El presidente del Gobierno de España, desde que fue elegido, acostumbra a presentarnos las valoraciones de las políticas de su gobierno por periodos legislativos y/o aspectos o hechos relevantes.

Valorar la calidad de la educación, o del sistema educativo, resulta bastante más difícil si, a priori, no establecemos los parámetros de aquello que queremos evaluar. Por lo tanto, partiremos de la época franquista, en concreto de la ley de 1970 del ministro Villar Palasí, del documento Por una nueva escuela pública, del traspaso de competencias del Estado a la Generalitat, y de las leyes democráticas LODE, LOGSE con todas sus variaciones, aprobadas según el color del gobierno español del momento. Algunas, sin ni tiempo para aplicarlas.

Jacques Delors, que murió hace pocos días, en un informe para la UNESCO en la década de los 90 del siglo pasado, y bajo el título Educación: hay un tesoro escondido dentro, escribía: «En la perspectiva de los numerosos desafíos que nos reserva el futuro, la educación es un factor indispensable para que la humanidad pueda conseguir los ideales de paz, libertad y justicia social. La comisión —continuaba Delors— no considera la educación como un remedio milagroso o como una fórmula mágica que abre la puerta a un mundo donde se conseguirán todos los ideales, sino como un medio, entre otros, está claro, pero más que otros, al servicio de un desarrollo humano más auténtico y armonioso, y, por lo tanto, para hacer retroceder la pobreza, la marginación, la ignorancia, la opresión y la guerra». Hay que destacar la ambición que esta Comisión Internacional sobre Educación tenía para el siglo XXI. Fijaba la utopía necesaria que no podemos olvidar nunca y que, como educadores, debemos tener siempre presente.

La educación en la sociedad actual es un derecho humano y no lo tendríamos que considerar un bien de consumo, a pesar de que, demasiado a menudo —como nos decía Marta Mata— «tiende a mercantilizarse olvidando los valores y transmitiendo solo conocimientos». Kant, con su filosofía, afirmaba que el hombre solo puede convertirse en hombre a través de la educación, subrayando que una generación siempre educa a la posterior.

Cuando tratamos de la educación tenemos tendencia a girar hacia la enseñanza de cada materia y/o asignatura y lo hacemos porque es mucho más sencillo de cuantificar que las actitudes, los hábitos y el sentido crítico, entre otros, que identifican y modelan la personalidad del niño y el joven. La cuantificación y la comparación no son, posiblemente, los mejores aliados para valorar la educación como derecho humano, ni siquiera como bien de consumo, puesto que tendemos a la inercia de los conocimientos y a la memorización más que a los conceptos y a los valores.

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