El periodista Mateo Madridejos Vives (Quesada, Jaén, 1932-Barcelona, 2023), que falleció el pasado 21 de mayo, adiestraba con el respeto propio de un hombre de valores humanos y el acierto de un sabio del oficio a los alumnos en prácticas con contrato de auxiliares de Redacción. Llegábamos al diario Tele/eXpres desde la Escuela de Periodismo de la Iglesia, en el CICF, de la mano de su amigo y redactor jefe Josep Pernau Riu (Lleida, 1930-Barcelona, 2011), nuestro profesor de primer curso, que tenía un método ingenioso para hacernos leer y entender los periódicos barceloneses: preguntaba cada tarde qué noticias del día nos habían llamado a la atención y pedía que las comentáramos y valorásemos. Mateo Madridejos ampliaba aquel magisterio de Pernau en la sección de Internacional que dirigía guiándonos en la lectura de la prensa extranjera. Fue mi primer jefe providencial. Era nuestra inmersión profesional en aquel verano de 1966.

Aparte de iniciarnos en los rudimentos de la profesión (ordenar textos llegados por télex y teletipo), la receta que Mateo Madridejos prescribía a los aprendices de redactor de información internacional contenía dosis efectivas de espíritu crítico. De entrada, aprendíamos a cribar el aluvión de despachos de agencias extranjeras y a contrastarlos con criterios que otro periodista de aquella época, Manuel Vázquez Montalbán, también había razonado desde la cárcel en su libro mítico, Informe sobre la información (Editorial Fontanella, 1963): el mundo de la recogida y transmisión de noticas a escala global estaba repartido entre dos agencia norteamericanas (UPI y AP), la soviética (TASS), la francesa de sensibilidad izquierdista (AFP) y la británica con pretensiones de neutralidad (Reuters). Esta perspectiva taxonómica fue fundamental para cubrir periodísticamente la guerra de los Seis Días (del 5 al 10 de junio de 1967) desde la mesa de redacción que encabezaba Mateo Madridejos en la sede de Tele/eXpres, ya en la calle Tallers, en la parte posterior del edificio de La Vanguardia.

 

Admirador de Josep Maria Massip

Una dosis complementaria de esta primera medicina preventiva para no caer en las enfermedades de la ingenuidad o del maniqueísmo eran sus consejos para ponderar las crónicas de corresponsales de otros diarios y de los comentaristas extranjeros. Una muestra de la ecuanimidad de Madridejos era que nos aconsejaba que siguiéramos lo que publicaba un corresponsal catalán en Washington, Josep Maria Massip. Según Mateo Madridejos, aquel periodista exiliado —o emigrado— era el mejor de entre los que trabajaban desde fuera para diarios editados en España. Madridejos, a quien nadie podía calificar de catalanista, valoraba el talento de un periodista que había sido director de diarios de Esquerra Republicana y a quien habían atribuido la redacción de una pieza oratoria modélica —desde el punto de vista técnico de la estructura argumentativa empleada—, como lo era el discurso que el 6 de octubre de 1934 pronunció el presidente Lluís Companys desde el balcón de la Generalitat al proclamar el Estat Català de la República Federal Española.

Aquella dieta profesional cotidiana era un tratamiento preventivo adicional a la precaución de saber de qué bloque geoestratégico procedían los alimentos informativos.

La fórmula magistral de Mateo Madridejos en el preparado de la vacuna para evitar que los jóvenes periodistas pillaran el virus de la parcialidad o la tendenciosidad era preguntarnos qué nos había llamado más la atención al escuchar y contrastar la noche anterior (aquel diario salía a mediodía) los boletines radiofónicos informativos extranjeros, sobre todo de la BBC (donde había que destacar las emisiones en castellano y el espacio semanal en catalán de Josep Manyé Jorge Marín), pero también de otras emisoras de onda corta (La Voz de América, Radio France Internationale, Radio Moscú, Radio Pequín…). Incluso nos sugería qué receptor de radio nos convenía tener. Aquella dieta profesional cotidiana era un tratamiento preventivo adicional a la precaución de saber de qué bloque geoestratégico venían los alimentos informativos.

