El pasado 28 de octubre se conmemoró el cuadragésimo aniversario de la victoria electoral socialista de 1982, con Felipe González al frente. Con ocasión de esta relevante efeméride se han publicado algunos libros y un buen puñado de artículos y entrevistas con el ánimo de recordarla y valorarla, pero también con la intención de proyectarla sobre el actual momento político y, en particular, sobre el socialismo español hoy liderado por Pedro Sánchez.

De los diversos libros publicados, hay dos que han tenido una repercusión más destacada en los medios. Se trata de la ficción histórica sobre la biografía de Felipe González —Un tal González (Alfaguara, 2022)— publicada por Sergio del Molino, y del ensayo memorialístico sobre aquel acontecimiento a cargo de Ignacio Varela con el título de Por el cambio. 1972-1982: cómo Felipe González refundó el PSOE y lo llevó al poder (Deusto, 2022).

Sobre la obra de Sergio del Molino, en estas mismas páginas de política&prosa (#49), Jordi Amat ha valorado que viene a llenar un vacío editorial poco explicable sobre quien presidió el Gobierno español entre 1982 y 1996. Y comparte con el autor la incomodidad con lo que considera una interpretación equivocada e injusta que ha hecho sobre el «felipismo» la generación de sus hijos, aunque Amat considera más adecuado poner el foco en la anomalía del olvido, en la falta de memoria sobre la importancia del proceso de modernización emprendido y del político que lo supo conducir con inteligencia y prudencia.

También, al hilo del libro de Del Molino, Javier Cercas (El País, 28-10-22) se muestra muy crítico con el menosprecio del que han sido objeto González y su generación, y hace suyas unas palabras de Miguel Aguilar:

«La gente de nuestra generación se siente mucho más orgullosa de sus abuelos, responsables de una guerra que costó más de 600.000 muertos y provocó una dictadura de cuarenta años, que de sus padres, artífices de una Transición que dejó poco más de 700 muertos y engendró una democracia de cuarenta años. Es una estupidez colosal, de la que no podemos culpar a nadie salvo a nosotros mismos, por permitir que una panda de políticos e intelectuales de tercera categoría engañara al personal con una versión fraudulenta de la historia, según la cual la Transición fue un trampantojo cuyo resultado no fue una democracia de verdad sino una prolongación del franquismo por otros medios: el llamado Régimen del 78. Una estupidez, un delirio, una trola como una casa.»

Obviamente, este propósito reivindicativo de Felipe González y su obra política no es compartido por quienes han fundamentado su proyecto político en la impugnación de la Transición y del sistema democrático resultante, tildado despectivamente como «régimen del 78». Una simplificación censurada en estas mismas páginas por Eulàlia Vintró: «Que hablen del régimen del 78 me indigna» (política&prosa#47). En este sentido, tiene interés la crítica del libro de Del Molino aparecida en la revista CTXT (22-10-22), firmada por Cristina Vallejo, que le atribuye la intención de restaurar los mitos «de sus padres»:

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«Todos los líderes, de forma declarada o en silencio, esperan que la historia los absuelva, y dejar un legado impoluto. Un tal González se presenta voluntario para cumplir esa función. Y en el empeño lanza un mensaje potente: un hijo de la generación que llevó a Felipe González al poder le da las gracias por la gestión, incluso por lo que en su momento fue más contestado, porque fue valiente, e hizo lo que tenía que hacer con acierto. Frente al sentimentalismo y la debilidad se dejó conducir por la razón. Felipe fue lo que necesitaba España. Ésa es la conclusión.»

 

La personalidad política de González

Se podría concluir que la recepción de la obra de Del Molino gira en torno a las diferentes visiones y memorias de la historia protagonizada por Felipe González que tienen los miembros de la generación que llega ahora a la madurez. En otro registro se manifiesta la presentación al público del libro de Ignacio Varela. El libro está prologado por José Antonio Zarzalejos quien, en un artículo publicado en El Confidencial (23-10-22), resalta y comparte la aproximación de Varela a la personalidad política de González:

«Varela define a Felipe González con unos brochazos realmente felices: Laico en lo ideológico, ultracompacto en lo estratégico y ultraflexible en lo táctico. En libre traducción que no he consultado con el autor, entiendo que connota al expresidente del Gobierno como un hombre con un nivel ideológico que no le restaba racionalidad y que podía ser flexible en lo táctico —aquello que es inmediato y secundario— pero por completo determinado en el logro de los objetivos estratégicos. Creo que es la mejor definición que he leído de González.»

