Hace bien poco, los premios Oscar decidieron encumbrar Oppenheimer, ese mamotreto que reúne dos de las características que más gustan a los académicos de Hollywood: por un lado, apabullar al espectador con una narrativa acelerada y estruendosa, que no deje tiempo para pensar; por otro, fingir que esa es solo la excusa para regalarles un discurso comprometido sobre algún tema considerado «importante», en este caso la bomba nuclear, en un año en que tanto se ha hablado de ella a costa de un tal Putin.

Menos mal, sin embargo, que a rebufo del triunfo apabullante del film de Christopher Nolan se ha podido hablar también de algunas joyas ocultas que solo se han llevado migajas, sí, pero cuya presencia en la lista de ganadores ha servido, como se dice ahora, para «visibilizarlas» y «legitimarlas». Y algunas de ellas, incluso, pueden ser el punto de partida para desplegar una cierta reflexión sobre el cine de hoy, que es para lo que deberían servir los premios y demás celebraciones de la profesión cinematográfica.

Más allá de que Los asesinos de la luna, de Martin Scorsese, se fuera de vacío, con lo que ello significa en cuanto a decadencia de una determinada manera de hacer cine que ya casi no interesa a la industria, es curioso que una película tan singular como La zona de interés se haya alzado con dos premios, el de mejor película en lengua no inglesa y el de mejor sonido. Y es este último el que debería interesarnos, pues va directo al meollo del film que ha dirigido Jonathan Glazer, basándose muy libremente en la novela de Martin Amis: en él, la cuestión del Holocausto se aborda precisamente más gracias a lo que oímos que a lo que vemos.

En la pantalla, no hay otra cosa que la aburrida vida cotidiana de un comandante nazi y su familia, encerrados en una casa aséptica y pulida. El fuera de campo, en cambio, el espacio que no vemos, es el mismísimo infierno, pues la casa en cuestión ha sido construida al lado del campo de exterminio de Auschwitz para que el militar pueda ir cada día al «trabajo» sin necesidad de invertir demasiado tiempo en ello. Los gritos, los lamentos, los disparos, las explosiones, las torturas, los asesinatos impunes, son únicamente aquello que está en el otro lado, pero que la película se encarga de hacer aún más ominoso desde el momento en que nos impide verlo, exceptuando el humo que sale de los hornos crematorios

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