 

Raíces cristianas y marxistas

De la actitud de Mateo Madridejos de no casarse con ningún partido político ni con ningún bando en aquella época de guerra fría no puede concluirse que fuese un hombre indiferente o insensible en materia ideológica. Era un periodista comprometido con los principios éticos de la profesión: verdad, libertad, justicia equitativa, solidaridad humana, responsabilidad social. Era una persona de convicciones de raíz cristiana y marxista, pero crítico y distante frente a las organizaciones que históricamente capitalizaban aquellos idearios que él mantenía.

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Mostraba también su honradez en cuestiones prácticas de la vida. Nos daba ejemplo en su iniciativa personal de hacer declaración de renta. En aquellos años no era obligatorio para los asalariados. Ante nuestra sorpresa de jóvenes idealistas y antifranquistas, explicaba que un gesto propio de la gente de izquierdas de verdad era contribuir voluntariamente, solidariamente, aunque fuera de forma modesta, al mantenimiento de los servicios sociales del Estado, pese a que hubiera una dictadura. En lo que se refiere al respeto a las formas de vida de los creyentes, nos había explicado el caso del político italiano Enrico Berlinguer, el líder eurocomunista, que cada domingo acompañaba a su mujer a misa. En este sentido, admiraba también a los comunistas catalanes que nadaban con coraje a contracorriente, como Alfonso Carlos Comín, católico practicante, o Jordi Solé Tura, que entonces acababa de publicar el libro Catalanisme i revolució burgesa (Edicions 62, 1967) en plena eclosión de un «compromiso histórico» a la catalana que, como el italiano, pronto se frustraría.

Mostraba también su honradez en cuestiones prácticas de la vida. Nos daba ejemplo en su iniciativa personal de hacer declaración de renta.

 

Radicalmente ecuánime

Mateo Madridejos tenía el coraje de predicar de palabra y obra este talante abierto, radicalmente ecuánime, implícitamente progresista, a jóvenes deslumbrados por el prestigio de los comunismos hegemónicos en la clandestinidad bajo la dictadura franquista. Una prueba de su confianza en los estudiantes que trabajaban con él en el diario es que en la redacción del Tele/eXpres nos encargaba artículos desde el primer día, textos que como jefe de sección enviaba a los talleres después de hacer sólo una corrección lingüística.

Supongo que aquellos valores los mantuvo cuando, después, trabajó en El Noticiero Universal, Mundo Diario, Hoja del Lunes, El Periódico de Catalunya y El Observador. En todos estos diarios publicó, naturalmente, artículos, comentarios y análisis. También en semanarios como el Destino dirigido por Néstor Luján y en L’Hora, que dirigia Pere-Oriol Costa y donde publicaba en catalán —como Vázquez Montalbán, años más tarde, en el Avui—, ambos sin prejuicios ni reticencias para que su trabajo fuese traducido a una lengua de la que no eran militantes prácticos.

Mateo Madridejos tenía unos referentes indiscutibles: el estadounidense Walter Lippman y el británico Edward Hallett Carr.

Madridejos era un periodista de opinión en materia internacional que destacó por su agudeza interpretativa, pero también por una prosa muy cuidada, concisa, precisa y bien documentada, deudora de la escuela anglosajona, que en Cataluña tendría continuidad en el Xavier Batalla de La Vanguardia. Tenían ambos unos referentes indiscutibles: el estadounidense Walter Lippman y el británico Edward Hallett Carr.

La tradición en este campo, en Cataluña, había sido siempre muy incipiente. En el período más reciente de esta escasa tradición destacaban los hermanos Santiago y Carlos Nadal en La Vanguardia de la postguerra, y si vamos retrocediendo hasta las vísperas de la guerra de 1936-1939, encontraríamos figuras de relieve como Antoni Rovira i Virgili, Joaquim Pellicena, Just Cabot, J.V. Foix, Eugeni Xammar y Josep Maria Massip (a quien, como he dicho, tanto respetaba Mateo Madridejos, al menos como corresponsal). Si nos remontamos al siglo XIX sólo encontraríamos unas prácticas tangenciales y dispersas en Valentí Almirall y en Josep Coll i Vehí, en la modalidad del comentario, y en Sadurní Ximénez y Víctor Balaguer, en el cultivo de la crónica de guerra.

