En una entrevista previa a las elecciones municipales y autonómicas de 2015, el periodista Javier Gallego invitó a Pablo Iglesias al juego de comparar personajes de la serie Juego de Tronos con políticos españoles. Llegado el turno de Alberto Garzón, por entonces miembro destacado de IU, el líder de Podemos no dudó en compararlo con Ned Stark. Tratándose de un personaje que acaba la primera temporada con la cabeza sacrificada en una piqueta, parece que la irónica analogía ha terminado volviéndose contra el propio Iglesias. ¿Quién ha terminado siendo Ned Stark? Llamado por el rey de la capital para reformar un sistema amenazado por la corrupción, la «autenticidad» de Stark frente a una realidad hostil acaba arrojándole a la destrucción: el principio de realidad se impone. ¿En qué medida cuando Iglesias abandonó la política tras las elecciones madrileñas de 2021 por «no contribuir ya a sumar» reconocía, en cierto modo, que el sacrificio de Stark era ahora el suyo?

Ciertamente, podría replicarse con razón que si Alberto Garzón es hoy Ministro de Consumo en el gobierno es gracias al extraordinario terremoto que Podemos provocó en el ecosistema bipartidista español, un seísmo que terminó conduciendo al nada desdeñable primer gobierno de coalición de izquierdas de la historia española. Por otro lado, el abandono del gobierno por parte de Iglesias, más allá de otros cálculos personales, respondía a la necesidad de hacer frente a la amenaza de la desaparición política de Podemos en Madrid.

Podríamos también señalar que la renuncia de Iglesias, tras el éxito de llegar al gobierno en un momento en el que la formación no disfrutaba de sus mejores resultados electorales, no era consecuencia de ningún moralismo político o falta de pragmatismo, sino por su condición de «chivo expiatorio» de la derecha y su sistema mediático. La intensificación del antagonismo con la derecha le había quemado. Estos argumentos son, en efecto, razonables, pero ¿no es también cierto que el abandono de Iglesias de la política se produjo justo tras promover en Madrid una estrategia altamente polarizada con la derecha donde la interpelación a una determinada identidad moral, la trinchera de la izquierda antifascista y la resurrección de los viejos demonios de la historia española, saturó toda otra intervención programática?

 

Estrategia propositiva y feminista

Mientras, la apuesta de Iglesias para «salvar a Madrid» del fascismo, en un escenario marcado por los terribles efectos de la pandemia en la capital, terminó reforzando el discurso de Ayuso. Más Madrid, otra formación a la izquierda del PSOE surgida de la transformación de Podemos, ahora liderada por Mónica García, igualaba en escaños y superaba en votos al partido del candidato socialista, Ángel Gabilondo. Significativamente, el famoso sorpasso llegaba de otro lado y desde otra estrategia: más propositiva, feminista, transversal, sin apelar al miedo como régimen afectivo, modulando la polarización desde unos acentos no tan marcados por la identidad de izquierdas tradicional, intentando ampliar el tablero encogido por los otros competidores políticos.

Para comprender esto debemos regresar a 2011. En la crisis de régimen allí surgida no puede dejarse de lado la pregunta de en qué medida esta crisis también terminó arrastrando a la Izquierda clásica. No tanto por error de cálculo como por una actitud que le impedía dar un paso atrás y abrirse a una complejidad que requería una renovación de modelos de comprensión procedentes del marxismo ortodoxo. En la incapacidad de transmitir adecuadamente lo que entendía como sus «verdades» y luchas, y más preocupada en pensar en la demarcación urgente de posiciones que en las zonas ambiguas donde se albergan fuerzas de resistencia volátiles a la espera de su activación, esta Izquierda chocaba una y otra vez contra un muro de incomprensión justo por no trabajar en los territorios más ambivalentes del descontento social.

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Pese al interés de las corporaciones mediáticas en encasillar la irrupción de Podemos en 2014 como simple «partido de la ira», mera consecuencia «afectiva», de un conglomerado de expectativas e intereses provisionalmente defraudados por la crisis económica, lo que estaba en juego aquí era algo cultural y sociológicamente más decisivo. En esa traducción institucional del 15-M se abogaba por un retorno de la política y la capacidad de influir desde la ciudadanía en la toma de decisiones.

 

Un horizonte contaminante

No parece exagerado afirmar que la carrera política de Pedro Sánchez se vio impulsada por este nuevo clima. La perezosa comodidad de los diagnósticos que se limitaban a analizar Podemos como simple fenómeno reactivo de descomposición del sistema político dejaba pasar un dato importante: una nueva composición social estaba transformando la geografía social desde abajo y, harta de los cantos de sirena de la distinción neoliberal —«todos emprendedores»—, se resistía a dejar de decidir sobre su derecho al futuro.

La renovación interna en IU propiciada por Alberto Garzón y el pacto electoral con Podemos en 2016 abrió un horizonte contaminante en ambas formaciones. Mientras Garzón impulsaba un cambio de rumbo frente a la vieja guardia acercando el partido al escenario post 15-M, Pablo Iglesias modulaba la gramática populista y el andamiaje teórico brindado por Iñigo Errejón hacia posiciones cada vez más cercanas a la retórica de la izquierda histórica (crítica de los medios de comunicación, subordinación de la guerra de posiciones cultural al activismo antagonista). En este sentido hay un destacable valor simbólico en la imagen de Pablo Iglesias interviniendo como protagonista en la última fiesta del PCE. Una «vuelta a casa» respetable, pero que limita un posible relato del ciclo 2011-2021 al punto de vista de los hechos consumados, como si la astucia de la razón histórica hegeliana hubiera aprovechado las bisoñas pasiones de la «nueva política» para regresar al hogar.

