Cuando en febrero de 2020 murió Jean Daniel, el alma de Le Nouvel Observateur, le dedicamos un destilados en el cual se le consideraba uno de los ejemplos más patentes del periodismo con voluntad de influencia política, subrayando las ambigüedades de la relación promiscua entre el periodismo y el poder político.

Ahora, a raíz de la muerte de Eugenio Scalfari puede tener cierto interés recuperar aquel hilo. La trayectoria profesional del periodista italiano constituye otro ejemplo de periodismo con una fuerte vocación de intervención política. Así lo han destacado los obituarios, generalmente elogiosos, con frecuencia directamente hagiográficos, que le han dedicado propios y extraños.

Carlo Sorrentino en Il Mulino (15-7-22) no se atreve a considerar a Scalfari como el periodista italiano más grande del siglo XX, pero no duda en valorarlo como el más importante. La rotundidad de esta afirmación está ligada directamente a la máxima creación periodística de Scalfari: el diario La Repubblica, fundado en 1976. La Repubblica de Scalfari supuso, según Sorrentino, un cambio en el modo de hacer periodismo en Italia, la reinvención de la figura del director-editor y, sobre todo, el propósito de construir progresivamente un área cultural del país identificada con la corriente central de la izquierda italiana.

Ezio Mauro, su sucesor en la dirección de La Repubblica, incide en su obituario (14-7-22) en la concepción que del diario tenía un periodista de ideas como Scalfari: el diario como una máquina de conocimiento, que habría de crear un círculo virtuoso regido por el imperativo de la búsqueda de sentido que transforma la información en conocimiento, el conocimiento en conciencia y al lector en ciudadano. En definitiva, un propósito de crear un clima cultural que incidiera en la evolución política del país.

Filippo Ceccarelli, también en la edición especial de La Repubblica dedicada a su fundador (14-7-22), esboza el perfil político de Scalfari, continuador de una prolífica tradición periodística italiana de intervencionismo político. Ceccarelli repasa su evolución ideológica y política, arraigada en la tradición del liberalismo de Benedetto Croce y Luigi Einaudi y en la constelación de las personalidades reunidas en el grupo antifascista Giustizia e Libertà y en su efímera plasmación política en el Partito d’Azione en los primeros momentos de la posguerra.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

Así, Scalfari formará parte de la minoría liberaldemocrática en medio del duopolio político formado por la democracia cristiana y el partido comunista, que dominó la política italiana desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Se trataba de una minoría, con conciencia de élite, que propugnaba una democracia económica regulada por una intervención mesurada del Estado; que defendía la libre competencia económica, pero rechazaba tanto los monopolios públicos y privados como el liberalismo salvaje.

La Repubblica será la tribuna privilegiada desde donde ejercerá su vocación irrefrenable de intervención en la vida política italiana, convirtiéndose en el jefe de un partido sin partido.

No obstante, esta minoría no acabó de encontrar nunca el instrumento político idóneo para aplicar sus propuestas. Más bien trató de orientar e influenciar los programas políticos de los sucesivos gobiernos de la Primera República, los gobiernos monocolores democristianos, primero, y los de las coaliciones pentapartitas, después, hasta el colapso del sistema de partidos de 1992. En este contexto, Eugenio Scalfari se convirtió, según Alberto Asor Rosa, en la voz cantante de esta élite, en el predicador que difundía sus tesis. El diario La Repubblica será la tribuna privilegiada desde donde Scalfari ejercerá su vocación irrefrenable de intervención en la política italiana, convirtiéndose en el jefe de un partido sin partido, como maliciosamente comentó Giorgio Bocca, otro de los mitos del periodismo italiano.

 

Un poder considerable

Esta «especie de pasión por el poder político subrogado», en palabras de Raimon Obiols, ejercida por una personalidad fuerte y una pizca narcisista, se tradujo inevitablemente en filias y fobias. Obiols lo ha recordado en una de sus notas de verano (L’Hora, julio de 2022), en la que menciona concretamente las turbulentas relaciones de Scalfari con los socialistas italianos, con viejos resentimientos y una actitud desagradecida frente al generoso gesto de Pietro Nenni, cuando en 1969 lo integró en la candidatura socialista para proporcionarle inmunidad parlamentaria a raíz de la condena por unos artículos sobre el servicio de información militar y el jefe del cuerpo de carabineros.

