El niño: ¿Es azul?
El hombre: ¿El mar? No lo sé. Antes lo era.
 La carretera, C. McCarthy

 

¿Tiene el mundo un designio? ¿No habrá nunca justicia para el copioso caudal de Mal que segregan las civilizaciones?  ¿Es una manera deseable de vivir la de caminante en un entorno apocalíptico? Esas podrían ser algunas de las cuestiones que aborda Cormac McCarthy (1933 Rhode Island – 2023 Nuevo México) en su escritura, en su torrente literario que desborda las páginas que nos legó. La ventaja de no ser crítico literario me permite formular con libertad las preguntas que posiblemente interrogaron a McCarthy sin atender a complejidades que tan a menudo hacen incomprensibles algunas reseñas bibliográficas extraviadas en laberintos académicos. No. Lo mío, como lector, es admiración, aventura y goce, puros y directos, como con otros narradores de excepción: Borges, Bernhard, Llamazares o Le Clezio, mis referentes literarios posteriores a Kafka, a quien tanto deben. Ojalá que desde semejante posición sea capaz de acercarle a usted lector al mundo del recientemente fallecido Cormac McCarthy.

¿Tiene el mundo un designio? Cuando uno se acerca a Meridiano de sangre y se pone en la piel del chaval que emprende una aventura en compañía de crueles mercenarios, matadores sin escrúpulo, bellacos codiciosos, uno se suma, prisionero ya de paisajes inhumanos, a un road trip para recorrer escenario tras escenario, a cuál más desolador, agreste y seco, un macabro bucle geográfico entre Tejas, Sonora y Arizona. Como sucede a menudo en las narraciones de McCarthy apenas hay referentes geográficos o temporales. La mención ocasional y siempre vaga de alguna población no persigue finalidad topográfica alguna sino, como mucho, servir como un mojón más, como un hito de paso, como lugar ocasional para las borracheras y las putas, mientras va desarrollándose la empresa insana de buscar indígenas a quienes cortar la cabellera para avalar el cobro de una recompensa.

Tiempo y espacio son categorías ajenas al novelista norteamericano a quien le place desubicar al lector, incomodarlo con alusiones que supuestamente le sitúan para, al poco, desorientarlo de nuevo. En Meridiano, el único designio de los protagonistas es un trayecto de sangre: escenas escabrosas pobladas de cadáveres despanzurrados, costillares de reses infestados de moscas pasto de carroñeras, charcos de agua teñidos de tortura y desafuero. No hay razón alguna en el mundo de McCarthy. Hay tan solo supervivientes y aquella falta de conciencia y de culpa que ignora el Mal.

 

¿Cómo duermen?
Los delfines
Sí.
Bastante bien diría yo. A fin de cuentas, no conocen la culpa.

Stella maris

 

Un recorrido angustioso

 ¿No habrá nunca justicia para el copioso caudal de Mal que segregan las civilizaciones? La carretera hacia el sur se encuentra asediada por «los malos», una tropa innominada de humanos atroces, seres indefinidos a medio camino entre zombis caníbales y fantasmas armados, supervivientes –los malvados nunca mueren– de una catástrofe nuclear (o eso parece). Se trata de otro road trip que algo debe a los antecedentes remotos del género (Cervantes, Stendhal, Senancour, Conrad) y a los más recientes, con Kerouac a la cabeza. Protagonizada por «el hombre» y «el hijo», la narración sorprende por la versatilidad del novelista para imaginar una escena y otra y otra a lo largo de un recorrido angustioso entre naturalezas desabridas y poblaciones devastadas, desiertas, de las que han desparecido sus antiguos moradores o bien siguen presentes en sus hogares, aunque momificados por años de muerte.

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Describe minuciosamente la curación de una herida de bala por un competente médico rural, y lo avala quien esto escribe, de profesión cirujano.