Hay un destacable valor simbólico en la imagen de Pablo Iglesias interviniendo como protagonista en la última fiesta del PCE.

Uno de los diagnósticos del primer Podemos era, de hecho, la comprensión crítica de IU como un partido demasiado dependiente del PCE y poco sensible a las ambivalentes y heterogéneas mutaciones sociológicas y culturales reveladas en el 15-M. Un partido que se fortalecía internamente porque ocupaba una suerte de zona de confort histórico: estar por definición «a la izquierda del PSOE» y a la vez tener la posibilidad de presionar siendo virtual y ocasionalmente «muleta».

De ahí la necesidad del primer Podemos de huir de la etiqueta «a la izquierda del PSOE». Era preciso, pues, interpelar a la ciudadanía, al malestar social, a la «gente», pero no a una «izquierda» como fetiche que, cediendo el espacio mayoritario, terminaba consolidando al PSOE como único centro hegemónico posible. Por ello la imagen de «ocupar la centralidad del tablero» para el primer Podemos no significaba «moderarse» o «centrarse» o «venderse» a las reglas de juego sistémicas mediante una estrategia oportunista de márquetin político, sino aspirar a conquistar posiciones mayoritarias en un contexto histórico de crisis económica y cultural de régimen que, si bien no comportaba del todo una crisis orgánica institucional, apuntaba a la necesidad de una reorganización de sus estructuras de poder.

 

Maquinaria de movilización

Esta «ventana de oportunidad», se argumentaba en los documentos internos, no iba a durar siempre y debía aprovecharse armando rápidamente una maquinaria de movilización —Blitzkrieg— subordinando los procesos de construcción y deliberación democráticos del partido —la militancia de base agrupada en «Círculos»— al objetivo electoral. Retrospectivamente, podemos decir que si bien toda esta aceleración en torno al primer Congreso de Vistalegre construyó un partido prácticamente de la nada, también hipotecó su futuro al caudillismo de Iglesias y una estructura verticalista y plebiscitaria.

Por todo ello, para muchos activistas que intentamos desde 2011 ampliar el campo de batalla de la política española, la situación de finales de 2021 tiene algo de restauración del tablero de juego. El regreso a las coordenadas izquierda-derecha, la revitalización casi agónica del bipartidismo, el intento de consolidar la monarquía tras los escándalos del rey emérito, la crisis de renovación del poder judicial y el uso de la «amenaza fascista», ciertamente preocupante, como horizonte de movilización progresista son signos que hablan de una estrategia que solo parece definirse en términos reactivos, defensivos, muy poco expansivos en términos hegemónicos.

Tras las últimas elecciones hemos asistido a la redistribución inédita en el tablero de las casillas del PSOE y su izquierda.

Para intentar responder hoy a la pregunta de si saldremos de la situación actual acentuando el camino a «la Izquierda» o explorando espacios políticos nuevos, debemos reparar en estas estratificaciones históricas. La identidad que tradicionalmente IU y el PCE han tratado de proyectar en el margen izquierdo del PSOE, no consistía solamente en unos principios ideológicos traducidos de forma programática, sino también en recuperar una función, una casilla reservada en el tablero político español desde los albores de la Transición. En ese espacio la Izquierda se ha definido en relación con la centralidad de un PSOE que, en sintonía con la desideologización generalizada de la socialdemocracia europea, renunciaba y le cedía a aquella las luchas y los espacios simbólicos de la izquierda trabajadora.

 

Nuevos ejes reivindicativos

Tras las últimas elecciones hemos asistido a la redistribución de las casillas del PSOE y su izquierda en el tablero de modo inédito; se ha podido configurar un gobierno de izquierdas y solucionar una situación de desgobierno que ya estaba generando ansiedad, pero ¿desde qué marco de futuro? En España, el nuevo capítulo que nos va a tocar vivir dentro de ese resiliente relato llamado Régimen del 78 apunta a la cristalización de un bloque frágil de mínimos progresistas que empuña valores de protección social y laboral, de redistribución de la riqueza y comprometido retóricamente con los nuevos ejes reivindicativos (feminismo, ecologismo). Pero corre también el riesgo de quedar entrampado si se obstina, dada su fragilidad, en autodefinirse en términos meramente defensivos frente a la Derecha. Esta estrategia ha dado rédito electoral, pero no parece que pueda seguir valiendo como eje de futuro.

La renovación de la izquierda, sostenía Stuart Hall en los 80 invitando a extraer lecciones del thatcherismo, no podía venir simplemente ya de pensar y actuar de la misma forma, «solo que insistiendo más, más duramente y con más convicción». Más que preguntarse por la fidelidad al «verdadero socialismo», Hall entendía que los nuevos tiempos tardocapitalistas y las mutaciones posfordistas en las dinámicas laborales obligaban a extraer lecciones autocríticas de la impotencia de la izquierda y las razones del éxito hegemónico neoliberal. Por ello ni la socialdemocracia actual ni un eurocomunismo 2.0 pueden hoy constituir un bloque histórico de futuro presentándose simplemente como un bloque antifascista o impulsando el miedo a la involución.