En una canción de hace ahora doce años, Els Amics de les Arts especulaban con una tecnología de «ciencia ficción» capaz de borrar los recuerdos de una vida, permitiendo que el protagonista recuperara su relación de pareja después de una infidelidad de la cual ahora ya no quedaría ningún recuerdo. Justo antes de la intervención, y para conjurar los últimos recelos del paciente, uno de los responsables subrayaba algunos beneficios colaterales e inesperados de este formateado del cerebro: los «discos, libros, lugares, que muchos darían por volver a vivir como el primer día».

No se trata de una compensación menor. Recuperar el goce primigenio, revivir el placer del descubrimiento, volver a la virginidad del descubrimiento… resulta muy seductor. Enseguida, surgen nombres, títulos, lugares, seguros candidatos a ser revividos como la primera vez. En mi caso y respecto del mundo literario, Paul Auster (1947-2024) aparecería en un lugar destacado. Sin duda, la elección viene condicionada no solo por la calidad de su obra y/o por el impacto de su lectura en un momento dado, sino por las circunstancias vitales en que uno se acerca a determinado autor o libro.

La reciente desaparición del escritor norteamericano ha provocado un monolítico elogio de su trayectoria. Auster deja tras de sí una legión de fieles lectores y una crítica unánimemente positiva de su legado literario. Como sucede con otros iconos culturales, fue más reconocido en tierras europeas —singularmente en España, donde en 2006 recibía el Príncipe de Asturias, y en Francia, donde al año siguiente lo hacían miembro de la Orden de las Artes y de las Letras— que en Estados Unidos. Así, la prensa de aquí lo ha despedido como si, en vez de residir en uno de los brownstones de Brooklyn, fuera un vecino más de Gracia o del Quartier Latin. Este sentimiento de perder a «uno de los nuestros» ha generado —además de una extraña competición por ver quién incluía en los obituarios más anécdotas personales con el finado— excelentes análisis sobre su obra y su figura y razones suficientes para —esperamos— la reedición de sus libros más antiguos.

Nuestra prensa lo ha despedido como si, en vez de residir en uno de los ‘brownstones’ de Brooklyn, fuera un vecino más de Gracia o del Quartier Latin.

Además, Auster ha tenido el detalle de dar a la imprenta, poco antes de morir, una última pieza magistral. Baumgartner (Edicions 62, traducido por Ernest Riera) es un libro coherente con su trayectoria y con una calidad al nivel de sus mejores obras. Interpretada por sus exégetas como un autorretrato irónico, un homenaje a su mujer y una despedida de sus lectores, el libro es también un ejemplo de su literatura. El lector habitual enseguida se sentirá acogido por esta particular forma de mirarse el mundo, donde siempre brilla la trenza formada por las pequeñas maravillas de las historias cotidianas, el juego de azares de la existencia y unos personajes genuinos y reconocibles.

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El canon austerià

Baumgartner cierra una producción literaria de cuatro décadas iniciada en 1987 con la llamada Trilogía de Nueva York (Anagrama, 2008, traducción de Maribel de Juan). No era su primera publicación, puesto que, además de poesía, ensayos y traducciones, había firmado el título de no-ficción de 1982 La invención de la soledad (Anagrama, 2012, traducido por María Teresa Gallego) y una ficción con pseudónimo en 1984 (Jugada de presión, Anagrama, 2006, traducido por Benito Gómez, inédito en catalán).

Trilogía de Nueva York reunía —como ya se indica en el título— tres cuentos cortos aparecidos separadamente entre 1985 y 1986 donde, además de compartir el escenario neoyorquino y cierta reinterpretación de los códigos de la novela negra, ya se percibían los rasgos singulares de su prosa. Este primer texto narrativo dirigido al gran público puso las bases del futuro autor, a pesar de que el éxito no fue inmediato y, por ejemplo, en castellano el cuento La ciudad de cristal contó con una primera edición en 1988 en el sello Júcar (traducido por Ramón de España), sin más continuidad.

