La victoria del libertario de extrema derecha Javier Milei, con un sorprendente 55% de los votos, constituyó un fuerte seísmo político en un país en el que nunca antes un outsider llegó a la Presidencia de la República. Este excéntrico economista liberal-libertario pasó en solo dos años de los estudios de televisión a la Casa Rosada predicando, en solitario, un discurso anarcocapitalista al que luego sumó posiciones políticas antiprogresistas tomadas de la alt-right global. El balotaje del 19 de noviembre fue un auténtico motín electoral, como ya los hemos vistos en otros países occidentales, en el cual una derecha radical logra canalizar el malestar social.

El candidato libertario, que se referencia en Donald Trump y Jair Bolsonaro, rompió los límites socioeconómicos del voto a la derecha y se expandió a las capas bajas, pero también alteró fuertemente la geografía electoral del país: si la oposición de centroderecha era fuerte en el «centro» agroindustrial del país, lo que le permitía contraponer la imagen del país «productivo» a la del país «asistido»-, Milei ganó en 21 de las 24 provincias, incluidas las del norte y del sur. Arrasó en Córdoba, la segunda provincia más poblada, con casi el 75% de los votos, pero también ganó en Jujuy y Salta, en la frontera con Bolivia, con el 59%, y en la patagónica Santa Cruz, la región de Néstor y Cristina Kirchner, con porcentajes similares.

El candidato libertario, que se referencia en Trump y Bolsonaro, rompió los límites socioeconómicos del voto a la derecha y se expandió a las capas bajas.

La campaña de Milei –en la que esgrimió una motosierra para que quedara claro que se proponía achicar radicalmente el Estado– tuvo como ejes la crítica virulenta a la «casta» política –con un lenguaje soez–, la propuesta de dolarización de la economía, un discurso decadentista: «la Argentina potencia del siglo XIX comenzó su decadencia tras la aplicación de políticas socialistas desde los años treinta», y la promesa de volver a un mítico pasado dorado. Todo ello condimentado con un estilo rockero que puso en el centro de la campaña la consigna cantada durante la crisis de 2001, «Que se vayan todos, que no quede ni uno solo». Pero si en 2001, esa consigna estaba asociada al progresismo, ahora lo estaba a una derecha con tintes trumpistas.

Economista bastante convencional hasta 2013, aunque con un excéntrico estilo personal, Milei tuvo una suerte de revelación ese año, tras leer un artículo del libertario estadounidense Murray Rothbard. Fue un giro radical en su vida, y a partir de entonces comenzó a predicar la nueva buena: una versión radical de la escuela austriaca de economía, el anarcocapitalismo. Como un Quijote, Milei comenzó a aparecer en televisión, con su cabello revuelto, donde atacaba el keynesianismo y al «colectivismo» de una forma desconocida en Argentina. «La Teoría general, el libro clásico de John M. Keynes, no debería llamarse teoría general, sino basura general», «la justicia social es una monstruosidad», «Keynes era un hijo de puta al servicio de los políticos chorros [ladrones]», arengaba entonces el aún mesías sin discípulos. Los periodistas comenzaron a notar que con Milei en el plató el rating subía, y su presencia se fue haciendo más asidua en diferentes talk shows, incluso los de interés general, alejados de la política, donde podía hablar de Friedrich Hayek y de sexo tántrico.

En paralelo, extractos de sus intervenciones se transformaron en vídeos de Youtube, y esta ideología libertaria desconocida en Argentina comenzó a atraer jóvenes post-adolescentes que empezaron a leer a los teóricos estadounidenses, a buscar conferencias en la web y a utilizar nuevos símbolos, como la bandera de Gadsden, creada en 1775 y transformada en símbolo de la derecha libertaria norteamericana. Algunos de esos jóvenes sumarían luego su simpatía por Donald Trump y su MAGA, es decir Make America Great Again, que se podía adaptar fácilmente a Make Argentina Great Again [hacer a Argentina grande otra vez].

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Un encantador de adolescentes

Consciente de su creciente popularidad, aún de nicho, el economista puso en marcha una obra de teatro —El consultorio de Milei— y el teatro se llenaba una y otra vez. Comenzó a dar clases de economía austriaca, megáfono en mano, en parques y plazas de la ciudad, y muchos jóvenes acudían a escuchar que el Estado es el mal absoluto y que evadir impuestos, una rémora de la esclavitud, debería ser un derecho humano… Hasta se disfrazó de super héroe, y asesorado por la cosplayer y ahora diputada Lilia Lemoine, Milei apareció en un festival de otakus, reunido en Buenos Aires, caracterizado como el general AnCap (abreviatura de anarcocapitalista) y declaró que llegaba de Liberland –la república imaginaria en un pedazo de tierra de nadie entre Croacia y Serbia– con la misión de «cagar a patadas en el culo a los colectivistas hijos de puta». En ese entonces, casi nadie apostaba por el futuro político de este economista «de peinado raro», como lo definió entonces el diario Clarín, visto por gran parte del progresismo como un encantador de adolescentes incels (célibes involuntarios, en inglés) o «virgos» (sexualmente vírgenes).

Era la época de la «batalla cultural» antisocialista, en palabras de Milei; la batalla electoral vendría más tarde, en 2021, cuando decidió presentarse como candidato a diputado en la Ciudad de Buenos Aires en las elecciones de medio término. El resultado marcaría el primer gran salto adelante de Milei: su candidatura, por el recién creado y muy desorganizado movimiento La Libertad Avanza (LLA), obtuvo un inesperado 17% de los votos. Y más inesperado aún, ese porcentaje se mostraba homogéneo en todos los barrios de la ciudad, desde los más ricos hasta los más pobres, con una leve mejora en las zonas de clases medias bajas.

