No sabemos cuándo leyó por primera vez Minima Moralia de Theodor W. Adorno. Si Gabriel Ferrater hubiera acabado la traducción de aquel ensayo, quizá el filósofo alemán sería uno más de los satélites culturales que hacemos orbitar en torno suyo. Si Ferrater fue el primero que tradujo a Kafka al catalán, seguramente también habríamos valorado que fuese el primero que tradujo a Adorno. Pero ni acabó ni tampoco se han publicado los pocos fragmentos que tradujo, pese a que aquí reproduciremos algunos. Y quizá ni publicados habríamos buscado las dos menciones secundarias que pueden rastrearse en Noticias de libros. La primera, en 1963, en un informe redactado para Rowohlt; la segunda, en un informe dirigido a su hermano Joan que escribió pocas semanas antes de suicidarse. Si ahora imagino un sentido para su traducción de Adorno es porque he leído Gabriel Ferrater i la política, uno de los dos ensayos que integran el volumen que acaba de publicar Jordi Ibáñez Fanés. Vale la pena comentarlo.

El segundo informe de lectura, el de 1972, es sobre Literatur und Veränderung de un tal Dieter Wellershoff. Ni idea. Ferrater no recomienda traducirlo porque todo aquello que dice sobre la ideología de la literatura popular y el sistema literario ya habría sido dicho. Lo ha dicho Eco, lo había dicho Orwell y también Adorno. «Ya Adorno nos había explicado que cada día es más difícil ser de vanguardia porque el burgués ha descubierto la táctica de aplaudir siempre». Lo que quiere decir, me parece, es que la vanguardia no puede ejercer su función disruptiva cuando ha quedado integrada en el sistema cultural capitalista. La primera mención a Adorno de la que tenemos constancia la hizo en Hamburgo, informando sobre el ensayo Black ship to hell de la escritora Brigid Brophy. El libro importa poco. «Está lejos de ser un libro ameno, y sus posibilidades de obtener un éxito de ventas son nulas». Pero ahora que leo el informe con Adorno en la cabeza, el resumen de Ferrater se me hace más interesante.

En aquel mes de septiembre de 1963, Ferrater informó sobre tres libros de Brophy. Este ensayo y dos novelas. En la solapa de la novela Flesh encontró una caracterización sintética de Black ship to hell: «un psicoanálisis de la guerra». Ferrater no lo ve claro. En la Enciclopedia Británica se describe como un tratado que examina los instintos humanos destructivos y autodestructivos, sobre todo desde la óptica del psicoanálisis. Lo cual se acerca a la síntesis de Ferrater, que cito por la traducción castellana del informe: «Intenta ni más ni menos que analizar el fundamento de la moralidad social de nuestro tiempo, desvelar que está desesperanzadamente equivocado y reemplazarlo por otro». La autora no pasaba del intento, razonaba Ferrater, pero el discurso era a menudo el de una extravagante ingeniosa e inteligente: un prototipo inglés, como un Shaw o un Graves, dice. Lo ejemplificaba con la domesticación que la cultura norteamericana había hecho de la doctrina freudiana, que había convertido el inconsciente en un «recomendable semiconsciente». Y explicaba que lo mismo se hacía en un libro recién publicado que él ya había leído: Eingriffe, de Adorno.

 

Aforismos y meditaciones

Que Ferrater había leído a Adorno en alemán y lo había interiorizado está claro. No lo está tanto saber los motivos por los cuales se puso a traducir Minima Moralia. Adorno empezó a publicarse en castellano en la primera mitad de los 60, traducido por Manuel Sacristán (Notas de literatura y Prismas, en Ariel) y Jesús Aguirre (Justificación de la filosofia, en Taurus). Ferrater casi siempre traducía para ganarse la vida, pero me resulta extraño pensar que en aquel momento una editorial catalana lo contratara para hacer una traducción de Minima moralia. Sea como sea, fuese durante unas horas o durante unos días, se puso a trabajar aquel texto que analiza la condición humana bajo las circunstancias del fascismo y el capitalismo.

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Aquí van unas muestras. Traduce un aforismo como este: «el burgués es tolerante. Aprecia a la gente tal como es, porque odia a las buenas personas». Traduce una meditación como esta: «Cuando se ha desmoronado la familia mientras que el sistema perdura, no ha caído solo la agencia más efectiva de la burguesía: ha desaparecido también la resistencia que ciertamente oprimía al individuo, pero que también lo robustecía, e incluso se puede decir quizá que lo producía». O esta otra meditación: «Para el intelectual, la intangible soledad es todavía la única forma con la que quizá podrá preservar un poco de solidaridad. Toda colaboración, toda humanidad de trato y participación, no son sino máscaras de la tácita aceptación de lo inhumano. Es necesario que nos unamos al sufrimiento de las personas, pero el paso más pequeño que nos acerca al goce nos acerca también al endurecimiento del sufrimiento.»

