Un imperio tan violento, terminó sin violencia. La historia y las paradojas suelen ir de la mano, como una advertencia permanente a quienes pretenden encontrarle un sentido predeterminado y, sobre todo, verla venir. La biografía de Mijaíl Gorbachov, que es quien bajó pacíficamente la persiana en aquellos meses finales de 1992, es una historia de paradojas: quiso hacer compatibles la ideología comunista con la democracia y el mantenimiento de un imperio con la libertad de los ciudadanos. Dos fracasos definitivos, hoy transparentes, pero entonces con capacidad para sorprender y fascinar a muchos de los que todavía creían en la causa, aunque no supieran del todo, o no quisieran saber, ni qué era en realidad el comunismo ni que la Unión Soviética era todo lo contrario de una federación voluntaria de repúblicas: de hecho, la mayor prisión de pueblos y el último y auténtico imperio del siglo XX.

Ha muerto en plena guerra de Ucrania, momento de contraste clamoroso entre su figura benévola de hombre de paz y desarme y la siniestra del hombre de guerra y del rearme que es el actual caudillo del Kremlin. El imperio que uno deshizo, el otro lo quiere rehacer. El poder militar y nuclear que uno redujo, el otro lo ha incrementado. Las ventanas de la libertad que abrió Gorbachov, Putin las ha cerrado. Si uno liberó a disidentes del Gulag y los reincorporó a la vida política, el otro los vuelve a encarcelar y a excluir de las instituciones. La memoria de los crímenes del estalinismo, entonces recuperada, ahora se vuelve a obliterar. El asesinato y el crimen de Estado que uno abolió, el otro los ha restaurado. La Europa de Gorbachov, continente de la paz, de la cooperación internacional y la libertad, era entonces el futuro, mientras que para Putin es la sombra de un pasado tenebroso y mitológico, un enemigo que dominar y destruir, y el territorio de la guerra actual.

Todos los reproches que se le hicieron a Gorbachov, y que han vuelto a surgir con su muerte, tienen que ver con las paradojas. Para mantener la Unión Soviética, era necesaria una disposición al uso de la fuerza sin límites, tal como la que históricamente habían mantenido todos los dirigentes comunistas, desde la represión de los marineros revolucionarios de Kronstadt en 1921 hasta Tiananmén en 1989, pasando por Berlín en 1953, Budapest en 1956 y Praga en 1968, y la misma que hoy despliega Vladímir Putin para tratar de recuperar el territorio perdido del imperio soviético.

El último secretario general soviético fue el primero y el único capaz de descartarla, tal como lo hizo en 1989 en Berlín en el momento decisivo en que empezó a resquebrajarse el bloque comunista, pero también en diciembre de 1991, en el punto definitivo de la disolución de la Unión Soviética por la decisión unilateral y sin consulta al Kremlin de los máximos dirigentes de Rusia, Bielorrusia y Ucrania, Boris Yeltsin, Stanislav Shushkévich y Leonid Kravchuk, reunidos en la dacha bielorrusa de Belavezha.

 

Un político europeo

El de Gorbachov es un legado sin testamento. Es grandioso lo que consiguió quizá sin quererlo del todo: el final de la Guerra Fría, el desarme nuclear, la liberalización económica y política de la sociedad soviética, la desaparición del bloque comunista… Pero todavía más grandioso fue lo que se propuso y no consiguió, porque era imposible, pese a actuar como motor de la transformación más formidable del siglo XX, como era la evolución del sistema comunista hacia un modelo económico de inspiración socialdemócrata y la preservación de la Unión Soviética en condiciones de democracia y libertad.

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Gorbachov entró en el despacho de secretario general en el Kremlin como el comunista más perfecto y preparado que se podía encontrar entonces para modernizar el sistema soviético y mantener la superpotencia a la misma altura que Estados Unidos. Para eso lo escogieron los ancianos del Politburó, para evitar la ruina y el hundimiento por muerte natural del régimen gerontocrático. Y salió de allí cinco años después como un político europeo, pactista y dialogante, liberal y demócrata, pero fracasado. Lo reconoció en sus memorias. Cambió con el país que él mismo había cambiado.