Gris ubicuo, presente, por lo menos, en una de cada tres de las páginas del texto: el asfalto, el cielo, las cenizas, la nieve, los riscos y al final… gris también el anhelado mar. El naturalismo descriptivo va más allá de lo razonable cuando el autor se recrea, por ejemplo, en la investigación de un remolque de camión, de una locomotora desvencijada, de un yate varado o de una casa en ruinas, o cuando «el hombre» que camina hacia al sur inalcanzable con un carrito de supermercado recurre a bricolajes mil para sobrevivir y cuidar de su hijo. Los detalles son exhaustivos, como si el escritor hubiera visitado esos lugares repetidamente. Y sin ahorrarse los gestos y el vocabulario técnico apropiados para cada caso, como sucede En la frontera, cuyas cien primeras páginas tratan de la caza y doma de una loba que, inevitablemente, remiten al El Viejo y el mar o cuando, más adelante, se describe minuciosamente la curación de una herida de bala por un competente médico rural, y lo avala quien esto escribe, de profesión cirujano.

Un reto máximo, supongo, para Luis Murillo («una agradable tortura» declaró en una entrevista), el excelente traductor de McCarthy que parece haber acompañado al novelista en todas sus vicisitudes. En cualquier caso, en torno a estos rincones literarios concretos en los que se deleita el escritor, siempre ronda el Mal como amenaza escondida que mantiene en permanente alerta a los personajes mientras vagan dentro de paisajes inhóspitos.

¿Es una manera deseable de vivir la de caminar en un entorno apocalíptico? ¿Nos queda alternativa? Quizás sí, siempre que persigamos nuestro destino moral, es decir, si hemos sido educados en una conciencia, en un deber y hemos sido consecuentes con ello. Al fin y al cabo, lo que importa es la obra bien hecha, y al Mal que le den.

 

Cima literaria

Tras un prolongado silencio, cuando el año pasado nos llega, de nuevo gracias a la inteligente traducción de Murillo, Stella Maris, los macarthistas sonreímos por lo bajo y en cierta manera aprovechamos esa cima literaria para vengarnos de las críticas de quienes vieron en el escritor una exclusiva afición al gore. McCarthy demuestra en esas páginas póstumas que puede escribir más allá de No es país para viejos desplegando su creatividad y una inusitada competencia psicológica para deslumbrarnos con un texto de raíz freudiana en el que desgrana, paso a paso, el tortuoso recorrido de un trauma adolescente, desde lo más hondo del psiquismo hasta la superficie de la conciencia, a modo de confesión.

En ‘Stella Maris’ desgrana el tortuoso recorrido de un trauma adolescente, desde lo más hondo del psiquismo hasta la superficie de la conciencia, a modo de confesión.

En una serie de diálogos asombrosos, somos testigos de la cuidadosa e inteligente estrategia del psiquiatra para desentrañar el secreto que guarda celosamente su resabiada «paciente», veinteañera, anoréxica y presuntamente esquizofrénica. Se trata de una labor meticulosa, cálida, empática que, aunque más invasiva que la propia de un psicoanálisis tradicional basado en la escucha, evita enfrentamientos e invita sutilmente a una confesión que emerge poco a poco, inevitablemente, a pesar de las defensas del diván.

Más allá de su maestría literaria, los interrogatorios que desarrolla McCarthy deberían ser de lectura obligada no solo para presentes y futuros psiquiatras y psicólogos sino para toda persona sensible a los vericuetos de la existencia humana que hacen de cada uno de nosotros alguien singular. Deberían interesar incluso a detectives, criminólogos, policías y agentes del contraespionaje; en algunos momentos, leyendo esas frases cortas, tajantes, lacónicas, no escondo haber sentido una fruición similar a la experimentada con la lectura de los diálogos inquisidores en los libros de John Le Carré aunque, a diferencia de este, McCarthy aprovecha esa entrevista terapéutica para desplegar un texto culto, erudito, con referencias de largo alcance a cuestiones de filosofía (algunas a mis estimados Wittgenstein y Montaigne), de matemáticas, de astronomía o de física, entre las que el novelista se encuentra increíblemente cómodo.

 

A una mayor gloria

Si tirité leyendo Helada de Bernhard, si sentí sed ardiente en los desiertos de Le Clézio o pasé miedo con Luna de lobos de Llamazares, lloré como «el chico» al llegar al final de La carretera y me arrodillé ante Stella Maris. Descansa en paz Cormac McCarthy. Te birlaron el Nobel por tu marginalidad y tu misantropía, pero así pasaste a una mayor gloria al lado de Franz Kafka, Jorge Luis Borges y Lawrence Durrell.