Ninguna autonomía española compra tanto en otra como la aragonesa en la catalana. El Aragón del siglo XXI, con Cataluña cerca en todos los sentidos, tiene más posibilidades de robustecerse desde un aragonesismo que enaltece lo propio que vale la pena, que es mucho, y no precisamente por ser propio, pero al mismo tiempo participa de la necesidad de vigilar un trato equitativo entre regiones. Cataluña es hoy, con gran diferencia, el principal mercado de Aragón. Por tanto, nada de lo que suceda en Cataluña nos es ajeno a los aragoneses, como demuestra la dilatada interacción histórica entre ambos territorios.

Frente a pasados mitificados e incluso frente a disputas olímpicas, la perspectiva histórica ayuda a conocernos mejor y a crear espacios compartidos, a no practicar la ignorancia recíproca, origen de no pocas actitudes chovinistas y de relatos nacionales construidos ad hoc para satisfacer los propósitos del presente. En otras palabras, subrayamos la necesidad de «pensar históricamente», en palabras de Pierre Vilar, como estrategia de enfriamiento frente al recalentamiento político de los últimos años.

Durante la época contemporánea han primado las complementariedades históricas y las amplias influencias entre Aragón y esas «tierras al Este» a las que se refiere la canción de José Antonio Labordeta, y desde donde llegaron a menudo aires de renovación. Eso sí, no han faltado fricciones por el camino. Es ineludible que la convivencia vaya salpicada de conflictos, como suele ocurrir entre viejos vecinos de territorios colindantes. Pero, como hicieron nuestros antepasados, hemos de encontrar vías de colaboración y caminos que aviven diálogos. Seamos propositivos, aunque resulte más fácil construir el «no» y un discurso siempre negativo, por la capacidad que tiene de aglutinar frente al otro. Pero lo decisivo es ser capaces de edificar un «sí alternativo», de desarrollo y de progreso, de bisagra si es preciso entre distintos proyectos territoriales, reconociendo que la diversidad es intrínseca en España por historia, por derecho y por cultura.

Asumamos la diferencia y seamos capaces de transformarla en una fuerza endógena, no siempre exógena, alejados de visiones unívocas que no sirven ni para Cataluña ni para España. Y en esa construcción de identidades colectivas no excluyentes, miremos más hacia Europa si queremos seguir siendo actores de nuestro destino. Los ciudadanos queremos más Europa, pero de nuevo cuño, más grande y más pequeña a la vez. Es decir, una Europa no entendida estrictamente como un Estado en sentido jurídico o centralista, sino como un conjunto articulado, al mismo tiempo supranacional y federal, que atienda lo cercano y se sitúe en el mundo ante los nuevos desafíos de la globalización y de la geoestrategia actual.

«Cataluña fue el principal destino de la emigración aragonesa hacia cualquier destino», han escrito los profesores Vicente Pinilla y Javier Silvestre. Este trasvase de población ha generado unas redes de sociabilidad enormes. Más de 200.000 aragoneses viven en Barcelona y su área metropolitana. A comienzos del siglo XX, hace aproximadamente cien años, se estimaba en unos cincuenta mil el número de aragoneses residentes en Barcelona, entonces casi el 10 % de su población. Fruto de esa corriente surgieron el Centro Aragonés de Barcelona y, poco después, el Centro Obrero Aragonés (COA), entre otros espacios de sociabilidad y apoyo mutuo. Hay más de sesenta centros aragoneses por todo el mundo, principalmente en España, Europa y América; el más importante de ellos es el de Barcelona. Muchos de sus socios añoran sus pueblos de origen, pero valoran las posibilidades de trabajo y de felicidad que les ha ofrecido Cataluña sin necesidad, durante años, de realizar grandes piruetas identitarias.

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Intercambio de talento

Entre Cataluña y Aragón tampoco han faltado intensos flujos energéticos, vías de comunicación compartidas, empezando por el Ebro, y abundantísimo intercambio de talento. Hasta el desarrollo de la conciencia aragonesista debe mucho en origen a personalidades como Gaspar Torrente o Julio Calvo Alfaro, ambos emigrantes en Barcelona, y a la revista El Ebro, publicada en la Ciudad Condal a partir de 1917.

Durante el siglo XVIII y primer tercio del XIX, la Universidad de Huesca registró una importante afluencia de alumnos catalanes.

Francesc Cambó anunció, cuando era ministro de Fomento, que la energía hidroeléctrica se había de convertir, en unos pocos años, en un «arma formidable de dominación económica» y comparaba su trascendencia con lo que había supuesto la red ferroviaria en el siglo XIX. No se equivocaba Cambó: resultó muy importante la explotación de recursos hidráulicos aragoneses («la hulla blanca») con la finalidad de transferir energía hacia el área industrial y urbana de Barcelona, especialmente en momentos de colapso energético. Se abasteció la demanda catalana de fluido eléctrico, a veces con altos costes en términos de despoblación en los lugares originarios de esa energía, como sabemos bien en Aragón.