No obstante, Zarzalejos insinúa que el elogio de Varela a Felipe de González conlleva una desaprobación de la orientación política del socialismo español en la etapa de José Luis Rodríguez Zapatero y, muy especialmente, en la actual bajo el liderazgo de Pedro Sánchez. Lo hace atribuyendo a González una coherencia que encuentra a faltar en quienes le han sucedido:

«González proyecta el mensaje que quiere con su expresión facial y con sus palabras, y carga con la coherencia que otros no han tenido: el PSOE es su partido y un abandono, o un desistimiento, sería una victoria de incalculable valor para aquellos revisionistas de hogaño que creen ser el alfa y la omega de la socialdemocracia cuando antaño González la convertía en referencia europea.»

Los elogios a González acompañados de descalificaciones implícitas al socialismo actual, resuenan en el mensaje de Nuñez Feijóo de que solo será posible llegar a acuerdos con «otro PSOE».

La insinuación sobre la pérdida de «legitimidad» del PSOE actual es más que explícita en un artículo de Antonio Caño en The Objective (17-10-22) en el que expresa la nostalgia de aquella izquierda liderada por González:

«Lo malo de todo esto es que España sí que necesita de verdad reformas profundas, reformas estructurales y serias que le den a nuestro sistema democrático el oxígeno que se le agota. Para ello resulta casi imprescindible la implicación de una izquierda capaz y consecuente, una izquierda que no sé si volveremos a tener.»

 

Dos líneas de debate

No hay que forzar mucho la imaginación para entender que los elogios a Felipe González acompañados de descalificaciones implícitas al socialismo actual, rebajado a la condición de «sanchismo», resuenan en el mensaje de Núñez Feijóo de que solo será posible llegar a acuerdos con «otro PSOE», utilizado para justificar la enésima negativa del Partido Popular a renovar el Consejo General del Poder Judicial.

Resulta balsámico el punto de vista de Joaquín Almunia, que evita caer en la trampa de la confrontación simplista entre el PSOE de 1982 y el de hoy en día.

Quedan así dibujadas dos líneas de debate que afectan a la memoria del socialismo español y a su lugar en la historia de la democracia y, más allá, al futuro de su proyecto político en unas condiciones nuevas e inciertas. Por un lado, la lectura de las generaciones posteriores, oscilando entre el rechazo a la Transición y a sus principales actores y la restauración integradora de su valor. Por otro lado, la no siempre fácil conservación del hilo histórico que une al socialismo refundado por la generación de González y a la actual versión del socialismo democrático, en un contexto más general de redefinición de los proyectos políticos progresistas.

En medio de polémicas interesadas resulta balsámico el punto de vista de Joaquín Almunia (elDiario.es, 28-10-22), que evita caer en la trampa de la confrontación simplista entre el PSOE de 1982 y el de hoy en día, entre Felipe González y Pedro Sánchez, recordando aquello tan obvio de la diferencia de los contextos políticos.

«Los dos son presidentes del Gobierno. No, son muy diferentes. Son generaciones muy distintas. La experiencia de Felipe González antes de llegar a la presidencia del Gobierno, tanto como líder del partido desde el 74 como líder internacional, es una experiencia que Pedro Sánchez no ha tenido cuando ha llegado al Gobierno. Y las condiciones en que Felipe González pudo gobernar, por méritos propios, sin duda, pero también por cómo era el país de entonces, son muy diferentes a las condiciones tan complicadas que le han tocado a Pedro Sánchez, con una crisis detrás de otra, con minoría parlamentaria, con dificultades para negociar el día a día de la vida parlamentaria del proceso legislativo y con una sociedad que es muy diferente.»