Finales de los años 60. Al final de aquella Rambla que era una fiesta continua, según el dibujante y pintor Nazario, en el Jazz Colón sonaban A Whiter Shade of Pale, de Procol Harum, y Rain and Tears, de Aphrodite’s Child. Pese a que Franco todavía deambulaba por el Pardo, aquellas canciones, de cuya letra no entendíamos ni jota, aunque sí saboreábamos una melodía que hacía menear el esqueleto, fueron para toda una generación un símbolo de una libertad individual que arrumbaba las restricciones impuestas por la moral más rancia. Aphrodite’s Child lo crearon en París unos músicos griegos y, si la voz la ponía Demis Roussos, el cerebro era de Vangelis.

 

Comienzos de los años 80. Los británicos estaban un poco desconcertados porque, pese a haber ganado la guerra, eran muy conscientes de que habían perdido el imperio. El optimismo thatcherista de aquellos primeros años necesitaba una reactivación del espíritu patriótico, de la identidad nacional, y también se quería dar impulso a la cultura del individualismo promovida por la primera ministra, Margaret Thatcher. Carros de fuego (1981), la película de Hugh Hudson, que era una historia de lo que hoy llamaríamos resiliencia, sobre dos improbables atletas que, pese a todo, ganan el oro olímpico, logró una cosa y la otra. La cinta se llevó cuatro Óscar, entre ellos, a la mejor película y la mejor música (¡competía con John Williams!). Y aquella banda sonora, de la que todos recordamos las nítidas notas de un piano acompañando a los atletas que corren a cámara lenta, era una parte inseparable de aquella película tan redonda y de su éxito multitudinario. El autor, Vangelis.

 

Últimos cuarenta años. Desde 1982 hasta ahora mismo, y en un crescendo de popularidad, la distopía Blade Runner, de Ridley Scott nos ha puesto frente a los miedos que nos angustian y que van también in crescendo cuando pensamos en un futuro que cada vez está más presente, lleno de enigmas, y que parece abocarnos al desastre. Esta película de culto está considerada una de las más influyentes del siglo XX. También en este caso da la impresión de que el film no podría existir sin su música, una presencia constante y a veces muy sutil en su melancolía, como al final, cuando acompaña el monólogo Tears in Rain del replicante. El autor, Vangelis.

Su largo viaje musical lo llevó desde los Aphrodite’s Child a poner música a aventuras espaciales de la NASA.

Desde aquel Rain and Tears de 1968 a este Tears in Rain y de tantas y tantas composiciones que aún vendrían después, la música de este griego afincado en Londres, fallecido el pasado mes de mayo a los 79 años, nos ha acompañado, quieras que no, durante más de medio siglo. Lo ha hecho en los discos, en los cines, en la televisión y la radio, en los anuncios, en los ascensores, en las salas de espera y en muchos otros lugares y en muy diferentes circunstancias.

La música de Vangelis es difícil de catalogar, entre otras cosas porque era una música nueva que evolucionaba y, a la vez, creaba escuela. ¿Rock progresivo, rock sinfónico, música electrónica, ambiente, new age, nuevas músicas, música clásica contemporánea? Sea lo que sea, es una música que forma parte de nuestras vidas.

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Nombres predestinados

De nombre Evángelos Odysséas, dos patronímicos que ya parecían predestinarlo, y de apellido Papathanassiou, conocido como Vangelis (1943), nació en Agria (hoy incorporada a Volos), durante la ocupación alemana de Grecia, en el seno de una familia acomodada. Esto de la familia con posibles siempre ayuda, porque ya de muy jovencito poseía un objeto difícil de encontrar entonces —y menos aún en una Grecia empobrecida, primero, por una guerra mundial y, luego, por una guerra civil— como era un sintetizador. Formación musical académica tenía poca. Decía que no le hacía falta leer las notas. Lo que le interesaba antes que la propia música era el sonido. Y eso es lo que hizo toda la vida, explorar, buscar la sonoridad, descifrar su composición sin olvidar nunca la melodía.

En 1967 triunfó en Grecia un golpe de estado militar y Vangelis se fue del país, pero, según decía, no lo hizo por razones políticas. Tenía una crisis creativa que paralizaba su producción y pensaba que si se iba quizá tendría el éxito que en su país se le resistía. La meta era ir a Londres, pero por una serie de circunstancias fue a parar a París, donde vivió el Mayo del 68. Allí nació Aphrodite’s Child, un grupo de pop que, sin embargo, bebía de la música clásica. Uno de sus primeros éxitos, Rain and Tears, por ejemplo, es una adaptación del canon en re mayor del músico barroco Johann Pachelbel. Y en uno de los vinilos sencillos que grabaron figura en una cara I want to live (1969), una versión de la canción Plaisir d’Amour de Jean Paul Égide Martini (Martini il Tedesco), compositor del siglo XVIII.

 

Fotogramas de Blade Runner, 1492, Conquest of Paradise, Carros de fuego y Missing. Todas ellas con música de Valgelis.

Fotogramas de Blade Runner, 1492, Conquest of Paradise, Carros de fuego y Missing. Todas ellas con música de Vangelis.