Quiso hacer compatibles el comunismo y la democracia, el imperio soviético y la libertad, y con su fracaso consiguió su enorme éxito histórico.

La transición desde la economía dirigista y burocrática hasta una economía abierta y de mercado era un camino tan imposible, como mínimo tan poco transitado, como la transformación del régimen de partido único en una democracia pluralista y liberal. Criticar ahora, como lo han hecho algunos economistas de izquierdas, su falta de preparación económica, es un anacronismo sin demasiado sentido: nadie tenía entonces ni tiene ahora la preparación para hacer semejante transición sin contar con el poder coercitivo y la restricción absoluta de libertades que ha exhibido el partido Comunista de China en toda su historia.

 

El éxito de la ‘glásnost’

La perestroika —es decir, la reforma o reconstrucción del sistema— fracasó, ciertamente, quizá porque el soviético era un sistema irreformable, pero la glásnost —la transparencia o apertura pluralista—, en cambio, tuvo éxito, porque nadie podrá anular la experiencia de libertad de los últimos 30 años, que ya está inscrita en la historia de Rusia y del antiguo espacio soviético, ni hará retroceder la historia en los países liberados entonces del yugo soviético.

Sin glásnost, poco habría avanzado la historiografía de la Unión Soviética y del comunismo, sobre todo nadie habría podido hurgar en sus rincones más ocultos y siniestros, donde se hermana cada vez con mayor intensidad con el hermano gemelo totalitario del fascismo con el cual compitió, se alió y, finalmente, combatió a muerte en la Segunda Guerra Mundial.

¿Había que mantener a la mitad del planeta bajo la férula de un imperialismo militarista y cínico para que la otra mitad mantuviera a raya a sus opresores capitalistas? Todavía hoy en día resuena la respuesta positiva —en la práctica, una apología de aires putinistas— en boca de ciertos dirigentes políticos de izquierdas, favorables finalmente al reparto del mundo en zonas de influencia, tal como decidieron Stalin y Roosevelt en Yalta, de la doctrina Brézhnev de la soberanía limitada y, sobre todo, del realismo cínico de quienes compran la libertad, la paz y el bienestar para ellos mismos a costa de la opresión, la guerra y la pobreza para los demás.

El fracaso de Gorbachov es digno de elogio: escogió la democracia y la libertad en lugar del camino del capitalismo autoritario. El último dirigente soviético fue el primero en aceptar, desde 1917, la rendición de cuentas ante los ciudadanos y la sustitución democrática de los gobiernos mediante las elecciones, la cuestión definitoria nunca aceptada por el poder soviético y sus seguidores e imitadores a lo largo de la historia, hasta el extremo de incluir la irreversibilidad del monopolio del poder en las constituciones de los regímenes de partido único. No es menor la ironía de la historia que hace coincidir, e incluso converger, el estalinismo revivido de Vladímir Putin con la negativa de Donald Trump y de la mayoría del Partido Republicano a aceptar la derrota electoral de 2020.

 

Los hombres hacen la historia

La Unión Soviética se hundió sola. Ni Gorbachov ni Yeltsin fueron los responsables. La guerra de Afganistán, la catástrofe de Chernóbil y la ruina económica en la que se encontraba ya la URSS cuando él llegó al poder, son la prueba de ello. La gran catástrofe geopolítica del siglo XX que horroriza a Putin fue la existencia misma de la Unión Soviética, construida sobre el mito manipulado de la Revolución de Octubre con su capacidad de fascinación sobre las izquierdas de todo el mundo. Gorbachov, encargado de mantenerla viva, lo hizo todo para liquidarla, y con ello liquidó también todo aquello en lo que él mismo creía, es decir, el leninismo y el comunismo.

La gran catástrofe del siglo XX fue la realidad totalitaria soviética, gemela del totalitarismo nazi y fascista, no la desaparición de la URSS.

Los hombres hacen la historia, pero no saben la historia que hacen, tal como recordó Karl Marx. Lo sabía Gorbachov, marxista de toda la vida, que hizo historia personalmente con sus decisiones y su actitud, desmintiendo, en cierto modo, la idea marxista sobre las condiciones objetivas por encima de los personajes históricos, pero confirmando la nula conciencia de los protagonistas de la historia sobre el alcance de sus decisiones.