Con respecto a la circulación del talento, por fortuna no conoce fronteras. Vayan por delante un par de ejemplos: hasta su clausura en 1707, el Studium Generale ilerdense fue polo de atracción de estudiantes del viejo Reino de Aragón. Personajes tan renombrados como José de Calasanz o Pedro Cerbuna, fundador de la Universidad de Zaragoza, recalaron en las aulas de Lérida. Y, a la inversa, durante el siglo XVIII y primer tercio del XIX, la Universidad de Huesca registró una importante afluencia de alumnos catalanes. La circulación del talento no cesó en las décadas siguientes, con profesores y estudiosos que transitaban desde Aragón a Cataluña, o viceversa.

Nos entusiasma un autor de frontera, integrador y tolerante, como fue Jesús Moncada.

Así, muchos catedráticos aragoneses ejercieron en Barcelona (Castro y Calvo, Odón de Buen, Sánchez Sarto) o desempeñaron su labor en Zaragoza para después trasladarse a Barcelona, como Vicens Vives o Fabián Estapé. Hemos de recordar también al rector Badía i Margarit, estudioso del catalán en la parte oriental de Aragón o, más cercano a nosotros en el tiempo, al periodista Joaquim Ibarz, nacido en Zaidín (Huesca) y corresponsal de La Vanguardia en América Latina durante 25 años, quien tanto escribiese contra el intento de construir una central nuclear en Chalamera, pero también en Ascó o en Lemóniz.

 

Escritores aragoneses en Cataluña

Los Blecua encarnan dos generaciones muy brillantes de aragoneses en Cataluña, sin que podamos pasar por alto a otros estudiosos catalanes que han analizado Aragón, como Víctor Balaguer, Ramón d’Abadal y sus estudios sobre la expedición de Carlomagno a Zaragoza, Bosch i Gimpera y sus excavaciones de cerámica ibérica en Calaceite, Feliu y sus escritos sobre La Dolores… El propio Ramón y Cajal subrayó, en cita autobiográfica, sus éxitos investigadores en la Cátedra de Histología de Barcelona.

Desde Javier Tomeo a Ignacio Martínez de Pisón, desde José María Latorre a Carlos Castán y Javier Sebastián, la importancia de los escritores aragoneses en Cataluña es evidente. Nos entusiasma un autor de frontera, integrador y tolerante, como fue Jesús Moncada, exponente máximo de esa dualidad catalanoaragonesa llevada a la excelencia desde Mequinenza, «esa isla proletaria en medio de un mundo agrario» tan bien trazada en Camí de sirga. Moncada se refugiaba en su silencio y, como ha indicado Ramón Acín, «propendía a una ocultación casi espartana, dando la callada por respuesta en el guirigay de la olla de grillos que, muchas veces, parece ser la literatura».

No menos relevante fue la hégira de los músicos populares aragoneses hacia Barcelona a partir de 1960. Los primeros rockers de Zaragoza, pioneros en España merced a las influencias musicales que llegaban desde la base americana, emprendieron el camino hacia Barcelona, centro neurálgico entonces de la industria musical y discográfica española.

El futuro pasa por la colaboración fructífera entre Cataluña y Aragón, sobre la base de relaciones bilaterales intensas.

Existen nexos de unión difíciles de borrar, aunque algunos quieran obviarlos o incluso negarlos. En asuntos lingüísticos todavía cuesta utilizar el apelativo de catalán en la franja oriental de Aragón y algunos prefieren la denominación de xapurreat, que implica en su origen una valoración poco favorable de la lengua, u otras acepciones más localistas (lliterà, tamarità, fragatí, maellà, etc.). En estas tierras, a caballo entre Aragón y Cataluña, dejan de coincidir los límites administrativos oficiales con los lingüísticos, económicos, eclesiásticos o naturales. A todo ello cabe añadir la utilización de infraestructuras comunes, empezando por el Canal de Aragón y Cataluña, esas «compuertas regeneracionistas» por las que tanto bregara Joaquín Costa, hoy aprovechado por gentes de uno y otro lado.

 

Territorio de contacto

Desde la Ribagorza hasta el Matarraña, el mejor futuro para la zona pasa por la suma de esfuerzos y por una mejor coordinación entre las administraciones catalana y aragonesa en el desarrollo de este territorio de contacto. Porque, como ha escrito Eloy Fernández Clemente, «hablar es algo más que emitir sonidos y palabras, es ser de una determinada manera, pensar con esas alcayatas verbales, sentir de un modo muy especial». Otro experto profesor, Javier Giralt, nos ofrece alguna clave de futuro que conviene ser rumiada por todas las partes: desde Aragón debería aceptarse sin problemas la catalanidad lingüística y cultural de la Franja, y al mismo tiempo debería desaparecer el mensaje intervencionista que se propaga desde Cataluña, interpretado por algunos sectores de la sociedad aragonesa como anexionista.

No nos dejemos llevar por los intereses de algunos dirigentes políticos del momento, cuyos antagónicos discursos independentistas, por un lado, y recentralizadores, por otro, se retroalimentan. El futuro pasa por la colaboración fructífera entre Cataluña y Aragón, sobre la base de relaciones bilaterales intensas. Nos perdonará Ortega y Gasset si le llevamos la contraria: en este caso, no basta con «conllevarnos».