Lo cierto, sin embargo, es que —como apunta Obiols— «durante más de 40 años, Scalfari no solo influyó mucho en la opinión pública de Italia, sino que creó realidad política con sus informaciones y opiniones. Encarnaba una suerte de contrapoder o de antipoder, que constituía en definitiva un poder considerable. Tan considerable que ha contribuido, en no menor medida, a dar forma al panorama político de la Italia actual».

Esta es la cuestión relevante: crear realidad política a partir de la capacidad de modelar una cultura política. Scalfari vio con simpatía la apertura preconizada por Aldo Moro y el compromiso histórico impulsado por Enrico Berlinguer, un movimiento frustrado por el terrorismo de los años de plomo que, como consecuencia, provocó el enroque del sistema. Giulio Andreotti y Bettino Craxi se convertirían en las bestias negras de Scalfari.

La Repubblica de Scalfari apostó desde sus inicios por la reforma de un sistema político que tendía peligrosamente a la entropía.

La incapacidad para desbloquear el sistema, condicionado por la vigencia del veto al Partido Comunista (el factor K), llevó al colapso de 1992, precipitado por la corrupción sistémica que afectaba a todos los partidos de gobierno. La Repubblica hará de la cuestión moral planteada por Berlinguer una de sus causas, obstinadamente batallada durante los años del berlusconismo. Al mismo tiempo, alentará el giro que en 1990 imprimió Achille Occhetto al PCI para transformarlo en el Partito Democratico della Sinistra, así como los sucesivos intentos —nunca del todo logrados— de consolidar un centroizquierda reformista y europeísta.

Dos grandes entrevistas pueden ofrecer una cierta aproximación al talante periodístico e intelectual de Scalfari. La primera, una larga conversación con Enrico Berlinguer (La Repubblica, 28-7-1981), en la que el dirigente del PCI esbozó un diagnóstico demoledor de la degeneración de la vida política italiana, con un titular impactante: «Los partidos ya no se dedican a la política.» Una afirmación argumentada así: «Los partidos de hoy son, sobre todo, maquinarias de poder y de clientelas: conocimiento escaso o falseado de la vida y de los problemas de la sociedad, de las personas; ideas, ideales, programas, pocos o vagos; sentimientos y pasiones civiles, cero […] Ya no son organizadores del pueblo, formaciones que promueven su maduración civil y su iniciativa: son, más bien, federaciones de corrientes, de camarillas, cada una con un jefe y sus subjefes.»

De ahí la prioridad obsesiva de la cuestión moral en la propuesta política de Berlinguer, compartida por Scalfari y La Repubblica, que —a raíz de unas elecciones en 1987— escribía: «Queremos recordar a nuestros lectores que, entre los muchos elementos de evaluación, hoy también votamos sobre la cuestión moral, para aislar y censurar a aquellos que han degradado la política como instrumento de mercancía pública y de enriquecimiento privado» (La Repubblica, 14-7-1987).

 

Una cuestión compleja

La segunda entrevista es una conversación ficticia entre Andreotti y Scalfari que imaginó Paolo Sorrentino en su película Il divo (2008) dedicada al «inquietante e indescifrable» político democristiano. La caricatura de los dos personajes resulta esclarecedora: el periodista habla más que el entrevistado, desprendiendo la suficiencia de quien se cree moralmente superior; el político —interpretado por el magistral Toni Servillo— responde imperturbable, gélido y lacónico al torrente de acusaciones sobre sus vinculaciones mafiosas, dando a entender que, sin su intervención, La Repubblica habría sido devorada por los tentáculos del berlusconismo naciente.

Ante la objeción de Scalfari/Bosetti de que la situación era un poco más compleja, la respuesta de Andreotti/Servillo es contundente: «Exacto. Usted es perspicaz y lo ha entendido a la primera: la situación era un poco más compleja. Pero eso no solo vale para su historia; también vale para la mía.» Ciertamente, la relación entre política y periodismo era y es una cuestión un poco más compleja.