir que «hay un lugar en el infierno para las mujeres que no ayudan a otras mujeres»; más tarde aseveró que no pedía el voto para Hillary Clinton por su sexo y contó lo incomprendida que se sintió por sus congéneres cuando, además de ser madre, pretendía estudiar y trabajar.

 

El arte de levantar la voz

Cuando se jubiló como secretaria de Estado en el 2001 se especuló con que podría ir a hacer política a Praga, pero Albright, que se definía como «una americana agradecida», no se movió de los Estados Unidos. Abrió una firma de consultoría, publicó varios libros y se entregó de lleno a la docencia. En sus clases en Georgetown formó a varias generaciones de mujeres en el arte de levantar la voz. «Me costó mucho encontrar la mía y ahora que la tengo, no pienso callarme».

En el 2018 publicó el libro Fascismo, una advertencia, en el que advierte que este no es una ideología sino un método. Un mes antes de morir víctima de un cáncer, advirtió que Vladímir Putin cometería «un error histórico» si invadía Ucrania, porque se enfrentaría a una fuerte resistencia, sufriría terribles sanciones y acabaría por reforzar a la OTAN. «Si Madeleine estuviera hoy aquí, nos recordaría que este es un momento para la acción», dijo Hillary Clinton en su funeral. «Espero que los ángeles se hayan puesto sus mejores broches.»