No era un hombre simpático, amigo de recursos populistas como otros líderes o caudillos latinoamericanos de la época. De personalidad fuerte, no acostumbraba a caer en falsas simpatías para ganarse a las personas, a las multitudes o a la prensa. Ya presidente, era todo un espectáculo verlo enfrentándose con las armas muy afiladas al avispero de las ruedas de prensa de los corresponsales extranjeros. Duro, cortante, sin ninguna concesión. Como un boxeador atento a no permitir ninguna aproximación a su adversario, a no permitirse ninguna debilidad. A golpear dialécticamente si lo golpeaban. Salvador Allende translucía en todo momento el peso, la plena conciencia de quien sabe lo que el país y él mismo se estaban jugando.

En 1972, y con más intensidad en 1973, cualquier nuevo aterrizaje en la realidad de las calles de Santiago o en las plazas del interior del país evidenciaba que la euforia del inicio había ido desapareciendo gradualmente del espacio público y de las caras de los militantes y simpatizantes de la Unidad Popular. Y que esta pérdida de alegría y esperanza obedecía, no tanto a las colas, al desabastecimiento, al mercado negro, las huelgas, la bajada del precio del cobre o la inflación, como a la conciencia de la debilidad del gobierno ante una oposición desatada; pero, sobre todo, al miedo a un golpe militar, a un estallido de violencia empapada de venganza que pusiera fin a la experiencia allendista y a las ilusiones de los sectores populares que le apoyaban. En los primeros meses de 1973, el golpe se olía ya en el aire y en la insolencia de los futuros vencedores. En los muros de Santiago podía leerse «Ya viene Yakarta», recordando el sangriento putsch de Indonesia.

En aquel Chile incierto tampoco faltaban las controversias clásicas y, al parecer, inevitables en este tipo de procesos. La crisis, las dificultades para avanzar en el proceso de reformas y las dinámicas internas y externas agudizaban las divergencias en el pluripartidismo que daba forma a la Unidad Popular: fricciones entre socialistas y comunistas, continuo cambio de acusaciones entre el Partido Comunista y el Mir, contradicciones entre el Partido Socialista y el mismo presidente Allende, de quien se decía que estaba más cerca del reformismo del PC que de la radicalización de su propio partido. En el fondo, el dilema en discusión era siempre el mismo: reformismo o revolución.

 

La quimera de la unidad

Meses antes del golpe del 11 de septiembre, tuve la oportunidad de entrevistar a Allende en el Palacio de La Moneda. Como es obvio, le planteé la cuestión de la unidad de las izquierdas, imprescindible para poder seguir adelante con el proceso de reformas en que estaba inmerso su gobierno. Después de enumerarme la amplia lista de obstáculos y dificultades de todo tipo a que se enfrentaba, me diría: «En estas condiciones usted comprenda que la tarea es dura y se hace más dura todavía si los partidos y movimientos que forman la base política del gobierno no tienen un pensamiento homogéneo. A mi parecer, en el aspecto político lo más esencial es que la Unidad Popular sea auténticamente una unidad, no una unidad formal sino una unidad auténtica, y que haya un pensamiento único, una concepción táctica clara y una estrategia definida».

«Lo que a veces no se quiere entender», añadiría, «es que este es un proceso revolucionario que se realiza dentro de vías muy propias, muy nuestras, y que siendo un proceso de esta envergadura se manifiestan, lógicamente, las contradicciones y las tensiones que, por otro lado, han estado presentes en todos los procesos revolucionarios en su etapa inicial. […] Yo he dicho que Chile no vive una revolución, vive un proceso revolucionario, que es diferente. […] Este es un gobierno de transición y he señalado que tenemos todas las fallas del capitalismo de los países dependientes y ninguna de las ventajas del socialismo; estamos apenas empezando a construir. […] Tenemos que movilizar a las masas populares chilenas después de un proyecto de nueva Constitución, una Constitución que no será la de un país socialista, porque Chile no es un país socialista en esta etapa. Y que tampoco puede ser la de un país capitalista. Una Constitución nueva para la realidad que estamos viviendo, pero donde indiscutiblemente lo esencial será asegurar para Chile la posibilidad cierta del aprovechamiento por los chilenos de sus riquezas fundamentales».