Despacio, el nombre de Auster fue conquistando a más y más lectores. Edicions 62 se convirtió en su sello catalán, normalmente de la mano del traductor Albert Nolla; mientras que en castellano jugaba el mismo papel Anagrama (con Maribel de Juan primero, y Benito Gómez después, como médiums principales), hasta su paso a Seix Barral en 2017 con 4 3 2 1. Esta ambiciosa y voluminosa obra supuso una de las cumbres de su virtuosismo técnico y de su creatividad literaria. Era, de alguna manera, la recuperación del mejor Auster, al nivel de clásicos contemporáneos como El Palacio de la Luna (1989), Leviatán (1992) o El libro de las ilusiones (2002).

En 2006, en una muestra del predicamento de Auster, la Diputación de Barcelona impulsó una edición no venal de cien mil ejemplares, traducida por el habitual Albert Nolla, para los usuarios de sus bibliotecas.

Evidentemente, cada cual tendrá su canon particular. Lo innegable era la conversión de Auster en icono cultural. A esta transformación no eran ajenos algunos elementos extraliterarios. Por un lado, su vínculo con el cine, donde destaca su colaboración con el director Wayne Wang. Juntos crearán Smoke (1995), un film independiente que relata la amistad entre un escritor en crisis (William Hurt) y un curioso estanquero (Harvey Keitel) y que se cierra con un maravilloso cuento de Navidad, filmado en blanco y negro donde suena «Inocente When You Dream» de Tom Waits. De hecho, este relato, El cuento de Navidad de Auggie Wren, precedió a la película como encargo de The New York Times para ser publicado en la Navidad de 1990.

En 2006, en una nueva muestra del predicamento de Auster en Cataluña, la Diputación de Barcelona impulsó una edición no venal de cien mil ejemplares, traducida por el habitual Albert Nolla, para los usuarios de sus bibliotecas. Agotada ya, Angle Editorial hizo una edición comercial, enriquecida con una presentación a cargo de Sergi Pàmies. Precisamente, el escritor catalán, admirador confeso del estadounidense, había convertido a Auster en protagonista de uno de sus cuentos, incluido en la compilación Cançons d’amor i de pluja (Quaderns Crema, 2013).

Como sucede con otros iconos culturales, fue más reconocido en tierras europeas que en los Estados Unidos.

La segunda circunstancia extraliteraria ha sido su vida familiar. Por un lado, encontramos el glamur de su segundo matrimonio con la también escritora Siri Hustvedt (1955), la carrera musical de la hija de ambos, Sophie (1987), y un círculo de amistades lleno de nombres de la creación. Por otro, está la desgraciada muerte por sobredosis, en abril de 2022, con solo dos semanas de diferencia, de su nieta Ruby (de solo diez meses) y de su hijo Daniel (1977), fruto de su primer matrimonio con la literata Lydia Davis (1947).

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Dos (posibles) claves

Pese a que cada lector hace su particular aproximación, personalmente señalaría dos elementos especialmente útiles para entender su universo creativo. En primer lugar, está su poesía que, a raíz del éxito de su narrativa, quedó reducida a un pecado de juventud. Aun así, quien se aproxime descubrirá como, en ella, ya están presentes todos los elementos de su estilo. Además, el lector en catalán tiene la fortuna de disponer de una versión bilingüe —inglés/catalán— a cargo de Jordi Casellas. Desaparicions, publicada por Pagès en una fecha tan temprana como 1994 y reeditada posteriormente, es la semilla fundacional de toda su producción posterior: «Porque lo que pasa no pasará nunca, / y porque lo que ha pasado / constantemente vuelve a pasar, / somos como éramos, todo / ha cambiado en nosotros».

La segunda clave es el béisbol. La omnipresencia de este deporte en su novelística va más allá de la obsesión del aficionado. Porque, ciertamente, Auster jugó, llegó a crear y comercializar un juego de cartas y era un gran seguidor. Pero, además, el béisbol era también como una metáfora de su literatura: una competición dominada por las reglas y por la estadística, pero que se veía subvertida ante el azar y ante un boceto de pequeñas historias donde los grandes nombres cedían protagonismo a la cotidianidad y a la humanidad. En resumen, variantes de aquello que es la vida y que, precisamente por eso, hace innecesario borrar la memoria y permite el goce de la relectura. ¡Releed Auster!