Dentro de la historia del periodismo analítico especializado en política internacional Mateo Madridejos ha sido, pues, en Cataluña un hito relevante, un clásico si queréis, o mejor aún, el artífice de una renovación de este género en la prensa en lengua castellana del siglo XX.

Además de los siete libros publicados entre 1973 y 2021 en materia de política internacional y del erudito Diccionario onomástico de la Guerra Civil (Flor del Viento Ediciones, 2006), el periodista Mateo Madridejos, licenciado también en Historia, se propuso hacer la tesis doctoral sobre el Portugal contemporáneo, dirigida por el profesor Nazario González, historiador que había impartido cursos de doctorado a principios de los años 80 sobre  la metodología para los estudios comparados entre Periodismo e Historia, que fundamentaron y estimularon en Cataluña investigaciones posteriores en el campo de la periodística de los géneros y de los autores que yo mismo sigo cultivando.

 

Muy viajado y bien viajado

Mateo Madridejos era también un hombre muy viajado y bien viajado. En este sentido, resulta revelador de sus cualidades humanas y profesionales releer el artículo que escribió en El Periódico de Catalunya el 15 de noviembre de 2011, al día siguiente de la muerte de su amigo y compañero Josep Pernau. Allí muestra un agradecimiento implícito y explica el origen de una amistad entrañable, con el recuerdo de sus primeros años en Tele/eXpres. Tal como reconocía Madridejos en aquel obituario dedicado a Pernau, «la salida de Tele/eXpres fue un revulsivo para la prensa catalana». Los que trabajamos en aquel diario ya en los años 60 coincidimos en recordar que era una redacción en la que convivían varias almas, en la que predominaban los periodistas de expresión y cultura castellanas, pese a que la dirección estaba más vinculada a la expresión y la cultura catalanas, y en la que un núcleo de profesionales mantenía posiciones reaccionarias y otro núcleo se afanaba en avanzar hacia posiciones progresistas.

Madridejos reconocía en el obituario dedicado a Pernau que «la salida de Tele/eXpres fue un revulsivo para la prensa catalana».

Todos hacíamos un ejercicio exitoso de convivencia. En aquel artículo, Madridejos explicaba así su incorporación a Tele/eXpres: «Pernau, redactor jefe, al que había conocido en Sitges en un cursillo de perfeccionamiento profesional, me pidió que me hiciera cargo de la sección de Internacional. A la naciente amistad se añadió una estrecha colaboración profesional y unos intereses comunes que en aquellos momentos estaban centrados en la escalada que experimentó la guerra del Vietnam inmediatamente después del asesinato de John F. Kennedy y la toma del poder por el vicepresidente Lyndon Johnson». Prueba de la amistad y de la afinidad política entre Madridejos y Pernau fue el viaje personal, mencionado en aquel artículo que los dos periodistas y sus esposas respectivas hicieron a Praga en agosto de 1968 «para saludar el advenimiento de la primavera [la de Alexander Dubcek]».

 

Una cierta resignación estoica

Licenciado en Derecho, como muchos otros periodistas de aquellas generaciones y de las anteriores, Madridejos había trabajado en Madrid en servicios jurídicos de la administración pública. En 1963, al llegar a Barcelona con su mujer, Montserrat Mora, entró como redactor en Solidaridad Nacional, diario del régimen en el cual también había trabajado Manuel Vázquez Montalbán hasta un año antes. No había mucho donde elegir a la hora de encontrar trabajo en los medios de comunicación de aquella época. Quizá era eso lo que nos venía a decir Mateo Madridejos cuando, a propósito de otros temas de conversación distendida, repetía a menudo a sus compañeros de redacción con cierta resignación estoica una frase no del todo enigmática: «En peores garitas he hecho guardia…»