Tuve la impresión de haber asistido al reconocimiento íntimo del final de una ilusión que todavía latía en el corazón de millones de chilenos.

Recuerdo que, después de abandonar la sede presidencial, andando por la avenida del Libertador Bernardo O’Higgins, tuve la impresión de haber asistido al reconocimiento íntimo del final de una ilusión que todavía latía en el corazón de millones de chilenos. Me sorprendió. No porque ignorara los factores que estaban provocando el ahogo económico, social y político de Chile y lo explicaban en parte. Los conocía. Pero en boca del presidente más perseverante y tozudo de la historia chilena era como descubrir un desaliento inesperado. El de quien, herido en cien escaramuzas en los dos años y medio transcurridos, y bajo el peso de la soledad, mantenía –como no podía ser de otro modo– el discurso oficial, pero ya sin el convencimiento profundo de contar con los aliados que le aseguraran la victoria en el momento decisivo que estaba p llegar.

 

Salvador Allende y Fidel Castro saludando a la multitud desde uno de los balcones de La Moneda, sede del gobierno chileno, en noviembre de 1971. Fotografía de Joan Queralt.

Salvador Allende y Fidel Castro saludando a la multitud desde uno de los balcones de La Moneda, sede del gobierno chileno, en noviembre de 1971. Fotografía de Joan Queralt.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

 

El hombre, el político

Perseverante, tozudo, consecuente. Si tuviera que definir a Salvador Allende con una sola palabra probablemente elegiría el término consecuente. Es el más preciso para representar fielmente la idea de aquello que hace años denominábamos hombres de una pieza. Figuras rocosas, con la obstinación que nutre principios sagrados.

No es una elección gratuita. Cuando en agosto de 1970, un mes antes de las elecciones, le preguntaron cómo le gustaría que lo recordaran, Allende respondió: «Como un chileno consecuente». Tres años más tarde, con La Moneda en llamas por los bombardeos de los Hawker Hunter, en su último e histórico discurso a través de Radio Magallanes cerraba así su itinerario vital: «Siempre estaré a vuestro lado. Al menos, el recuerdo que guardaréis de mí será el de un hombre digno, leal con la Patria».

Cuatro veces candidato a presidente de la República, inasequible al desaliento, derrotado, volvía a levantarse y ponerse en camino.

En su larga carrera política, el estudiante universitario incorporado a la lucha social procedente de una familia formada en los principios de la masonería, nunca lo tuvo fácil. De hecho, la designación de Allende como abanderado de la Unidad Popular en las elecciones de 1970 no lo fue. Sobre él pesaban sus tres derrotas anteriores como candidato, dentro del PS muchos no creían en su «vía chilena al socialismo» y en el Comité Central del partido la mayoría estaba por postular el nombre de Aniceto Rodríguez. Pero el Pleno Socialista se pronunció por Allende.

El 1952, en su primera candidatura a las elecciones presidenciales para suceder a González Videla, sacó unos exiguos 52 mil votos, el 5% de los sufragios. Tres días después de los resultados proclamó en el Senado que este 5% «implicaba un triunfo real y efectivo y que estos 52 mil sufragios constituían la expresión de otras tantas conciencias limpias que sabían que votaban por un programa, por una idea, por una cosa que apuntaba hacia el futuro». Seis años más tarde, cuando obtuvo el 28,5% de los sufragios, afirmó que las fuerzas que representaba habían salido victoriosas «porque hemos penetrado profundamente en la conciencia ciudadana con nuestro pensamiento renovador».

Con La Moneda en llamas, en su último discurso, cerraba así su itinerario vital: «Siempre estaré a vuestro lado. Al menos, el recuerdo que guardaréis de mí será el de un hombre digno, leal con la Patria».

Así, una y otra vez, cuatro veces candidato a Presidente de la República. Inasequible al desaliento, derrotado, volvía a levantarse y ponerse en camino. Con miles de kilómetros a las espaldas y centenares de comicios, adquirió el arte de conectar con las masas. Lo ayudó su lenguaje, claro, pedagógico, sencillo. Hablaba de cuestiones que interesaban a la gente y salía a encontrar aquellos problemas cotidianos, urgentes pero eternamente postergados, que sufría la mayoría del pueblo chileno. Proponiendo soluciones y responsabilidades, con el mismo tono y la misma proximidad que usaría un médico de familia. El doctor Salvador Allende Gossens.