Milei puso a prueba en esa campaña, en gran medida manejada por jóvenes youtubers y tiktokeros, su estrategia discursiva. Sus ataques a la «casta» le permitieron identificar un enemigo: «los políticos empobrecedores», y su discurso antiestado capturaba el malestar social tras los «encierros» de la pandemia, que los libertarios combatieron como si se tratara de una nueva forma de totalitarismo. Su retórica antiestatal conectaba, además, de diferentes maneras, con sectores de la economía informal que mantienen posiciones ambiguas frente al Estado y constituyen un terreno fértil para la economía moral del emprendedorismo y a menudo cuestionan los subsidios sociales a «quienes no trabajan». Pero también la campaña de Milei caló entre los jóvenes trabajadores de la economía de plataformas como Rappi o Glovo.

El apoyo del expresidente le dio cierta «respetabilidad» a la candidatura de alguien que carece de equipos, de peso parlamentario e institucional.

Tras esos resultados, Milei decidió dar, sin vacilaciones, el segundo paso: lanzarse a la carrera presidencial de 2023. Sin un verdadero partido, sin cuadros ni equipos técnicos, y sin alcaldes ni gobernadores que le dieran estructura territorial, el economista libertario –con un discurso cada vez más mesiánico, sin escatimar referencias a Moisés, y la reivindicación de un capitalismo épico como se puede encontrar en novelas como La Rebelión de Atlas de Ayn Rand–, prosiguió su camino, confiando en que la ola de inconformismo social lo depositaría en la Casa Rosada.

 

Vulnerabilidades psicológicas

Para vencer en segunda vuelta Milei se benefició del temprano apoyo del expresidente Mauricio Macri y de la candidata de la derecha, Patricia Bullrich, tras quedar fuera del balotaje. Si bien el voto de Bullrich estaba dispuesto a migrar de buena gana hacia el libertario, el apoyo del expresidente le dio cierta «respetabilidad» a la candidatura de alguien que, como Milei, carece de equipos, de peso parlamentario e institucional. Y que, además, provocó ciertas dudas sobre sus vulnerabilidades psicológicas.

Milei deja ver también que las extremas derechas tienen dificultades para alcanzar las mayorías sin parte de las derechas tradicionales.

Al mismo tiempo, el apoyo de Macri a Milei da cuenta del debilitamiento de las fronteras entre sectores de las derechas convencionales y extremas, como se vio ya en España o Chile. Milei deja ver también que las extremas derechas tienen dificultades para alcanzar las mayorías sin una parte de las derechas tradicionales, lo que alimenta nuevas simbiosis político-ideológicas no carentes de tensiones. Milei se ha aliado además con un sector de derecha negacionista de los crímenes de lesa humanidad de la dictadura militar, corporeizado en la nueva vicepresidenta Victoria Villarruel.

A falta de cuadros, Milei los busca en el macrismo, los gerentes de grandes empresas que conoció en el sector privado y, aunque parezca sorprendente, en el peronismo no kirchnerista, incluidos exfuncionarios del gobierno de Carlos Menem (1989-1999). Su principal armador político y ministro del Interior, Guillermo Francos, fue aliado del ministro Domingo Cavallo en los noventa y trabajó en los años 2000 con el gobernador peronista de la provincia de Buenos Aires Daniel Scioli (presidió el banco público provincial) y hasta ahora, era el representante argentino ante el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), nombrado por Alberto Fernández.

Pero no solo Francos será parte de la «pata peronista» del gobierno de Milei. Este se ha acercado al gobernador de Córdoba y candidato presidencial Juan Schiaretti, un peronista independiente y antikirchnerista que obtuvo casi el 7% en las últimas presidenciales. Y el actual embajador en Brasil, Daniel Scioli, seguirá en el cargo para tratar de acercar Milei y Luiz Inácio Lula da Silva. Este polo peronista de «centro» puede aportar a la gobernabilidad de Milei.

 

Insultos a Alfonsín

Según se filtró en la prensa, Milei dijo en su encuentro con Fernández, pactado tras las elecciones para organizar la transición y dar una imagen de institucionalidad: «Les aclaro que yo soy un menemista. En eso me distingo de Mauricio Macri, que es un poco más gorila [antiperonista]». En efecto, Milei ha repetido en numerosas ocasiones que Menem fue el mejor presidente de la historia, y suele ser mucho más duro con sus insultos hacia el radicalismo, dirigidos a menudo contra el expresidente Raúl Alfonsín –prócer de la Unión Cívica Radical y figura de la transición democrática–, que contra el peronismo. Milei no cree que la «decadencia argentina» haya comenzado con Perón, como Macri, sino en los años treinta del siglo pasado.

Milei se ha aliado con un sector de derecha negacionista de los crímenes de lesa humanidad de la dictadura militar, corporeizado en la nueva vicepresidenta Victoria Villarruel.

El desafío de Milei es trasladar la utopía en un proyecto de gobierno realista, en un país en crisis y con amplia tradición de protesta social. Lo mismo vale para la política internacional, que pasó de la super ideologización de la campaña a cierto pragmatismo… Hasta ahora ha buscado un equilibrio: la pata «menemista» le permite no cargar con la imagen de títere de Macri. Incluso habrá de nuevo un apellido Menem en el centro de la política argentina: Martín Menem, sobrino del expresidente ya fallecido, y militante de la Libertad Avanza, presidirá la Cámara de Diputados, un cargo clave para un gobierno en minoría. La retórica libertaria deviene cada vez, bajo la presión de tener que gobernar, un neoliberalismo mezclado con tropos de la extrema derecha global. Una mezcla que no es exclusiva de Argentina.