 

La banda se movía en el terreno de la psicodelia, pero Vangelis empujaba para adentrarse en un terreno más experimental. 666 (El Apocalipsis de Juan 13/18), una adaptación musical hecha por Vangelis de pasajes de los Evangelios publicada en 1972, fue un álbum pionero del rock sinfónico. Fue un proyecto muy influyente que le causó al grupo más de un quebradero de cabeza, porque en algunos sitios se consideraba que contenía mensajes satánicos y obscenos. Así lo creían los que encontraban ofensiva una interpretación orgásmica de la actriz Irene Papas, que colaboró en el álbum. En cambio, a Salvador Dalí el disco le parecía fantástico, digno de todos los elogios. Este fue también el último fruto de Aphrodite’s Child, que se deshizo aquel mismo año por las posturas poco conciliables de Vangelis, que quería seguir por el camino de la experimentación, y de Roussos, que insistía en la vertiente más comercial.

Un año después, en 1973, publicaba Earth, su primer álbum en solitario, que entraba de lleno en el terreno del rock progresivo y marcaba claramente el camino que seguiría en el futuro hacia una dimensión extraterrestre, hacia un escenario espacial, con el uso de sintetizadores, pero manteniendo un carácter sinfónico. Después llegaría Heaven and Hell (1975), con el que estrenaría su estudio de grabación, Nemo Studios, un paraíso dotado con los sintetizadores más modernos y potentes. Carl Sagan, el divulgador científico que explicaba en la televisión la historia de la astronomía, acabó de lanzar a Vangelis al espacio galáctico cuando convirtió una parte de aquel álbum, el Movimiento 3, en la sintonía de su serie Cosmos: un viaje personal.

Su búsqueda lo llevó a crear un sonido único, hecho de electrónica, a base de teclados y también de orquesta sinfónica.

En 1976 salía Albedo 0.39, donde estaba una de las piezas de Vangelis que hizo más fortuna, la archiconocida y archiutilizada para todo tipo de ocasiones Pulstar. El compositor seguía volando por el espacio y, de hecho, el título del disco es una referencia a un fenómeno planetario, pero aquí aparece el jazz y el rock. Después siguieron Spiral (1977) y el más experimental Beauburg (1978). Los años 80 fueron los de su reconocimiento más masivo gracias, principalmente, al cine.

Antes de Carros de Fuego ya había hecho bandas sonoras, pero fue aquella película la que lo catapultó a la cima de la popularidad más mainstream. Pese a este éxito masivo y a otros que vendrían después, como las bandas sonoras de la ya mencionada Blade Runner, o 1492, La Conquista del Paraíso, también de Ridley Scott, Missing de Costa-Gavras, o El Greco de Yannis Smaragdis —con una intervención de Montserrat Caballé—, Vangelis no quiso encasillarse en esta faceta de compositor de grandes películas de éxito comercial. Colaboró en otros proyectos menos masivos, poniendo música a muchos documentales del director francés Frédéric Rossif, entre los que destacan los dedicados a los artistas Georges Mathieu, Georges Braque y Pablo Picasso.

Sin embargo, la espectacularidad de su sonido, de su música, hizo que recibiera encargos para eventos deportivos multitudinarios y, por su carácter sideral, de la agencia espacial europea (ESA) y de la NASA, para quien compuso Mythodea con ocasión de la entrada en órbita de la sonda espacial Mars Odyssey. Como no podía ser de otro modo, su último álbum, Juno to Jupiter (2021) también viajaba al espacio.

 

Siempre más allá

Vangelis decía que la música era la única manera que tenía de comprender el mundo, que siempre lo había entendido como un código, un secreto que había que descodificar. Su exploración lo llevó a crear un sonido único hecho de electrónica a base de teclados, pero también de orquesta sinfónica. Lo que quería era precisamente ir más allá de lo que podía hacer una orquesta, ver sus límites y expandirla con los teclados. A los puristas que le criticaban diciendo que un sintetizador es una máquina, que no produce un sonido natural, respondía que los primeros instrumentos de la humanidad, una flauta o un tam-tam, también eran máquinas, objetos con los que se intentaba imitar el sonido natural, pero que no lo producían, que iban más lejos. Eso era lo que quería hacer y lo que hacía, ir siempre más lejos, pero con un gran respeto por la melodía, que, según decía, era la cosa más difícil de expresar.

De joven, Vangelis buscaba el éxito y, de hecho, triunfó muy pronto. También descubrió muy pronto que la fama convierte al artista en un producto, que atrapa y limita los márgenes de la creación, porque la fama es una dictadora. Seguramente por eso, pese a sus éxitos multitudinarios, Vangelis fue un personaje esquivo, difícil de entrevistar, un músico al que en público solo le gustaba hablar de música y ni siquiera demasiado, y en su intimidad, además de explorar sonidos, pintaba, esculpía y cocinaba.

En los años en que su música se definía todavía como música electrónica, las casas discográficas y los seguidores crearon una gran rivalidad entre él y el compositor Jean-Michel Jarre para ver quién era el mejor. Seguramente, en su viaje galáctico desde la tierra hacia el asteroide 6354 que lleva su nombre, el compositor ahora desaparecido vio un tuit de aquel competidor. Jarre le decía: «Querido Vangelis, siempre recordaremos tu toque y tus emotivas melodías. Tú y yo siempre hemos compartido la misma pasión por los sintetizadores y por la música electrónica. Descansa en paz.» La misma pasión, sí. La misma grandeza, quizá no.