«Para el intelectual, la intangible soledad es todavía la única forma con la que quizá podrá preservar un poco de solidaridad», escribe Adorno.

El fragmento encadena silogismos morales sin solución automática, aquella mecánica recurrente en la poesía de Ferrater. También podría ser un espejo para descubrir el lugar que quería ocupar Ferrater como intelectual. De hecho, delimita el tipo de relaciones que un intelectual establece con su sociedad. Este, más que ningún otro, es el que tema que, aplicado al caso que nos ocupa, desarrolla Ibáñez en Gabriel Ferrater i la política y que acaba haciendo desembocar en Adorno. En Adorno y en la función política de la cultura en una sociedad como la nuestra. Ya llegaremos a eso.

«A última hora, para el escritor, las ideologías políticas tienen mucha menos importancia (como escritor, se entiende) de lo que la gente de ahora tiende a creer.» Es un fragmento de una de las sesiones del Curs de literatura catalana contemporània de Ferrater que Ibáñez reproduce en su libro. Me resuena ahí aquel rechazo a las ideologías de la última página de Da nuces pueris o la respuesta provocadora a la encuesta sobre la poesía social de Serra d’Or. La cagada sería resolverlo pensando que la provocación es una simple ocurrencia. Y no.

 

«Una máquina de tortura»

Según la lectura que Ibáñez propone, lo que Ferrater haría en el Curs sería desarrollar el rechazo a las ideologías y, en el caso de la ideología en la Cataluña de los escritores que analizaba, la ideología dominante era el catalanismo. No entendido tal como hoy lo hacemos, sino según la versión que a mediados de los años 60 se iba consolidando sobre el catalanismo burgués: aquella ideología burguesa, capitalista, que Adorno abordaba en su ensayo. Entonces estereotipaba el catalanismo como «una máquina de tortura» contra la cual, como hacía Pere Quart parodiando «La vaca cega», los escritores catalanes estaban en rebeldía. Él también.

Según Ibáñez, lo que Ferrater haría en el ‘Curs’ sería desarrollar el rechazo a las ideologías y, en el caso de Cataluña, al catalanismo.

Pero esta rebeldía no era contra la catalanidad, ni a favor ni en contra de ninguna otra ideología, como podrían estar tentados de imaginar los que leen la literatura como una mercancía para alimentar lúbricas pasiones políticas. No nos dejemos engañar. Es la rebeldía de quien impugna las ideologías porque, como el Adorno que ha pasado por la tragedia del nazismo y de la Segunda Guerra Mundial, las entiende como un mecanismo de dominación, que, entre otras perversiones, imposibilitan la proyección social de una cultura sobre su sociedad. O para acercarnos más a Minima Moralia, las detesta y las descodifica porque dificultan el desarrollo de la condición humana.

Así se explica, dice Ibáñez de Ferrater, «su repugnancia o el extraordinario escepticismo ante determinadas acciones colectivas». Porque no entiende la política como ideología. Lo dice al revés. «La política de Ferrater está hecha de piel ciudadana, de honestidad, de libertad.» Y esta libertad y honestidad, es decir, esta humanidad, lo lleva a reflexionar sobre el fundamento de la moral social de nuestro tiempo (parafraseo al Ferrater del informe), subrayando detalles iluminadores de las obras de grandes escritores catalanes. Así llegamos al final del ensayo de Ibáñez, momento en el cual, a través de Sánchez Ferlosio, convoca a Adorno.

 

Jordi Ibáñez Fanés Gabriel Ferrater i la política. Les veus que canten La Pobla de Claramunt: Edicions del Molí de Dalt, 2022 193 págs.
Jordi Ibáñez Fanés. Gabriel Ferrater i la política. Les veus que canten. La Pobla de Claramunt: Edicions del Molí de Dalt, 2022. 193 págs.

 

Vivir como «un buen animal»

Quien esté familiarizado con el Curs, comprobará en seguida que Ibáñez se las ha arreglado para reproducir el registro coloquial de las conferencias que originaron el libro de Ferrater. Quien haya leído a fondo el Curs descubrirá que el punto de llegada es un lugar que reconoce: la meditación de Ferrater sobre el Salvatge cor, la admiración por aquella plenitud intelectual de Riba porque cierra su trayectoria como hombre esencial descubriendo la humanidad, una cierta forma de animalidad. «Pone a Riba en el centro de esta atención al sustrato animal, que es como decir la capacidad de comprender de forma inteligente qué son pulsiones y qué son pasiones, que es instinto y que es contención —o represión—, qué son órganos y cuerpo y qué es cultura y sociedad.»

En este punto aparece Adorno, porque el filósofo, en Dialéctica negativa, afirma que al hombre le es imposible vivir moralmente porque no vive en una sociedad liberada. La mejor opción, entonces, es intentar vivir como «un buen animal». Como Ferrater entendía a Riba. Como Ferrater, políticamente, propuso e Ibáñez nos explica. ¿Cómo decirlo? Una mínima moral.