En la hipótesis de un más allá, algunos sitúan a Maquiavelo en el Infierno y otros en el Paraíso. El verano de 1538, Reginald Pole, un cardenal inglés que residía en Roma, viajó a Florencia y se hizo con un ejemplar de El príncipe, que se acababa de publicar. «Apenas empezado el libro», escribió más tarde, «ya reconocí el dedo de Satanás». Veinte años después, El Príncipe fue incluido en el Index Librorum Prohibitorum. Demasiado tarde: ya se habían hecho quince ediciones y corría por toda Europa traducido al latín.

El impacto extraordinario del libro derivaba del hecho que, como el mismo Maquiavelo comentó, «Los otros han estado tratando de cosas imaginarias que no hemos visto nunca, yo trataré de la verdad efectiva de las cosas.» Había que partir de la manera como actuaban los humanos, de cómo se comportaban, y no de cómo tendrían que hacerlo.

¿Podemos considerar, entonces, El Príncipe un manual de instrucciones maquiavélico? Carl Schmitt decía que si Maquiavelo hubiera sido «maquiavélico» «habría escrito un breviario edificante, en vez de un libro de tan mala fama». Pero tal vez la verdadera intención de Maquiavelo era que discutiéramos sobre sus libros durante siglos. Si este fuera el caso, su maquiavelismo sería brillante. En lugar de verlo como la obra del diablo, muchos empezaron a ver El Príncipe como una denuncia encubierta de los métodos de los poderosos, y a su autor como un humanista republicano, el Galileo de la moderna ciencia política. Spinoza no le escatimó los elogios (acutissimus, vir sapiens, vir prudentissimus); Rousseau lo describió como «un hombre justo, un buen ciudadano que, fingiendo dar lecciones a los reyes, las daba los pueblos».

Quinientos años después de la muerte de Maquiavelo, sus escritos continúan más vivos, briosos y polémicos que nunca, dando argumentos a unos y a otros. Es cierto que dijo cosas diferentes en diferentes momentos, a veces de manera ambigua, o quizás paródica, o sarcástica. Él mismo lo admitió, en carta a un amigo: «Durante mucho de tiempo no he dicho lo que pensaba ni he creído lo que decía. Y si a veces he dicho la verdad, la he escondido bajo tantas mentiras que es difícil de encontrar.» Las circunstancias lo explican: no vivió tiempos tranquilos. Sus textos dejan ver rasgos de su carácter y de las circunstancias trágicas de su «tiempo desdeñoso y cruel» (firmó cartas a los amigos como Niccolò Machiavelli, historico, comico et tragico).

De adolescente, contemporizó con el dominico Girolamo Savonarola: veía bien el apoyo del fraile a un «gobierno ampliado» de la República de Florencia. Se fue alejando del predicador, harto de sermones, sueños apocalípticos, hogueras de las vanidades, y exhortaciones permanentes a la virtud y a la penitencia. Savonarola confundía, reflexionó Maquiavelo, su propia obstinación con los designios del Altísimo y dividía a la ciudad («Formó dos bandos, el de Dios, y este era el suyo y el de sus partidarios, y el del diablo, que era el de sus adversarios»).

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