 

La inmolación como ejemplo de lealtad

Los esfuerzos de Allende para ganarse la confianza y la imparcialidad de las Fuerzas Armadas denominándolas repetidamente «ejército constitucional» y destacando su sentido institucional se demostraron una apelación inútil. Las cartas ya estaban marcadas.

Sabiendo que el golpe militar podía ser inminente, Allende intentó llegar a un acuerdo con el Partido Demócrata Cristiano, entrevistándose con el presidente democristiano, Patricio Alwyn, y con el líder del partido y expresidente de la República, Eduardo Frei. La DC, aquella de la que Pablo Neruda comentaba que «su elevado poder de convocatoria electoral se debía a que en muchos asuntos estaba más cerca de la tierra que del cielo», y que poco antes se había pronunciado por un «socialismo comunitario», se negó a todo diálogo, se unió a la ultraderecha del Partido Nacional, declarando anticonstitucional el régimen de Allende y apelando al ejército. Una auténtica sentencia de muerte.

Como salida a la crisis, Allende pensó en celebrar un plebiscito general en que el pueblo chileno votara a favor o en contra del mantenimiento de la Constitución, decisión que tenía previsto anunciar a sus ministros el 10 de septiembre de 1973, un día antes de hacerlo oficialmente al país. Pinochet diría después de que el golpe, que estaba programado para el 14 de septiembre, fue adelantado al saber que Allende convocaría el plebiscito.

Lo había advertido mucho antes. El 4 de diciembre de 1971, en un acto en el Estadio Nacional, dirigiéndose a sus adversarios nacionales y extranjeros, lo anticipó: «Se lo digo con calma, con absoluta tranquilidad, yo no tengo pasta de apóstol. No tengo condiciones de mártir. Soy un luchador social que cumple una tarea, la tarea que el pueblo me ha dado. Pero que lo entiendan aquellos que quieren retrotraer la historia y desconocer la voluntad mayoritaria de Chile. No daré un paso atrás. Dejaré La Moneda cuando cumpla el mandato que el pueblo me ha dado. […] No tengo otra alternativa».

«No tengo pasta de apóstol. No tengo condiciones de mártir. Dejaré La Moneda cuando cumpla el mandato que el pueblo me ha dado. No tengo otra alternativa».

A media mañana del martes 11 de septiembre era claro que todo estaba perdido. Le ofrecieron un avión para salir del país, físicamente ileso, con la familia. Lo rechazó. Prefirió quedarse en la sede del gobierno, como testimonio de su lealtad al pueblo y de que los revolucionarios verdaderos, incluso los acusados de reformismo, pueden ser derrotados transitoriamente pero nunca abdicar de su causa ni rendirse.

 

Salvador Allende Gossens, presidente de la República de Chile entre el 4 de noviembre de 1970 y el 11 de septiembre de 1973. Fotografía de Joan Queralt.

Salvador Allende Gossens, presidente de la República de Chile entre el 4 de noviembre de 1970 y el 11 de septiembre de 1973. Fotografía de Joan Queralt.

 

Apuntes finales sobre el drama chileno

Dos apuntes ilustrativos como punto final para cualquier crónica sobre el drama chileno: Uno) Neruda escribió que en su larga historia civil Chile tuvo muchos presidentes pequeños y solo dos presidentes grandes, José Manuel Balmaceda y Salvador Allende. Balmaceda se enfrentó al capital inglés a finales del siglo XIX, tratando de preservar para Chile la riqueza salitrera. Un siglo más tarde, Allende se batió contra las poderosas empresas norteamericanas y procedió a nacionalizar el cobre. Los gobiernos de ambos presidentes fueron derribados por la fuerza de las armas. Balmaceda, asilado en la Embajada argentina, se suicidó el 19 de septiembre de 1891; Allende, en el Palacio de la Moneda el 11 de aquel mismo mes del año 1973.

Y dos) La escasez de bienes que había servido para poner en dificultades al gobierno de la Unidad Popular, alimentar el descontento social y allanar el camino de la Junta militar, acabó abruptamente con la aparición milagrosa de todos los productos inmediatamente después del golpe.